Sabiduría vs. información

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Transcripción del vídeo

La delegación consiste en un doble movimiento, interno y externo, conocimiento de las propias

limitaciones y confianza en el equipo. Y ambos tienen algo en común, la humildad.

Querefonte, compañero de la infancia de Sócrates, le preguntó a la pitonisa de Delfos si había

alguien más sabio que Sócrates, y la pitonisa le respondió que no. Sócrates no da crédito y visita

a uno con fama de sabio que le defrauda con su soberbia. Al intentar hacerle ver su ignorancia,

el supuesto sabio se enfurece. A partir de ahí, razona Sócrates. Luego que de él me separé,

razonaba conmigo mismo y me decía, yo soy más sabio que este hombre. Puede muy bien suceder que

ni él ni yo sepamos nada de lo que es bello y de lo que es bueno, pero hay esta diferencia,

que él cree saberlo, aunque no sepa nada, y yo, no sabiendo nada, creo no saber. Pese a toda su

sabiduría, la mayor virtud de Sócrates es que conoce su propia limitación. Tiene un

conocimiento profundo de la realidad, pero sabe que, por mucho que entienda, siempre

será más lo que desconozca. El filósofo Gustav Tibón distingue información de

cultura. La verdadera sabiduría no está en la acumulación de datos, sino en la

cultura, o sea, en la capacidad de profundizar en ellos. En la sociedad de

la información se da una paradoja. El hecho de tener acceso a tantísima

información no significa necesariamente que seamos más cultos. El hombre cultivado no es el hombre

que resuelve o que cree resolver los problemas, es el que escarbando en esos problemas ve cómo se

extienden hasta el infinito el misterio que cubren. Para el espíritu primario no hay misterio, sino

solamente problemas y el margen de lo desconocido que aún subsiste en la naturaleza será borrado

poco a poco a medida que la ciencia progresa. Pero para el hombre cultivado no hay solamente

lo desconocido, sino lo desconocible. Y cuanto más avance el conocimiento de las cosas,

ve espesarse el misterio, de manera que cada vez sabe más que no sabe nada, pues la realidad

suprema no es accesible a la inteligencia discursiva. Para conocerse a uno mismo,

resulta imprescindible entender que somos limitados y que la realidad, más que un problema,

constituye un misterio.

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