El equipo

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Transcripción del vídeo

Igual que el plano es la idea en la mente del arquitecto, el equipo es el lugar, la ubicación humana sobre la que se construye la empresa.

Y al igual que el terreno requiere ciertas características para que la construcción sea viable, una empresa necesita un equipo que se adecue a su misión.

Veamos en qué consisten los diferentes tipos de equipo y cuáles son sus características principales.

El canon literario está repleto de ejemplos de viajes que nos ayudan a comprender mejor

la naturaleza de un equipo humano.

Hechos dos por el desierto, misiones en pareja y expediciones marítimas, como sugiere precisamente

la etimología de equipo.

La palabra equipo procede del germánico skip, que significa barco.

El término nos recuerda a una tripulación, es decir, un equipo de personas bien organizadas

para el trabajo de navegación, que en esencia consiste en la coordinación grupal en orden

a un mismo fin. Las metáforas de la tempestad, el puerto seguro, el viaje con sentido, la

navegación, pueden sernos muy útiles, como ya veremos en el vídeo de delegación.

Pero ¿cómo llegan los tripulantes a la misma embarcación? ¿Cómo se construye el equipo

sin el cual los planos jamás dejarían de ser una idea sobre el papel o una sombra en la caverna?

Básicamente, de tres modos principales.

Por la circunstancia, por la atracción hacia el proyecto o por la iniciativa de un líder.

Veamos en qué consiste cada uno y cómo condicionan de manera distinta la construcción del edificio.

El primero responde a aquellos equipos que son creados por las circunstancias,

de las que uno no decide necesariamente formar parte.

Son los casos generalmente de las sociedades naturales. No decidimos en qué familia nacer,

en qué clase nos toca o qué compañeros de trabajo vamos a tener.

El canon literario nos ofrece ejemplos una vez más. La Odisea o la Eneida, la novela

juvenil moderna como Robinson Crusoe, Capitanes Intrépidos y El Señor de las Moscas, e incluso

en el cine y series de televisión sobre supervivencia. En todas ellas encontramos un grupo de personajes

unidos, por la casualidad o por el destino, pero siempre de modo ajeno a su voluntad.

A este tipo de personajes se les plantea un reto principal, la capacidad de adaptación

y de coordinación con desconocidos.

Para ello, en los equipos formados por las circunstancias, la presencia de un buen dirigente

es crucial.

Saber cómo aprovechar el potencial de las personas que te han sido confiadas y cómo

corregir sus defectos requiere un claro liderazgo.

Como veremos en el vídeo sobre dirección, para que el equipo encarne el proyecto, primero debe encarnarlo el líder.

Cuando el general romano Escipión se disponía a atacar al eterno enemigo de Roma, Aníbal de Cartago,

sus opositores en el Senado Romano idearon la treta de permitirle atacar sin asignarle ninguna legión,

dejando el ridículo al joven cónsul.

Escipión pide que le dejen marchar a Sicilia a reclutar allí a los soldados desterrados de las malditas legiones V y VI,

supervivientes de Canae, la más humillante derrota de Roma ante Aníbal. Se encuentra con unas tropas

desmoralizadas que habían perdido el sentido del deber y toda esperanza de regresar a la patria

romana. Sin embargo, consigue reagruparlas y entrenarlas en escasos seis meses, gracias a un

elemento cohesionador esencial, la misión compartida, la esperanza de derrotar al eterno

enemigo, el deseo de gloria. Sin un líder, con un objetivo claro, esto jamás habría sido posible.

Similar es la historia de George Washington en la guerra de independencia americana,

cuando ante las múltiples derrotas frente a los británicos, se refugia con 12.000 hombres,

mujeres y niños, la mayoría de ellos desarmados y sin ningún conocimiento militar, en el aislado

campamento de invierno de Valley Forge. Durante seis meses exactos, Washington contrata al varón

von Steifen, maestro prusiano de desfiles y a través del arte de desfilar transforma

ese grupo desunido en un ejército profesional cohesionado y con capacidad para expulsar

a los británicos. Tanto Estipión como Washington encuentran en la disciplina el motor de la

transformación de sus equipos. A través de ella inspiran a sus hombres la importancia

de la misión. En segundo lugar están los equipos formados en torno a una idea. En estos,

las empresas se acometen por atracción o vocación. Los miembros se congregan en torno a una misión

para la que se consideran idóneos. Los caballeros de la mesa redonda de Arturo, por ejemplo,

se unen para defender la justicia y la unidad de Camelot. Los proscritos de Robin Hood se ocultan

en los bosques de Nottingham para luchar por una justicia equitativa y en contra de un rey

usurpador. Quien el Señor de los Anillos, hobbits, enanos, elfos y hombres emprenden

juntos el viaje para destruir el anillo único. Esos ejemplos literarios, por supuesto, se

apoyan en realidades históricas como las abadías medievales, el cister, la cartuja

o la camáldula nacían por la atracción que suscitaba su misión de oración, trabajo

y silencio. En estos equipos la virtud resulta evidente, la unidad de sus miembros es más

natural, pero existe un doble riesgo que nace de esa misma pasión compartida. Por un lado,

los miembros pueden dejarse llevar por la idealización del fin, olvidando los medios

racionales necesarios para su consecución. Por otro lado, puede que, movidos por una vocación

personal tan definida, todos quieran brillar por igual, con la consiguiente incapacidad para

coordinarse o para reconocer el liderazgo de uno. La mayoría de los conflictos en el ciclo

artúrico nacen de las desavenencias entre los propios caballeros. Sir Gavein se pelea con Sir

Palámedes y otros caballeros de la tabla redonda y el propio rey Arturo entra en disputa con Sir

Lancelot por el amor de la reina Ginebra o con Sir Mordred por el derecho al trono de Camelot.

Esta rivalidad desvía al líder de la misión y acaba siendo la causa final del desmoronamiento

de la orden. Por último, el tercer tipo de equipo es aquel formado por el propio líder. Este busca

a los integrantes adecuados para la misión, que él ha diseñado y los va agrupando.

Gaudí, por ejemplo, escogió personalmente a los artistas idóneos para la Sagrada Familia,

lo mismo que siglos atrás había hecho Isabel la Católica. Confió a sus más estrechos

colaboradores de sus años de infanta los puestos más altos de su Consejo Real.

Como en los casos anteriores, esta clase de equipo tiene sus virtudes y sus defectos.

Puede garantizar una adecuación de los miembros a la misión tal y como ha sido concebido por

el líder. Por el contrario, se corre el riesgo de que, faltando esta persona, el equipo no pueda

funcionar o cumplir su misión. Y además, estos equipos pueden depender en exceso del líder que

los ha creado. En la leyenda de Hasson y los Argonautas, por ejemplo, el joven Hasson convoca

a todos los héroes helenos a ayudarle a encontrar el vellocino de oro. Hasson consigue el objetivo,

pero muchos de los problemas que van surgiendo durante el viaje responden a su tortuosa relación

con la hechicera Medea, que acaba siendo la causa de la muerte de muchos de sus compañeros.

Al final, una mera cuestión anecdótica se vuelve central por un exceso de protagonismo

de Hasson que pone en peligro a todos sus compañeros.

Como hemos visto en los tres modelos de equipo, es necesaria la armonía entre las características

de los miembros y el ejercicio del liderazgo.

Gracias a esta coordinación del equipo, la misión se hace realidad.

Es lo que llena el abismo entre el plano y el edificio.

Las capacidades y características de cada uno condicionarán la construcción final,

pero también crearán una serie de dificultades.

Como decía Alejandro Magno, de la conducta de cada uno depende el destino de todos.

¿Y tú? ¿Has pensado cómo influyes en tu equipo?

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