El genio de Dante

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En el año 2015, el mundo de la cultura celebró el 750 aniversario del nacimiento del escritor y poeta italiano Dante Alighieri.
Podemos condensar en dos puntos sus aportaciones a la cultura occidental.
En primer lugar, es el padre de la lengua italiana. Dante elige escribir su obra en dialecto toscano, considerado vulgar por entonces, en lugar de utilizar el latín, la lengua culta por antonomasia.
En segundo lugar, es uno de los mayores exponentes de una profunda teología sobre el cielo, el infierno y el purgatorio a través de la poesía en su obra Culmen, La Divina Comedia.
¿Pero qué es realmente La Divina Comedia?
La llamada originalmente comedia, revestida según Boccaccio de un carácter divino, es un peregrinaje espiritual, místico y hasta antropológico, en busca de un amor y una esperanza que ilumina a Dante el camino en medio de la selva oscura.
El hijo de Dante, Pietro, dijo que su padre en la Divina Comedia se había propuesto mostrar el mundo de los pecadores bajo la imagen del infierno, la vida de los penitentes bajo la imagen del purgatorio y la vida de los justos bajo la imagen del cielo.
Curiosamente, nuestro protagonista, que en este caso se identifica con el propio autor,
no realiza el viaje solo. Está acompañado en una primera fase por Virgilio. Y ustedes
se preguntarán ¿por qué Virgilio, un autor del siglo I antes de Cristo? ¿Y por qué solo lo
acompaña en una primera fase? Pues bien, hay varios motivos. Dante lo admira profundamente
y lo considera su maestro. De hecho, las referencias a la obra cumbre de Virgilio,
la Eneida, son una constante en la divina comedia. Es un sabio acompañante, pero temporal. Virgilio
no llegó a conocer a Cristo y por esa razón su lugar está en el limbo. Es incapaz de ascender
al cielo. Muchos estudiosos lo han identificado con la razón. En los primeros versos del poema,
el poeta sería solo, perdido, deseoso de marchar hacia la colina donde brilla el sol, que es la
virtud. Pero acosado por la pantera de la lujuria, por la soberbia y por la avaricia, empeñados en
lanzarle hacia el paraje donde el sol no luce, hacia el pecado, que es la perdición eterna.
Retrocede, desfallece, pero surge Virgilio, la razón precursora de la fe.
En una segunda fase Dante se servirá de una guía experimentada, Beatriz,
a menudo identificada con la fe. Por un lado, el poeta se encuentra con su amada Beatriz a las
puertas del paraíso. Por otro, tras recorrer nueve círculos, se le concede la gracia de
contemplar la mismísima luz de Dios. La Divina Comedia no es un libro plagado de misterios,
sino uno dispuesto a resolverlos de la manera más didáctica posible. Como todas las grandes obras,
la comedia no es un poema épico de principios del siglo XIV, que ha quedado en la base de la
literatura occidental. El viaje es espiritual, un ascenso moral en el que el lector debería
sentirse implicado, pero que se plasma físicamente dentro de un universo perfectamente estructurado.
el infierno en lo más hondo, el purgatorio y por último el cielo, donde el poeta se encuentra con el amor.
La obra ha de leerse, como todas las obras, con un previo pacto aficional,
un acuerdo tácito que existe en toda afición entre el autor y el lector.
Independientemente de la creencia religiosa del lector, es difícil adentrarse en la obra sin sentirse aludido,
sin hacer un examen personal de los vicios, lujuria, gula, avaricia, ira, herejía, fraude o traición,
o sin sentirse identificado con alguno de los pobladores del infierno,
como esos príncipes preocupados por la gloria terrena.
Durante sus conferencias, el genio argentino Jorge Luis Borges entronizó al italiano
como el poeta arquetípico de Italia y por ende de todo el occidente.
Más aún, Dante es, en palabras de Borges, tal vez el primer poeta del mundo.
Estos elogios en la boca de Borges no son exagerados,
porque buena parte de su obra lo justifica.
Borges afirma en otras inquisiciones que la obra que perdura es siempre capaz de una infinita y
plástica ambigüedad. Es todo para todos. Es un espejo que declara los rasgos del lector y también
un mapa del mundo. Esto es así porque resiste a las generaciones, las interpretaciones y las
traducciones. La Divina Comedia se convierte en un símbolo que sustenta los pilares de la
civilización occidental, aunque la mayoría de los occidentales no se hayan adentrado en su lectura.
Borges sentenciaba que conocíamos a Dante como no conocemos a ningún otro poeta, por un hecho
concreto. La comedia está escrita en primera persona. Esto no es un mero artificio gramatical,
significa que Dante es uno de los personajes de la comedia. Todas las cosas no solo son vistas
por él, sino que él toma parte activa. Por ejemplo, aparece un Dante aterrado por el infierno,
no porque sea cobarde, sino porque es necesario que tenga miedo para que sus lectores crean la
asistencia real del averno. Hay que recordar que en la era de Dante el conocimiento era finito. La
imagen prototípica del humanista era la de un hombre versado en multitud de materias de la más
diversa índole, algo así como una enciclopedia andante. En España su repercusión fue enorme,
sobre todo en el siglo XV. España es el primer país europeo en el que la recepción de los grandes
autores italianos es intensa. Por ejemplo, la comedia se traduce varias veces, dividiendo sus
cantos para adaptarlos a los moldes de la literatura cortesana. Algunos autores tan
claves para la literatura española como el marqués de Santillana muestran una especie
de euforia dantesca. Posteriormente, cuando el corpus de conocimiento se diversifica,
la obra de Dante es cuestionada desde diversos frentes. A Voltaire le parecían escenas repletas
de barbarismo las descripciones de los castigos del infierno de la comedia. Estas desaprobaciones
enterraron a Dante en la cima de la literatura occidental. Como suele ocurrir frecuentemente,
la ideología de los críticos condena al ostracismo a ciertas obras. Entonces, ¿qué es lo que seguimos
encontrando en Dante en el siglo XXI? Sin duda, la confianza de que la comedia es una obra
esperanzadora. El poeta esperaba que la obra aportara una unidad lingüística, teológica,
espiritual e incluso cultural a todo el occidente cristiano. Es curioso que las opiniones disidentes
pierdan fuerza conforme avanza el tiempo. Hoy día, las monémicas que la obra suscitó parecen
desactivadas. Sin embargo, precisamente este hecho nos invita a acercarnos a ellas sin prejuicios,
como algo aglutinador. El poema se renueva en cada lector y nos interpela. Leemos no
solo para conocer lo que el autor propuso, sino para conocer aquello que la comedia
puede aportar al mundo actual.
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