Gestión de los temperamentos (II)

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Transcripción del vídeo

Hemos visto los cuatro temperamentos de la teoría humoral de Hipócrates.

Para comprender el modo en el que influyen en la coordinación de un equipo,

observemos más de cerca las manifestaciones del humano, cómo transforman su entorno.

Para comprender el impacto de cada temperamento, nada mejor que fijarnos en el espejo más fiel del alma humana, el arte.

Los estilos artísticos y arquitectónicos son un buen ejemplo de los temperamentos. Según la teoría

de los humores, en una persona se pueden dar varios o incluso todos a la vez. Sin embargo,

hay uno que se manifiesta con mayor intensidad y con ese es con el que nos solemos identificar.

Digamos que cada temperamento lleva al hombre a expresarse de una forma o de otra.

Podríamos relacionar el temperamento flemático con el arte románico. El flemático se conoce por

su estabilidad y por su interesa, por poseer un carácter tranquilo y hasta impasible, así como por

ser serio y altamente racional, a veces incluso frío. Con ello nos recuerda al románico, cuyos

edificios, dibujados con líneas fuertemente trazadas, muestran muros de gran solidez. En

efecto, la anchura de estos, así como la escasez de ventanales que evidencian, sugieren una impresión

de inmovilidad e imperturbabilidad. Los interiores que delimitan son fríos y parecen sumidos en la

penumbra. Es un estilo sobrio que transmite sensación de estabilidad y eternidad. En cambio,

el gótico lo relacionaremos con el temperamento colérico, entendido en su faceta entusiasta e

ingenua. El colérico es vivo, conmovedor, con una gran fuerza. Los colores de los mitrales de una

catedral gótica centellean como el alma ardiente del hombre colérico. Su temperamento apasionado,

evocador, se plasma en la fuerza pictórica del gótico. Es un arte eminentemente simbólico.

La persona colérica se entusiasma con lo grande, siempre busca mirar hacia lo alto, como los pináculos de una catedral.

Las catedrales del medievo nos evocan fuerza, grandeza, esplendor.

Cuando el escritor inglés Gilbert K. Chesterton se refiere a este estilo arquitectónico,

subraya el esplendor de edificios que brillan como espadas y lonzas.

Hoy hablamos de los grises edificios góticos, pero tuvieron que ser muy distintos cuando se levantaron,

plantaron blancos y relucientes en los cielos norteños, realzados en parte con oro y colores

vivos. Un nuevo vuelo de la arquitectura tan sorprendente como ver barcos volando.

El arte renacentista podemos relacionarlo con el temperamento sanguíneo. La época

renacentista es tan optimista como la personalidad sanguínea. Los renacentistas se creían una época

culmen de la historia, una vuelta al esplendor de la antigüedad clásica. El arte renacentista

se caracteriza por centrar su atención en el esplendor de la forma. En esto hay un contraste

con la fuerza simbólica del gótico. Encontramos esto en esculturas en los que los maestros

subrayan la importancia del protagonista de su pose y su figura. Así ocurre en el David de Donatello

o en el de Miguel Ángel, o en retratos realizados por autores como Carpaccio, Rafael o Leonardo,

el cual a su vez también dedica esfuerzos y entusiasmo al ámbito de la técnica y de la

ciencia. El sanguíneo trabaja mucho con los cinco sentidos, mientras que el colérico lo hace más con

el entendimiento y el melancólico con los sentimientos. De la misma forma, en el renacimiento

hay una sublimación de lo sensible, un intento de agradar los sentidos por la proporción y la

armonía. El sanguíneo es alegre y locuaz, como el arte renacentista es colorido y comunicativo.

El arte barroco podríamos relacionarlo con el temperamento melancólico. El barroco es complejo,

enrevesado, profundo como el hombre melancólico. Podríamos decir que este estilo presenta dos

almas, junto al sensible y sensual colorista ejemplificada por Rubens o Bernini, encontramos

otra, complementaria, caracterizada por la reflexión y la sobriedad propia de la contrarreforma,

que asociamos al esfuerzo de España y el Sacro Imperio. Lo podemos ver en la profundidad

psicológica de los personajes de Velázquez. En su cuadro El bufón, el primo, los ojos del enano,

impregnado de lo que García Morente llama el luto español, expresan toda la profundidad de un

personaje de un temperamento melancólico. Otro tanto podría encontrarse en Van Dyck, en el ambiente

reflexivo y cargado de simbolismos que desprenden los interiores de Vermeer, en los universos

ensimismados y meditabundos de Rembrandt o en las escenas de íntimo recogimiento y transida

meditación religiosa a la luz de una vela de George de la Tour. El hombre melancólico es de

naturaleza soñadora. Construye quimeras en el aire como lo hace el Quijote. Para el melancólico la

vida es sueño y los sueños sueños son, como diría otro autor barroco también, Calderón de la Barca.

Ahora hemos ilustrado los distintos temperamentos. Podemos hacernos una idea de cómo trabajar con

cada uno de ellos. Al flemático hay que involucrarlo a la hora de resolver conflictos porque ayudará a

relativizar los problemas. Suelen ser excelentes en el manejo de crisis y la toma de decisiones

difíciles. Sin embargo, hay que impulsarle una vida ordenada, evitar que se aísle demasiado

y motivarle para que haga suyos los objetivos del equipo. Al temperamento colérico, conviene

explicarle con detenimiento los motivos del proyecto y de la organización. Con él funcionan

mal las discusiones y el autoritarismo, y el mandarle tareas sin que las entienda. Será

muy bueno a la hora de empezar los proyectos, pues se le da muy bien dar el impulso inicial

de las cosas y hacer que rueden. El sanguíneo suele tener una gran inteligencia emocional,

por lo que es muy bueno para cualquier asunto que comporte un trato humano. Negocios,

recursos humanos, persuasión, mediación, escucha, etc. El temperamento sanguíneo responde mejor a

la exigencia que el colérico, por ejemplo. Necesita ayuda, eso sí, en la constancia y en

ocasiones hay que ponerle límites. Con el temperamento melancólico ayuda mucho impulsar

su faceta creativa, involucrándolo en retos y en la resolución imaginativa de problemas.

Conviene reconocerle sus méritos, darle puestos de responsabilidad cuando los merece y mantenerlo

ocupado para evitar que se aísle demasiado o autosabotee.

Mientras que el colérico o el sanguíneo son personalidades asertivas, el temperamento

melancólico no lo es siempre. Por lo tanto, mientras que a los primeros hay que echarles

el freno, a este hay que animarle y ponerlo en valor.

Reflexionar sobre los distintos temperamentos permite reconocer las

propias limitaciones buscando ese complemento y balance en el equipo.

Asimismo se puede ser más consciente de los alcances y aportaciones personales

para ponerlos al servicio del equipo. ¿Qué aportas tú a tu equipo? ¿De qué

manera te complementan tus compañeros?

Gracias por ver el video.

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