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El fin social del ser humano

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MI OBJETIVO SOCIAL - LA REVELACIÓN DE McCANDLESS

En vídeos anteriores, hablábamos de la felicidad, el objetivo vital de todo ser humano. Decíamos, que dicha felicidad no puede consistir en mera satisfacción subjetiva, pues es un elemento incompleto al . que la sabiduría clásica añadía otro componente imprescindible: la perfección objetiva. Es decir, somos felices en la medida en que mejoramos en algo y nos satisfacemos en ello.

En un comentario de pasada sobre Robinson Crusoe, Julien Freund señalaba que, en una soledad absoluta o abandonados a nosotros mismos, seguramente nos dejaríamos llevar por nuestros instintos, pues no tendríamos ninguna razón para educarnos o, si se prefiere, para buscar una mejora personal que vaya más allá de la astucia para la supervivencia.

Esta experiencia de querer vivir aislado, en una soledad absoluta, en contacto con la naturaleza, la vemos descrita en la historia real de Chistopher Johnson McCandless, llevada el cine por Sean Penn en la película Hacia rutas salvajes. El protagonista identifica la felicidad con vivir fuera de la sociedad, en la pura naturaleza, sin leyes, sin jefes, sin ataduras. Inicia así un viaje iniciático hasta alcanzar su propósito de vivir sólo en Alaska. Una vez allí, logró vivir unos cuatro meses solo, cerca del Parque Nacional Denali. Después de experimentar su sueño de libertad, allí, como recoge en su diario, se da cuenta que la verdadera felicidad está en compartir la vida con los otros y quiere regresar a casa, aunque desgraciadamente nunca lo consigue y fallece de inanición en trágicas circunstancias.

Ahora bien, descubrir la dimensión relacional del ser humano es inseparable del descubrimiento de los deberes y exigencias que esta relacionalidad comporta. De aquí viene, por cierto, el carácter social de la ética, que la sabiduría clásica entendía más como una disciplina de las costumbres que como el hallazgo de un principio absoluto y universal para la conducta. A muchos extraña descubrir que Aristóteles veía en la ética el arte de aprender a dominar los deseos y pasiones atendiendo a las reglas que organizan y dan estabilidad a un grupo. Sin embargo, hay aquí una enseñanza profunda, y es que la mejora personal es inseparable de la vida en sociedad. Es más, incluso se puede decir con el Estagirita que la educación es en sí misma una larga preparación para la vida en común.

Los clásicos no veían un dilema entre principios universales y la experiencia moral personal cotidiana. Estas dos dimensiones de la moral representaban dos caras necesarias de la misma moneda: una sociedad sana es aquella en la que sus individuos viven con rectitud los principios morales que la sustentan. Son dos caras de la misma moneda: unos principios universales y su adaptación a las circunstancias vitales de cada uno, en cada momento.

La prudencia es precisamente la virtud de saber elegir cuál es la acción más conveniente de cara al propio crecimiento personal en la búsqueda del bien común. El bien alcanzado por la vida virtuosa personal de los miembros de una comunidad coincidía con el mismo bien común y lo garantizaba. Afirma el mismo Aristóteles:

"El rasgo distintivo del hombre prudente es al parecer el ser capaz de deliberar y de juzgar de una manera conveniente sobre las cosas que pueden ser buenas y útiles para él, no bajo conceptos particulares, como la salud y el vigor del cuerpo, sino las que deben contribuir en general a su virtud y a su felicidad."

Aristóteles, Ética a Nicómaco, Libro VI, Capítulo IV

Aquí encontramos una enseñanza profunda: la mejora personal es inseparable de la vida en sociedad: no hay ética en solitario, no hay “buen comportamiento” si el hombre no vive esa bondad hacia fuera, hacia el otro. Así, Aristóteles defendía que la educación es en sí misma una larga preparación para la vida en común. Ser social requiere una ética.

Después de conocer y adoptar el código moral que encontramos vigente en nuestro grupo, debemos adaptarlo a las circunstancias de nuestra propia vida, desarrollar todas sus posibilidades y criticar sus defectos.

Y es así —en la biografía de cada uno— como la moral, que sale de la sociedad, vuelve a la sociedad. Hay algo que nos une profundamente a los seres humanos, y es la imitación. Constantemente evocamos modelos y ejemplos para saber qué deberíamos hacer, pues en ellos vemos el bien y el valor realizados, no teorizados. Más aún, en ellos reconocemos que si nos preocupa la discusión sobre valores y deberes, si gastamos tanto tiempo en ello no siempre es por ser mejores.

Esta relación entre el bien común y la felicidad personal podemos divisarla en acciones personales que buscan el bien común, por encima del bien personal, porque alcanzar ese Bien, relacionado con lo común, es una respuesta también a la realización plena.

En una de las mejores producciones de Christopher Nolan, Dunkerque, podemos descubrir varios ejemplos de esta relación entre el bien común y el bien personal. De hecho la problemática de los personajes en la toma de decisiones que tienen por delante es precisamente este. Está claro que esta película, ambientada en la II Guerra Mundial, es una situación extrema, pero precisamente nos ayuda a ver con mayor claridad ese bien común que luego podemos aterrizar en nuestras situaciones cotidianas.

La película narra la batalla de Dunkerque, sus últimas horas, en la que se enfrentaron los Aliados y el ejército nazí alemán. Era necesario evacuar a las fuerzas británicas, francesas y belgas de la Europa continental a través del Canal. Churchill, una vez que los soldados británicos habían sido evacuados, dio la orden de regresar y evacuar también a los soldados franceses. Un gesto de unidad de distintas naciones por un bien común.

Nolan, en la película, nos muestra los actos heroicos de distintos personas, que ponen el bien social por encima de su bien personal o familiar. Desde el piloto que decide jugarse la propia vida para que un grupo más de soldados franceses puedan salvarse, a las pequeñas embarcaciones de ciudadanos de Dover que salen hacia Dunkerque para rescatar a estos anónimos soldados. En el contexto de la II Guerra Mundial, por la dramaticidad de la situación, se expone de forma muy clara cómo el bien individual si no está relacionado con un bien social, es parcial. No olvidemos que nuestra propia naturaleza es relacional y, por tanto, necesitamos responder a esta dimensión para la realización personal. Yo con los otros.


Está claro que en la vida real no hay tantos dilemas morales ni la posesión de teorías acertadas va a convertir a un hombre malo en bueno. En el fondo, si queremos descubrir lo que está bien, es por el inevitable tinte colectivo de preguntas como ¿sabemos (como sociedad) lo que debemos hacer? ¿Sabemos lo que es bueno para nosotros? Se trata de cuestiones que nos interpelan con mucha fuerza, pues su respuesta nos obliga y también nos empuja a entender mejor qué debemos a la sociedad, cómo podemos mejorar la vida en común.

Transcripción del vídeo

En el vídeo anterior hemos tratado la felicidad como un anhelo personal y subjetivo. ¿Pero

qué pasa cuando la alcanzamos? O más bien, ¿qué relación tienen los demás con esa

búsqueda? ¿Necesito a los otros para ser feliz? ¿Comunidad y trabajo son un obstáculo,

un medio o parte del mismo fin?

Anteriormente hemos visto que la felicidad no es simplemente alcanzar un objetivo, sino

comprometernos con un sentido. Pero incluso habiendo logrado ese anhelo, la felicidad

no se reduce a mera satisfacción subjetiva.

La sabiduría clásica añadía otro componente, la perfección objetiva. Es decir, somos felices

en la medida en que mejoramos en algo y nos satisfacemos en ello.

En un comentario sobre Robinson Crusoe, el teórico político Julian Freund señala que,

en una soledad absoluta o abandonados a nosotros mismos, seguramente nos dejaríamos llevar por

nuestros instintos. Como no tendríamos ninguna razón para educarnos o para buscar una mejora

personal, solo nos preocuparía la supervivencia. Algo similar nos muestra la historia real de

Christopher Johnson McCandless, llevada al cine por Sean Penn en la película Hacia rutas salvajes.

El protagonista, una vez graduado en la universidad, con un excelente expediente,

abandona todo, familia, amigos, dinero, tarjetas, en busca de la felicidad.

Él identifica la felicidad con vivir fuera de la sociedad, en la pura naturaleza,

sin leyes, sin jefes, sin ataduras. Inicia así un viaje en el que va encontrándose

con distintas personas que le muestran diferentes formas de vivir,

pero lo deja todo para vivir solo en Alaska.

Una vez alcanzada su meta, logra vivir unos cuantos meses solo, cerca del Parque Nacional

de Denali, pero después de experimentar su sueño de libertad, se da cuenta de que la

verdadera felicidad está en compartir la vida con los otros.

Ahora bien, descubrir la dimensión relacional del ser humano implica deberes y responsabilidades

que esta relacionalidad comporta. De ahí el carácter social de la ética según los

clásicos. Estos la identificaban con la disciplina de las costumbres, con comprender y compartir

los usos de un grupo social concreto, más que con buscar principios universales.

Propiamente, los clásicos no veían un dilema entre principios universales y costumbres

entendidas como fruto de la experiencia cotidiana. Estas dos dimensiones de la moral representaban

dos caras necesarias de la misma moneda. Una sociedad sana es aquella en la que sus individuos

viven con rectitud los principios morales que la sostentan. Además, era impensable que un individuo

alcanzase un estatus social sin haber probado antes su valor moral. Por lo tanto, la búsqueda

individual de una vida ética ordenada por principios universales y la moral general de la sociedad

eran partes fundamentales, aspectos mutuamente consecutivos, de una sociedad moralmente ordenada.

Aristóteles, por ejemplo, veía en la ética el arte de la prudencia, es decir, del saber elegir

cuál es la acción más conveniente de cara al propio crecimiento personal en la búsqueda del

bien común. El bien alcanzado por la vida virtuosa personal de los miembros de una comunidad coincidía

con el mismo bien común y lo garantizaba. Afirma el mismo Aristóteles, lo propio del hombre de

Frónesis parece ser el poder de liberar acertadamente sobre las cosas buenas y provechosas

para él, no parcialmente como cuáles son buenas para la salud o el vigor corporal, sino cuáles

lo son para el bien vivir en general. Aquí encontramos una enseñanza profunda. La mejora

personal es inseparable de la vida en sociedad. No hay ética en solitario. No hay buen comportamiento

si el hombre no vive esa bondad hacia afuera, hacia el otro. Así, Aristóteles defendía que

la educación es en sí misma una larga preparación para la vida en común. Ser social requiere una

ética. Y la ética, a su vez, la aprendemos del entorno social. Conocemos y adoptamos el

código moral vigente en el grupo al que pertenecemos, pero lo adaptamos a las circunstancias de nuestra

propia vida mediante la virtud que los clásicos llamaban prudencia.

¿Qué significa actuar con prudencia? ¿Es prudente quien actúa conforme a una ética

universal o quien actúa conforme a sus propias circunstancias? Es un falso dilema. La prudencia

es la virtud que adecua y modula la norma a la actuación concreta. Para santo Tomás de Aquino,

la prudencia es la virtud más necesaria para la vida humana. Efectivamente, vivir bien consiste

en obrar bien. Pero para que uno obre bien, no solo se requiere la obra que se hace,

sino también el modo de hacerla. Esto es, que obre conforme a la recta elección y no por impulso

o pasión. Por eso es la origa de las virtudes, la virtud que ilumina a todas las demás y hace

posible que tomen forma en el presente, en el aquí y ahora, de unas circunstancias personales

concretas. La prudencia convierte en hechos y en hábitos personales lo que la norma moral predica

de manera abstracta. Así, la ética no es abstracta sino concreta, pero tampoco es relativista, sino

que es la integración en la vida personal de una norma compartida. Así, no hay ética sin sociedad,

ni actuación ética que no sea personal. Asimilamos la ética recibida, la contrastamos con la vida

propia y la graduamos respecto de la circunstancia personal y compartida. Así la moral que sale de

la sociedad vuelve a la sociedad a través de cada uno. En este proceso, la imitación juega un papel

decisivo. El ser humano se guía por ejemplos y esto es algo que nos une profundamente con el

resto. De hecho, son las acciones que superan el bien individual las que más nos unen, puesto que

contribuyen al bien común, tal y como vemos en la película Dunkerque. La película narra la

batalla de Dunkerque, sus últimas horas, en las que se enfrentaron los aliados y el ejército nazi

alemán. Era necesario evacuar a las fuerzas británicas, francesas y belgas de la Europa

continental a través del canal. Churchill, una vez que los soldados británicos habían sido evacuados,

dio la orden de regresar y evacuar también a los soldados franceses, un gesto de unidad de

distintas naciones por un bien común. Christopher Nolan, en la película, nos muestra los actos

heroicos de distintas personas que ponen el bien social por encima de su bien personal y familiar.

Desde el piloto que decide jugarse la propia vida para que un grupo más de soldados franceses puedan

salvarse, a las pequeñas embarcaciones privadas de pescadores de Dover que salen hacia Dunkerque

para rescatar a estos anónimos soldados. La gravedad de la Segunda Guerra Mundial pone de

relieve de este modo que si el bien individual no está relacionado con un bien social, es un bien

parcial. No olvidemos que nuestra propia naturaleza es relacional y por tanto necesitamos responder a

esta dimensión para que nuestro objetivo vital se cumpla. La persona no puede realizarse al margen

de la sociedad. A la vez que tenemos un objetivo vital, cumplimos con un objetivo social. Como hemos

visto, la búsqueda de la felicidad implica también un perfeccionamiento objetivo. Para

ello no podemos prescindir de los demás. La ética tiene un carácter eminentemente

social. De hecho, tal y como nos muestran los actos más heroicos de la historia, la

realización del bien personal pasa por buscar el bien común. ¿Te has preguntado ya qué

tiene que ver tu objetivo personal y tu objetivo social? ¿Tu vida laboral perfecciona tu vida

personal y viceversa.

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