Nº 5Regala ValoresLección 11 de 24

Sobre la humildad

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La humildad es la virtud que recuerda al hombre su puesto en el Universo.

Según la definición que ofrece el Diccionario de la lengua española, la humildad es virtud que consiste en el conocimiento de las propias limitaciones y debilidades y en obrar de acuerdo con este conocimiento. Esta definición no recoge las propias potencias y cualidades y las obras de ellas consecuentes. La omisión de la Real Academia Española, oculta lo decisivo en la virtud de la humildad, que es el conocimiento de la verdad, de toda la verdad. Sin embargo, responde a lo que suelen pensar los hombres cuando escuchan o pronuncian la palabra humildad, que tiene más que ver con lo que nos avergüenza y deshonra que con lo que nos caracteriza del todo.

Y es cierto que nuestra verdad pasa por reconocer que, porque somos cuerpo, poseemos una serie de determinaciones accidentales propias de nuestra especie, y otras afecciones individuales que, haciéndonos a cada uno singulares y concretos, con potencias y cualidades, también nos generan multitud de limitaciones y debilidades personales: como especie, no podemos volar, no podemos sobrevivir a las inclemencias del tiempo, no podemos pasar determinado tiempo sin comer o beber o dormir, y no podemos alterar lo que somos genéticamente. Como personas, tenemos taras e imperfecciones físicas, pero también temperamentos difíciles, egoísmos, y una incapacidad frustrante para actuar siempre con perfección absoluta. Todo ello, lo negativo, nos muestra la verdad de que somos limitados.

De esta idea proviene la etimología de humildad, que derivada del latín humilis, y es la traducción del griego de tapeinós (ταπεινός), que significa “bajo, pequeño, servil”, y hasta “despreciable”. Igual que la palabra “hombre” o “humanos”, su raíz última procede de humus, que significa perteneciente a la tierra, formado del polvo de la tierra. En la literatura profana, griega y romana, el uso de las palabras tapeinós o humilis, designaban por lo general un espíritu rastrero, sentimientos serviles, contrario a la magnanimidad, a la nobleza, al sentimiento del propio valer. Y es que entre los filósofos de la Antigüedad, la humildad nunca fue ni virtud, ni ideal.

¿De dónde proviene su evolución hacia la virtud? Proviene precisamente de la idea medieval de que toda persona posee una dignidad humana, por tener un origen común. Y ese origen común nos permite descubrir que nuestra verdad no solo consiste en darnos cuenta de que somos limitados:

También, en último término, la naturaleza de la virtud de la humildad surge del reconocimiento práctico de que la propia persona no es la causa de su ser, que no nos hemos creado a nosotros mismos por un acto de nuestra voluntad, sino que , por así decirlo, nos hemos “encontrado existiendo” y, como tal, tenemos que reconocer que somos contingentes. Es decir, la humildad tiene que ver directamente con el puesto del hombre en el universo. Lo contingente es lo contrario a lo necesario: contingente significa lo que puede ser o no ser. Tal es, en efecto, nuestro status en el universo: entre el Ser y la nada.

Por ambas razones (nuestras limitaciones y nuestra contingencia) podemos considerar que una cara de la virtud de la humildad mira a la naturaleza humana, a qué es el ser humano, y a obligarnos a reconocer que no somos seres ni absolutos, ni necesarios, ni perfectos. La otra cara, el cimiento individual y concreto, nos habla de lo realmente existe, que es cada uno de nosotros, un individuo de la especie caracterizado por determinadas afecciones concretas que nos distinguen a los unos de los otros en pluralidad de cualidades y privaciones.

La verdad sobre uno mismo (persona), sobre sus límites específicos e individuales, sobre sus potencias y cualidades, también específicas e individuales, es el objeto de la verdad que inspira la acción humilde: “humildad -escribe Santa Teresa de Ávila- es andar (es decir, actuar) en verdad (es decir, en lo que realmente soy).

Gnóthi seautón, en latín nosce te ipsum, conócete a ti mismo, estaba escrito según cuenta Pausanias en el pronaos del Templo de Apolo en Delfos. De este imperativo de la Antigüedad griega depende muy directamente la virtud de la humildad que adorna al hombre que reconoce, con el lenguaje de los hechos, esta singularidad concreta que es cada quien; y a través de conocerse a uno mismo, alcanza la sabiduría.

Y es que la humildad no se confunde con la pusilanimidad o el encogimiento, ni prohíbe tener conciencia de los propios talentos. La humildad bien entendida modera los deseos de gloria, pero reconoce la grandeza del hombre y engendra la fuerza para lanzarse a grandes empresas; no existe, pues, contradicción entre la humildad y la magnanimidad, preciosa palabra (magna anima) que refiere cómo el alma se ensancha y se hace grande cuando el hombre alberga en su pecho grandes y nobles ideales por los que merece la pena dejarse la propia vida. Esto se ve muy claramente en el ejemplo de Sócrates:

Querefonte (o Querefon), compañero de la infancia de Sócrates, le preguntó a la pitonisa de Delfos si había alguien más sabio que Sócrates y la pitonisa le respondió que no. Sócrates no da crédito, y visita a uno con fama de sabio, que le defrauda con su soberbia. Al intentar hacerle ver su ignorancia, el supuesto sabio se enfurece. A partir de ahí razona Sócrates: “Luego que de él me separé, razonaba conmigo mismo, y me decía:—Yo soy más sabio que este hombre. Puede muy bien suceder, que ni él ni yo sepamos nada de lo que es bello y de lo que es bueno; pero hay esta diferencia, que él cree saberlo aunque no sepa nada, y yo, no sabiendo nada, creo no saber”.

Pese a toda su sabiduría, la mayor virtud de Sócrates es que conoce su propia limitación. Tiene un conocimiento profundo de la realidad pero sabe que, por mucho que entienda, siempre será más lo que desconozca.

A la humildad se opone por exceso la desordenada abdicación del propio honor y fama. Por defecto se opone la soberbia que es el desordenado apetito de la propia excelencia y, según dice Santo Tomás de Aquino, es la causa de todos los errores: omnis error ex superbia cusatur. En efecto, en relación al conocimiento de la verdad, la consecuencia de la soberbia es la negación de todo aquello que supone límite y subordinación. En su vana pretensión de reinar sobre el Universo, el soberbio rechaza, en primer lugar, el límite del propio entendimiento, el que impone la realidad y el que propone la norma moral… vemos así como el relativismo tiene en la soberbia una de sus más caudalosas fuentes.

Por eso, en la práctica, el humilde tiene actitudes propias de quien se sabe limitado. El humilde no es solo el que sabe pedir disculpas, o el que reconoce sus errores, el que acepta las críticas o se deja aconsejar. También es, en primer lugar, el que sabe pedir ayuda. Cuando se necesita la colaboración de otro u otros en los diferentes aspectos y ámbitos de la vida, es importante desarrollar este hábito: Al pedir ayuda, nos reconocemos como un ser con limitaciones, que está abierto a recibir aquello que nos falta y otro nos puede dar.

Esto se ve claramente, en el mito griego de Hércules. De sus doce pruebas, la segunda consiste en matar a la hidra que atemorizaba al pantano de Lerna. El problema de las hidras es que cuando les cortas una cabeza, nacen dos en su lugar. Hércules usa aquí la ayuda de su sobrino Yolao, quien tiene la idea de quemar los cuellos de la hidra para cauterizar la herida y evitar así que puedan crecer dos nuevas cabezas. Quemar las cabezas requería de dos personas, con lo que el mito nos muestra que no resta el saber pedir ayuda a la gloria de nuestras acciones, cuando uno la necesita. Esto es lo que hace Hércules con su sobrino. Hércules es el hijo de Zeus, un semidiós, pero sabe que incluso él, no se basta a sí mismo para una misión tan difícil.

Hércules lucha contra la hidra de Lerna, Francisco de Zurbarán

En segundo lugar, la humildad nos ayuda a reconocer y agradecer a las personas que nos han ayudado a lo largo del tiempo en nuestro desarrollo y crecimiento. No solo reconocemos las capacidades ajenas y damos crédito a los demás por su parte en nuestros éxitos, sino que en justicia compartimos nuestros logros con aquellas personas que los hicieron posibles, lo que potencia una mayor capacidad de alcanzar metas mayores en el futuro. Ya dice el dicho que es de bien nacidos ser agradecidos. Al agradecer, la persona se reconoce parte de algo mayor y admite que hay cosas que están fuera de su control y alcance. Esto se ve claramente en el ejemplo del Cid.

Nuestro protagonista, ante sus múltiples éxitos militares, es capaz de reconocer con piedad que no se deben a él, sino a la ayuda de sus hombres y de Dios, a quien constantemente hace referencia en sus victorias, agradecido. Hay en el Cantar 450 expresiones piadosas, en tan solo 3730 versos, lo que nos muestra a un hombre que sabe que no se debe a sí mismo las victorias: frases como “Venzo las lides como place al criador” (Cantar III, 2497), o “Dios que nos dio las almas, consejo nos dará” (Cantar I, 382) son ejemplos de esta capacidad de no solo pedir ayuda ante retos difíciles, sino reconocerla y agradecerla cuando nos ha sido dada.

Esta humildad de saber que uno no es la causa absoluta de sus éxitos es precisamente la que posibilita aspirar a mayores victorias, pues le predispone a recibir ayuda, y por tanto, a poder alcanzar objetivos más ambiciosos. Precisamente por esta humildad será el Cid perdonado por el rey: no siendo culpable, se humilla ante su rey y reconoce su inferioridad, llegando a comer hierba para mostrarlo:

"Los hinojos y las manos en tierra los hincó;

Las hierbas del campo con los dientes las tomó;

Llorando de los ojos, ¡tanto era el gozo que sintió!

Así sabe dar acatamiento a Alfonso su señor.

De esta guisa, a los pies le cayó." Cantar II, 2021-2025

Y el rey, ante esta actitud del Cid, no puede sino exclamar, al final del poema, que “Aunque a algunos pesa, mejor sois que nos.” (Cantar III, 3116). El humilde es el único que, gracias a su apertura al otro, a su capacidad para aunar en torno a sí las capacidades ajenas y a suplir con la ayuda de los demás sus limitaciones, acaba siendo capaz de las mayores hazañas. Como en la fábula del Gran Kan Kubrat, príncipe de los hunos y fundador del reino de Bulgaria: una débil rama será fácilmente rompible, pero su cohesión en un haz hace de ellas una unidad inquebrantable. Solo el humilde es pegamento de este tipo de colaboraciones, por lo que solo el humilde construye proyectos con futuro.

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Transcripción del vídeo

¿Qué es la humildad?

que es el conocimiento de la verdad de toda la verdad.

Sin embargo, responde a lo que suelen pensar los hombres cuando escuchan o pronuncian la palabra humildad,

que tiene más que ver con lo que nos avergüenza y deshonra que con lo que nos caracteriza del todo.

Y es cierto que nuestra verdad pasa por reconocer que, porque somos humanos,

poseemos una serie de determinaciones accidentales propias de nuestra especie

y otras afecciones individuales que, haciéndonos a cada uno singulares y concretos,

con potencias y cualidades, también nos generan multitud de limitaciones y debilidades personales.

Por ejemplo, como especie, no podemos volar, no podemos sobrevivir a las inclemencias del

tiempo, no podemos pasar determinado tiempo sin comer o beber o dormir, y no podemos alterar

lo que somos genéticamente.

Como personas, tenemos talas e imperfecciones físicas, pero también temperamentos difíciles,

egoísmos y una incapacidad frustrante para actuar siempre con perfección absoluta.

Todo ello, lo negativo, nos muestra la verdad de que somos limitados.

De esta idea proviene la etimología de humildad, que deriva del latín humilis, esa traducción

del griego de tapeinos, que significa bajo, pequeño, servil y hasta incluso despreciable.

Igual que la palabra hombre o humanos, su raíz procede de humus, que significa perteneciente

a la tierra, formado del polvo de la tierra. En la literatura profana, griega y romana,

el uso de las palabras tapeinos o humilis designaban por lo general un espíritu rastrero,

sentimientos serviles, contra la magnanimidad, la nobleza, al sentimiento del propio valer.

Y es que entre los filósofos de la antigüedad, la humildad nunca fue una virtud, ni un ideal.

¿De dónde proviene su evolución hacia la virtud?

Proviene, precisamente, y contra todo lo que se nos hace creer acerca de una época increíble,

de la idea medieval de que toda la persona posee una dignidad humana, por tener un origen común.

Y ese origen común nos permite descubrir que nuestra verdad no solo consiste en darnos cuenta de que somos limitados.

También, en último término, la naturaleza de la virtud de la humildad surge del reconocimiento

práctico de que la propia persona no es la causa de su ser.

Es decir, que no nos hemos creado a nosotros mismos por un acto de nuestra voluntad, sino

que nos hemos encontrado existiendo y como tal tenemos que reconocer que somos contingentes.

Es decir, la humildad tiene que ver directamente con el puesto del hombre en el universo.

Lo contingente es lo contrario a lo necesario. Contingente significa lo que puede ser o no ser,

tal es en efecto nuestro estatus en el universo, entre el ser y la nada.

Por ambas razones, nuestras limitaciones y nuestra contingencia, podemos considerar que

una cara de la virtud de la humildad mira a la naturaleza humana, a qué es el ser humano

y obligarnos a reconocer que no somos seres ni absolutos ni necesarios ni perfectos.

La otra cara, el cimiento individual y concreto, nos habla de lo que realmente existe, que

es cada uno de nosotros, un individuo de la especie caracterizado por determinadas afecciones

concretas que nos distinguen a los unos de los otros en pluralidad de cualidades y privaciones.

La verdad sobre uno mismo, sobre nuestros límites específicos e individuales, sobre

nuestras potencias y nuestras cualidades, también específicas e individuales, es el

objeto de la verdad que inspira la acción humilde. La humildad, escribe Teresa de Ávila, es andar en

verdad, es decir, actuar en lo que realmente soy. Noci seauton, o en latín, nostete ipsum,

conócete a ti mismo. Estaba escrito, según cuenta Pausanias, en el pronaos del templo de Apolo en

Delfos. De este imperativo de la antigüedad griega depende muy directamente la virtud de la humildad,

que adorna al hombre que reconoce, con el lenguaje de los hechos, esta singularidad concreta que es

cada quien, y a través de conocerse a uno mismo, alcanza la sabiduría. Y es que la humildad no se

confunde ni con la pusilanimidad, ni con el encogimiento, ni prohíbe tener conciencia de

los propios talentos. La humildad bien entendida modera los deseos de gloria, pero reconoce la

grandeza del hombre y engendra la fuerza necesaria para lanzarse a grandes empresas. No existe, pues,

contradicción entre la humildad y la magnanimidad. Preciosa palabra, como diremos más tarde, magna

anima, que refiere cómo el alma se ensancha y se hace grande cuando el hombre alberga en su pecho

grandes y nobles ideales por los que parece la pena dejarse la propia vida. Esto se ve muy

claramente en el ejemplo de Sócrates. Querefonte, compañero de la infancia de Sócrates, le preguntó

a la pitonisa de Delfos si había alguien más sabio que Sócrates y la pitonisa le respondió que no.

Sócrates no da crédito y visita a uno con fama de sabio que le defrauda con su soberbia.

Al intentar hacerle ver su ignorancia, el supuesto sabio se enfurece. A partir de ahí,

razona Sócrates. Luego que de él me separé, razonaba conmigo mismo y me decía,

yo soy más sabio que este hombre. Puede muy bien suceder que ni él ni yo sepamos nada de lo que es

bello y de lo que es bueno, pero hay esta diferencia, que él cree saberlo aunque no

sepa nada y yo, no sabiendo nada, creo no saber".

Pese a toda su sabiduría, la mayor virtud de Sócrates es que conoce su propia limitación.

Tiene un conocimiento profundo de la realidad, pero sabe que, por mucho que entienda, siempre

será más lo que desconozca.

A la humildad se falta por exceso o por defecto.

Por exceso se opone a la humildad la desordenada abdicación del propio honor y fama, es decir,

el echar por la borda con falsa humildad la verdad de quiénes somos y lo que significamos

para una comunidad.

Cuando sacrificamos la verdad por pretendida humildad, no le estamos haciendo un favor a nadie,

pues permitimos que triunfe la mentira, el mal ajeno o la injusticia, que tarde o temprano

afectarán al resto de los miembros de la comunidad. Por defecto, se opone a la humildad la soberbia.

El orgullo y la soberbia son el desordenado apetito de la propia excelencia, es decir,

poner el amor propio y el reconocimiento de los demás por nuestras bondades por encima de todo

lo demás. Según dice santo Tomás de Aquino, es la causa de todos los errores. Omnis error ex

Superbia kusatur. En efecto, en relación al conocimiento de la verdad, la consecuencia de la

soberbia es la negación de todo aquello que supone límite y subordinación. En su buena pretensión de

reinar sobre el universo, el soberbio rechaza, en primer lugar, el límite del propio entendimiento,

el que impone la realidad y el que propone la norma no moral. Vemos así como el relativismo

tiene en la soberbia uno de sus principales cimientos. Por eso, en la práctica, el humilde

tiene actitudes propias de quien se sabe limitado. El humilde no es sólo el que sabe pedir disculpas,

el que reconoce sus errores o el que acepta las críticas o se deja aconsejar. También es,

en primer lugar, el que sabe pedir ayuda. Cuando se necesita la colaboración de otro u otros en

los diferentes aspectos y hábitos de la vida, es importante desarrollar este hábito. Al pedir ayuda,

nos reconocemos como un ser con limitaciones, que está abierto a recibir aquello que nos falta y que

otro nos puede dar. Esto se ve claramente en el mito griego de Hércules. De sus 12 pruebas,

la segunda consiste en matar a la hidra que atemorizaba al pantano de Lerna. El problema

de las hidras es que cuando les cortas una cabeza nacen dos en su lugar. Hércules usa aquí la ayuda

de su sobrino Yolao, quien tiene la idea de quemar los cuellos de la hidra para cauterizar la herida

y evitar así que puedan crecer dos nuevas cabezas. Quemar las cabezas requería de dos personas, con

lo que el mito nos muestra que no resta el saber pedir ayuda a la gloria de nuestras acciones cuando

uno lo necesita. Esto es lo que hace Hércules con su sobrino. Hércules es el hijo de Zeus, un

semidios, pero sabe que incluso él no se va hasta a sí mismo para una misión tan difícil. En segundo

lugar, la humildad nos ayuda a reconocer y agradecer a las personas que nos han ayudado

a lo largo del tiempo en nuestro desarrollo y crecimiento. No solo reconocemos las capacidades

ajenas y damos crédito a los demás por su parte de nuestros éxitos, sino que, en justicia,

compartimos nuestros logros con aquellas personas que los hicieron posibles, lo que potencia una

mayor capacidad de alcanzar metas mayores en el futuro. Ya dice el dicho que es de bien nacidos

ser agradecidos. Al agradecer, la persona se reconoce parte de algo mayor y admite que hay

cosas que están fuera de su control. Esto se ve claramente en el ejemplo del Cid.

Nuestro protagonista, ante sus múltiples éxitos militares, es capaz de reconocer con piedad que

no se deben a él, sino a la ayuda de sus hombres y de Dios, a quien constantemente hace referencia

en sus victorias, siendo siempre agradecido. Hay en el cantar 450 expresiones piadosas en tan solo

3.730 versos, lo que nos muestra a un hombre que sabe que no se debe a sí mismo las victorias.

frases como por ejemplo venzo las líderes como le plaza el criador o por ejemplo dios que nos dio

las almas consejo nos dará son ejemplos de esta capacidad de no sólo pedir ayuda ante los retos

difíciles sino reconocerla y agradecerla cuando nos ha sido dada esta humildad de saber que uno

no es la causa absoluta de sus éxitos es precisamente lo que posibilita aspirar a mayores

victorias pues se predispone a recibir ayuda y por tanto a poder alcanzar objetivos más ambiciosos

precisamente por esta humildad será el cid perdonado por el rey no siendo culpable se humilla ante su

rey y reconoce su inferioridad llegando a comer hierba para mostrarlo como dice el cantar los

hinojos y las manos en tierra los cinco las hierbas del campo con los dientes las tomó llorando de los

ojos tanto era el gozo que sintió así sabe dar acatamiento a alfonso su señor de esta guisa a

los pies le cayó y el rey ante esta actitud del cid no puede sino exclamar al final del poema que

aunque algunos pesa mejor sois que nos el humilde es el único que gracias a su apertura al otro a

su capacidad de unar en torno a sí las capacidades ajenas y de suplir con la ayuda de los demás sus

propias limitaciones acaba siendo capaz de las mayores hazañas como en la fábula del gran kank

Urat, príncipe de los Hunos y fundador del reino de Bulgaria. En esta, una débil rama

es fácilmente rompible, pero su cohesión en un haz hace de ellas una unidad inquebrantable.

Solo el humilde es pegamento de este tipo de colaboraciones, por lo que solo el humilde

construye proyectos con futuro.

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