Nº 5Regala ValoresLección 3 de 24

Sobre el espíritu de sacrificio

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El espíritu de sacrificio y la abnegación constituyen actos que hunden sus raíces en dos virtudes cardinales; a saber, la fortaleza y la templanza. La evolución histórica de la propia palabra del sacrificio nos orienta hacia esta relación con las virtudes. La palabra sacrificio significaba primeramente la ofrenda que se tributa a una deidad en señal de reconocimiento, como expiación o para atraer su favor y benevolencia. A lo largo de la historia, dichas ofrendas presentan multitud de ritos en los que se mata a un animal o incluso a una persona humana. De ahí, pasa a significar el peligro o trabajos graves a los que se somete una persona para conseguir un fin deseado, y los actos de abnegación o renuncia a deseos e intereses propios inspirados por la vehemencia del amor.

Precisamente, esos peligros y los trabajos refieren respectivamente las virtudes de fortaleza y templanza. Ambas virtudes pertenecen a las virtudes cardinales, así denominadas por ser virtudes principales y fundamentales que son principio de otras virtudes en ellas contenidas. De entre las virtudes cardinales (prudencia, justicia, fortaleza y templanza), las dos primeras son constitutivas del bien y perfeccionan las facultades más nobles y específicamente humanas, la razón práctica y la voluntad. Las dos segundas, en cambio, son virtudes conservativas del bien, en cuanto liberan al hombre de todo aquello que pueda apartarlo de él. Entre aquello que puede apartarnos del bien encontramos, de una parte, el temor frente a los peligros graves o grandes males corporales, que son, en sentido estricto, el objeto de la fortaleza; de otra la inclinación a los placeres sensibles que pueden apartar al hombre de emplearse en los bienes mayores y propios de su naturaleza racional, tales como la construcción de sí mismo; es decir, de su propia humanidad.

Conviene reparar que la esencia de ambas virtudes no es vencer las dificultades externas e internas que impiden a la voluntad seguir los dictados de la recta razón, que es el criterio, norma y medida del bien, sino en obrar el bien, en hacer que el sujeto fuerte y templado obre según la recta razón, fácil y espontáneamente en cada acto concreto.

La fortaleza

El término fortaleza procede del latín fortis, fuerte, que en su alcance significativo incluye tanto la fuerza física por la que el hombre resiste y supera los ataques corporales, por ejemplo, en el campo de batalla, cuanto la fuerza anímica por la que el hombre soporta y repele las grandes dificultades que se oponen a la realización del bien.

Se origina en el protoitálico *forkti-/*forkto-, y éste del protoindoeuropeo *bʰorg-to-, *dʰ(o)rǵʰ-to-. Compárese el sánscrito बर्हयति (barháyati "hacer caer") y dvibárhas- ("con doble fuerza"), el avéstico bərəzaṇt- ("alto", "fuerte" (el sonido)), el irlandés antiguo brí ("colina"), o *briga ("monte, fortaleza"), el celtibérico Segobriga ("fortaleza victoriosa"), el alemán Berg ("montaña") y Burg ("castillo"), el armenio barjr ("alto") y el tocario A pärkär ("largo"). Todas muestran una común ascendencia de la palabra, en múltiples culturas y pueblos, asociando dicho sonido a la fuerza natural del hombre.

Pero la fortaleza no solamente implica fuerza bruta y vigor, sino el justo medio entre vencer al temor y huir de la temeridad. Abarca los dos conceptos de «fuerza física» y «energía de ánimo» y no debe confundirse con el concepto y el vocablo «violencia». Por la primera acepción el hombre repele y supera los ataques físicos mientras que por la segunda soporta, rechaza y supera las grandes dificultades que se oponen o le impiden la «realización moral del bien según el orden de la razón».

Por eso Tomás de Aquino la define como la disposición del alma por la que se afianza en lo que es conforme a la razón frente a cualquier ímpetu pasional o al cansancio de las operaciones (Suma I-II, 61, 4). El «sujeto» de esta virtud es nuestro apetito irascible, nuestras pasiones, en cuanto están subordinadas a la razón, como todo lo demás en el ser humano. El «fin» de esta virtud sería quitar los impedimentos de temor o temeridad que llevan consigo las pasiones, para conseguir que la voluntad no deje de guiarse por los dictados de la recta razón frente a los serios males y peligros corporales.

Por eso podemos distinguirlo también de la temeridad, porque es una pasión como cualquier otra, en tanto que no se guía por la razón sino por el impulso poco duradero de un calentón. Sin embargo, entre dejar de hacer las cosas por cobarde y pasarse por temerario, queda claro que en la última, al menos, hay un fundamento de bien:

Como bien nos enseña Cervantes con don Quijote (Cap XVII, Segunda parte), ante una aventura absurda, le intenta convencer el Caballero del Verde Gabán, que no es otro que su amigo Don Diego de Miranda, de que se deje de temeridades, diciéndole:

“—Señor caballero, los caballeros andantes han de acometer las aventuras que prometen esperanza de salir bien dellas, y no aquellas que de todo en todo la quitan; porque la valentía que se entra en la juridición de la temeridad, más tiene de locura que de fortaleza.”

Cuando don Quijote sale ileso de la aventura, que relataremos más tarde, le dice:

“Bien sé lo que es valentía, que es una virtud que está puesta entre dos estremos viciosos, como son la cobardía y la temeridad: pero menos mal será que el que es valiente toque y suba al punto de temerario que no que baje y toque en el punto de cobarde, que así como es más fácil venir el pródigo a ser liberal que el avaro, así es más fácil dar el temerario en verdadero valiente que no el cobarde subir a la verdadera valentía; y en esto de acometer aventuras, créame vuesa merced, señor don Diego, que antes se ha de perder por carta de más que de menos, porque mejor suena en las orejas de los que lo oyen «el tal caballero es temerario y atrevido» que no «el tal caballero es tímido y cobarde»”.

En sentido estricto, la fortaleza presenta un doble objeto: el temor y la audacia a los que se corresponden los actos propios de la fortaleza de resistir y atacar. Si bien, en sentido lato, la fortaleza es una condición de toda virtud ya que, como señala Aristóteles en el libro II de la Ética a Nicómaco, uno de los requisitos de toda virtud en general es que se obre de modo firme y estable. El temor es una reacción sensitivo-afectiva ante los peligros objetivos de índole anímico o corporal que tienen un grande efecto inhibidor de la realización del bien. De ese modo, reprimir el temor que suscita el mal, primero, y atacarlo en segundo lugar, son los dos actos propios de la fortaleza.

Ejemplo de fortaleza volvemos a encontrar en nuestro Cid Campeador, en que se simboliza nuestra virtud con dos imágenes muy fáciles de comprender: la coraza y el león.

La coraza representa la primera parte, negativa, de la fortaleza, en tanto represión del temor y protección contra los males externos. Como dice Tomás de Aquino en la Suma, es propio de la virtud de la fortaleza proteger la voluntad del hombre para que no se aparte del bien de la razón por temor a un mal corporal (Suma, II-II, 123. 4). Por así decirlo, es la armadura que protege nuestra toma de decisiones, de forma que pueda imperar siempre la razón y no las pasiones, miedos o circunstancias varias que pueden hacer que nos alejemos del bien debido en cada situación.

En este sentido, la fortaleza es una virtud pasiva, pues espera a que lleguen los golpes para actuar a la defensiva. Como una armadura, se vuelve efectiva frente a los dardos y flechas del enemigo, porque entra en acción ante el ataque, reprimiéndolo como la fortaleza reprime los miedos y vicios que nos pretenden impedir cumplir con nuestro deber:

En el fondo, esta virtud consiste en aguantar los golpes de la vida como los aguanta el Cid; que podrá llorar y alegrarse multitud de veces, pero prima el cumplimiento del deber. No falta la tristeza y el llanto, ni tampoco las alegrías de victoria y justicia, pero siempre se reciben con coraza. A lo largo del Cantar, el Cid se viste con coraza en numerosas ocasiones: para recibir a su familia a la vuelta del destierro, para recibir el perdón real, para recibir la justicia del rey contra los infantes... En todos estos momentos especiales y principales del Cantar, la coraza simboliza cómo no deben primar las pasiones, sino la prudencia, y es la coraza (fortaleza) la virtud que gestiona esa priorización.


El león, por el contrario, representa la segunda y más importante parte de la fortaleza, la disposición hacia el combate contra el mal, la proactividad hacia el bien. Volvemos a encontrar un ejemplo de ella en el Cid, pero en un episodio que inspirará más tarde también a Cervantes en el Quijote, pues en ambos se utiliza al león como símbolo de la virtud.

El episodio del león es justo el comienzo del tercer Cantar (2286-2306), en que, ya en Valencia perdonado y con sus hijas casadas, deben los yernos del Cid mostrar si valen lo que sus títulos dicen:

"En Valencia estaba mío Cid con todos sus vasallos;

Con él ambos sus yernos, los infantes de Carrión.

Yacía en un escaño, dormía el Campeador;

Mal sobresalto, sabed, que les pasó:

Saliose de la red y desatose el león.

En gran miedo se vieron en medio de la corte;

Embrazan los mantos los del Campeador

Y cercan el escaño y se ponen sobre su señor.

Pero Fernán González (infante de Carrión) no vio allí donde se escondiese,

ni cámara abierta ni torre;

Metiose bajo el escaño, ¡tuvo tanto pavor!

Diego González (el otro infante) por la puerta salió (...)

Tras una viga lagar, metiose con gran pavor;

El manto y el brial todo sucio lo sacó.

En esto despertó el que en buena hora nació;

Vio cercado el escaño de sus buenos varones.

(Cid:) ¿Qué es esto, mesnadas, o qué queréis vos?

¡Ah, señor honrado!, alarma nos dio el león.

Mío Cid apoyó el codo, en pie se levantó;

El manto trae al cuello y adeliñó para el león.

El león, cuando lo vio, mucho se amedrentó;

Ante mío Cid, la cabeza humilló y la boca bajó.

Mío Cid don Rodrigo del cuello lo tomó

Y llévalo de diestro y en la red le metió.

A maravilla lo tienen cuantos allí son;

Y tornáronse al palacio para la corte.

Mío Cid por sus yernos demandó y no los halló;

Aunque los están llamando, ninguno respondió.

Cuando los hallaron, vinieron tan sin color.

¡No visteis tal burla como iba por la corte!

(...) Gran cosa les pesa de esto que les pasó."


Se desacreditan los infantes por su falta de fortaleza. Esa rendición a pasiones e impulsos, al miedo y pavor que les provoca ver a un león suelto, y que les hace huir y desproteger a su suegro, al revés que el resto de caballeros que corren a rodearle, es lo que los hace mezquinos, lo que abre la puerta a que luego sean los villanos de la obra al maltratar a los más débiles, a las hijas del Cid. Los demás caballeros rodean al Cid, que duerme: la fortaleza es la virtud guardiana de las demás. Vemos aquí el clarísimo contraste entre el miedoso, que es en el fondo el que abandona sus obligaciones e incumple sus deberes cuando las cosas se ponen duras; y el fuerte, que no es el que no puede ser atacado (porque el Cid mismo debe ser protegido), sino el que ante el ataque contesta con bravura, tanto, que hasta el león baja la cabeza y acata.

Similar es el famosísimo episodio de los leones en el Quijote, en el Cap. XVII de la segunda parte: don Quijote y Sancho, acompañados de don Diego de Miranda, se encuentran con un carro que lleva dos jaulas con leones para la corte del rey. Nuestro héroe no lo duda, y dispuesto a probar su bravura, obliga al leonero a abrir las jaulas, mientras el resto huyen a mirar la pelea desde lejos:

“(Don Quijote) saltó del caballo, arrojó la lanza y embrazó el escudo; y desenvainando la espada, paso ante paso, con maravilloso denuedo y corazón valiente, se fue a poner delante del carro encomendándose a Dios de todo corazón y luego a su señora Dulcinea.

Y es de saber que llegando a este paso el autor de esta verdadera historia exclama y dice: «¡Oh fuerte y sobre todo encarecimiento animoso don Quijote de la Mancha, espejo donde se pueden mirar todos los valientes del mundo, segundo y nuevo don Manuel de León, que fue gloria y honra de los españoles caballeros! ¿Con qué palabras contaré esta tan espantosa hazaña, o con qué razones la haré creíble a los siglos venideros, o qué alabanzas habrá que no te convengan y cuadren, aunque sean hipérboles sobre todos los hipérboles? Tú a pie, tú solo, tú intrépido, tú magnánimo, con sola una espada, y no de las del perrillo cortadoras, con un escudo no de muy luciente y limpio acero, estás aguardando y atendiendo los dos más fieros leones que jamás criaron las africanas selvas. Tus mismos hechos sean los que te alaben, valeroso manchego, que yo los dejo aquí en su punto, por faltarme palabras con que encarecerlos».”

Finalmente, el león, perezoso, se niega a salir de la jaula, por lo que don Quijote queda satisfecho con haber demostrado su valentía, y todos contentos de que la cosa no llegara a peligro de muerte. Sin embargo, quedémonos con la enseñanza que nos traslada Cervantes: valiente no es solo el que, cuando llega el miedo, se sobrepone y cumple con su deber. Del mismo modo, la fortaleza no es solo la virtud del que, a la defensiva, es capaz de sobreponerse a los palos que le da la vida, o a los temores internos, o a las pasiones y deseos irracionales. Fortaleza es, ante todo, la virtud de los Quijotes, los que ante cualquier situación están dispuestos a ponerse frente al león a defender su causa, a cumplir con su deber, a dejarse la piel por los demás. No esperan a que lleguen los problemas, sino que se adelantan a resolverlos, y viven con una predisposición a vencer mal con bien. ¿Qué consecuencia genera esta virtud en sus vidas? Pues que no transcurren esperando a que llegue la ocasión de actuar bien ante los males de este mundo, sino que hacen el bien proactivamente, esperando con ello que los males no tengan ocasión de surgir. Una actitud que expresa don Quijote perfectamente tras la aventura:

“—¿Qué te parece desto, Sancho? —dijo don Quijote—. ¿Hay encantos que valgan contra la verdadera valentía? Bien podrán los encantadores quitarme la ventura, pero el esfuerzo y el ánimo, será imposible.”

Nos surge entonces la duda: ¿en qué se diferencian la virtud de la fortaleza, y el valor o el coraje? Precisamente en que una es causa necesaria de los otros, en tanto que la fortaleza el la fuerza mental y emocional necesaria para afrontar la adversidad con valentía. Como dice Aquino, el hombre fuerte será capaz de exponerse incluso a la muerte con tal de ser fiel al bien, pues “la fortaleza confirma el ánimo del hombre contra los máximos peligros, que son los de la muerte. Pero, como la fortaleza es una virtud a la que compete tender siempre al bien, se sigue que el hombre no debe rehuir los peligros de muerte si está en juego la consecución de un bien” (Suma, II-II, 123. 5)

La templanza

Por su parte, si la fortaleza es hacer frente a los peligros externos, la templanza se orienta a los peligros de carácter interno que nacen de un amor desordenado a los placeres u objetos sensibles que los provocan. El placer no es en modo alguno malo, pero como todo en el hombre, está supeditado a su razón y su voluntad, y éstas al fin y felicidad del hombre. Cuando la razón queda eclipsada y no hacemos el bien mayor que nos realiza, sino el bien menor o falso que nos apetece, estamos actuando más como animales que como seres humanos. Por ejemplo, cuando el cansancio me invita a posponer el cumplimiento de mi obligación y a entregarme al placer primario del sueño.

La RAE define la templanza como ‘moderación, sobriedad y continencia’, y a la vez como esa virtud que ‘consiste en moderar los apetitos y el uso excesivo de los sentidos, sujetándolos a la razón’. En ese sentido, si la fortaleza es escudo y espada frente y contra el mal evidente, la templanza serían las riendas de nuestros deseos y apetitos, que lejos de ser malos, nos ayudan a crecer y ser felices, pero controlándonos desde nuestra razón, y no ellos a nosotros.

El origen de la palabra es muy esclarecedor, pues proviene del latín temperantia. En latín, puede decirse que tiene tres usos, que combinados crean una imagen bastante clara de lo que nos referimos por templanza:

  1. Por un lado, relacionado con el verbo temperō, significa dividir diligentemente, moderar, repartir, combinar o mezclar con propiedad y en su justa medida. Así, se usaba este verbo para referirse al equilibrio, la mezcla adecuada o las combinaciones justas de materiales, colores o temperaturas, de donde viene, por ejemplo, el adjetivo ‘templado’.
  2. En segundo lugar, daba lugar al verbo ‘templar’ o el sustantivo ‘temple’, que sería la acción de dar el punto de dureza o elasticidad a un metal o un cristal, de donde vienen acciones como ’templar una espada’, es decir, hacerla pasar por el proceso de calentamiento y enfriamiento que forja la hoja de metal.
  3. Por último, derivaría de la misma raíz que el latín para ‘tiempo’, es decir, tempus; que más que tiempo en sentido abstracto, significaba estación o momento exacto en que algo debía suceder, como una festividad o un evento. No era meramente ‘tiempo’, sino ‘el tiempo correcto’, ‘el tiempo exacto para cada cosa’.

Con estos tres elementos podemos acercarnos mejor a lo que significa la virtud de la esperanza. Sería una combinación entre los significados de equilibrio y mezcla, de armonía y tiempo: la templanza es la virtud de quien vive de manera equilibrada y ajustada a los tiempos en sus acciones, que hace las cosas en su justa medida y el el tiempo o momento adecuado, no cuando dictan sus deseos, sino cuándo y cómo la razón establece que es bueno hacerlo.

Como dice el emperador Marco Aurelio, en sus Meditaciones (Libro VII, 55), prevalece en el hombre virtuoso “la resistencia a las pasiones corporales, pues es propio del movimiento racional e intelectivo marcarse límites y no ser derrotado nunca ni por el movimiento sensitivo ni por el instintivo. Pues ambos son de naturaleza animal, mientras que el movimiento intelectivo”, que debe ser el primero, es lo propiamente humano.

Por último, conviene reparar en algo fundamental; a saber, que bajo estas virtudes encontramos una cosmovisión y una antropología realistas que se oponen a visiones ingenuas y buenistas del hombre y del mundo, tan frecuentes ayer como hoy. El bien y la justicia no se imponen por sí solos, sino que han de realizarse. Frente a una mirada ingenua es preciso reconocer y afirmar la existencia del mal en el mundo. Tanto del mal físico como del mal moral. Ciertamente que el mal no tiene entidad metafísica, es decir, no existe un principio del mal en lucha con un principio del bien, sencillamente porque el ser, que es lo único que existe, es bueno; de manera que el mal, en rigor, es solamente la ausencia del bien debido. Así, por ejemplo, la ignorancia es un mal porque el conocimiento y la ciencia son el bien debido a la facultad intelectual; o la ceguera es un mal que implica la ausencia del bien debido a cualquier animal que posee el sentido de la vista, que es ver.

Precisamente porque el mal no tiene entidad metafísica, sino que consiste en la ausencia del bien debido, el mal es vencible: vince in bono malum, vence el mal con abundancia de bien. En este sentido, tanto la fortaleza, que sirve de armadura y espada, como la templanza, que son las riendas de nuestro caballo, son virtudes de batalla, que el hombre necesita para enfrentarse al mal en el día a día. Por eso, importa mucho comprender y asumir bien, que, puesto que esa victoria del bien tiene poderosos enemigos, la vida del hombre es milicia, lucha: ¡luchar por amor al bien!, tal es el destino del hombre en la vida. Militia est vita hominis super terram (Job, 7,1).

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Transcripción del vídeo

El espíritu de sacrificio y la abnegación constituyen actos que hunden sus raíces en dos virtudes cardinales, a saber, la fortaleza y la templanza.

La palabra sacrificio significa primeramente la ofrenda que se tributa a una deidad en señal de reconocimiento, como expiación o como ofrenda para atraer su favor y benevolencia.

A lo largo de la historia, dichas ofrendas, a las que se han llamado sacrificios, han presentado multitud de ritos en que generalmente se ofrecía bien un animal, bien incluso una persona, al dios al que se le pedía el favor

De ese significado primero y primitivo hemos pasado a otro significado que viene a significar el peligro o trabajos graves a los que se somete una persona para conseguir un fin deseado

Y todos aquellos actos de abnegación o de renuncia que realizamos inspirados por la vehemencia del amor que consideramos principal

precisamente los peligros y los trabajos refieren respectivamente a las virtudes de la fortaleza y

la templanza ambas virtudes pertenecen a las virtudes cardinales así denominadas por ser

virtudes principales y fundamentales que son el principio de otras virtudes que están contenidas

en ellas entre las cuatro virtudes cardinales prudencia justicia fortaleza y templanza las

dos primeras son constitutivas del bien y perfeccionan las facultades más nobles y

específicamente humanas, la razón práctica y la voluntad. Las dos segundas, fortaleza y templanza,

en cambio, son virtudes conservativas del bien, en cuanto liberan al hombre de todo aquello que

puede apartarlo del bien. Entre aquello que puede apartarnos del bien, encontramos de una parte el

temor frente a peligros graves o grandes males corporales, que son en sentido estricto el objeto

de la virtud de la fortaleza. De otro lado, tenemos la inclinación a los placeres sensibles, que puede

apartar al hombre de emplearse en los bienes mayores y propios de la naturaleza racional,

tales como la construcción de sí mismo, es decir, su propia humanidad. Conviene reparar que la

esencia de ambas virtudes no es vencer las dificultades externas e internas que impidan

a la voluntad seguir los dictados de la recta razón, que es el criterio, norma y medida del

bien, sino que el objeto es obrar el bien, en hacer que el sujeto fuerte y templado obre según

la recta razón, fácil y espontáneamente en cada acto concreto. El término fortaleza procede del

latín fortis, fuerte, que en su alcance significativo incluye tanto la fuerza física por la que el hombre

resiste y supera los ataques corporales, por ejemplo en el campo de batalla, cuanto la fuerza

anímica por la que el hombre soporta y repele las grandes dificultades que se oponen a la realización

del bien. La fortaleza no solamente implica fuerza bruta y vigor, sino el justo medio entre vencer el

temor y huir de la temeridad. Abarca los dos conceptos de fuerza física y energía de ánimo,

y no debe confundirse con el concepto y el vocablo violencia. Por la primera excepción,

el hombre repele y supera los ataques físicos, mientras que, por la segunda, soporta, rechaza y

supera las grandes dificultades que se oponen o le impiden la realización moral del bien según

el orden de la razón. Por eso, Tomás de Aquino la define como la disposición del alma por la que

se afianza en lo que es conforme a la razón frente a cualquier ímpetu pasional o el cansancio de las

operaciones. El sujeto de esta virtud es nuestro apetito irascible, nuestras pasiones, en cuanto

están subordinadas a la razón, como todo lo demás en el ser humano. El fin de esta virtud sería quitar

los impedimentos de temor o temeridad que llevan consigo las pasiones, para conseguir que la voluntad

no deje de guiarse por los dictados de la recta razón, frente a los serios males y peligros

corporales. Por eso podemos distinguirlo también de la temeridad, porque es una pasión como cualquier

otra, en tanto que no seguía por la razón, sino por el impulso poco duradero de un calentón.

Sin embargo, entre dejar hacer las cosas por cobarde y pasarse por temerario, queda claro

que en la última, al menos, hay un fundamento de bien, como bien nos enseñó Cervantes con

don Quijote en el capítulo 17, segunda parte. Ante una aventura absurda, le intenta convencer

el caballero del Verde Gabán, que no es otro que su amigo don Diego de Miranda, de que se

Los caballeros andantes han de acometer las aventuras que prometen esperanza de salir bien de ellas,

y no aquellas que de todo en todo la quitan,

porque la valentía que se entra en la jurisdicción de la temeridad más tiene de locura que de fortaleza.

Cuando don Quijote sale ileso de la aventura, que relataremos más tarde, le dice

Bien sé lo que es valentía, que es una virtud que está puesta entre dos extremos viciosos,

como son la cobardía y la temeridad.

Pero menos mal será que el que es valiente toque y sube al punto de temerario, que no que baje y toque en el punto de cobarde.

Que así, como es más fácil venir el pródigo a ser liberal que el ábaro, así es más fácil dar el temerario en verdadero valiente que no el cobarde subir a la verdadera valentía.

Y en esto de acometer aventuras, créame vuesa merced, señor don Diego, que antes se ha de perder, por carta de más que de menos.

porque mejor suena en las orejas de los que lo oyen el tal caballero es temerario y atrevido que no el tal caballero es tímido y cobarde

en sentido estricto la fortaleza presenta un doble objeto el temor y la audacia a los que se corresponden los actos propios de la fortaleza de resistir y atacar

si bien en sentido lato la fortaleza es una condición de toda virtud ya que como señala aristóteles en el libro segundo de la ética en icómaco

uno de los requisitos de toda virtud en general es que se obre de modo firme y estable

El temor es una reacción sensitiva-afectiva ante los peligros objetivos de índole anímico

o corporal, que tienen un gran efecto inhibidor de la realización del bien.

De ese modo, reprimir el temor que suscita al mal primero y atacarlo en segundo lugar

son los dos actos propios de la fortaleza.

Ejemplo de fortaleza volvemos a encontrar en nuestro Zid Campeador, en que se simboliza

nuestra virtud con dos imágenes muy fáciles de comprender, la coraza y el león.

La coraza representa la primera parte negativa de la fortaleza, en tanto represión del temor

y protección contra los males externos. Como dice Tomás de Aquino en la Suma, es propio de la virtud

de la fortaleza proteger la voluntad del hombre para que no sea parte del bien de la razón por

temor a un mal corporal. Por así decirlo, es la armadura que protege nuestra toma de decisiones

de forma que pueda imperar siempre la razón y no las pasiones, miedos o circunstancias varias que

pueden hacer que nos alejemos del bien debido en cada situación. En este sentido, la fortaleza es

una virtud pasiva, pues espera a que lleguen los golpes para actuar a la defensiva. Con una

armadura se vuelve efectiva frente a los datos y flechas del enemigo, porque entra en acción ante

el ataque, reprimiéndolo como la fortaleza reprime los miedos y vicios que nos pretenden

impedir cumplir con nuestro deber. En el fondo, esta virtud consiste en aguantar los golpes de

la vida como los aguanta el Cid, que podrá llorar y alegrarse multitud de veces, pero prima el

cumplimiento del deber. No falta la tristeza y el llanto, ni tampoco las alegrías de victoria y

justicia, pero siempre se recibe con coraza. A lo largo del cantar, el Cid se viste con coraza en

numerosas ocasiones, para recibir a su familia a la vuelta del destierro, para recibir el perdón

real, para recibir la justicia del rey contra los infantes. En todos estos momentos especiales y

principales del cantar, la coraza simboliza cómo no debe imprimar las pasiones sino la prudencia y

es la coraza, fortaleza, la virtud que gestiona esta priorización. El león, por el contrario,

representa la segunda y más importante parte de la fortaleza, la disposición hacia el combate

contra el mal, la proactividad y el bien. Volvemos a encontrar un ejemplo de ella en el Cid, pero en

un episodio que inspirará más tarde también a Cervantes en el Quijote, pues en ambos se utiliza

el león como símbolo de la virtud. El episodio del león es justo al comienzo del tercer cantar,

en que ya en Valencia, perdonado y hasta con sus hijas casadas, deben los yernos del Cid mostrar

si valen los títulos que dicen tener. Y dice así el cantar. En Valencia estaba Mio Cid con todos sus

vasallos. Con él ambos sus yernos, los infantes de Carrión. Yacía en un escaño, dormía el

campeador. Mal sobresalto sabed qué les pasó. Salióse de la red y desatóse el león. En gran

miedo se vieron en medio de la corte. Embrazan los mantos los del campeador y cerca en el escaño

se ponen sobre su señor. Pero Fernán González, infante de Carrión, no vio allí donde se escondiese,

ni cámara abierta ni torre. Metióse hoy bajo el escaño. Tuvo tanto pavor. Diego González,

el otro infante, por la puerta salió. Tras una viga al agar, metióse con gran pavor. El manto

y el brial todo sucio lo sacó. En esto despertó el que en buena hora nació. Vio cercado el escaño

de sus buenos varones. —¿Qué es esto, mesnadas? ¿A qué queréis vos? —Ah, señor honrado,

alarma nos dio el león. Miocid apoyó el codo, en pie se levantó. El manto trae al cuello y adeliñó

para el león. El león cuando lo vio, muchos amedrentó. Ante Miocid la cabeza humilló y la

boca bajó. Miocid don Rodrigo del cuello lo tomó y llevado de diestro y en la red le metió. A

maravilla lo tienen cuantos allí son. Y tornarlos al palacio para la corte. Miocid por sus yernos

demandó y no los halló. Aunque los están llamando, ninguno respondió. Y cuando los hallaron,

vinieron tan sin color. No visteis tal burla como iba por la corte. Gran cosa les pesa de esto que

les pasó. Se desacreditan los infantes de Carrión por su falta de fortaleza. Se arrendiciona las

pasiones e impulsos al miedo y al pavor que les provoca ver a un león suelto y que les hace huir

y desproteger a su suegro. Al revés que el resto de caballeros, que corren a rodearle. Eso es lo

que les hace mezquinos, lo que abre la puerta a que luego sean los villanos de la obra al maltratar

a las más débiles en ésta, a las hijas del Cid. Los demás caballeros rodean al Cid que duerme. La

fortaleza es la virtud guardiana de los demás. Vemos aquí el clarísimo contraste entre el

miedoso, que es en el fondo el que abandona sus obligaciones e incumple sus deberes, cuando las

cosas se ponen duras, y por el contrario el fuerte, que no es el que no puede ser atacado, porque el

ti mismo debe ser protegido, sino el que ante el ataque contesta con bravura, tanto que hasta el

león baja la cabeza y acata. Similar es el famosísimo episodio de los leones en el Quijote, en el

capítulo 17 de la segunda parte también. Don Quijote y Sancho, acompañados de don Diego de Miranda,

se encuentran con un carro que lleva dos jaulas con leones para la corta del rey. Nuestro héroe,

no lo duda, y dispuesto a probar su bravura, obliga al leonero a abrir las jaulas, mientras el resto

huyen a mirar la pelea desde lejos. Don Quijote saltó del caballo, arrojó la lanza y embarazó el

escudo y desenvainando la espada, paso ante paso, con maravilloso denuedo y corazón valiente, se fue

a poner delante del carro encomendándose a Dios de todo corazón y luego a su señora Dulcinea. Y es

de saber que llegando a este paso el autor de esta verdadera historia exclama y dice, oh fuerte y

sobre todo encarecimiento animoso Don Quijote de la Mancha, espejo donde se pueden mirar todos los

valientes del mundo, segundo y nuevo don Manuel de León, que fue gloria y honra de los españoles

caballeros. ¿Con qué palabras contaré esta tan espantosa hazaña? ¿O con qué razones la haré

creíble en los siglos venideros? ¿O qué alabanzas habrá que no te convengan y cuadren, aunque sean

hipérboles sobre todos los hipérboles? Tú, a pie, tú solo, tú intrépido, tú magnánimo, con solo una

espada y no de las del perrillo cortadoras con un escudo no de muy leciente y limpio acero,

estás aguardando y atendiendo los dos más fieros leones que jamás criaron las africanas selvas.

Tus mismos hechos sean los que te alaben, valeroso manchego, que yo los dejo aquí en su punto por

faltarme palabras con que encarecerle. Finalmente, el león perezoso se niega a salir de la jaula,

por lo que don Quijote queda satisfecho con haber demostrado su valentía y todos contentos de que

la cosa no llegara a peligro de muerte. Sin embargo, quedémonos con la enseñanza que

nos traslada Cervantes. Valiente no es sólo el que cuando llega el miedo se sobrepone

y cumple con su deber. Del mismo modo, la fortaleza no es sólo la virtud del que a

la defensiva es capaz de sobreponerse a los palos que le da la vida o a los temores internos

o a las pasiones y deseos irracionales. Fortaleza es, ante todo, la virtud de los quijotes,

Los que ante cualquier situación están dispuestos a ponerse frente al león, a defender su causa, a cumplir con su deber, a dejarse la piel por los demás.

No esperan a que lleguen los problemas, sino que se adelantan a resolverlos y viven con una predisposición a vencer mal con bien.

¿Qué consecuencia genera esta virtud en sus vidas?

Pues que no transcurren esperando a que llegue la ocasión de actuar bien ante los males de este mundo,

sino que hacen el bien proactivamente, esperando con ello que los males no tengan ocasión de surgir.

Una actitud que expresa Don Quijote perfectamente tras la aventura.

¿Qué te parece de esto, Sancho? Dijo Don Quijote.

¿Hay encantos que valgan contra la verdadera valentía?

Bien podrán los encantadores quitarme la aventura, pero el esfuerzo y el ánimo será imposible.

Nos surge entonces la duda.

¿En qué se diferencian la virtud de la fortaleza y el valor o el coraje?

precisamente en que una es causa necesaria de las otras, en tanto que la fortaleza es la fuerza

mental y emocional necesaria para afrontar la adversidad con valentía. Como dice Aquino,

el hombre fuerte será capaz de exponerse incluso a la muerte con tal de ser fiel al bien, pues la

fortaleza confirma el ánimo del hombre contra los máximos peligros, que son los de la muerte. Pero,

como la fortaleza es una virtud a la que compete tender siempre al bien, se sigue que el hombre no

debe reubrir los peligros de muerte si está en juego la consecución de un bien. Por su parte,

si la fortaleza es hacer frente a los peligros externos, la templanza se orienta a los peligros

de carácter interno, que nacen de un amor desordenado a los placeres u objetos sensibles

que provocan esos placeres. Y es que el placer no es en modo alguno malo, pero como todo en el

hombre, está supeditado a su razón y a su voluntad, y éstas al fin y felicidad del hombre. Cuando la

razón queda eclipsada y no hacemos el bien mayor que nos realiza, sino el bien menor o bien falso

que nos apetece, estamos actuando más como animales que como seres humanos. Por ejemplo,

cuando el cansancio me invita a posponer el cumplimiento de mi obligación y a entregarme

al placer primario del sueño. La RAE define la templanza como moderación, sobriedad y

continencia y a la vez como esa virtud que consiste en moderar los apetitos y el uso

excesivo de los sentidos, sujetándolos a la razón. En ese sentido, si la fortaleza es escudo y espada

frente y contra el mal evidente, la templanza serían las riendas de nuestros deseos y apetitos

que, lejos de ser malos, nos ayudan a crecer y ser felices, pero controlándolos desde nuestra razón

y no ellos a nosotros. El origen de la palabra es muy esclarecedor pues proviene del latín temperantia.

En latín puede decirse que tiene tres usos, que combinados crean una imagen bastante clara de lo

que nos referimos por templaza. Por un lado, relacionado con el verbo tempero significa

dividir diligentemente, moderar, repartir, combinar o mezclar con propiedad y en su justa

medida. Así, se usaba este verbo para referirse al equilibrio, la mezcla adecuada o las combinaciones

justas de materiales, colores o temperaturas, de donde viene, por ejemplo, el adjetivo templado.

En segundo lugar, daba lugar al verbo templar o el sustantivo temple, que sería la acción de dar

el punto de dureza o elasticidad a un metal o a un cristal, de donde vienen acciones como

templar una espada, es decir, hacerla pasar por el proceso de calentamiento y enfriamiento

que forja la hoja de metal. Por último, derivaría de la misma raíz que el latín para tiempo,

es decir, tempus, que más que tiempo en sentido abstracto significaba estación o momento

exacto en que algo debía suceder, como una festividad o un evento. No era meramente tiempo,

sino el tiempo correcto, el tiempo exacto para cada cosa. Con estos tres elementos

podemos acercarnos mejor a lo que significa la virtud de la templanza. Sería una combinación

entre los significados de equilibrio y mezcla, de armonía y tiempo. La templanza es la virtud de

quien vive de manera equilibrada y ajustada a los tiempos y sus acciones, que hace las cosas en su

justa medida y en el tiempo o momento adecuado, no cuando dictan sus deseos, sino cuándo y cómo

la razón establece que es bueno hacerlo. Como dice el emperador Marco Aurelio en sus meditaciones,

prevalece en el hombre virtuoso la resistencia a las pasiones corporales, pues es propio del

movimiento racional e intelectivo marcarse límites y no ser derrotado nunca ni por el movimiento

sensitivo ni por el instintivo, pues ambos son de naturaleza animal, mientras que el movimiento

intelectivo, que debe ser el primero, es lo propiamente humano. Por último, conviene reparar

en algo fundamental, a saber, que bajo estas virtudes encontramos una cosmovisión y una

antropología realistas que se oponen a visiones ingenuas y buenistas del hombre y del mundo.

El bien y la justicia no se imponen por sí solos, sino que han de realizarse.

Frente a una mirada ingenua, es preciso reconocer y afirmar la existencia del mal en el mundo,

tanto del mal físico como del mal moral.

Ciertamente que el mal no tiene entidad metafísica, es decir, no existe un principio del mal en

lucha con un principio del bien, sencillamente porque el ser, que es lo único que existe,

es bueno, de manera que el mal, en rigor, es solamente la ausencia del bien debido.

Así, por ejemplo, la ignorancia es un mal porque el conocimiento y la ciencia son el

bien debido a la facultad intelectual o la ceguera es un mal que implica la ausencia

del bien debido a cualquier animal que posee el sentido de la vista, que es ver.

Precisamente porque el mal no tiene entidad metafísica, sino que consiste en la ausencia

del bien debido, el mal es vencible.

Vince in bono malum.

Vence el mal con abundancia de bien.

En este sentido, tanto la fortaleza que sirve de armadura y espada como la templanza, que son las reinas de nuestro caballo,

son virtudes de batalla que el hombre necesita para enfrentarse al mal en el día a día.

Por eso, importa mucho comprender y asumir bien que, puesto que esa victoria del bien tiene poderosos enemigos,

la vida del hombre es milicia.

Lucha, luchar por amor al bien.

Tal es el destino del hombre en la vida.

Militia es vita homines super terra.

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