Nº 5Regala ValoresLección 22 de 24

Somos seres sociales

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EMPLEADO COMO SER SOCIAL - DO UT ES

En este vídeo se ahonda en cómo el hombre es ser social por naturaleza, en especial respecto de las formas de integración del hombre en la sociedad, cómo somos necesarios, y qué implica su actuar respecto de sus relaciones sociales.

La sociabilidad del ser humano es algo que, sin pensarlo mucho, cualquiera acepta como un dato de la condición humana, seguramente por el hecho de que vivimos con los demás y necesitamos de ellos para prácticamente cualquier empresa de envergadura que queramos llevar a cabo. Sin embargo, esto que hemos dado por evidente durante mucho tiempo, se puso en duda con la llegada de la Modernidad, en que la reflexión sobre la sociabilidad humana se centró más en el hecho de la sociedad —¿es ésta algo natural o sólo artificio?— que en la cualidad personal sobre la que la sociabilidad se asienta.

En torno a los siglos XVII y XVIII, sucede una proliferación de lemas contradictorios como que el hombre es un lobo para el hombre (Hobbes) o que el hombre es bueno por naturaleza pero la sociedad lo corrompe (Rousseau). En la primera teoría, se pretendía demostrar que el ser humano era individualista y malo por naturaleza, y que sólo se unía a otros por estricta necesidad de supervivencia, pero que dejados a nuestro arbitrio nos mataríamos unos a otros. En la segunda, el ser humano es igual de individualista, pero bueno por naturaleza si se le deja solo. No alcanzamos todo nuestro potencial y bondad porque necesitamos de la sociedad para sobrevivir, pero ésta nos capa nuestro desarrollo y nos corrompe. ¿Qué veracidad hay en estas teorías de Hobbes y Rousseau?

Como tesis acerca de quienes somos, ambas se demuestran falsas por la propia experiencia humana. La sociabilidad no es tan propia, que cuesta aceptar que el ser humano se pueda desarrollar sin atender a esta dimensión personal. Se puede decir que la relación social nos “constituye”, y esto se puede verificar desde un punto de vista biológico (yo existo porque se ha dado una relación previa entre un hombre y una mujer) como desde uno psicológico: el bebé, en su descubrimiento de la realidad, lo primero que descubre es a su madre y, respecto a ella, se descubre a sí mismo como algo diferente. Llama a la madre, a la ajenidad, y dice Tú antes que Yo.

La investigación empírica ha demostrado que el mito del buen salvaje de Rousseau no parece ser más que un mito. En el siglo XVIII se pudo estudiar el caso del niño de Aveyron, un niño de unos 12 años que fue encontrado en el bosque. Este niño había vivido desde muy pequeño apartado de la sociedad. El caso despertó un gran interés en la sociedad cientificista francesa de después de la Revolución. Muchos científicos quisieron examinarlo para tratar de ratificar las tesis de Rousseau y descubrir en él una moral originaria todavía no corrompida por la sociedad.

Pero lo que descubrieron es que por más empeño que pusieran en su educación, el niño no aprendía a hablar bien ni a relacionarse, mordía, arañaba, no mostraba ningún afecto o empatía por nadie, era incapaz de prestar atención y trataba de escaparse constantemente. El médico Philippe Pinel llegó a decir que era "un deficiente mental incurable". Otro médico y pedagogo Jean Itard lo adoptó como su pupilo y le puso el nombre de Víctor. Aunque hizo algunos progresos las esperanzas de Itard de enseñarle a hablar y a comportarse de manera civilizada resultaron frustradas y así lo manifiesta en sus informes. Lo que la sociedad roussoniana aprendió con este caso, fue que el ser humano necesita de la sociedad para desarrollarse. Nunca podrá alcanzar su plenitud como persona él solo.

Aquí hay una breve escena de la película inspirada en estos hechos, L'Enfant sauvage, de 1970:

Puedes profundizar más sobre casos de niños salvajes y su desarrollo psicológico en este artículo, y en este otro artículo que los relaciona con los casos de ficción como Tarzán (creado por Edgar Rice Burroughs, en la revista All Story Magazine en octubre de 1912) o Mowgli (creado por Rudyard Kipling en la novela de El libro de la selva en 1894). Ambos personajes, como se ve, son muy posteriores a los casos reales.

Además, el caso en que por ejemplo se inspira Tarzán, la historia del joven William Mildin Russell, decimo-cuarto conde de Streathamm, que sobrevivió en la jungla de la costa occidental africana durante 15 años, entre 1868 y 1883 viviendo en la jungla. Sin embargo, este chico tenía 11 años, ya estaba educado lo suficiente como para haberse reintegrado socialmente después.

Sin embargo, que seamos sociales no significa que relacionarse con los demás sea fácil, y de ahí quizá la proliferación de relatos donde el peso de lo social ahoga o donde la civilización, sin más, está en ruinas. En la novela Robinson Crusoe, por ejemplo, vemos esta especie de miedo o desconfianza en el protagonista ante la llegada de nuevos seres humanos a su isla. Sin embargo, ¿es esta la experiencia radical que las personas tenemos ante la presencia de los demás? La sabiduría de Occidente, por lo general, ha pensado que no y que, en realidad, la situación originaria del ser humano es la confianza, confianza en todo, virginidad del alma, apertura íntima a lo que hay, como dice María Zambrano.

Esto lo percibimos de modo nítido en la familia, célula de toda sociedad, en cuyo seno se dan relaciones que son buena expresión de la vida en sociedad. Puedes profundizar en este segundo artículo de Jorge Fernández Sangrador: La familia, célula vital de la sociedad.pdf

Más allá de esta, la sociabilidad aparece en la comunidad cercana, en las amistades, que, a su vez, se sitúan dentro de un marco más grande que abarca la identidad cultural, la nación, etc. Cualquiera de estas relaciones no se construyen automáticamente. Requieren de la acción del individuo que forma parte de esa relación social, y de su actitud benevolente. Una familia, por ser familia, no implica que se den auténticas relaciones familiares, ni un grupo de amigos, por el hecho de serlo, implica que se forje una verdadera amistad. La construcción del orden social requiere de mi libertad y mi acción. La relación laboral es exactamente igual.


El filósofo alemán Martin Buber (1878-1965) resumió de un modo muy sencillo los tipos de relación interpersonal que puede realizar el ser humano y, según el tipo de relación, unas claves para comprobar si se produce un verdadero encuentro interpersonal y, por tanto, una relación auténtica. Habría, entonces:


- La relación yo-ello. Esta es la relación del yo con el otro como objeto. Es una relación de dominio, posesión o manipulación del otro. Convierto al tú personal y sujeto en un ello objeto, utilizable, explotable, cambiable. Me relaciono con el otro como si fuera algo, no alguien. Ejemplos de este tipo de relación son los abusos de poder, injusticias económicas, abusos sexuales, la relación señor-esclavo; pero también en la experiencia cotidiana en la que tratamos a los demás no como un otro, sino como un objeto al que usar y tirar.


- La relación yo-tú. Esta es la relación entre personas, el encuentro fecundo entre dos sujetos libres que se reconocen y respetan como tales. No hay manipulación, hay aceptación sincera del otro, relación directa sin ningún tipo de mediación o interés servil (económica, política, erótica) que obstaculizarían el verdadero encuentro.

Si observamos nuestras relaciones podemos identificar cuáles son las consecuencias de nuestro modo de relacionarnos desde estos dos tipos. El reconocimiento del otro como un tú, y no como un ello, nos ayuda a comprender que cada individuo es único y, por tanto, su aportación social es insustituible, pues va más allá de un mero trabajo mecánico: es toda su persona quien trabaja.

Transcripción del vídeo

La dimensión personal del empleado es una realidad que la empresa no puede ignorar.

Hoy vamos a hablar de la otra cara de la moneda. La sociabilidad de la empresa es algo que hemos dado por sentado hasta ahora.

Es el momento de responder algunas preguntas. ¿Por qué somos sociales? ¿Por qué nos resulta problemático afirmar esto?

¿Y qué importancia tiene esto para la vida empresarial?

Aceptamos la sociabilidad humana como un dato evidente, seguramente por el hecho de que vivimos

con los demás y necesitamos de ellos para prácticamente cualquier empresa de envergadura

que queramos llevar a cabo. Sin embargo, esto se vuelve problemático a partir de la modernidad.

Esto se advierte en autores como Hobbes, con su famosa afirmación, el hombre es un lobo para el

hombre, o en autores como Rousseau, que defiende que el hombre es bueno por naturaleza hasta que

la sociedad lo corrompe. Ahora bien, si miramos al hombre, ¿podemos negar su sociabilidad,

como hacen estos autores? La sociabilidad nos es tan propia que cuesta aceptar que el ser humano

se pueda desarrollar sin ella. Esto se puede verificar desde un punto de vista tanto biológico

como desde uno psicológico. Primero, yo existo porque se ha dado una relación previa entre un

hombre y una mujer. Segundo, el bebé lo primero que descubre es a su madre y respecto a ella se

descubre a sí mismo como algo diferente. Dice tú antes que yo. Y esta relación primera le

afectarán el desarrollo de su identidad. Cuanto más adecuada, afectuosa, cariñosa sea esa relación,

mejor será su desarrollo psicológico. Esta capacidad de lenguaje y la necesidad de comunicación es

otro dato que nos desvela la naturaleza relacional de nuestro ser personal. Lo social nos constituye.

Esta faceta relacional que se apoya en la comunicación queda perfectamente ejemplificada

en un curioso caso de principios del siglo XIX, en el que quedó puesto a prueba el mito del buen

salvaje de Rousseau. En 1800 se pudo estudiar el caso del famoso niño de Begon, un chico de unos

12 años que fue encontrado en el bosque por unos cazadores. Este niño había vivido desde muy

pequeño apartado de la sociedad. El caso despertó mucho interés en la sociedad cientificista francesa

después de la revolución y muchos científicos quisieron examinarlo para tratar de ratificar la

tesis de Rousseau y descubrir en él, en este niño, si había una moral originaria que no hubiera sido

corrompida por la sociedad. Y podríamos pensar que el caso sería similar a los cuentos que ya

conocemos como el Tarzan de Burroughs o el Mowgli de Kipling, ambos redactados a finales del siglo

XIX, casi 100 años después. Sin embargo, la realidad poco tuvo que ver con la ficción. Lo

que los científicos descubrieron al examinar al niño es que por más empeño que pusieron en su

educación, el niño no aprendía a hablar, no aprendía a relacionarse, mordía, arañaba,

no mostraba ningún afecto o empatía por nadie, era incapaz de prestar atención y trataba de

escaparse constantemente. El médico Philippe Pinet llegó a decir que era un deficiente mental

incurable. Sin embargo, otro médico y pedagogo más compasivo, Jean Itard, lo adoptó como su

pupilo y le puso el nombre de Víctor. Aunque hizo algunos progresos, las esperanzas de Itard de

enseñar al niño a hablar y a comportarse correctamente de manera civilizada resultaron

frustradas, y así lo manifiesta él en sus informes. Lo que los científicos russuanianos

aprendieron con este caso es muy simple. El ser humano necesita de la sociedad para

desarrollarse y nunca podrá alcanzar la plenitud como persona él solo.

Sin embargo, nuestra naturaleza social no está exenta de dificultades. Que seamos sociales

no significa que relacionarse con los demás sea fácil. Obras como Robinson Crusoe muestran

los límites y grietas de nuestra sociabilidad. En la novela de Daniel Defoe vemos esta especie

de miedo, desconfianza en el protagonista ante la llegada de nuevos seres humanos a su isla.

A pesar de estas imperfecciones en nuestro ser social, tenemos necesidad del otro. Como dice

María Zambrano, la situación originaria del hombre es la confianza. La confianza en todo,

virginidad del alma, apertura íntima a lo que hay. La experiencia histórica lo corrobora. El

El testimonio del primer encuentro entre colonos ingleses e indios americanos estuvo marcado

por una actitud de apertura e intercambio. Así lo cuenta el explorador Arthur Butler

por carta.

Después de que hubo dicho muchas cosas que no le entendíamos, lo trasladamos con su

anuencia hasta las naves, le dimos una camisa, un sombrero y algunas otras cosas y le hicimos

saborear nuestro vino y nuestra carne, que le gustaron sobremanera. Después de haber

recorrido ambos barcos, regresó a su bote, que había dejado en una pequeña caleta o

barrolla adyacente, tan pronto estuvo a dos golpes de remo de la orilla, se arrojó al mar a pescar y,

en menos de media hora, había cargado su bote lo suficiente para que no zozobrara, hecho lo cual,

tornó a tierra. Allí dividió su pesca en dos partes, una de ellas destinada a los barcos y la

otra a su embarcación, y después de haber retribuido, en la medida de sus posibilidades,

los regalos recibidos, desapareció de nuestra vista. Esta lógica de la reciprocidad toca lo

más profundo de nuestra humanidad. Do ut des, la amabilidad despierta más amabilidad. La sociabilidad

se apoya en el dato de que nos necesitamos, nos servimos y nos ayudamos los unos a los otros. La

sociabilidad no solo se constata filosófica históricamente, también la experimentamos en

el día a día. La familia es donde se expresa por primera vez y de forma más nítida. Y más allá de

esta comunidades como el vecindario, el barrio, las relaciones de amistad o el entorno laboral,

la cultura o la nación. Pero estas relaciones no se generan automáticamente, requieren de la

acción del individuo y de su actitud benevolente. Una familia por ser familia no implica que se den

auténticas relaciones familiares, ni un grupo de amigos por el hecho de serlo implica que se forje

una verdadera amistad. La construcción del orden social exige mi libertad y mi acción.

La relación laboral es exactamente igual. El filósofo alemán Martin Buber resumió de un

modo muy sencillo los tipos de relación interpersonal que puede establecer el ser

humano. El yo-ello y el yo-tú. Esta es la relación del yo con el otro como objeto. Es una relación de

dominio, posición o manipulación del otro. Convierto al tú personal y sujeto en un ello

objeto, utilizable, explotable, cambiable. Me relaciono con el otro como si fuera algo,

no alguien. Ejemplos de este tipo de relación los tenemos en los abusos de poder, las injusticias

económicas, los abusos sexuales, la relación señor esclavo, las dictaduras, etc. Pero también

en la experiencia cotidiana en la que tratamos a los demás no como un otro, sino como un objeto

al que usar y tirar. Esta es la relación entre personas, el encuentro fecundo entre dos sujetos

libres que se reconocen y respetan como tales. No hay manipulación, hay aceptación sincera del

otro, relación directa sin ningún tipo de mediación o interés servil que obstaculizarían

el verdadero encuentro. El reconocimiento del otro como un tú y no como un ello nos ayuda a

comprender que cada individuo es único y por tanto su aportación social es insustituible,

pues va más allá de un mero trabajo mecánico. Es toda su persona quien trabaja. Como hemos visto,

la sociabilidad nos constituye. La apertura de los demás está en el origen y la esencia de la

experiencia humana y esto se manifiesta en todos los ámbitos de la vida, desde la familia al trabajo.

Por eso tiene sentido preguntarnos cómo nos relacionamos con los demás. ¿A qué tiende

nuestra relación con mi equipo? ¿Al dominio o al reconocimiento personal?

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