Nº 5Regala ValoresLección 2 de 24

Sobre la prudencia

El vídeo de esta lección llega en unos días.Mientras tanto, tienes el texto de la lección aquí debajo.

Siguiendo un fenómeno moderno que afecta al destino de las “grandes palabras”, la palabra virtud ha muerto o, por lo menos, está a punto de extinguirse. Hágase la prueba: inténtese encontrarla escrita o pronunciada en los medios de comunicación o en las redes sociales. En la literatura y en la enseñanza de la ética apenas se usa. Y es que la ética de la virtud se ha disuelto en la ética de los valores.

Puedes profundizar en la espectacular obra diagnóstica sobre nuestra situación actual del filósofo anglosajón Alasdair MacIntyre, Tras la virtud (2004).

Puedes encontrarlo en este enlace.

Alasdair MacIntyre (1929-)

Hablábamos en el vídeo introductorio de cómo las virtudes son hábitos y los valores son aquello que elevamos como referente a imitar o alcanzar, pero de nada sirve tener referentes etéreos si no se encarnan en cada uno de nosotros, si no transforman la forma en que actuamos.

El valor es el bien considerado en concreto, precisamente porque para valorar hace falta identificar y aislar lo que deseamos apreciar y evaluar. El valor es por tanto externo a nosotros, en tanto que valoramos un objeto, una idea, un ideal de conducta.

La virtud, en cambio, es interior, precisamente porque sí hace referencia al sujeto que la practica y al hábito estable en el orden del obrar. La virtud se genera cuando se crea hábito de obrar bien, porque un hábito es un modo estable de conducirse adquirido por la repetición de actos iguales o semejantes. Tampoco “hábito” es palabra de uso común y, en su desuso, ha dejado de ser cualidad que adorna a la persona que la posee. Puedes leer más en la obra del filósofo alemán Josef Pieper, Las virtudes fundamentales (2007).

Puedes encontrarlo en este enlace.

Josef Pieper (1904-1997)

Conviene, pues, recordar cuál es la profundidad y riqueza del significado de la noción de virtud. La virtud es la elevación del ser en la persona humana. ¿Qué significa esto? Que el virtuoso aspira a la perfección, porque potencia lo máximo a que puede aspirar el hombre, o sea, la realización de todas las posibilidades humanas que puede proponerse según su naturaleza. Más allá de la corrección en el obrar, virtud significa que el hombre es entero. Y porque es fiel a lo que es, y a la perfección a la que está llamado, decimos que es verdadero.

Así, la persona virtuosa es aquella que realiza el bien, no forzada, obligada o circunstancialmente, sino obedeciendo precisamente a sus más íntimas inclinaciones y, de esa manera, se realiza a sí misma en esa segunda naturaleza que los griegos denominaron êthos: no somos ya meros animales sociales, sino que alcanzamos el ser hombres y mujeres con una vida y comportamiento estructurados y cimentados en el bien. De este êthos, de este orden, de esta armonía entre el ser y el obrar, brota el esplendor de la belleza de una vida plena. La persona virtuosa es así verdadera, buena y bella.

Ahora bien, al hombre virtuoso lo percibimos en la vida familiar, en la vida política, en la vida laboral… Lleva la perfección de la virtud a todo lo que hace, pero no en todos los ámbitos actúa de la misma manera. Su actuación, en tanto que humana, está limitada por un tiempo, un espacio, unas personas que le rodean, etc. La capacidad para obrar el bien necesario en los distintos ámbitos, momentos, y espacios, lo llamamos la virtud de la prudencia: adecuar, conforme al bien, nuestro actuar según cada circunstancia.

La palabra prudencia viene del latín prūdentia, que es una contracción del latín providentia, compuesto del prefijo pro, el verbo videre: capacidad de ver hacia adelante. La prudencia es la virtud que permite al hombre ajustar su acción, conforme a las circunstancias y fines. Nada hay más providente, que el ajuste de la propia actuación a sus consecuencias: actuación prudencial.

Por eso, a veces, asociamos la palabra “prudencia” a la cautela o la moderación: limitamos su significado a nuestra capacidad de pensar, ante ciertos acontecimientos, sobre los riesgos posibles que conllevan, y ajustarnos a ellos para evitar daños innecesarios. Esto es parte de la prudencia, sí, pero una parte muy pobre: la virtud, como tal, no examina meramente el riesgo, sino el bien y el mal posibles de cada situación vital. Como tal, la prudencia se debe asociar, para ser entendida en su totalidad, con la palabra griega phronesis (Φρόνησις), que viene de phron (φρον), cerebro o mente, y de phroneo, que significa 'comprender'. La frónesis se entiende como sabiduría práctica o prudencia.

Por eso decimos que la prudencia es la reina de las virtudes, porque nos señala el bien a realizar en cada momento de nuestra vida. Igual que no está mal ir vestido de chándal, pero sí lo está asistir así a una cena de gala, de la misma forma la prudencia permite a nuestro actuar adecuarse a las circunstancias que nos rodean. ¿Por qué llamamos a esto prudencia, y no relativismo?

Porque relativismo es permitir que las cambiantes circunstancias alteren mi idea de bien, y al final, ya sean las presiones externas, ya sean mis pasiones y deseos internos, el bien no exista más que en mi capricho momentáneo. La prudencia es otra cosa completamente distinta:

Podemos afirmar la supremacía de la prudencia sobre todas las virtudes precisamente porque es la que marca el camino a todas conforme a un bien objetivo, a un bien que no depende de mí, a un bien que me es exigido. ¿Por quién? Por las cosas mismas que me rodean, por las personas respecto de quienes actúo. Podemos verlo claramente cuando usamos como ejemplo las herramientas: un martillo, por su naturaleza, pide ser tratado conforme a su función existencial. Si fue construido con un mango, con una cabeza de material resistente, aplanada en un extremo, es para cumplir mejor con la misión de clavar clavos. Por eso, su misma realidad pide ser tratada de esa manera, y no para hacer agujeros o cambiar bombillas.

Alegoría de la prudencia, Tiziano

Aquí intuimos la profundísima enseñanza ética de que no podemos actuar bien de espaldas a la realidad que nos rodea e interpela: el bien presupone la verdad, y la verdad el ser. El reinado de la prudencia quiere así decir, sencillamente, que la realización del bien supone el conocimiento de la verdad. Quien ignora qué son las cosas no puede obrar el bien, pues igual que lo bueno respecto del martillo es usarlo conforme a su realidad de instrumento para clavar clavos, el bien es lo que está conforme a la realidad.

Así, el bien no es otra cosa que la tarea que me propone la realidad, conocida con verdad. No me la impone, como le es impuesta al astro su trayectoria, porque frente a ella soy libre. Justamente en la virtud de la prudencia encuentra mi libre albedrío orientación y sentido. El hombre prudente contempla, de una parte, la realidad objetiva de las cosas. No mide la verdad de las cosas con su inteligencia, pues a quien se empeña en destruir la realidad para ajustarla a sus ideas preconcebidas le llamamos ideológico. Al contrario, mide su inteligencia con la verdad de las cosas, y conforma sus ideas con la realidad de lo que las cosas son.

De otra parte, el hombre prudente no se contenta con el conocimiento de la realidad, con la verdad, sino que en virtud y a causa de este conocimiento determina qué debe y no debe hacer. La verdad orienta mi actuar, y a ese obrar verdadero lo llamamos bien. De esta manera, toda virtud depende, en realidad, de la prudencia.

El Cid encarna la prudencia: hacer a cada momento el bien concreto que dicho momento requiere. No lo conveniente, lo últil, lo placentero… sino lo bueno, lo honorable, lo virtuoso. Por eso, como veremos en posteriores vídeos, cuando, tras el perdón del rey, vuelve a reencontrarse con su mujer doña Jimena y sus hijas que llegan a Valencia desde Burgos, el Cid manda a sus mejores caballeros a recibirlas, pero no deja Valencia desprotegida:

“Con gran honra traédmelas (a Jimena y las hijas) delante.

Yo estaré en Valencia, que mucho costado me ha;

Gran locura sería si la desamparase;

Yo estaré en Valencia, que la tengo por heredad.” (Cantar II, 1469-1472)

O cuando se entera de la Afrenta del Robledal de Corpes, no manda a sus caballeros a perseguir y matar a los infantes, dando rienda suelta a su sed de venganza, sino a recoger y traer sanas y salvas a sus hijas de vuelta a Valencia, pero no va en persona, por no dejar desprotegida la ciudad:

“Cuando se lo dicen a Mio Cid el Campeador,

Una gran hora pensó y reflexionó. (...)

Le pesó a Mio Cid, a toda su corte y Alvar Fáñez, de alma y de corazón.

Cabalgó Minaya con Pedro Bermúdez

Y Martín Antolínez, el burgalés de pro,

Con doscientos caballeros que Mio Cid designó.

Les encareció con firmeza que marchasen de día y de noche,

Y trajesen a sus hijas a Valencia la mayor.”

Es el sentido del cumplimiento del deber: el Cid no deja Valencia ni para recibir a su familia a la vuelta del destierro, ni para perseguir a los infantes de Carrión. Solo cuando su deber se lo indica deja la ciudad de la que es señor: para recibir el perdón del rey tras su destierro, y para acudir a Cortes a defender su honor, llamado por el rey, al final del Cantar. Pero ni siquiera se quedará a ver el duelo de sus caballeros con los infantes de Carrión: cuando ha cumplido su deber para con su rey y el honor de su familia, vuelve para cumplir su deber para con su ciudad.

A la prudencia pertenece la humildad, en palabras de Santa Teresa de Ávila, andar en verdad. Hacer depender el sí o el no de la voluntad del conocimiento esencial. Frente a ciertas doctrinas que identifican el bien con el deber, la prudencia liga el “deber” con el “ser”, pues en el acto prudente el deber viene determinado por el ser de la cosa respecto de la que actúo. El ser de las cosas determina la jerarquía de nuestros deberes, de forma que nos permite priorizar, elegir, optar entre distintas formas de proceder. De esa manera, correlativa al ser, el hombre prudente elige el bien superior sobre el bien inferior.

¿Y cómo se relaciona la prudencia con el resto de virtudes? Tomás de Aquino, siguiendo a Platón y Aristóteles, plantea que, siendo la prudencia “la misma consideración de la razón”, es la virtud principal: la virtud de hacer lo que la razón dicta. Sin embargo, se encuentra íntimamente unida a las tres virtudes que veremos en los siguientes vídeos.

Primero, en cuanto que nuestra actuación influye en otros, nuestra razón afecta a lo que nos rodea, y a la virtud de aplicar el orden de la razón a nuestras relaciones lo llamamos justicia. Pero no solo eso: nuestra razón también nos influye internamente, respecto de nuestras pasiones, deseos, impulsos… precisamente para ordenarlos a un fin bueno, humano.

En ese sentido, en cuanto que es necesario poner el orden de la razón en las pasiones, aparecen dos virtudes. Primero, cuando una pasión nos impulsa a algo contrario a la razón; y es necesario reprimirla, usamos la virtud de la templanza. Segundo, el movimiento contrario: cuando la pasión nos impide realizar lo que la razón dicta, por ejemplo por miedo a los peligros, o por pereza a hacer algún trabajo, es necesario que el hombre se afiance con fuerza en lo que dicta la razón, de donde le viene el nombre a la virtud de la fortaleza.

Así, el orden de la razón marca nuestra vida ética, por lo que podemos decir que, en definitiva, el hombre prudente es, primero, el hombre sabio, aquel al que las cosas le parecen tal como son. Y segundo, el hombre coherente, aquel que actúa conforme a lo que las cosas son, y no conforme a lo que sus pasiones desearían que fuesen.

Puedes profundizar más sobre la prudencia en este interesante artículo de José Ramón Estrada.

-----------------------------

Transcripción del vídeo

¿Qué es la virtud?

en la ética de los valores. Hablábamos en el vídeo introductorio de cómo las virtudes son

hábitos y los valores son aquello que elevamos como referente a imitar o alcanzar. Pero de nada

sirve tener referentes etéreos si no se encarnan en cada uno de nosotros, si no transforman la

forma en que actuamos. El valor es el bien considerado en concreto, precisamente porque

para valorar hace falta identificar y aislar lo que deseamos apreciar y evaluar. El valor es por

tanto externo a nosotros, en tanto que valoramos un objeto, una idea, un ideal de conducta. La

virtud en cambio es interior, precisamente porque hace referencia al sujeto que la practica y al

hábito estable en el orden del obrar. La virtud se genera cuando se crea el hábito de obrar bien,

porque un hábito es un modo estable de conducirse adquirido por la repetición de actos iguales o

semejantes. Tampoco hábito es una palabra que usemos comúnmente y en su desuso ha dejado de

ser cualidad que adorna a la persona que la posee. Conviene pues recordar cuál es la profundidad y

riqueza del significado de la noción de virtud. La virtud es la elevación del ser en la persona

humana. ¿Qué significa esto? Que el virtuoso aspira a la perfección porque potencia lo máximo

a que pueda aspirar el hombre, o sea, la realización de todas las posibilidades humanas que puede

proponerse según su naturaleza. Más allá de la corrección en el lograr, virtud significa que el

hombre es entero y porque es fiel a lo que es y a la perfección a la que está llamado, decimos que

es verdadero. Así, la persona virtuosa es aquella que realiza el bien, no forzada, obligada o

circunstancialmente, sino obedeciendo precisamente a sus más íntimas inclinaciones. Y de esa manera

se realiza a sí misma en esa segunda naturaleza que los griegos denominaron ethos. No somos ya

meros animales sociales, sino que alcanzamos el ser hombres y mujeres con una vida y comportamiento

estructurados y cimentados en el bien. De este ezos, de este orden, de esta armonía entre el ser y el

obrar, brota el esplendor de la belleza de una vida plena. La persona virtuosa es así verdadera,

buena y bella. Ahora bien, el hombre virtuoso lo percibimos en la vida familiar, en la vida política,

en la vida laboral. Lleva la perfección de la virtud a todo lo que hace, pero no en todos los

ámbitos actúa de la misma manera. Su actuación, en tanto que humana, está limitada por un tiempo,

un espacio, unas personas que le rodean, etc. La capacidad para obrar el bien necesario en los

distintos ámbitos, momentos y espacios lo llamamos la virtud de la prudencia. Adecuar,

conforme al bien, nuestro actuar según cada circunstancia. La palabra prudencia viene del

latín prudentia, que es una contracción del latín providentia, compuesto del prefijo pro y

y el verbo videre, capacidad de ver hacia adelante.

La prudencia es la virtud que permite al hombre ajustar su acción conforme a las circunstancias y fines.

Nada hay más providente que el ajuste de la propia actuación a sus consecuencias.

Actuación prudencial.

Por eso, a veces, asociamos la palabra prudencia a la cautela o la moderación.

Limitamos su significado a nuestra capacidad de pensar, ante ciertos acontecimientos,

sobre los riesgos posibles que conllevan y ajustarnos a ellos para evitar daños necesarios.

Esto es parte de la prudencia, sí, pero una parte muy pobre. La virtud, como tal,

no examina meramente el riesgo, sino el bien y el mal posibles de cada situación vital.

Como tal, la prudencia se debe asociar, para ser entendida en su totalidad,

con la palabra griega phronesis, que viene de phron, cerebro o mente, y de phroneo,

que significa comprender. La phronesis se entiende como sabiduría práctica o prudencia.

Por eso, decimos que la prudencia es la reina de las virtudes, porque nos señala el bien a

realizar en cada momento de nuestra vida. Igual que no está mal ir vestido de chándal, pero sí lo está

asistir así a una cena de gala. De la misma forma, la prudencia permite a nuestro actuar adecuarse a

las circunstancias que nos rodean. ¿Por qué llamamos a esto prudencia y no relativismo? Porque

relativismo es permitir que las cambiantes circunstancias alteren mi idea de bien y al

final, ya sean presiones externas, ya sean mis pasiones y deseos internos, el bien no exista más

que en mi capricho momentáneo. La prudencia es otra cosa completamente distinta. Podemos afirmar

la supremacía de la prudencia sobre todas las virtudes precisamente porque es la que marca el

camino a todas, conforme a un bien objetivo, a un bien que no depende de mí, a un bien que me es

exigido. ¿Por quién? Por las cosas mismas que me rodean, por las personas respecto de quienes actúo.

Podemos verlo claramente cuando usamos como ejemplo las herramientas. Un martillo, por su

naturaleza, pide ser tratado conforme a su función existencial. Si fue construido con un mango, con

una cabeza de material resistente, aplanada en un extremo, es para cumplir mejor con la misión de

clavar clavos. Por eso, su misma realidad pide ser tratada de esa manera y no para hacer agujeros o

cambiar bombillas. Aquí intuimos la profundísima enseñanza ética de que no podemos actuar bien de

espaldas a la realidad que nos rodea e interpela. El bien presupone la verdad y la verdad el ser.

El reinado de la prudencia quiere así decir, sencillamente, que la realización del bien supone

el conocimiento de la verdad. Quien ignora qué son las cosas no puede obrar el bien, pues igual que lo

bueno respecto del martillo es usarlo conforme a su realidad de instrumento para clavar clavos,

el bien es lo que está conforme a la realidad. Así, el bien no es otra cosa que la tarea que me

propone la realidad, conocida con verdad. No me la impone, como él es impuesta al astro su

trayectoria, porque frente a ella soy libre. Justamente en la virtud de la prudencia encuentra

mi libre albedrío orientación y sentido. El hombre prudente contempla, de una parte, la realidad

objetiva de las cosas. No mide la verdad de las cosas con su inteligencia, pues a quien se empeña

en destruir la realidad para ajustarla a sus ideas preconcebidas le llamamos ideológico. Al contrario,

mide su inteligencia con la verdad de las cosas y conforma sus ideas con la realidad de lo que

las cosas son. Por otra parte, el hombre prudente no se contenta con el conocimiento de la realidad,

con la verdad, sino que en virtud y a causa de este conocimiento determina qué debe y no debe

hacer. La verdad orienta a mi actuar y a ese obrar verdadero lo llamamos bien. De esta manera,

toda virtud depende en realidad de la prudencia. El CIDE encarna la prudencia, hacer en cada

momento el bien concreto que dicho momento requiere. No lo conveniente, lo útil o lo

placentero, sino lo bueno, lo honorable, lo virtuoso. Por eso, como veremos en posteriores

vídeos, cuando, tras el perdón del rey, vuelve a reencontrarse con su mujer doña Jimena y con

sus hijas que llegan a Valencia desde Burgos, el Cid manda a sus mejores caballeros a recibirlas,

pero no deja a Valencia desprotegida. Con gran honra traérmelas delante. Yo estaré en Valencia,

que mucho costado me ha. Gran locura sería si la desamparase. Yo estaré en Valencia,

que la tengo por heredad. O cuando se entera de la ofrenda del Robredal de Corpes, en que no manda

a sus caballeros a perseguir y matar a los infantes, dando riendas sueltas a su sed de

venganza sino a recoger y traer sanas y salvas a sus hijas de vuelta a valencia no en persona

sin embargo para no dejar la ciudad desprotegida cuando se lo dicen a miocid el campeador una gran

hora pensó y reflexionó le pesó a miocid a toda su corte y al barfáñez de alma y de corazón cabalgó

minaya con pedro bermúdez y martín antolínez el vulgar es de pro con 200 caballeros que miocid

designó, les encareció con firmeza que marchasen de día y de noche y trajesen a sus hijas a Valencia

la mayor. Es el sentido del cumplimiento del deber. El Cid no deja a Valencia ni para recibir a su

familia a la vuelta del destierro ni para perseguir a los infantes de Carrión. Solo cuando su deber

se lo indica deja la ciudad de la que es señor para recibir el perdón del rey tras su destierro

y para acudir a cortes a defender su honor, llamado por el rey al final del cantar.

Pero ni siquiera se quedará a ver el duelo de sus caballeros con los infantes de Carrión.

Cuando ha cumplido su deber para con el rey, y el honor de su familia está cumplido,

vuelve para cumplir su deber para con la ciudad.

A la prudencia pertenece la humildad.

En palabras de Santa Teresa de Ávila, andar en verdad.

Hacer depender el sí o el no de la voluntad del conocimiento esencial,

frente a ciertas doctrinas que identifican el bien con el deber,

La prudencia liga el deber con el ser, pues en el acto prudente el deber viene determinado

por el ser de la cosa respecto de la que actúo.

El ser de las cosas determina la jerarquía de nuestros deberes, de forma que nos permite

priorizar, elegir, optar entre distintas formas de proceder.

De esa manera, correlativa al ser, el hombre prudente elige el bien superior sobre el bien

inferior.

¿Y cómo se relaciona la prudencia con el resto de virtudes?

Tomás de Aquino, siguiendo a Platón y Aristóteles, plantea que, siguiendo la prudencia, la misma

consideración de la razón. Es la virtud principal, la virtud de hacer lo que la razón

dicta. Sin embargo, se encuentra íntimamente unida a las tres virtudes que veremos en los

siguientes vídeos. Primero, en cuanto a que nuestra actuación influye en otros. Nuestra

razón afecta a lo que nos rodea y a la virtud de aplicar el orden de la razón a nuestras

relaciones lo llamamos justicia. Pero no solo eso, nuestra razón también nos influye internamente

respecto de nuestras pasiones, deseos, impulsos, precisamente para ordenarlos a un fin bueno,

humano. En ese sentido, en cuanto quiera es necesario poner el orden de la razón en las

pasiones, aparecen dos virtudes. Primero, cuando una pasión nos impulsa a algo contrario a la

razón y es necesario reprimirla, usamos la virtud de la templanza. Segundo, el movimiento contrario,

Cuando la pasión nos impide realizar lo que la razón dicta, por ejemplo, por miedo a los peligros o por pereza a hacer algún trabajo,

es necesario que el hombre se afiance con fuerza en lo que dicta la razón, de donde le viene el nombre de la virtud de la fortaleza.

Así, el orden de la razón marca nuestra vida ética, por lo que podemos decir que, en definitiva, el hombre prudente es,

primero, el hombre sabio, aquel al que las cosas le parecen tal como son,

Segundo, el hombre coherente, aquel que actúa conforme a lo que las cosas son y no conforme a lo que sus pasiones desearían que fuesen.

Se guardan solo en este navegador. Nadie más puede verlas.