Nº 5Regala ValoresLección 4 de 24

Sobre el respeto

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La palabra respeto tiene un amplio campo de significación que alcanza la virtud de la templanza, en que profundizaremos respecto del vídeo anterior.

En primer término, la palabra ‘respeto’ expresa veneración y acatamiento. De este modo, no subraya la sumisión al carácter obligatorio de las decisiones del poder establecido (potestas), más bien hace referencia al poder no vinculante pero reconocido (auctoritas). Expresa la atención, el miramiento y la deferencia hacia algo o alguien que se tiene en elevada consideración. Es por lo tanto un determinado trato propuesto por algo valioso y apreciable en el objeto de la relación respetuosa.

La palabra respeto se origina en el latín respectus, que vendría a significar 'acción de mirar atrás', 'atención, consideración, miramiento'. Proviene del verbo respiciō ("mirar atrás, considerar"), y aquel del prefijo re- «de nuevo, nuevamente», y speciō «ver, mirar a». Ésta última proviene de indoeuropeo *spek- «observar», como pueder verse en sánscrito पश्यति «spáśati», o en avestán «spasyeiti» – «espiar», en griego σκοπεῖν «skopéin» – «ver, considerar», de donde proviene en alemán «spähen» o en español «espiar» con el mismo significado.

De esta etimología sacamos dos enseñanzas: el respeto no es meramente una mirada atrás, sino una doble mirada, una mirada más profunda y que busca la esencia de lo que se está aseverando. No hay por tanto cabida en el respeto para la superficialidad, contraria al significado más íntimo y arcano de la palabra. Lo respetado merece nuestra mirada atenta, inquisidora, profunda.En segundo lugar, en tanto que respetar está ligado a lo que vemos, nos damos cuenta de que los potenciales receptores de nuestro respeto se extienden hasta donde alcanza la vista. Así, el objeto del respectus latino, de donde viene el término español respeto, son tanto las personas, como las cosas, entre las que cabe distinguir entre los seres naturales, vivos e inertes, los artefactos y toda obra cultural en sentido amplio, que abarca desde las ciencias y las bellas artes, hasta los usos y costumbres, religiones e instituciones sociales y políticas. Así pues, el respeto se extiende a todo el universo, a todo cuanto existe.

El fundamento próximo del respeto interpersonal lo encontramos en la reciprocidad que se da en las relaciones informales de intercambio de bienes y servicios, pero en un nivel más profundo se halla en la persona por la bondad individual que posee su ser y que alude al máximo nivel de perfección, dignidad, nobleza y perfectividad del universo corpóreo. Desde este fundamento ontológico, se extiende a través de la voluntad al êthos o vida práctica que se va formando en el tiempo mediante los actos humanos y las relaciones del sujeto objeto de veneración y acatamiento (respeto). En este ámbito encontramos la autoridad que revisten numerosas relaciones y actividades humanas tales como la paternidad, la maternidad o el ejercicio de la profesión.

Piénsese en el respeto debido al médico o al profesor en razón de su excelsa vocación que pone a la persona en cuerpo y alma en el centro de la relación médico-paciente o profesor-alumno. En este sentido, el lenguaje, que suele dar valiosas pistas de inquisición de la realidad, distingue entre dirigirse a alguien empleando el pronombre de segunda persona (tú) y dar a alguien tratamiento de usted. "Ustedear" es una forma verbal que reconoce algo digno de respeto en la persona objeto de ese tratamiento. En contra de lo que habitualmente supone el uso vulgar del lenguaje en la actualidad (universalización del tuteo), tratar a alguien de usted en ningún caso implica distanciamiento o una relación interpersonal inauténtica.

En cualquier caso, hay algo común en todos los objetos de la relación respetuosa; a saber, una cualidad intrínseca en todo objeto de respeto. Y es precisamente esta cualidad la que enlaza el respeto con la virtud de la templanza o “medida”. La palabra española medida no ha sucumbido a su total degeneración en lo puramente cuantitativo; antes bien, aún conserva la referencia a la cualidad de una cosa por la que éste exige un algo que corresponde a su esencia, algo que le compete por definición. Ese algo no es otra cosa que la apreciación merecida…

Imaginemos que un cataclismo de origen natural o artificial hiciese perecer a todo el género humano sobre la faz de la Tierra, y que sólo un milagroso superviviente deambulase por entre las ruinas de Madrid y, entre ellas, advirtiese que sorprendente e inexplicablemente se ha conservado el retrato del Caballero de la mano en el pecho del Greco… cuando nuestro solitario protagonista pereciese, sabe que nunca jamás nadie volverá a contemplarlo y, sin embargo, no por ello osaría destruirlo… precisamente a causa de ese algo intrínsecamente valioso de la obra.

Es por eso muy importante distinguir entre el respeto y la tolerancia: respeto nos merece lo que es bueno, como hemos visto, lo que intrínsecamente posee una dignidad que genera en nosotros la obligación de considerarlo, honrarlo, reverenciarlo. Por el contrario, la tolerancia no se realiza respecto del bien, sino del mal. No toleramos lo bueno, puesto que lo bueno debemos promoverlo, aceptarlo e imitarlo. Toleramos lo malo, y esa es una necesidad social, en tanto los seres humanos imperfectos tenemos que convivir unos con otros: no siempre cabe la lucha contra el mal, a veces habrá males, errores, vicios o defectos que, por el bien de la paz social, debamos tolerar hasta que las condiciones propicias permitan sanarlo sin daño a la comunidad. Lo tolerado es lo que desearíamos que no estuviese, pero debemos aguantar. Lo respetado, por el contrario, se lo debemos a ese algo intrínsecamente valioso de lo que nos rodea.

Cuando ese algo valioso esencial se compone de una serie de elementos dispares, como es el caso del ser humano, el respeto a ese algo esencial exige de la virtud de la templanza cabalmente entendida, como la hemos examinado en el vídeo anterior. Bien entendida porque en su significado total la templanza presenta un doble componente. Un sentido negativo de poner freno, parar; y un sentido positivo de respetar y tratar con miramiento una cosa. El término medida que hemos considerado conserva este aspecto positivo que ha perdido la palabra templanza en la reducción significativa de su uso vulgar, según el cual, entendida como moderación, ha ido contrayéndose hasta quedar reducida a moderación en la cantidad en el comer y en el beber.

Ejemplo de esta positiva templanza es la mesura de nuestro Cid Campeador. Dice Menéndez Pidal que el Cantar es un evangelio de la mesura, la lealtad y la cordialidad. La templanza está precisamente encarnada en esta actitud mesurada del Cid.

Ramón Menéndez Pidal en el rodaje de el Cid de Anthony Mann

Recordemos que el Cid ha sido injustamente desterrado, su casa destruida y su familia dividida. Desde la actitud que esperaríamos de quien hoy exigiría sus derechos, hasta el exabrupto histérico del desesperado, nos podemos imaginar mil situaciones de indignación, que es el sentimiento de moda frente a la propia desgracia. Sin embargo, el mesurado sabe ver las cosas en su justa medida: tiene salud, fuerza, y la lealtad de sus hombres. De nada sirve llorar y lamentarse, antes cabe ver la injusticia como una oportunidad de crecer. Así empieza el cantar:

“De los sus ojos tan fuertemente llorando,

Tornaba la cabeza y estábalos catando.

Vio puertas abiertas y postigos sin candados,

Alcándaras vacías, sin pieles y sin mantos,

Y sin halcones y sin azores mudados.

Suspiró mío Cid pues tenía muy grandes cuidados.

Habló mío Cid, bien y tan mesurado:

-¡Gracias a ti, señor padre, que estás en alto!” (Cantar I, 1-8)

Y dándose la vuelta a su fiel mano derecha, le dice alegremente:

“¡Albricias, Álvar Fáñez, que echados somos de tierra!” (Cantar I, 14)

La mesura es la templada modestia de los espíritus fuertes. Espíritus fuertes en la desgracia, incluso cuando es tan desgarradora como la afrenta de Corpes, en que los infames yernos del Cid que veíamos en el vídeo anterior han despreciado y casi matado a sus hijas tras abandonar las tierras del Cid. Cuando se entera, el Cid tiene perfecta justificación para dar rienda suelta a sus pasiones de ira y rabia, a sus deseos de venganza. Sin embargo, pesa más la razón, la justicia del rey y su deber para con Valencia (2823-2840):

“Cuando se lo dicen a Mio Cid el Campeador,

Una gran hora pensó y reflexionó.

Alzó la mano, la barba se acarició. (...)

Gracias a Cristo, que del mundo es señor

Por este honor que me han dado los Infantes de Carrión

¡Por aquesta barba que nade jamás mesó!

Me las han de pagar los Infantes de Carrión

Pues a mis hijas bien las casaré yo.

Le pesó a Mio Cid, a toda su corte y Alvar Fáñez, de alma y de corazón.

Cabalgó Minaya con Pedro Bermúdez

Y Martín Antolínez, el burgalés de pro,

Con doscientos caballeros que Mio Cid designó.

Les encareció con firmeza que marchasen de día y de noche,

Y trajesen a sus hijas a Valencia la mayor.”

La mirada ingenua que la Modernidad ha proyectado sobre el ser humano y la consiguiente tesis de que “el hombre es bueno” -de la que nace la intemperancia como actitud vital- oculta la verdad de que, aunque en sí mismo el hombre sea bueno, existen en él unas potencias menos elevadas del alma que se rebelan contra el dominio del espíritu. Frente a la rebelión de los sentidos contra el espíritu -esa parte divina que hay en el hombre, la que piensa y quiere- la labor de la virtud de la templanza consiste en hacer un todo armónico de estos principios dispares que son el cuerpo y el alma. Y en su labor, el hombre temperado, pone orden en la casa interior, en su propio ser personal, cuyo efecto es la “tranquilidad de espíritu” o paz, que dista tanto del apaciguamiento subjetivo, del aurea mediocritas que renuncia a las ambiciones (incluidas las nobles y elevadas) como del silencio de las pasiones propio del estoicismo y de la filosofía oriental. La templanza no renuncia a la exaltación, solamente le pone límites acordes con la persona y su felicidad verdadera: como dice Aquino en la Suma, la templanza ‘modera cualquier pasión u operación, para que no traspasen los límites debidos’ (Suma I-II, 61, 4). Pero, dentro de esos límites, y por amor a la verdad o por cualesquiera otras de las virtudes e ideales nobles del corazón, es precisamente la templanza la que nos permite sentirnos capaces y decididos al riesgo supremo.

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Transcripción del vídeo

¿Qué es la palabra respeto?

no vinculante pero reconocido, autóritas. Expresa la atención, el miramiento y la deferencia hacia

algo o alguien que se tiene en elevada consideración. Es, por lo tanto, un determinado trato propuesto

por algo valioso y apreciable en el objeto de la relación respetuosa. La palabra respeto se

origina en el latín respectus, que vendría a significar acción de mirar atrás, atención,

consideración, miramiento. Proviene del verbo respicio, que significa mirar atrás, considerar,

y aquel del prefijo re, de nuevo, nuevamente, y especio, ver, mirará.

Esta última proviene del indo-europeo speck, que significa observar.

También se puede ver en sánscrito spasati o en avestán, spasati, espiar, en griego,

skopain, que significa ver o considerar, de donde proviene en alemán spagen o en español

espiar, con el mismo significado.

De esta etimología sacamos dos enseñanzas.

Primero, el respeto no es meramente una mirada atrás, sino una doble mirada, una mirada

más profunda y que busca la esencia de lo que se está aseverando.

No hay, por tanto, cabida en el respeto para la superfidelidad, contraria al significado

más íntimo y arcano de la palabra.

Lo respetado merece nuestra mirada atenta, inquisidora, profunda.

En segundo lugar, en tanto que respetar está ligado a lo que vemos, nos damos cuenta de

que los potenciales receptores de nuestro respeto se extienden hasta donde alcanza la

vista.

Así, el objeto del respetus latino, de donde viene el término español respeto, son tanto las personas como las cosas, entre las que cabe distinguir entre los seres naturales, vivos e inertes, los artefactos y toda obra cultural en sentido amplio, que abarca desde las ciencias y las bellas artes hasta los usos y costumbres, religiones e instituciones sociales y políticas.

Así pues, el respeto se extiende a todo el universo, a todo cuanto existe.

El fundamento próximo del respeto interpersonal lo encontramos en la reciprocidad que se da en las relaciones informales de intercambio de bienes y servicios, pero en un nivel más profundo se halla en la persona por la bondad individual que posee su ser y que alude al máximo nivel de perfección, de dignidad, de nobleza, de perfectividad del universo corpóreo.

Desde este fundamento que es ontológico se extiende a través de la voluntad al ethos o la vida práctica, que se va formando en el tiempo mediante los actos humanos y las relaciones del sujeto que es objeto de la veneración y acatamiento.

En ese ámbito encontramos la autoridad que reviste en numerosas relaciones y actividades humanas, tales como la paternidad, la maternidad, el ejercicio de la profesión, etc.

etc. Piénsese en el respeto debido al médico o al profesor, en razón de su excelsa vocación que

pone a la persona en cuerpo y alma en el centro de la relación médico-paciente o profesor-alumno.

En ese sentido, el lenguaje, que suele dar valiosas pistas de inquisición de la realidad,

distingue entre dirigirse a alguien empleando el pronombre de segunda persona tú y dar a alguien

tratamiento de usted. Ustedear es una forma verbal que reconoce algo digno de respeto en la persona

objeto de ese tratamiento, en contra de lo que habitualmente supone el uso vulgar del

lenguaje en la actualidad, tratar a alguien de usted en ningún caso implica distanciamiento

o una relación interpersonal inauténtica.

En cualquier caso, hay algo común en todos los objetos de la relación respetuosa, a

saber, una cualidad intrínseca en todo objeto de respeto. Y es precisamente esta cualidad

la que enlaza el respeto con la virtud de la templanza o medida. La palabra española

medida no ha sucumbido a su total de generación en lo puramente cuantitativo. Antes bien, aún

conserva la referencia a la cualidad de una cosa por la que éste exige un algo que corresponde a

su esencia, algo que le compete por definición. Ese algo no es otra cosa que la apreciación

merecida. Imaginemos que un cataclismo de origen natural o artificial hiciese perecer a todo el

género humano sobre la faz de la Tierra, y que sólo un milagroso superviviente deambulase por

entre las ruinas de Madrid y entre ellas advirtiese que sorprendente e inexplicablemente se ha

conservado el retrato del caballero de la mano en el pecho del greco. Cuando nuestro

solidario protagonista pereciese, sabe que nunca jamás nadie volverá a contemplarlo

y sin embargo, no por ello osaría destruirlo. Precisamente a causa de ese algo intrínsecamente

valioso de la obra. Es por eso muy importante distinguir entre el respeto y la tolerancia.

Respeto nos merece lo que es bueno, como hemos visto, lo que intrínsecamente posee una dignidad

que genera en nosotros la obligación de considerarlo, honrarlo o reverenciarlo.

Por el contrario, la tolerancia no se realiza al respecto del bien, sino del mal. No toleramos lo

bueno, puesto que lo bueno debemos promoverlo, aceptarlo e imitarlo. Toleramos lo malo, y esa

es una necesidad social. En tanto los seres humanos imperfectos tenemos que convivir unos con otros.

No siempre cabe la lucha contra el mal. A veces habrá males, errores, vicios o defectos que, por el bien de la paz social, debamos tolerar hasta que las condiciones propicias permitan sanarlo sin daño a la comunidad.

Lo tolerado es lo que desearíamos que no estuviese, pero debemos aguantar. Lo respetado, por el contrario, solo debemos a ese algo intrínsecamente valioso de lo que nos rodea.

Cuando ese algo valioso, esencial, se compone de una serie de elementos dispares, cual es el ser humano, el respeto a ese algo esencial exige de la virtud de la templanza cabalmente entendida, como la hemos examinado en el vídeo anterior.

Bien entendida porque en su significado total la templanza presenta un doble componente.

Un sentido negativo de poner freno o parar y un sentido positivo de respetar y tratar con miramiento una cosa.

el término medida que hemos considerado conserva este aspecto positivo que ha perdido la palabra templanza

en la reducción significativa de su uso vulgar, según el cual, entendida como moderación,

ha ido contrayéndose hasta quedar reducida a la moderación en la cantidad del comer o en el beber.

Ejemplo de esta positiva templanza es la mesura de nuestro Cid campeador.

Dice Menéndez Pidal que el cantar es un evangelio de la mesura, de la lealtad y la cordialidad.

Y la templanza está precisamente encarnada en esta actitud mesurada del Cid.

Recordemos que el CID ha sido injustamente desterrado, su casa destruida y su familia

dividida. Desde la actitud que esperaríamos, de quien hoy exigiría sus derechos, hasta

el exabrupto histérico del desesperado, nos podemos imaginar mil situaciones de indignación,

que es el sentimiento de moda frente a la propia desgracia. Sin embargo, el mesurado

sabe ver las cosas en su justa medida. El CID tiene salud, tiene fuerza, tiene la lealtad

de sus hombres. De nada sirve llorar y lamentarse. Antes cabe ver la injusticia como una oportunidad

de crecer. Y así empieza el cantar. De los sus ojos tan fuertemente llorando, tornaba la cabeza

y estaba los catando. Vio puertas abiertas y postigos sin candados, alcándaras vacías,

sin pieles y sin mantos, y sin halcones y sin azores mudados. Suspiró Mio Cid, pues tenía

muy grandes cuidados y habló mío cid bien y tan misurado gracias a ti señor que estás en lo alto

y dándose la vuelta a su fiel mano derecha le dice alegresmente albricias albarzañez que echados

somos de tierra la mesura es la templada modestia de los espíritus fuertes espíritus fuertes en la

desgracia incluso cuando es tan desgarradora como la afrenta de corpes en que los infames yernos

del Cid que veíamos en el vídeo anterior han despreciado y casi matado a sus hijas tras abandonar

las tierras del Cid. Cuando se se entera, el Cid tiene perfecta justificación para dar rienda

suelta de sus pasiones, de ira, de rabia, a sus deseos de venganza. Sin embargo, pesa más la

razón, la justicia del rey y su deber para convalencia. Cuando se lo dicen a Mio Cid,

el campeador, una gran hora pensó y reflexionó. Alzó la mano, la barba se acarició. Gracias a

Cristo, que del mundo es Señor, por este honor que me han dado los infantes de Carrion. Por

aquesta barba que nadie jamás mesó, me las han de pagar los infantes de Carrion, pues a mis hijas

bien las casaré yo. Le besó a Miozid, a toda su corte, y al Barfáñez, de alma y de corazón.

Cabalgó Minaya con Pedro Bermúdez y Martín Antolino, el Burgales de Perú, con doscientos

caballeros que Miocid designó. Les encareció con firmeza que marchasen día y noche y trajesen a

sus hijas a Valencia la mayor. La mirada ingenua que la modernidad ha proyectado sobre el ser humano

y la consciente tesis de que el hombre es bueno, de la que nace la intemperancia como actitud vital,

oculta la verdad de que aunque en sí mismo el hombre sea bueno, existen en él unas potencias

menos elevadas del alma que se revelan contra el dominio del espíritu. Frente a la rebelión de los

sentidos contra el espíritu, esa parte divina que hay en el hombre, la que piensa y quiere,

la labor de la virtud de la templanza consiste en hacer un todo armónico de estos principios

dispares que son el cuerpo y el alma. Y en su labor, el hombre temperado pone orden en

la casa interior, en su propio ser personal, cuyo efecto es la tranquilidad de espíritu

o paz que dista tanto del apaciguamiento subjetivo de la obra mediocritas que renuncia a las

ambiciones, incluidas las nobles y elevadas, como silencio de las pasiones, propio del estoicismo y

de la filosofía oriental. La templanza no renuncia a la exaltación, solamente le pone límites acordes

con la persona y su felicidad verdadera. Como dice Aquino en la Suma, la templanza modera cualquier

pasión u operación para que no traspasen los límites de vida. Pero dentro de esos límites y

por amor a la verdad o por cualesquiera otras de las virtudes e ideales nobles del corazón,

Es precisamente la templanza la que nos permite sentirnos capaces y decididos al riesgo supremo.

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