Nº 5Regala ValoresLección 9 de 24

Sobre el perdón

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El perdón no puede entenderse como una virtud si no se comprende como fruto de la magnanimidad y, más propiamente, la misericordia. En este vídeo desarrollaremos ambas en profundidad, para entender mejor esta realidad tan difícil en nuestra sociedad actual.

La magnanimidad tiene su origen etimológico, del latín magnanimĭtas. Es, a su vez, un calco de la palabra griega μεγαλοψυχία (megalopsychia), que significa "grandeza de alma". Magna, primero, derivado femenino de magnus, o grande, viene del protoitálico *magno-/*magnā-, y éste del protoindoeuropeo *mǵ-no- ("grande"). Compárese el irlandés antiguo maige ("grande"), el hitita mekk-/mekki-/mekkai- ("mucho", "numeroso"), el sánscrito मह (mahá, "grande"), el griego antiguo μέγας (mégas, "grande"), el gótico 𐌼𐌹𐌺𐌹𐌻𐍃 (mikils) ("grande", "mucho"), el inglés antiguo micel ("grande", "mucho"), el nórdico antiguo mikill ("grande", "mucho") y el tocario B māka ("mucho").

A su vez, anima es alma o espíritu, y viene del protoindoeuropeo *ane- ("respirar"). Cognado del griego antiguo ἄνεμος (anemos, "viento") y posiblemente el sánscrito अनिल (anitis, "aire"). Por un lado la grandeza, y por otro el espíritu, la vida, el alma, son ideas plasmadas en palabras que expresan aire, su vivacidad, movimiento, frescura, capacidad de sustentar vida… Es quien tiene grande esta capacidad de generar vida a su alrededor al que llamamos magnánimo, de ánimo grande y generoso, expansivo.

En una primera acepción, la magnanimidad es la tendencia del espíritu o del ánimo hacia las cosas grandes. Por supuesto algo es grande en relación con el espíritu humano de forma relativa o absoluta. De forma relativa la magnanimidad puede consistir en el uso de una cosa pequeña o mediana, si se trata de hacer de ella un uso óptimo. En este sentido, magnánima es toda persona que trata de sacar el mejor partido de las pequeñas cosas y quien es capaz de deleitarse en esa sublimación de la realidad.

En esto es ejemplar la escuela filosófica que encarnan J.H Newman, G.K Chesterton, C.S Lewis o J.R.R Tolkien puede definirse como una “filosofía del asombro agradecido”. En resumidas cuentas, ante un análisis de la naturaleza humana, esta escuela identifica la realización del hombre con la consecución de ciertos bienes equiparables a lo que Tolkien llamaba los “pequeños placeres de una vida sencilla”. Centran la realización del ser humano en obtener una felicidad que, lejos de ser compleja, es casi infantil [G.K Chesterton, Ortodoxia].

G. K. Chesterton

Para ellos, la felicidad verdadera es el sincero y sencillo disfrute de aquello que conforma nuestra vida cotidiana. Defiende Chesterton que la sencillez y la sinceridad no son peculiares, sino evidentes aspiraciones de toda la especie humana [G.K Chesterton, Ortodoxia]; y que aunque los hombres corren hacia la complejidad; anhelan en el fondo la simplicidad [G.K Chesterton, Robert Louis Stevenson]; tratando de ser reyes, sueñan en ser pastores: encuentran su fin último en cosas tan humildes como la paz, la tranquilidad, y el cultivo de la buena tierra [J.R.R Tolkien, El Señor de los Anillos], que suelen ser vistas como medios para objetivos más complejos, pero que encarnan para esta escuela el máximo exponente de lo deseable por sí mismo.

C. S. Lewis y J.R.R Tolkien

Pero de forma absoluta, la magnanimidad consiste en el uso óptimo de una cosa óptima. Y lo más grande que puede tener el hombre es el honor, la vida honesta, porque es la testificación o manifestación de la vida virtuosa o de la vida ordenada según la razón. De esta forma, y en su sentido más propio, se llama magnánimo a aquel hombre que es capaz de actos de suyo absolutamente difíciles. Por eso la magnanimidad es una parte de la fortaleza y sus efectos son la confianza y la seguridad.

Podemos tomar como ejemplo de ambas magnanimidades, de nuevo, a nuestro Cid Campeador. Se ve su magnanimidad a lo largo del poema del Cantar, sobre todo en sus relaciones humanas con sus enemigos. Debemos comprender que, en su contexto histórico medieval, España estaba profundamente dividida entre cristianos y moros, pero la distinción geográfica y política no era tan clara: las alianzas entre unos y otros para atacar a partes más débiles, las constantes conquistas y reconquistas, y las migraciones dentro del territorio hacían muy fácil encontrarse a las poblaciones mezcladas, especialmente en las zonas fronterizas en que se mueve el Cid.

Sin embargo, el Cid se esfuerza por ser magnánimo con unos y con otros: a los derrotados, sean moros o cristianos, trata con justicia y equidad, sin aprovecharse del débil. Así, su trato con los moros derrotados es siempre de compasión y de perdón, hasta el punto que su actitud generosa genera en ellos un respeto y admiración, de la que nace precisamente el nombre Cid, que viene del árabe dialectal, سيد , sīdi, ‘señor’:

Tras la toma de Castejón:

“En Castejón no nos podríamos quedar,

Cerca está el rey Alfonso y nos vendría a buscar.

Mas el castillo no lo quiero asolar,

Cien moros y cien moras los quiero liberar,

Por lo que de ellos tomé, que de mí no hablen mal.” Cantar I, 531-535

“Los moros y moras bendiciéndole están” Cantar I, 541

Contra los moros enemigos capturados:

“Los moros y las moras vender no los podremos,

De decapitarlos nada ganaremos” Cantar I, 620-621

“Cuando Mio Cid el castillo se dispuso a dejar,

Moros y moras se empezaron a quejar:

Ya te vas, Mio Cid, nuestras oraciones vayan delante,

Nos pagados quedamos, señor, de tu parte.” Cantar I, 851-854

“Cuando dejó Alcocer Mio Cid el de Vivar,

Moros y moras empezaron a llorar.” Cantar I, 855-856

También es magnánimo con sus enemigos cristianos, que probablemente, por la traición que suponía su enemistad, eran más difíciles de perdonar o de tener buena disposición hacia ellos. Se ve sin embargo su actitud magnánima en su perdón a don Berenguer Ramón II, conde de Barcelona, por su ataque injusto aliado con los moros: El Cid no le ha hecho nada ("Decid al conde no lo tenga a mal; de lo suyo no llevo nada, déjeme ir en paz." 977-978). Sin embargo, éste ataca fruto de su ambición, y tras derrotarlo y tomarlo prisionero don Rodrigo, ni exige rescate ni amenaza con ejecutarlo, más allá de pedirle que comparta con él una comida, obligándole así a reconocerlo como caballero y compañero, como veíamos en el vídeo de la templanza (compañeros son los que comparten pan). Puedes profundizar aquí en la historicidad de este episodio, o descargando este interesante artículo académico:

La batalla de Tevar.pdf

El Cid trata bien a su enemigo ("Desde el día que fui conde, no yanté tan de buen grado; El placer que de ello tengo no será olvidado." 1062-1063), aunque el conde sea receloso ("Aguijaba el conde y pensaba en andar; Tornando va la cabeza y catando hacia atrás; Miedo iba teniendo que mío Cid se arrepentirá; Lo que no haría el caboso por cuanto en el mundo hay; ¡Una deslealtad que no la hizo a nadie!" 1077-1081)

Sin embargo, la magnanimidad heroica, la capacidad de hacer frente a actos de suyo imposibles, la vemos en su trato a los infames infantes de Carrión, a los que solo exige lo justo debido, como hemos visto en el vídeo de la justicia y en el de la templanza. El alma grande es la que, en vez de poner en primer lugar sus deseos de venganza, pone sus deberes, y ordena el castigo de los infantes según los dictámenes de las demás virtudes: consigue al final vengar a sus hijas, pero con la justicia por delante, y sin pretender ensañarse. Una vez han sido vencidos y deshonrados los infantes, quedando gravemente heridos por las lanzas de los caballeros del Cid, se les concederá clemencia y ninguno será muerto en la lid, como solía ser costumbre en estos lances.

Ahora bien, siendo la magnanimidad la virtud del que rebosa honorabilidad, el perdón es un acto que tiene como consecuencia la restitución del honor ajeno: supone la superación generosa de un daño o una injusticia recibida o sufrida. Por lo tanto, es un acto para el que se necesita magnanimidad y magnánimo es el hombre que posee el hábito del perdón. Por eso, mientras que en todos los anteriores ejemplos la magnanimidad es la consecuencia de nuestra apertura a lo bueno, podemos decir que el perdón es la consecuencia magnánima del mal, la reacción del honorable ante lo malo.

El significado del perdón va unido a la remisión y a una renuncia de lo debido en reparación de la ofensa recibida. Si la justicia exigía dar a cada uno lo suyo, el perdón es la acción o capacidad de dar más allá de lo debido:

La palabra nos revela, a través de su origen, la naturaleza magnánima del mismo. Proviene del latín tardío perdonāre, del prefijo per- y donāre 'dar'. La raíz de la palabra, proviene del sustantivo neutro dōnum, dōnī, que significa don o regalo (de ahí su estrecha relación con la merced o la gracia). Es una raíz presente en todos los idiomas: Del protoitálico *didati, y éste del protoindoeuropeo *di-d(e)h₃- ("dar"). Compárese el hitita dā-ⁱ/d- ("tomar", "decidir"), el sánscrito ददाति (dádāti), el avéstico gatha dadā ("dar"), el avéstico clásico daδāiti ("dar"), el griego antiguo δίδωμι (dídōmi, "dar"), el lituano dúoti ("dar") y el eslavo eclesiástico antiguo dati ("dar"). El perdón se estructura etimológicamente como lo gratuito, no debido, regalo, dádiva o don.

Esto viene reiterado por el prefijo per-, que en latín indica acción completa y total. Por ello, el perdonar es acto de completa dádiva, de donación por parte de quien lo otorga. Va más allá de lo debido por la justicia. Es, al fin y al cabo, regalar definitivamente un acreedor al deudor aquello que le debía. Esto se reitera en las traducciones a idiomas modernos de este verbo: en inglés, for-give; en francés, par-donner; en italiano per-donare, en alemán ver-geben.

El perdón es, por tanto, un acto que es propio de un ánimo misericordioso. Si por su dificultad supone la virtud de la magnanimidad, como causa propia supone la virtud de la misericordia. Para perdonar se necesita compadecer a aquél a quien se perdona.

La misericordia, según san Agustín, es “la compasión que experimenta nuestro corazón ante la miseria de otro, sentimiento que nos compele, en realidad, a socorrer, si podemos” (De Civitate Dei, IX). La misericordia es, por lo tanto, tener el corazón movido a padecer por la miseria del otro. Es inevitable que tengamos en ocasiones la sensación de que estamos “sufriendo al otro”, y la misericordia es precisamente el mecanismo de defensa del ser humano contra esa sensación: primero, nos recuerda que también nosotros somos falibles, y otros “nos sufren”. Segundo, nos permite identificar la fuente de ese sufrimiento para contrarrestarlo.

Esa fuente puede ser el mismo dolor que nos causa el mal que nos han hecho; o el ver que los que lo realizan son personas que, en realidad, nos quieren hacer el bien, pero por torpeza, ignorancia, error… acabe produciéndonos un mal; o el caso de la persona que trata de vivir lo mejor posible y, aún así, padece la miseria. Sin embargo, dice Aristóteles en la Retórica, que “la misericordia llega a su extremo en los males que alguien sufre sin merecerlo”. Ahí es cuando es más difícil ejercer el perdón:

Esto lo vemos claramente en el ejemplo del Mio Cid con los infantes de Carrión, en su famoso discurso contra su injusticia:

“Decid ¿en qué os ofendí, infantes de Carrión,

En burlas o en veras o en alguna razón?

Aquí lo repararé a juicio de la corte.

¿Por qué me desgarrasteis las telas del corazón?

A la salida de Valencia, mis hijas os di yo,

Con muchos haberes y con muy grande honor;

Si no las queríais, ya, perros traidores,

¿Por qué las sacabais de Valencia sus honores?

¿Por qué las heristeis con cinchas y espolones?

Solas las dejasteis en el Robledo de Corpes

A las bestias fieras y a las aves del monte;

Por cuanto les hicisteis, menos valéis vos.

Si no recurrís, véalo esta corte.” Cantar III, 3257-3269

Fuerte alegato, que fácilmente podría llevar a la venganza desmedida, pero que sin embargo, acaba perdonando la vida a los infantes a través de sus caballeros.

Ahora bien, en la misericordia se debe distinguir la pasión de la virtud. Si la compasión se experimenta sólo como una emoción -como un mero movimiento del apetito sensitivo- en ese caso no es virtud, sino pasión. Sin embargo, cuando la misericordia consiste en un movimiento de la voluntad, que siente repulsión por el mal ajeno o por la injusticia sufrida por otros, pero que aun así escoge perdonar, ya no es un mero sentimiento, sino que está encauzado y ordena los afectos y emociones, y lo podemos llamar virtud.

Dice Tomás de Aquino (S.T., II-II, c.30, a.4) que la misericordia es, en sí misma, la virtud suprema, ya que le compete volcarse hacia los demás para socorrer sus deficiencias. Implica, por lo tanto, la coincidencia de las cuatro virtudes cardinales y tiene el bien ajeno (común e individual) como objeto propio. Alexander Pope decía, por otro lado, “errar es humano, perdonar es divino”.

Un ejemplo reciente que ha pasado muy desapercibido tiene que ver con la reconstrucción de Ruanda tras el genocidio que tuvo lugar en 1994: Aunque se estima que es imposible tener una cifra exacta de la magnitud del desastre, se aproxima que este dramático acontecimiento causó más 800 mil muertes en 100 días.

El conflicto que originó el brutal genocidio fue ocasionado por diferencias entre las dos tribus mayoritarias en esa época en el país: los tutsis (84%) y los hutus (15%). Gracias a la reconciliación del pueblo, el país afectado logró resurgir de la dramática situación y alcanzar un positivo nivel económico y social. Hoy se destaca por ser un ejemplo para el continente africano en temas de desarrollo, causado primera y principalmente por el perdón entre los ruandeses que permitió que el país pudiera renacer.

El NY Times en su artículo Retratos de la Reconciliación, menciona diferentes historias de supervivientes que perdonaron a los responsables de asesinar a sus familias. Un autor confeso de decenas de asesinatos decía lo siguiente después de ser perdonado por una madre que perdió a sus hijos: “Cuando ella me perdonó, en mi corazón se desvanecieron todas las cosas que me hacían ser un hombre malvado”.

Por lo demás, hay muchos ejemplos de perdón a lo largo de la historia, como el de Felipe V a los austracistas de la Corona de Castilla, o la famosa amnistía de Trasíbulo en Atenas. En la Edad Media, como síntesis del derecho romano y de la teología cristiana, el perdón se incorpora a documentos jurídicos como las Partidas de Alfonso X o las Cortes de Briviesca de 1387:

El perdón en la conformación política de Castilla.PDF

Sobre el Perdón Real.pdf

El perdón cristiano en el Derecho Español.pdf

Se encarna perfectamente el perdón en el Cantar: no solo la importancia del perdón real, sino el perdón interno del Cid a su rey injusto. Recordemos del vídeo de justicia que el rey ha condenado injustamente al Cid al destierro por un delito que no ha cometido, instigado por las casas nobles Ordóñez y González, envidiosas de su cercanía al rey.

Sin embargo, el Cid no se engríe en su razón, sino que se humilla y calla, y espera el perdón real. El momento en que el rey, arrepentido, lo conceda, se convertirá en uno de los momentos más álgidos y floridos del poema, resaltando la importancia de este gesto del perdón.

“Al Rey honrado, delante le echaron las cartas;

Cuando las vio, de corazón se alegraba: (...)

De una parte y de otra para las vistas se preparaban.

¿Quién vio por Castilla tanta mula preciada

Y tanto palafrén que bien anda,

Caballos fuertes y corredores sin falla;

Tanto buen pendón meter en buenas astas;

Escudos guarnecidos con oro y con plata;

Mantos y pieles y buenos cendales de Andria?

Provisiones abundantes el Rey enviar mandaba

A las aguas del Tajo, donde las vistas están aparejadas.

Con el Rey, hay tantas buenas compañas. (...)

El rey don Alfonso aprisa cabalgaba,

Condes y potestades y muy grandes mesnadas;

Los infantes de Carrión llevan grandes compañas.

Con el Rey van leoneses y gallegas mesnadas;

No son en cuenta, sabed, las castellanas. (...)

Dentro de Valencia, mío Cid el Campeador

No lo retarda, para las vistas se preparó.

¡Tanta fuerte mula y tanto palafrén superior,

Tanta buena arma y tanto buen caballo corredor,

Tanta buena capa y mantos y pellizones!

Chicos y grandes vestidos están de colores. (...)

Ya se van para las vistas que con el Rey concertó.

Un día ha llegado antes el rey don Alfonso;

Cuando vieron que venía, el buen Campeador,

A recibirlos salen con tan gran honor.

Cuando lo tuvo ante los ojos, el que en buena hora nació

A todos los suyos estar los mandó,

Sino a estos caballeros que quería de corazón.

Con unos quince a tierra se echó.

Como lo pensaba, el que en buena hora nació,

Los hinojos y las manos en tierra los hincó:

Las hierbas del campo con los dientes las tomó;

Llorando de los ojos, ¡tanto era el gozo que sintió!

Así sabe dar acatamiento a Alfonso su señor.

De esta guisa, a los pies le cayó.

Tan gran pesar tuvo el rey don Alfonso:

Levantaos en pie, ¡oh Cid Campeador!

Besad las manos, que los pies no;

Si esto no haces, no tendréis mi amor.

Hinojos hincados, estaba el Campeador:

Merced os pido a vos, mi natural señor,

Estando así, me deis vuestro amor:

Que lo oigan cuantos aquí son.

Dijo el Rey:

Esto haré de alma y de corazón.

Aquí os perdono y os doy mi amor;

En todo mi reino, parte desde hoy. (...)

Mío Cid Ruy Díaz, que en hora buena nació,

En aquel día, del Rey su huésped fue

No se puede hartar de él, ¡tanto le quería de corazón! (...)

El Campeador a los suyos lo mandó

Que preparasen comida para cuantos allí son;

De tal guisa los sirve mío Cid el Campeador;

Todos estaban alegres y acuerdan en una razón:

Pasado había tres años no comieran mejor." Cantar II, 1959-2067

Esta enorme alegría que rodea al perdón va necesariamente acompañada de la humildad del Cid, que veremos en un próximo vídeo, pero que revela que el perdón puede darse y recibirse porque el alma del Cid está hecha para cosas grandes, y no se regodea en detalles o injusticias pasadas, sino que acoge con generosidad de ánimo el momento y alegría presentes. La actitud contraria es la del mezquino, el que se fija en el mal detalle y lo sobredimensiona, del árabe مسكين (miskīn), "pobre", escaso de espíritu.

Y es que la enormidad del Cid es que no debe pedir perdón, y sin embargo lo pide externamente, encubriendo que la verdadera petición de perdón, el verdadero acto de humillación, es el del rey, que debe ser internamente perdonado por el Cid y se desplaza de su corte a la frontera, monta un banquete, se niega a recibir el beso de vasallaje en los pies, y es en su fuero interno perdonado por el Cid, a quien hizo injusticia.

Así, el rey no se limitará a perdonar al Cid, sino a pedir perdón por su injusticia pasada. A veces toca pedir perdón aunque nos creamos que somos superiores: esta petición de perdón del rey al Cid hay que leerla entre líneas. El rey está ciertamente arrepentido de haber hecho mal al Cid, sobre todo cuando éste se ha portado tan bien en respuesta:

“Yo eché de tierra al buen Campeador

Yo haciéndole a él mal, y él a mí gran pro” Cantar II, 1890-1891

Sin embargo, en los gestos que usa el rey para perdonar entrevemos esa petición humilde de perdón de quien sabe que se ha equivocado con su fiel vasallo. En el poema, el rey perdona al Cid alzando la mano diestra (1340 "Alzó la mano diestra, el Rey se santiguó."). La mano diestra es la que se besa al declarar vasallaje al rey, la que se usaba para dictar sentencia, como se ve en múltiples bajorrelieves como el de Salomón en el sepulcro de doña Blanca de Navarra en Nájera, o la que se usa para donar tierras o conceder mercedes (impositio manuum), como se ve en la imagen de doña Sancha en el Libro de la Estampas de la catedral de León, o el retrato de la reina Urraca en el Tumbo A de la catedral de Santiago, o la representación de Alfonso V en el Libro de los Testamentos. Puedes profundizar en ello en este artículo:

El poder gestual de la mano en la sociedad medieval.pdf

Es la mano regia, con la que el rey hace y deshace simbólicamente. Pues bien, sólo hay otra ocasión en todo el Cantar en que el rey alza la mano así. Dice el Cid al rey al final del poema:

“Merced os pido, rey, por amor del Creador;

Pues todo ese asunto ya se solucionó,

Beso vuestras manos con vuestra gracia, señor,

Quiero irme para Valencia que con afán gané yo.”

Y el rey contesta:

“El rey alzó la mano, la cara se santiguó.

Yo lo juro por San Isidro el de León,

Que en todas nuestras tierras no hay tan buen varón.” Cantar III, 3504-3510

El rey se declara inferior al Cid, bajo juramento, dejando clara su superioridad moral y que ha sido él el que estaba errado. Qué belleza comprobar que dos almas grandes son capaces de perdonarse sin estridencias ni exigencias, poniendo en práctica la virtud de la misericordia: comprendiendo el Cid que el rey es humano, pero no por eso deja de ser rey; y comprendiendo el rey que, aunque la ley y el derecho estén de su lado, debe reconocer sus propias miserias, y aunque pueda obviar la injusticia, le debe al Cid una disculpa por lo mal que lo trató.

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Transcripción del vídeo

¿Qué es el perdón?

El perdón no puede entenderse como una virtud si no se comprende como fruto de la magnanimidad y, más propiamente, la misericordia.

En este vídeo desarrollaremos ambas en profundidad para entender mejor esta realidad tan difícil en nuestra sociedad actual.

La magnanimidad tiene su origen etimológico en la palabra latina magnanimitas.

Es, a su vez, un calco de la palabra griega megalopsiquia, que significa grandeza de alma.

Magna, derivado femenino de magnus, tiene origen en el idioma proto-italico y este, a su vez, del proto-indoeuropeo, y en todo significa grande.

A su vez, ánima es alma o espíritu y encontramos su origen de nuevo en el proto-indoeuropeo como ane, que significa respirar.

A su vez, nace del griego antiguo Anemos y posiblemente del sánscrito Anitis.

Como vemos, el espíritu, la vida, el alma, son ideas plasmadas en palabras arcanas que expresan aire, viento, su vivacidad, movimiento, frescura, capacidad de sustentar vida.

Es quien tiene grande esta capacidad de generar vida a su alrededor al que llamamos magnánimo, al de ánimo grande y generoso, expansivo.

Podemos y debemos distinguir entre pequeña y gran magnanimidad.

En una primera acepción, la magnanimidad es la tendencia del espíritu o del ánimo hacia las cosas grandes.

Por supuesto, algo es grande o pequeño dependiendo de la referencia que tomemos.

Por eso, de forma relativa, la magnanimidad no es solo la aspiración de las grandes cosas ideales,

sino también el uso de una cosa pequeña o mediana, pero haciendo de ella un uso óptimo, perfecto.

En este sentido, magnánima es toda persona que trata de sacar el mejor partido de las pequeñas cosas

y quién es capaz de deleitarse en esa sublimación de la realidad.

En esto es ejemplar la escuela filosófica que encarnan John Henry Newman, Chesterton, Lewis o Tolkien,

que puede definirse como una filosofía de la sombra agradecido.

En resumidas cuentas, ante un análisis de la naturaleza humana,

esta escuela identifica la felicidad del hombre con conseguir lo que Tolkien llamaba

los pequeños placeres de una vida sencilla.

centran la realización del ser humano en obtener una felicidad que lejos de ser compleja es casi infantil.

Para ellos, la felicidad verdadera es el sincero y sencillo disfrute de aquello que conforma nuestra vida cotidiana.

Defiende Chesterton que la sencillez y la sinceridad son aspiraciones esenciales de toda la especie humana

y que aunque los hombres corran hacia la complejidad, anhelan en el fondo la simplicidad.

Tratando de ser reyes, sueñan en ser pastores, encuentran su fin último en cosas tan humildes

como la paz, la tranquilidad y el cultivo de la buena tierra, que encarnan para ellos

lo deseable por sí mismo.

La persona magnánima es aquella que busca la felicidad más grande, más completa, más

sencilla, aunque a ojos de nuestros contemporáneos sea eso pequeño o insignificante.

Por otro lado, podemos hablar de la gran magnanimidad.

En este otro uso de la palabra, la magnanimidad consiste en el uso óptimo de una cosa óptima,

y lo más grande que puede tener el hombre es el honor, la vida honesta, porque es la

testificación o manifestación de la vida virtuosa o de la vida ordenada según la razón. De esta

forma, y en su sentido más propio, se llamaría magnánimo al que optimiza la vida óptima,

y por tanto, aquel que es perfectamente virtuoso. Tarea difícil, porque magnánima será la persona

capaz de actos absolutamente difíciles o incluso imposibles por mantener la virtud. Por eso, la

magnanimidad es una parte de la fortaleza y los efectos que generan los que nos rodean son la

confianza y la seguridad. ¿Cómo vemos reflejadas ambas magnanimidades en el Cid? Primero se ve su

magnanimidad a lo largo del poema del Cantar, sobre todo en sus relaciones humanas con sus

enemigos. Debemos comprender que en su contexto histórico medieval España estaba profundamente

dividida entre cristianos y moros, pero la distinción geográfica y política no era

tan clara. Las alianzas entre unos y otros para atacar a partes más débiles, las constantes

conquistas y reconquistas y las migraciones dentro del territorio hacían muy fácil encontrarse

a las poblaciones mezcladas, especialmente las zonas fronterizas en las que se mueve

el Cid. Sin embargo, el Cid se esfuerza por ser magnánimo con unos y con otros. A los

derrotados, sean moros o cristianos, trata con justicia y equidad, sin aprovecharse nunca

del débil. Así, su trato con los moros derrotados es siempre de compasión y de perdón, hasta el

punto que su actitud generosa genera en ellos un respeto y admiración de la que nace precisamente

el nombre de Cid, que viene del árabe Sidi, señor. Tras la toma de Castejón, se nos dice lo siguiente.

En Castejón no nos podríamos quedar. Cerca está el rey don Alfonso y nos vendría a buscar. Mas el

castillo no lo quiero asolar. Cien moros y cien moras los quiero liberar, por lo que de ellos tomé

que de mí no hablen mal. Y en otro lugar dice, los moros y las moras bendiciéndole están. El Cid

escoge no ser violento con los moros capturados. Los moros y las moras vender no los podremos,

de decapitarlos nada ganaremos. Cuando Mio Cid el castillo se dispuso a dejar, moros y moras se

empezaron a quejar ya te vas miocid nuestras oraciones vayan delante nos pagados quedamos

señor de tu parte y cuando dejó al cocer así dice el poema cuando dejó al cocer miocid el de

vivar moros y moras empezaron a llorar también es magnánimo con sus enemigos cristianos que

probablemente por la traición que suponía su enemistad eran más difíciles de perdonar se ve

sin embargo su actitud magnánima en su perdón a don ramón berenguer conde de barcelona por su

ataque injusto aliado con los moros. El Cid no le ha hecho nada, decida al conde, no lo tenga mal,

de lo suyo no llevo nada, déjeme ir en paz. Sin embargo, el conde le ataca fruto de su ambición

y tras derrotarlo y tomarlo prisionero don Rodrigo, ni exige rescate ni amenaza con ejecutarlo,

más allá de pedirle que comparta con él una comida, obligándole así a reconocerlo como

caballero y compañero, como veíamos en el vídeo de la templanza. Compañeros son los que comparten

en pan. Y no le queda más remedio al conde que reconocer lo bien que ha sido tratado, sin merecerlo.

Desde el día que fui conde no llanté tan de buen grado. El placer que de ello tengo no será olvidado.

Sin embargo, la magnanimidad heroica, la capacidad de hacer frente a actos de suyo imposibles,

la vemos en su trato con los infantes de Carrión, a lo que solo exige lo justo debido,

como hemos visto en el vídeo de la justicia y en el de la templanza.

El alma grande es la que en vez de poner en primer lugar sus deseos de venganza, pone sus deberes y ordena el castigo de los infantes según los dictámenes de las demás virtudes.

Consigue al final vengar a sus hijas, pero con la justicia por delante y sin pretender ensañarse.

Una vez han sido vencidos y deshonrados los infantes, quedando gravemente heridos por las lanzas de los caballeros del Cid, se les concederá clemencia y ninguno será muerto en la lit, como solía ser costumbre en estos lances.

Ahora bien, siendo la magnanimidad la virtud del que rebosa honorabilidad, el perdón es un acto que tiene como consecuencia la restitución del honor ajeno, supone la superación generosa de un daño o una injusticia recibida o sufrida.

Por lo tanto, es un acto para el que se necesita magnanimidad y magnánimo es el hombre que posee el hábito del perdón.

Por eso, mientras que en todos los anteriores ejemplos la magnanimidad es la consecuencia

de nuestra apertura a lo bueno, podemos decir que el perdón es la consecuencia magnánima

del mal, la reacción del honorable ante lo malo.

El significado del perdón va unido a una renuncia a que se haga justicia estricta.

Renunciamos a lo que se nos debe en reparación de la ofensa recibida.

Si la justicia exigía dar a cada uno lo suyo, el perdón es la acción o capacidad de dar

más allá de lo debido.

La palabra nos revela, a través de su origen, la naturaleza magnánima del mismo.

Proviene del latín tardío perdonare, del prefijo per y donare, que significa dar.

La raíz de la palabra proviene del sustantivo donum, que significa don o regalo, de ahí su

estrecha relación con la merced o la gracia. Es una raíz presente en todos los idiomas,

el proto-italico, el hitita, el sánscrito, el avéstico, el griego antiguo, el lituano o el

eslavo eclesiástico antiguo. Así, el perdón se entiende etimológicamente como lo gratuito,

lo no debido, regalo, dádiva o don. Esto viene reiterado por el prefijo per, que en latín indica

acción completa y total. Por ello, el perdonar es acción de donación por parte de quien lo otorga,

va más allá de lo debido por la justicia. Es, al fin y al cabo, regalar definitivamente un acreedor

al deudor aquello que le debía. Esto se reitera en las traducciones a idiomas modernos de este

verbo. En inglés, forgive, en francés, pardoner, en italiano, perdonare y en alemán, vergeben.

Perdonar no es fácil y por eso nos requiere la virtud de la magnanimidad. Del mismo modo,

perdonar no es automático. Para hacerlo, debemos compadecer a aquel a quien se perdona y para ello

necesitamos la virtud de la misericordia. La misericordia, según San Agustín, es la compasión

que experimenta nuestro corazón ante la miseria de otro, sentimiento que nos compele, en realidad,

a socorrer si podemos. La misericordia es, por lo tanto, tener el corazón movido a padecer por la

miseria del otro. ¿Cuántas veces tenemos la sensación de que estamos sufriendo al otro? La

misericordia es precisamente el mecanismo de defensa del ser humano contra esa sensación. Primero,

nos recuerda que también nosotros somos falibles y otros nos sufren.

Segundo, nos permite identificar la fuente de ese sufrimiento para entenderlo y contrarrestarlo.

Sin embargo, dice Aristóteles en la retórica que

la misericordia llega a su extremo en los males que alguien sufre sin merecerlo.

Ahí es cuando es más difícil ejercer el perdón.

Esto lo vemos claramente en el ejemplo del mío cid con los sifantes de Carrión,

en su famoso discurso contra su injusticia.

Decid, ¿en qué os ofendí, infantes de Carrión, en burlas o en veras o en alguna razón? Aquí lo repararé a juicio de la corte. ¿Por qué me desgarrasteis las telas del corazón?

A la salida de Valencia, mis hijas los di yo, con muchos haberes y con muy grande honor.

Si no las queríais, ya, perros traidores, ¿por qué las sacabais de Valencia sus honores?

¿Por qué las heristeis con cinchas y espolones?

¿Solo las dejasteis en el robleo de corpes, a las bestias y fieras, y a las aves del monte?

Por cuanto les hicisteis, menos valéis vos.

Si no recurrís, vealo esta corte.

Es un fuerte alegato, que fácilmente podría llevar a una venganza desmedida.

pero que sin embargo acaba con el Cid perdonando la vida a los infantes a través de sus caballeros tras vencer en el duelo.

Ahora bien, en la misericordia se debe distinguir la pasión de la virtud.

Si la compasión se experimenta solo como una emoción, en ese caso no es virtud, sino precisamente pasión.

Sin embargo, cuando la misericordia consiste en un movimiento de la voluntad,

que aunque sienta repulsión por el mal ajeno o por la injusticia sufrida por otros,

y aún así escoge perdonar, ahí ya no es un mero sentimiento, sino que está encauzado y ordenado y ya sí lo podemos llamar virtud.

Dice Tomás de Aquino que la misericordia es en sí misma la virtud suprema, ya que le compete volcarse hacia los demás para socorrer sus deficiencias.

Por eso dice Alexander Pope que errar es humano, pero perdonar es divino.

Un ejemplo reciente que ha pasado muy desapercibido tiene que ver con la reconstrucción de Ruanda tras el genocidio que tuvo lugar en 1994.

Aunque se cree que es imposible tener una cifra exacta de la magnitud del desastre,

se aproxima que este dramático acontecimiento causó más o menos 800.000 muertes en 100 días.

El conflicto que originó el brutal genocidio fue ocasionado por diferencias entre las dos tribus

mayoritarias en esa época en el país, los tutsis con un 84% y los utus con un 15%. Gracias a la

reconciliación del pueblo, el país afectado logró resurgir de la dramática situación y alcanzar un

positivo nivel económico y social. Hoy se destaca por ser un ejemplo para el continente africano en

temas de desarrollo, causado primera y principalmente por el perdón entre los

ruandeses que permitió que el país pudiera renacer. El New York Times, en su artículo

Retratos de la reconciliación, menciona diferentes historias de supervivientes que

perdonaron a los responsables de asesinar a sus familiares. Un alterconfeso de decenas de

asesinatos decía lo siguiente después de ser perdonado por una madre que perdió a sus hijos.

Cuando ella me perdonó, en mi corazón se desvanecieron todas las cosas que me hacían ser un hombre malvado.

Por lo demás, hay muchos ejemplos de perdón a lo largo de la historia,

que mencionaremos en los materiales complementarios,

pero no podemos dejar de mencionar a nuestro héroe habitual en este respecto.

Y es que se encarna perfectamente el perdón en el cantar del mío Zid.

No solo la importancia del perdón del rey al Zid, sino el perdón interno del Zid a su rey injusto.

recordemos el vídeo de justicia en que el rey ha condenado injustamente al cid al destierro por un

delito que no ha cometido instigado por las casas nobles ordoñez y gonzález envidiosas de su

cercanía al rey sin embargo el cid no se engríe en su razón sino que se humilla y calla esperando

el perdón real el momento en que el rey arrepentido lo concede se convertirá en uno de los momentos

más álgidos y más floridos de todo el poema resaltando la importancia de este gesto del perdón

Así dice el cantar

El rey don Alfonso a prisa cabalgaba, condes y potestades y muy grandes mesnadas.

Dentro de Valencia, miocid el campeador no lo retarda, para las vistas se prepara.

Tanta fuerte mula y tanto palafrán superior, tanta buena arma y tanto buen caballo corredor.

Tanta buena capa y mantos y pellizones, chicos y grandes vestidos están de colores.

Cuando vieron que venía el buen campeador, a recibirlos salen con tan gran honor.

¿Y qué hace el Cid? Los hinojos y las manos en tierra los hincó. Las hierbas del campo con los dientes tomó, llorando de los ojos, tanto era el gozo que sintió. Así sabe dar acatamiento a Alfonso su señor.

De esta guisa los pies le cayó

Tan gran pesar tuvo el rey don Alfonso

Levantaos en mi pie, o cid campeador

Esad las manos, que los pies no

Si esto no hacéis, no tendréis mi amor

Y en ojos hincados estaba el campeador

Merced os pido a vos, mi natural señor

Estando así, me deis vuestro amor

Que lo oigan cuantos aquí son

Y dijo el rey, esto haré de alma y de corazón

A que os perdono y os doy mi amor

Que en todo mi reino parte tenéis desde hoy

Esta enorme alegría que rodea al perdón va necesariamente acompañada de la humildad del Cid,

que veremos en un próximo vídeo, pero que revela que el perdón puede darse y recibirse porque el

alma del Cid está hecha para cosas grandes y no se regodea en detalles o injusticias pasadas,

sino que acoge con generosidad de ánimo el momento y alegría presentes. La actitud contraria es la

del mezquino, el que se fija en el mal detalle y lo sobredimensiona, del árabe miskin, pobre,

escaso de espíritu. Y es que la enormidad del Cid radica en que no debe pedir perdón y sin embargo

lo pide externamente, encubriendo que la verdadera petición de perdón, el verdadero acto de humillación,

es el del rey, que muestra su arrepentimiento indirectamente, desplazándose de su corte a la

frontera, montando un banquete, negándose a recibir el beso de vasallaje en los pies, etc.

El rey está ciertamente arrepentido de haber hecho mal al Cid, sobre todo cuando éste se ha portado

también en respuesta. Yo eché de tierra al buen campeador, yo haciéndole a él mal y él a mí gran

pro. Así, el rey no se limitará a perdonar al Cid, sino a pedir perdón por su injusticia pasada.

Aunque sea superior, es humano y por eso le dice al Cid al final del poema. Yo lo juro por San

Isidro el de León, que en todas nuestras tierras no hay tan buen varón. El rey se declara moralmente

inferior al Cid, bajo juramento, dejando claro su error pasado y lo injusta de su condena. Qué

belleza comprobar que dos almas grandes son capaces de perdonarse sin estridencias ni exigencias,

poniendo en práctica la virtud de la misericordia. Comprendiendo el Cid que el rey es humano,

pero no por eso deja de ser rey, y comprendiendo el rey que, aunque la ley y el derecho estén de

su lado, debe reconocer sus propias miserias y, aunque pueda obviar la injusticia, le debe al

Cid una disculpa por lo mal que lo trató.

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