Sobre la sinceridad

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La sinceridad es definida por la RAE como sencillez, veracidad, modo de expresarse o de comportarse libre de fingimiento. Esta independencia o entereza es la que explica su etimología, pues viene del latín sincerĭtas, derivado de sincērus 'intacto, puro', o ‘puro, libre de mezcla’. Este adjetivo venía a significar originariamente “completo, íntegro, indemne, incorrupto, inalterado”, cuando se usaba para referirse a objetos o materiales; o “claro, transparente”, para referirse a líquidos o al aire.
Esta palabra latina proviene del protoitálico *sm-kairo- o *sm-kaiso- ("entero", "intacto"), y éste del protoindoeuropeo *keh₂i-ro- o *keh₂i-so- ("entero"). Curiosamente, comparte raíz con palabras tan social y religiosamente importantes como caerimōnia (que en sus primeros usos escritos, por Cicerón, significa "inviolabilidad" o "santidad"), o caelum (cosmos, en su acepción general, κόσμος (kósmos) en griego).
Así, sinceridad tendría un origen equivalente a entereza, unicidad, a lo uno: el mismo prefijo sem- (del protoindoeuropeo *sm- ("uno"), similar al sánscrito सकृत् (sakṛ́t)), quiere decir "uno", y originó otras palabras como: simple, sencillo, o singular.
Este uso de “sincero” como “puro”, “intacto”, lo podemos ver en este ejemplo de Tácito (siglo I d. C.) de su De origine et situ Germanorum (Sobre el origen y el territorio de los germanos):
Germaniae populos nullis aliarum nationum conubiis infectos propriam et sinceram et tantum sui similem gentem extitisse
Los pueblos de Germania no está manchada por alianzas con otras naciones mediante casamientos y son una nación en sí misma, sin mestizaje, solo similar a ella misma.
Fue Cicerón en el siglo I a. C.) el que lo usó con el mismo significado que se le suele dar hoy en día (DLE: «modo de expresarse o de comportarse libre de fingimiento»), por ejemplo, en su tratado De amicitia (Sobre la amistad):
omnia fucata et simulata a sinceris atque veris internoscere potest
todo lo fingido y falso puede distinguirse de lo sincero y verdadero

Ahora bien, esta frase de Cicerón puede ayudarnos a dar mayor contenido a lo que significa ser sincero. Oponerse a lo fingido y falso, y aportar por la verdad y la entereza, se manifiesta en otras dos virtudes fundamentales: la veracidad (que es una parte de la justicia) y la honestidad (que es una parte de la templanza).
La Veracidad
La veracidad consiste en decir la verdad sobre algo, un acto que de por sí es siempre bueno y hace bueno a quien la posee. Supone el justo medio entre la declaración exagerada y la ausencia o carencia en el juicio. Como cualquier otra virtud, supone el orden y la disposición hacia la excelencia moral. Por eso, quien se alaba a sí mismo en público, por ejemplo, con el fin de la vanagloria, por más que diga algo verdadero, está faltando a la veracidad.
La veracidad se origina en la palabra latina medieval veracitas, -atis. Derivada del latín verax, hace referencia a Veritas, diosa romana de lo exacto y lo completo, de la verdad en el decir, equivalente a la diosa griega Aletheia (Ἀλήθεια).
En griego, “verdad” es “ἀλήθεια” (aletheia): “lo que no está oculto”, “lo que se manifiesta claramente tal y como es en su ser”. Paradójicamente, esta palabra tiene un sentido negativo, que se indica en el prefijo “a” (a-letheia). El prefijo se aplica al verbo “λανθάνω” (lanthano) que significa “ocultarse”, “pasar inadvertido”, “escaparse”. Verdad es el ser de las cosas que se muestran tal y como son, libres de las apariencias que, inicialmente, las enmascaran.
El griego, por tanto, utiliza la palabra verdad para significar "lo que no está oculto", por lo que podría entenderse como "descubrimiento", como el acto de desvelar lo que las cosas son, mostrarlas tal cual son. La falsedad, el pseudos, es su contrario, el "encubrimiento". Así, el hombre veraz sería el que se muestra tal cual es, por lo que está íntimamente unida a la virtud de la integridad que ya hemos visto.

Si los griegos hablaban de la verdad de las cosas, los latinos se referían a la verdad de las palabras y las personas. Inicialmente, en lugar del sustantivo abstracto “veritas” se usaba el adjetivo “verus”, que designaba las palabras o las personas firmes, que podían ser puestas a prueba o sometidas a juicio. Términos con un sentido y un sonido semejantes a “verus” eran “assevere” (“aseverar”, “afirmar seriamente”) “persevere” (“perseverar”, “persistir”), “severus” (“grave”, “serio”, “riguroso”). “Verdadera” era la palabra firme y seria, la palabra que se puede mantener, que no se dice a la ligera o para alagar los oídos de quien la oye. Cicerón distinguía al demagogo, superficial y adulador, del hombre que es “constans, verus, gravis”.

Por último, tenemos el aporte semítico a la palabra verdad. En el mundo hebreo, la verdad tenía un sentido distinto al que hemos encontrado en Grecia y Roma. El término “verdad”, “emet” (אמת) no tiene el significado de la cosa ya hecha, sino el de una acción que está por hacer. Por eso, en esta lengua, “verdad” significa, ante todo, “confianza”. Verdadera es la acción fiable, la que es segura y ha de cumplirse de cierta manera. El verbo raíz de esta palabra es “aman” (de donde viene nuestro “amén” “אָמַן“), que se traduce por “confirmar”, “apoyar”, “respaldar”, en el sentido de dar nuestra confianza a algo que está por hacerse.

Así, tendríamos tres enseñanzas sobre lo que significa ser veraz: primero, “lo descubierto”, hace referencia al hombre íntegro, transparente y cristalino. Segundo, “lo exacto”, hace referencia al hombre riguroso, firme y entero. Tercero, “lo seguro”, referencia al hombre en quien se puede confiar y descansar, al hombre fiable. Estos tres sentidos complementarios (descubrimiento, exactitud y confianza) están presentes y constituyen la naturaleza de la veracidad en la tradición europea.
Así, vinculando unos vídeos con otros, descubrimos que la veracidad es parte de la virtud de la justicia, porque en parte coincide con ella:
Por un lado, mientras que la mayoría de las virtudes se refieren a uno mismo (prudencia, fortaleza, templanza, humildad, integridad, etc), y hacen referencia a lo que hay dentro de nosotros; tanto la veracidad como la justicia se refieren a algo externo a nosotros. Así, se dice la verdad sobre algo y se dice a alguien, del mismo modo en que se es justo con algo y respecto a alguien. Ambas, veracidad y justicia, construyen y fundamentan nuestras relaciones sociales, pues inciden directamente sobre los vínculos más elementales de la sociedad: la verdad fundamenta la comunicación, y la justicia el reparto o armonía entre los miembros de la comunidad. Ambas son virtudes sociales, y ambas se encuentran en los cimientos mismos de una sociedad sana.
Ya los profesores Garrido y Redondo (1995), se refieren a la sinceridad como la virtud relacional que permite establecer relaciones; de igual manera que para el filósofo López Quintás y el jurista Villapalos (1997), es una virtud que conduce a que la persona sea coherente con su vocación de ser comunitario, sea confiable y creíble. Así, el hombre veraz no hace nada que perturbe la convivencia, porque armoniza las palabras con los hechos, actúa como debe actuar, y elige sus actos en virtud del ideal de verdad, y no conforme a sus impulsos de sus intereses particulares.


Alfonso López-Quintás y Gustavo Villapalos
El hombre veraz es el que se niega a desmerecer la verdad incluso en las llamadas “mentiras piadosas”, porque siendo consciente de la importancia de la verdad para cualquier comunidad y su sana comunicación, prefiere ser transparente o callar cuando lo marque la prudencia, antes que mentir.
El hombre veraz sabe que la mentira, por muchos beneficios a corto plazo que prometa, tiene dos fallos fundamentales: primero, que disfrazada de verdad, no solo corrompe, sino que ralentiza y lastra las relaciones humanas, porque elimina de las mismas su elemento más necesario: la confianza. Segundo, desde un punto de vista práctico, porque la mentira tiene poco recorrido, y como dice el dicho, antes se pilla a un mentiroso que a un cojo. Ambos aspectos los plasmó el fabulista romano Gayo Julio Fedro a (ca. 14 a. C. - ca. 50 d. C.), en su traducción de la fábula de Esopo (Apéndice V) sobre Prometeo y Dolo:
Prometeo, ese titán alfarero que dio forma a los seres humanos, decidió un día esculpir una estatua de Aleteia (Verdad), usando toda su habilidad para poder regular a través de la estatua el comportamiento de las personas. Mientras trabajaba, una llamada inesperada de Júpiter lo obligó a ausentarse. Prometeo dejó a cargo de su taller aprendiz, el dios Dolos, personificación del engaño. Impulsado por la ambición, Dolos aprovechó para copiar la estatua a la perfección, pero fue interrumpido por Prometeo cuando sólo le faltaban por terminar los pies. Al titán le divirtieron la similitud de las estatuas, a las que insufló vida. Las gemelas eran idénticas, pero mientras que la Verdad caminaba grácilmente con pasos mesurados, su gemela inacabada, la Falsedad, apenas puede caminar sin caerse. De ahí el dicho de que la mentira tiene los pies muy cortos, de lo que sacamos la moraleja de que aunque una empresa hecha con mentiras parezca empezar con buen pie, a la larga siempre prevalecerá la verdad.

Esto se demuestra en el episodio del Cid en que se condena a uno de los infantes de Carrión, don Fernando, a raíz de sus mentiras. En pleno juicio en que el infante intenta defenderse de los partidarios del Cid mostrando la superioridad de su linaje, de su título condal, y de sus hazañas en batalla, queda por completo desarmado al demostrarse que sus hazañas guerreras habían sido patrañas y mentiras.
El infante se gloriaba de haber matado al primer moro en el asedio de Valencia, pero Pedro Mudo desenmascara al mentiroso, y con ello destruye por completo su imagen y su honra:
“Pero Bermúdez empezó a hablar;
Detiénesele la lengua, no puede arrancar;
Mas, cuando empieza, sabed, no le da vagar: (...)
¡Mientes, Fernando, de cuanto dicho has,
Por el Campeador valiste mucho más!
Las mañas tuyas yo te las sabré contar:
Acuérdate cuando lidiamos cerca de Valencia la grande;
Pediste las heridas primeras al Campeador leal;
Viste un moro, fuístele a atacar;
Antes huiste que a él te allegases.
Si yo no te ayudase, el moro te la jugara mal;
Pasé ante ti, con el moro me hube de enfrentar;
A los primeros golpes, húbele de derribar; (...)
Ante mío Cid y ante todos te hubiste de alabar
Que mataras al moro y que hicieras proeza tal;
Creyérontelo todos, mas no saben la verdad;
¡Que eres apuesto mas mal barragán!
Lengua sin manos, ¿cómo osas hablar?” Cantar III, 3306-3328
Y es que, igual que la Falsedad es una estatua sin pies, el mentiroso es una lengua sin manos, un hatajo de palabrería que no tiene obras en que sustentarse, y en cuanto se descubre el engaño, se deshace como una voluta de humo al mínimo golpe de viento.
La Honestidad
En segundo lugar, tenemos la virtud de la Honestidad. La honestidad u honradez es prácticamente el efecto personal de la vida justa, aunque es parte de la templanza. Consiste en tener una vida íntegra, guiada por el honor (en la que resplandece la honestidad, entendida como esplendor de una vida virtuosa o sincera). La honestidad es aquello que es digno de honor, el honor se debe a la excelencia personal, y la excelencia es la disposición de lo perfecto hacia lo óptimo: el hombre honesto ordena todo por la virtud o hacia la virtud.
Marco Tulio Cicerón, en su obra De officiis (Sobre los deberes, o De oficios), hace una defensa de la honestidad como la virtud del hombre íntegro no solo en sus actuaciones, sino en sus intenciones: es honesto aquél que mide su actuar no conforme al provecho que le saca, o al placer que le provoca, o a la utilidad que le reporta, sino conforme a la virtud de lo realizado (Libro I, capítulo II). Sólo ese hombre puede cultivar verdadera amistad, justicia y liberalidad.
A su vez, es propio del hombre ansiar lo verdadero, lo bello y admirable en lo que le rodea (Libro I, capítulo IV). Si aprecia esas cualidades en lo que le rodea, cuánto más deberá apreciarlas en sus propias acciones: el hombre honesto es el hombre coherente, y de igual forma que quiere que su alrededor sea bello, elegante, conveniente, etc; se esforzará porque sus consejos y hechos estén dotados de esa misma belleza, constancia, y orden. En eso se forja lo honesto, en que la honestidad conduce a la belleza moral (es el resplandor de la vida virtuosa) y se puede llegar a afirmar que “lo que decimos con verdad, aunque por ninguno sea laudado, es laudable por naturaleza” (Libro I, capítulo IV).
Por eso la vida honrada supone un deleite o un disfrute. La vida virtuosa, íntegra, sincera, supone un gozo porque es conveniente con la naturaleza humana, en tanto en cuanto es necesario a todo hombre aspirar y buscar la verdad (Aristóteles, Metafísica, Libro I, I, 980a).

Probablemente uno de los ejemplos más claros de honestidad lo encontramos en Sócrates, detrás de su pensamiento y su método, que quedan confirmados en su juicio público y en su muerte. Hemos querido traer también el excelente ejemplo de don Quijote: al final de la novela (capítulo LXIIII), su amigo el bachiller Sansón Carrasco se disfraza del Caballero de la Blanca Luna, y le reta a un duelo para conseguir que vuelva a su casa y se deje de locas aventuras. No es capaz de medir el bachiller la enormidad de la honestidad de nuestro héroe, que ha comprendido perfectamente que no merece ser vivida una vida sin virtud, ni una virtud sin verdad:
Le dice el falso Caballero a Don Quijote:
“—Insigne caballero y jamás como se debe alabado don Quijote de la Mancha, yo soy el Caballero de la Blanca Luna, cuyas inauditas hazañas quizá te le habrán traído a la memoria. Vengo a contender contigo y a probar la fuerza de tus brazos, en razón de hacerte conocer y confesar que mi dama, sea quien fuere, es sin comparación más hermosa que tu Dulcinea del Toboso: la cual verdad si tú la confiesas de llano en llano, escusarás tu muerte y el trabajo que yo he de tomar en dártela; y si tú peleares y yo te venciere, no quiero otra satisfación sino que, dejando las armas y absteniéndote de buscar aventuras, te recojas y retires a tu lugar por tiempo de un año (...)”
Don Quijote acepta el reto, y es vencido por el Caballero de la Blanca Luna, que le exige:
“—Vencido sois, caballero, y aun muerto, si no confesáis las condiciones de nuestro desafío.
Don Quijote, molido y aturdido, sin alzarse la visera, como si hablara dentro de una tumba, con voz debilitada y enferma, dijo:
—Dulcinea del Toboso es la más hermosa mujer del mundo y yo el más desdichado caballero de la tierra, y no es bien que mi flaqueza defraude esta verdad. Aprieta, caballero, la lanza y quítame la vida, pues me has quitado la honra.”
Es un clarísimo y muy bello ejemplo de cómo la honestidad es primordial en el hombre honorable, tanto que está por delante, no ya del placer o la utilidad, sino de la propia vida. La verdad de que Dulcinea es la mujer más bella, verdad que estructura la vida del caballero andante, es más importante que sus torpes movimientos, y es para el caballero más importante esa verdad que su propia vida. No es honesto el hombre por ser todopoderoso, porque como el Quijote podemos ser vencidos. Es honesto porque es verdadero, porque antes que la propia supervivencia está la vivencia hasta el final de una verdad fundamental. Así, en conclusión, puede decirse que la sinceridad es la cualidad de los hombres honestos, y que la sinceridad es condición indispensable para la vida honrada.

Por último, proponemos el ejemplo de la espada, que es en el Mío Cid el símbolo de la honestidad. Los medievales heredaban de las Sagradas Escrituras esta simbología que vinculaba la espada y la verdad, como en el caso de Isaías 49, 2 (El Señor hizo de mi boca una espada afilada); Apocalipsis 2, 12 (la espada de doble filo de la verdad) o 19, 15 (De su boca sale una espada afilada).
Las espadas del Cid representan la Verdad, la entereza y honradez de quien las porta. Colada y Tizona son espadas ganadas en batalla con mucho esfuerzo y heroísmo, son la prueba de las victorias y el honor de don Rodrigo, la muestra física de su entereza y su historia de superación y sacrificio. Además, son espadas magníficas y hasta legendarias, con vida y hazañas propias anteriores al Cid, que podemos leer en otros muchos cantares y documentos desde el siglo XI. Son espadas que, además, brillan, como brilla la Verdad: “Saca las espadas y relumbra toda la corte” (3177).
Unas espadas tan valiosas para el Cid, en tanto representan toda su honestidad y entereza, son el perfecto regalo de despedida para sus cuñados, los infantes de Carrión. A sus hijas, de las que se despide con lágrimas, acompaña una parte de don Rodrigo, sus espadas, y es lo que exige de vuelta en su juicio ante el rey:

“Esto les demando a los infantes de Carrión:
Porque me dejaron mis hijas, yo no tengo deshonor;
Pues vos las casasteis, Rey, sabréis qué hacer hoy.
Mas, cuando sacaron mis hijas de Valencia la mayor,
Yo bien los quería de alma y de corazón:
Les di dos espadas, a Colada y a Tizón,
Estas yo las gané a guisa de varón,
Que se honrasen con ellas y sirviesen a vos.
Cuando dejaron mis hijas en el Robledo de Corpes,
Conmigo no quisieron tener nada y perdieron mi amor
Denme mis espadas cuando mis yernos no son.” Cantar III, 3148-3158
Una vez devueltas, serán esas mismas espadas las que el Cid conceda como regalo a los hombres que van a retar a los infantes para recuperar la honra de las hijas. Contra la injusticia, contra la deshonra, contra la mentira de los infantes, se erigen como campeones las dos espadas que representan la integridad del Cid: Tizona y Colada, que saldrán vencedoras contra los infantes y recuperarán la honra de doña Elvira y doña Sol:
“Sacaron las espadas, Colada y Tizón;
Pusiéronlas en mano del Rey su señor.
Saca las espadas y relumbra toda la corte;
Los pomos y arriaces todos de oro son.
Maravíllanse de ellas todos los hombres buenos de la corte.
Recibió las espadas, las manos le besó;
Tornose al escaño donde se levantó; (...)
Se le alegró todo el cuerpo, sonriose de corazón;
Alzaba la mano, la barba se tomó:
¡Por esta barba que nadie mesó,
Así se irán vengando doña Elvira y doña Sol!
A su sobrino don Pero, por el nombre le llamó;
Tendió el brazo, la espada Tizón le dio:
¡Prendedla, sobrino, que mejora en señor!
A Martín Antolínez, el burgalés de pro,
Tendió el brazo, la espada Colada le dio:
Martín Antolínez, mi vasallo de pro”. Cantar III, 3175-3194
Y es que estas espadas, que cuando aparecen “relumbra toda la corte” (3177), brillan como brilla la Verdad: nos enseñan para nuestra vida diaria a poner en primer lugar la luz de lo verdadero, no las sombras de lo útil, lo placentero o lo fácil, que como hemos visto, tienen los pies muy cortos. Al final, es nuestra espada honesta la que nos hace honorables, y no los aplausos ajenos o nuestra elevada autoestima. El hombre falso podrá ser grande a ojos de muchos o a sus propios ojos, pero ni todas las falsas alabanzas del mundo pueden hacerle crecer, en la realidad, ni un ápice de su integridad. Y el hombre veraz, por el contrario, no perderá ni un milímetro de su verdadera grandeza por mucho que mil ciegos quieran llamarle pequeño. Por eso es la sinceridad la cualidad de las personas honorables, y la condición indispensable para la vida honrada.-----------------------------
Transcripción del vídeo
¿Qué es la sinceridad?
En este vídeo trataremos la virtud de la sinceridad. Según la RAE, la sinceridad se define como sencillez, veracidad, modo de expresarse o de comportarse libre de fingimiento.
Muchas veces pensamos que sincero es meramente el que no miente, pero en realidad significa algo mucho más profundo.
Para descubrirlo, empecemos analizando su etimología. La palabra deriva del latín sinceritas, derivado de sincerus, que a su vez significa intacto, puro o libre de mezcla.
Sin embargo, en su origen más antiguo, la palabra latina nace de una raíz protoindoeuropea, que significaba uno, de la que viene el prefijo sem, y que originó otras palabras como simple, sencillo o singular.
De esta forma, sincero estaría emparentado con estas palabras. Tendría un origen equivalente
a entereza, unicidad, a lo uno, y así es fácil entender la definición de sincero. No es sólo el
que dice la verdad, sino aquel comportamiento que no tiene doblez, complicación o sombra. En resumidas
cuentas, un actuar íntegro. Por eso, aunque en latín sincero empezará significando lo puro,
lo no mezclado, ya Cicerón en el siglo I a.C. lo usará con el mismo significado que se le suele
dar hoy en día, afirmando en su tratado sobre la amistad que todo lo fingido y falso puede
distinguirse de lo sincero y verdadero. Esta frase de Cicerón puede ayudarnos a profundizar en esta
virtud, abriéndonos a dos reflexiones. Aclarado su significado y origen, la sinceridad se nos
manifiesta de dos maneras, encarnada en otras dos virtudes fundamentales. Por un lado, sinceridad
es oponerse a lo fingido y falso, y a eso lo llamamos veracidad, que es una parte de la justicia.
Por otro, sincero también es quien vive conforme a la verdad y a la entereza, y a eso lo llamamos
honestidad, que es una parte de la templanza.
Hablaremos primero sobre la veracidad y, por ende, sobre la mentira.
La veracidad consiste en decir la verdad sobre algo, un acto que de por sí es siempre bueno
y hace bueno a quien la posee.
Sin embargo, no es lo mismo ser veraz que ser hablador o indiscreto.
como cualquier otra virtud supone un orden un punto intermedio entre la exageración y la ausencia de
juicio por eso por ejemplo no es veraz el que callando deja de cumplir con su deber de defender
a una persona que está siendo injustamente calumniada en otro extremo tampoco será veraz
quien se alaba a sí mismo en público por ejemplo con el fin de la vanagloria por más que diga algo
verdadero. En ambos casos, aunque no se mienta, se está faltando a la veracidad. La veracidad se
origina en la palabra latina medieval veracitas, que a su vez deriva del latín verax, que hace
referencia a veritas, diosa romana de lo exacto y lo completo. Verdadera era la palabra firme y
seria, la palabra que se puede mantener, que no se dice a la ligera o para halagar los oídos de
quien la oye. Cicerón distinguía al demagogo, superficial y adulador, del hombre que es Constans,
Verus, Gravis. Esta diosa era el equivalente a la diosa griega Aletheia. Aletheia, verdad en griego,
tiene un sentido negativo que se indica en el prefijo a. El verbo lantano significa ocultarse,
pasar inadvertido, escaparse, por lo que la verdad sería lo que no está oculto, lo que se manifiesta
claramente tal y como es en su ser. Así, verdad es el ser de las cosas, libres de las apariencias
que inicialmente las enmascaran, por lo que podría entenderse como descubrimiento, como el acto de
desvelar lo que las cosas son, mostrarlas tal cual son. Por último, tenemos el aporte semítico a la
palabra verdad. En el mundo hebreo, la verdad tenía un sentido distinto al que hemos encontrado en
Grecia y en Roma. El término verdad, emet, no tiene el significado de la cosa ya hecha, sino el de una
acción que está por hacer. Por eso, en esta lengua, verdad significa, ante todo, confianza.
Verdadera es la acción fiable, la que es segura y ha de cumplirse de cierta manera. El verbo raíz
de esta palabra es amán, de donde viene nuestro amén, que se traduce por confirmar, apoyar,
respaldar, en el sentido de dar nuestra confianza a algo que está por hacerse. Si los griegos
hablaban de la verdad de las cosas, los latinos se referían a la verdad de las palabras y de las
personas y los hebreos a la verdad de las promesas. Así tendríamos tres enseñanzas sobre lo que
significa ser veraz. Primero, lo descubierto. Hace referencia al hombre íntegro, transparente y
cristalino. Segundo, lo exacto. Hace referencia al hombre riguroso, firme y entero. Y tercero,
lo seguro. Referencia al hombre en quien se puede confiar y descansar, el hombre fiable.
Estos tres sentidos complementarios, descubrimiento, exactitud y confianza, están presentes y
constituyen la naturaleza de la veracidad en la tradición europea. Aquí entramos en una segunda
reflexión. Descubrimos que la veracidad es parte de la virtud de la justicia, porque en parte
coincide con ella. Por un lado, mientras que la mayoría de las virtudes se refieren a uno mismo,
la prudencia, la fortaleza, la templanza, la humildad, la integridad y hacen referencia a lo
que hay dentro de nosotros, tanto la veracidad como la justicia se refieren a algo externo a
nosotros. Así, se dice la verdad sobre algo y se dice a alguien. Del mismo modo que se es justo con
algo y respecto de alguien. Ambas, veracidad y justicia, construyen y fundamentan nuestras
relaciones sociales, pues inciden precisamente sobre los vínculos más elementales de nuestra
sociedad. La verdad fundamenta la comunicación entre nosotros y la justicia, el reparto o la
armonía entre los miembros de una comunidad. Ambas son virtudes sociales y ambas se encuentran
en los cimientos mismos de una sociedad sana. Los profesores Garrido y Redondo se refieren a
la sinceridad como la virtud relacional que precisamente permite establecer relaciones.
De igual manera que para el filósofo López Quintás o el jurista Villapalos es una virtud
que conduce a que la persona sea coherente con su vocación de ser comunitario, porque
precisamente lo hace confiable y creíble. Así, el hombre veraz no hace nada que perturbe la
convivencia, porque armoniza las palabras con los hechos y actúa como debe actuar, eligiendo sus
actos en virtud del ideal de verdad y no conforme ni a sus impulsos ni a sus intereses particulares.
¿Y qué pasa con la mentira entonces? El hombre veraz es el que se niega a desmerecer la verdad,
incluso en las llamadas mentiras piadosas, porque siendo consciente de la importancia de la verdad
para cualquier comunidad y su sana comunicación, prefiere ser transparente o callar cuando lo
marque la prudencia antes que mentir. El hombre veraz sabe que la mentira, por muchos beneficios
a corto plazo que prometa, tiene dos fallos fundamentales. Primero, que disfrazada de verdad
no solo corrompe, sino que ralentiza y lastra las relaciones humanas, porque elimina de las
mismas su elemento más necesario, la confianza. Segundo, desde un punto de vista práctico,
porque la mentira tiene poco recorrido y, como dice el dicho, antes se pilla a un mentiroso
que a un cojo. Ambos aspectos los plasmó el fabulista romano
Gallo Julio Fedro en su traducción de la fábula de Sopo sobre Prometeo y Dolo, y las
estatuas gemelas que ambos construyeron, la verdad y la falsedad. Cuya única diferencia
era la ausencia de pies en la segunda. Si queréis conocerla, os dejamos la fábula aquí
abajo para que podáis leerla. También podemos verlo en el Cid, en el episodio en que se condena
a uno de los infantes de Carrión, don Fernando, a raíz de sus mentiras. En pleno juicio, en que el
infante intenta defenderse de los partidarios del Cid, mostrando la superioridad de su linaje,
su título de conde, sus hazañas en batalla, queda por completo desarmado al demostrarse que sus
hazañas guerreras habían sido patrañas y mentiras. El infante se gloriaba de haber matado el primer
moro en la sede de Valencia, pero Pedro Mudo, un compañero del Cid, desenmascara al mentiroso y con
ello destruye por completo su imagen y su honor, permitiendo que se le condene. Así le dice Pedro
Mudo al infante mentiroso en el cantar. Ante mío Cid y ante todos te hubiste de alabar, que mataras
al moro y que hicieras prodezatal. Creyeron telo todos, mas no saben la verdad. Que eres apuesto,
más mal barragán lengua sin manos como osas hablar y es que igual que la falsedad es una
estatua sin pies la mentira es una lengua sin manos un atajo de palabrería que no tiene obras
en que sustentarse y en cuanto se descubre el engaño se deshace con una voluta de humo al
mínimo golpe de viento hablemos ahora de la honestidad la segunda virtud sobre la que se
manifiesta la sinceridad como decíamos al principio la honestidad o honradez consiste
en tener una vida íntegra, guiada por el honor, entendido como esplendor de una vida
virtuosa o sincera. La honestidad es aquello que es digno de honor. El honor se debe a
la excelencia personal, y la excelencia es la disposición de lo perfecto hacia lo óptimo.
El hombre honesto ordena todo por la virtud o hacia la virtud.
Marco Tulio Cicerón, en su obra de oficios, hace una defensa de la honestidad como la
virtud del hombre íntegro no solo en sus actuaciones, sino en sus intenciones diciendo
que es honesto aquel que mide su actuar no conforme al provecho de lo que saca o al placer
que le provoca o a la utilidad que le reporta, sino conforme a la virtud de lo realizado.
Solo ese hombre puede cultivar verdadera amistad, justicia o liberalidad. Es propio del hombre
ansiar lo verdadero, lo bello y lo admirable en lo que le rodea. Como decía Aristóteles,
la vida virtuosa, íntegra, sincera, supone un gozo que es conveniente con la naturaleza humana,
en tanto en cuanto es necesario a todo hombre aspirar y buscar la verdad.
Y por eso vale la pena la vida honesta, porque conduce a la belleza moral
y se puede afirmar con Aristóteles que lo que decimos con verdad,
aunque por ninguno sea laudado, es laudable por naturaleza.
Creemos que hay un excelente ejemplo de honestidad en el Quijote.
Al final de la novela, su amigo, el bachiller Sansón Carrasco,
se disfraza del caballero de la Blanca Luna
y le reta un duelo para conseguir que el Quijote, nuestro caballero,
vuelva a su casa y se deje de locas aventuras.
No es capaz de medir, el bachiller, la enormidad de la honestidad de nuestro héroe, que ha comprendido perfectamente que no merece la pena ser vivida una vida sin virtud, ni una virtud sin verdad.
Le dice el falso caballero de la Blanca Luna a Don Quijote,
vengo a contender contigo y a probar la fuerza de tus brazos en razón de hacerte conocer y
confesar que mi dama sea quien fuere es sin comparación más hermosa que tu dulcinea del
toboso la cual verdad si tú la confiesas de llano en llano excusarás tu muerte don quijote
acepta el reto pero es vencido por el caballero de la blanca luna que por supuesto le exige vencido
sois, caballero, y aún muerto si no confesáis las condiciones de nuestro desafío. Y don Quijote,
molido y aturdido, sin alzarse la visera, como si hablara desde dentro de una tumba,
con una voz debilitada y enferma dijo, Dulcinea del Toboso es la más hermosa mujer del mundo,
y yo el más desdichado caballero de la tierra. Y no es bien que mi flaqueza defraude esta verdad.
aprieta caballero la danza y quítame la vida, pues me habéis quitado la honra.
Es un clarísimo y muy bello ejemplo de cómo la honestidad es primordial en el hombre honorable,
tanto que está por delante, no ya del placer o la utilidad, sino de la propia vida.
La verdad de que Dulcinea es la mujer más bella, verdad que estructura la vida de nuestro caballero andante,
es más importante que sus torpes movimientos, y es para el caballero más importante esa verdad que su propia vida.
No es honesto el hombre por ser todopoderoso, porque como el Quijote podemos ser vencidos.
Es honesto porque es verdadero, porque antes que la propia supervivencia está la vivencia hasta el final de una verdad fundamental.
Por último, como herramienta para recordar estas ideas, vamos a utilizar otro gran ejemplo del Cid, que es el de la espada,
que en el cantar es el símbolo de la honestidad.
Los medievales heredaban de las sagradas escrituras esta simbología que vinculaba la espada y la verdad.
Por ejemplo, usaban la imagen de la lengua, de la lengua veraz, como espada penetrante, afilada, como espada de doble filo que hemos oído tantas veces.
Las espadas del Cid representan la verdad, la entereza y la honradez de quien las porta.
Son colada y tizona, espadas ganadas en batalla con mucho esfuerzo y mucho heroísmo.
Y son la prueba, la prueba viva de las victorias y del honor de don Rodrigo.
Son la muestra física de su entereza y de su historia de superación y sacrificio.
unas espadas tan valiosas para el Cid
en tanto representan toda su honestidad
y toda su entereza
que son el perfecto regalo de despedida
para sus cuñados, los infantes de Carrión
cuando marchan de Valencia con sus hijas
a ellas mismas, cuando las despide
con lágrimas en los ojos
acompaña una parte de don Rodrigo, sus espadas
y eso precisamente será lo que exija
de vuelta en el juicio ante el rey
tras la afrenta de corpes
dice el Cid, esto les demando
a los infantes de Carrión
Cuando sacaron mis hijas de Valencia a la mayor
Yo bien les quería de alma y de corazón
Les di dos espadas, a colada y a tizón
Estas yo las gané a guisa de varón
Que se honrasen con ellas y sirviesen a vos
Cuando dejaron a mis hijas en el robledo de corpes
Conmigo no quisieron tener nada y perdieron mi amor
Denme mis espadas, cuando mis yernos ya no son
Perdido el honor, se pierde la verdad
Y una vez devueltas al Cid, serán esas mismas espadas las que, concedidas como regalo a sus hombres fieles, serán con las que se va a retar a los infantes para recuperar la honra de sus hijas.
Contra la injusticia, contra la deshonra, contra la mentira de los infantes, se erigen como campeones las dos espadas que representan la honestidad del Cid, Tizona y Colada,
que en manos de los caballeros del Cid saldrán vencedoras contra los infantes
y recuperarán la honra de Doña Elvira y Doña Sol.
Y es que estas espadas, que cuando aparecen relumbra toda la corte,
brillan como brilla la verdad.
Nos enseñan para nuestra vida diaria a poner en primer lugar la luz de lo verdadero,
no las sombras de lo útil, lo placentero o lo fácil,
que como hemos visto tienen los pies muy cortos.
Al final, es nuestra espada honesta la que nos hace honorables
y no los aplausos ajenos o nuestra elevada autoestima.
El hombre falso podrá ser grande a los ojos de muchos o a sus propios ojos, pero ni todas las falsas alabanzas del mundo pueden hacerle crecer en la realidad ni un ápice de su integridad.
Y el hombre veraz, por el contrario, no perderá ni un milímetro de su verdadera grandeza por mucho que mil ciegos quieran llamarle pequeño.
Por eso es la sinceridad la cualidad de las personas honorables y la condición indispensable para la vida honrada.
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