Nº 5Regala ValoresLección 19 de 24

Nosotros y nuestra realidad, frente a la realidad

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LA PERSONA Y LA REALIDAD - JUGUEMOS

Vivimos en una cultura carente de certezas. Nos han inoculado ciertas ideas que nos hacen creer que la realidad es volátil, relativa, inconsistente. El filósofo inglés Zigmun Bauman lo llama «mundo líquido». Pensamos que nosotros decidimos lo que son las cosas o que la realidad es lo que yo construyo. Estas posiciones son parciales, absolutizan una parte de la verdad e ignora otras. Pero cuando nos confrontamos justamente con la experiencia cotidiana tarde o temprano se nos hace evidente que cuando las hago un absoluto, caemos en una máxima que todos experimentamos tarde o temprano: «La realidad es testaruda». ¡Vaya, yo creía que construía mi realidad y luego, pum, la realidad me da un golpe insalvable!

Mensajes como: Si lo sueñas, puedes lograrlo; las cosas son lo que tú quieres que sean; decide quién eres… Son muy bonitas de escuchar pero poco «realistas» porque está ocultado la dimension objetiva de la realidad. Ya que hay confianza os puedo hablar claro… He soñado muchas veces una vida en común con cierta actriz y… ¡no lo he logrado!; siempre he querido medir 1,85m y por más que me pongo plantillas, cuando me descalzo, sigo siendo 1,73; y por más que he decidido ser el gracioso de las veladas, nada… ¡y mira que me empeño!

¡Nos han engañado! Esto es lo que pensé cuando uno de mis maestros me ayudó a comprender que la realidad es la que es; y que la realidad es, ¡independientemente de mí! Existía antes de que yo naciera y cuando fallezca, la realidad seguirá siendo, aunque ya, parece ser, no pueda conocerla.

El término realidad proviene del latín “res, rei”. Este término podríamos traducirlo por la palabra cosa, las cosas. Con esto, de una forma brusca, designamos todo lo que no somos nosotros, lo que está fuera de nosotros. Es decir, lo que existe y hace posible la vida a nuestro alrededor.

Si nos fijamos en cómo un bebé se empieza a relacionar con la realidad, lo primero a lo que presta atención es a su madre, es lo primero y único que conoce. Pero después empieza a interactuar con lo que le rodea, ¡con las cosas! Y todo lo que existe, le sorprende, ¡Se asombra de las cosas! Todo es atractivo para él, incluso aunque ya lo conozca, se le presenta como nuevo. La realidad es la que es, está ahí, y el niño (que no se hace jaleos como nosotros de si eso para mi significa tal o cual y para ti puede significar lo contrario, etc) disfruta de ella y quiere conocerla tal cual es. Y el modo de conocerla es… preguntar qué es eso, para qué sirve, por qué está ahí. Pregunta a aquellos que considera que tienen autoridad. Y pregunta hasta que percibe que la respuesta es correspondiente con la experiencia que tiene de esa cosa.

Claro que no todas las realidades son tan sencillas como con las que se relaciona un niño. Es cierto. Pero observándoles, podemos aprender mucho.

Una de los aspectos que podemos aprender de los niños es cómo se relacionan con la realidad. Nos puede sorprender que ante un regalo bien envuelto, decidan jugar con el envoltorio y no con el juguete elegido por nosotros. Una caja vacía es una fuente de posibilidades, mientras que el dinosaurio con diez sonidos les parece aburrido. ¿Qué sucede ahí? Podemos explicarlo, y extrapolarlo a toda la realidad, con dos términos:

  • Realidades abiertas

  • Realidades cerradas

Una realidad cerrada serían aquellas “cosas” que nos rodean que son útiles, las usamos, las dominamos, no tienen valor para nosotros más que como medio para algo.

Una realidad abierta se nos presenta como algo con posibilidades creativas, requiere de nosotros que estemos presentes, activos (pone en juego nuestra imaginación), no se puede utilizar de cualquier modo, tiene unas reglas (aunque las creemos nosotros), implica que yo me ponga en juego, que colabore con ello, y si me relaciono bien con esa realidad abierta, mi vida crece, se eleva. Ejemplos de realidades abiertas: un libro de literatura, un instrumento musical, las obras de arte, la interacción creativa en el trabajo, un juego, los animales y, sobre todo, las personas de una forma primordial.

Esto nos daría para mucho más, pero en vez de detenernos aquí, vamos a fijarnos en la relación entre el sujeto y la realidad, entre tu existencia y la vida.

Tu, que existes, que eres una realidad y estás rodeado de “cosas” y de personas, de realidades abiertas y cerradas, tienes una apasionante tarea por delante. Esta tarea es tu vida. La vida nos es dada, nos descubrimos existiendo, pero se nos da abierta, no está escrita ni determinada. Nuestra vida, podríamos decir, que consiste en la relación e interrelación que yo haga con lo que me rodea, con las personas, con lo existente, según sus posibilidades. Podríamos decir que la vida es un juego creativo. Nos encontramos inmersos en una partida en la que el fin del juego es disfrutar la partida, crear una historia memorable y alcanzar una plenitud. ¿Cómo? Con las posibilidades que este tablero que es el mundo me ofrece y con las relaciones que establezca con los demás jugadores.

Para poder jugar bien necesito conocer las reglas de este juego (no me las invento) y comprender su sentido; por otro lado, jugar bien mis posibilidades y las posibilidades que en cada momento de partida se me ofrecen. En cualquier juego, cuanto más se asimilan las reglas y las posibles jugadas, más interesante y divertido es. Y como es un mundo abierto y vamos co-creando nuevas realidades, se nos abren caminos que tenemos que explorar, con cautela, para ver si nuestra partida tiene buen término por ahí.

En su breve tratado sobre Las etapas de la vida (1953), el teólogo, escritor y académico Romano Guardini anima a contemplar la existencia humana desde la tensión entre la identidad de la persona y los cambios en las circunstancias concretas en que se da su vida. Sobre todo, dirá, los cambios que se dan en cada fase de la vida, pues en todas ellas buscamos el sentido y el bien aunque de distinta manera.

Interesa ahora fijarnos en las primeras etapas, pues en ellas desarrolla Guardini una sutil y enriquecedora enseñanza sobre la relación de la persona humana con la realidad. Así, si durante la infancia —primera etapa de la vida— el niño no distingue entre fantasía y realidad y el principal reto educativo consiste en que aprenda a tener iniciativa, la juventud —segunda etapa— es el momento en que la persona adquiere la confianza en que hay un modo de ser correcto de las cosas y, más aún, de que se puede llevar a la práctica. Si hay algo definitorio de la juventud es el compromiso con los grandes valores e ideales. Pero al mismo tiempo, escribe Guardini, «falta el conocimiento de la concatenación real de las cosas, el criterio para distinguir lo que uno mismo puede hacer, lo que le es posible hacer a los demás y lo que le es dado hacer al hombre como tal» (Romano Guardini, Las etapas de la vida [1953], Palabra, Madrid 1997, p. 48). Lo propio de esta etapa es buscar la autoafirmación. Y la crisis de la juventud aparece cuando el joven descubre qué significa lo fáctico y experimenta «que la realidad de la vida social, política y económica que él quiere modificar apoyado en lo incondicionado de la idea y en la pureza de la actitud interior es mucho más resistente de lo que él pensaba» (ídem, p. 68). De ahí que el mayor reto de la etapa adulta —tercera etapa de la vida— sea cómo «mantener en pie lo incondicionado en medio de lo dependiente, lo dotado de validez eterna en la corriente de lo que fluye y se transforma continuamente» (ídem, p. 131). En los adultos se produce, en cierta manera, una purificación de la esperanza, pues ya no se espera lo perfecto sino lo mejor dentro de lo posible. Lo cual no implica, sí o sí, que el adulto esté condenado a ser un realista amargado. Si algo se desarrolla en la mayoría de edad, dice Guardini, es la firmeza interior de la persona, que es el lugar adecuado para responder a lo bueno del mundo real —y también a su aspecto precario e imperfecto— con seriedad y fidelidad. Adulto es, en definitiva, quien ha aprendido de la experiencia a distinguir lo verdadero de lo falso, lo justo de lo injusto, lo bueno de lo malo… y sabe la medida en que “lo incondicionado” puede insertarse en “lo que fluye y se transforma continuamente”, que es el mundo de los seres humanos.

Un ejemplo elocuente de este descubrimiento lo podemos ver en Revolutionary Road (2008), el drama de Sam Mendes con Leonardo di Caprio y Kate Winslet, aquí joven un matrimonio con dos hijos pequeños que se traslada a vivir a la mejor casa de un barrio residencial a las afueras de Connecticut a mediados de los años 50 del siglo XX. Él tiene un anodino trabajo de oficina en la misma agencia de publicidad donde trabajó su padre. Ella, tras fracasar como actriz, concluye que lo mejor que puede hacer la pareja para no dejar pasar el tren de la felicidad es hacer las maletas e irse a vivir a París. Inicialmente Frank acepta esta propuesta, pero las cosas se complican con la llegada de un embarazo no previsto y una oferta de trabajo más que tentadora para él.


En un nivel superficial, la película parece la típica y tópica crítica del “sueño americano”: vemos a Frank frustrado con su trabajo, a April deambulando triste por la casa, la evidente hipocresía de unos vecinos que les envidian, los comentarios de un personaje desequilibrado que arremete contra la formalidad de sus padres… Sin embargo, en Revolutionary Road lo que realmente se dice está muy por debajo de lo que se muestra. Durante gran parte de la película, Frank y April están ciegos para ver la enorme positividad que hay a su alrededor y, más bien, es la autoafirmación personal lo que determina sus vidas. Sin embargo, conforme avanza la historia, ambos toman derroteros distintos. Así, mientras ella se muestra cada vez más incapaz de anclarse en el mundo real y se obceca en que la única solución está en huir, en cambio Frank camina a tientas hacia un cierto descubrimiento del sentido de su existencia. En un momento dado, dicta apresuradamente una propuesta de campaña publicitaria para quitarse de encima un trabajo menor que su jefe le lleva reclamando desde hace tiempo. Y no sólo no le despiden sino que hasta le ofrecen la oportunidad de ascender en su trabajo y participar en la promoción de un producto nuevo. “El sentido —ha escrito José Pedro Manglano— es lo que me devuelve la realidad cuando recibe mi entrega; esto es, la realidad sólo me da sentido cuando yo me he dado a ella, cuando me he atado y gastado por ella (Vivir con sentido, Martínez Roca, Barcelona, 2001, p. 52).

Ciertamente, Frank no se había “gastado” mucho al escribir esa propuesta. Pero, hasta ese momento, jamás le habíamos visto trabajando ni entregándose a su trabajo, sino más bien dejando pasar las horas. La alegría de la que se llena a continuación no es sólo el resultado de haber tenido una “buena jugada”, sino la satisfacción de ver que puede ser bueno en algo. Por contraposición a April —trágicamente incapaz de entregarse con alegría a lo que tiene más cerca—, la evolución de Frank confirma aquella intuición que Rafael Gambra traía a colación cuando decía que, de siempre, el ser humano ha encontrado el sentido de su vida en la entrega a las realidades más concretas (familia, profesión, municipio) (El silencio de Dios [1968], Ciudadela, Madrid, 2007, p. 46).

Frente a la esclavitud de pensar que todo es posible —una idea que nos ata a una búsqueda sin término por carecer de objetivo—, el mejor realismo nos anima a perseguir lo bueno, lo bello y lo justo para nuestras vidas como algo posible, sí, pero en medio de las circunstancias en que estas se dan. En esto consistía el hacerce cargo de la propia circunstancia al que llamaba Ortega y Gasset. No se trata de renunciar a lo mejor, sino de partir de lo más real en nuestras vidas, justamente para que la búsqueda del sentido y la felicidad personales tenga una referencia, un marco, una barandilla que impida que andemos a la caza de un imposible y nos ayude a encontrar la plenitud en lo que hacemos aquí y ahora.

Conocer y comprender la realidad… no es tarea sencilla pero es algo a lo que nuestra propia naturaleza nos impulsa. Recordemos a Aristóteles, «el hombre desea por naturaleza conocer». Como la realidad es rica, compleja y es histórica, necesitamos de la ayuda de muchos saberes. No nos vale ser unos genios de geografía si queremos comprender qué es una montaña y lo que la montaña, como realidad abierta, nos ofrece. Por esto el conocimiento de la realidad nos lo ofrece no solo lo que podemos llamar ciencias empíricas o positivas, sino también la literatura, la historia, la filosofía, las artes plásticas…

No tenemos recetas para vivir, no hay atajos, pero sí que encontramos en tantos otros que nos han precedido, un conocimiento valioso y, sobre todo, que estamos dotados de un deseo y una capacidad asombrosa para hacer de nuestra vida una vida apasionante. Hay que jugar atento a la realidad dada.

Transcripción del vídeo

Decíamos en el vídeo anterior que la mirada del otro puede ayudarnos a conocernos a nosotros mismos.

Esto es extensible a toda la realidad. La realidad entera me configura.

Pero, ¿en qué sentido? ¿Qué relación hay entre el conocimiento de la realidad y mi proyecto vital?

Vivimos en una cultura carente de certezas.

nos han inoculado ciertas ideas que nos hacen creer que la realidad es volátil, relativa, inconsistente.

El filósofo inglés, Zygmunt Bauman, lo llama mundo líquido.

Y es que vivimos en una época marcada por la inestabilidad, la inconstancia, la indefinición,

que a su vez produce colectividades líquidas.

Si el empleado tiene clara la misión de la empresa y la coordinación entre las partes hacia un mismo fin,

ayudará a construir un sólido edificio en lugar de una realidad etérea.

Y para eso la empresa necesita que el empleado tenga algo especial.

Pensamos que la realidad es lo que yo construyo, lo que nos lleva a absolutizar una parte de la verdad y a ignorar otras.

Pero la experiencia cotidiana, tarde o temprano, nos hace evidente que la realidad es testaruda.

Vaya, yo creía que construía mi realidad y luego ¡pum! la realidad me da un golpe insalvable.

Mensajes como si lo sueñas puedes lograrlo, las cosas son lo que tú quieres que sean, decide quién eres...

Son frases bonitas pero poco realistas porque ocultan la dimensión objetiva de la realidad.

Ya que de confianza os puedo hablar claro.

Yo he soñado muchas veces una vida en común con cierta actriz y no lo he logrado.

Yo siempre he querido medir un 85 y por más que me pongo plantillas, cuando me descalzo sigo siendo 1,73.

Y por más que he decidido ser el gracioso de las veladas, nada.

Y mira que me empeño.

¿Nos han engañado?

Esto es lo que pensé cuando uno de mis maestros me ayudó a comprender que la realidad es la que es, y que la realidad es independientemente de mí.

El término realidad proviene del latín res, rey. Este término podríamos traducirlo por la palabra cosa, las cosas.

Con esto, de una forma brusca, designamos todo lo que no somos nosotros, lo que está fuera de nosotros.

Es decir, lo que existe y hace posible la vida a nuestro alrededor.

Si nos fijamos en cómo un bebé se empieza a relacionar con la realidad, lo primero a lo que presta atención es a su madre, lo primero y único que conoce.

Pero después empieza a interactuar con lo que le rodea, con las cosas.

Y todo lo que existe le sorprende, se asombra de las cosas.

Todo es atractivo para él, incluso aunque ya lo conozca se le presenta como nuevo.

La realidad es la que es, está ahí.

Y el niño, que no se hace jaleos como nosotros de si eso para mí significa tal o cual o para

ti puede significar lo contrario, disfruta de ella y quiere conocerla tal cual es.

Y el modo de conocerla es preguntar qué es eso, para qué sirve, por qué está ahí.

Pregunta a aquellos que considera fuente de autoridad y pregunta hasta que percibe que

la respuesta es correspondiente con la experiencia que tiene de esa cosa.

Claro, que no todas las realidades son tan sencillas como las realidades que rodean al niño, pero podemos aprender mucho de él.

Nos puede sorprender que ante un regalo bien envuelto, a menudo el niño decide jugar con el envoltorio y no con el juguete elegido por nosotros.

Una caja vacía es una fuente de posibilidades, mientras que el dinosaurio con 10 sonidos le puede resultar aburrido.

¿Qué sucede ahí? Podemos explicarlo y extrapolarlo a toda la realidad con dos

términos, realidades cerradas y realidades abiertas. El filósofo español

Alfonso López Quintás explica esta distinción en su estética de la

creatividad. Una realidad cerrada corresponde a aquellas cosas que nos

rodean y que nos son útiles. Las usamos, las dominamos, no tienen valor para

nosotros más que como un medio para algo. Nuestra relación con ellas es de manipulación.

En cambio, una realidad abierta requiere de nosotros una relación de estima, de respeto

y creatividad. Por eso, a las realidades abiertas las denominamos ámbitos. Son fuentes

de posibilidades que no se pueden utilizar de cualquier modo, sino que albergan unas

reglas con las que debemos cooperar. Mientras colaboramos con ellas, nuestra vida crece y

se eleva. Y esto condiciona la relación entre el sujeto y la realidad, entre tu existencia y la

vida. Tú, que existes, que eres una realidad y estás rodeado de cosas y de personas, de realidades

abiertas y cerradas, tienes una apasionante tarea por delante. Esta tarea es tu vida. La vida nos es

dada, nos descubrimos existiendo, pero se nos da abierta, no está escrita ni determinada. Nuestra

vida consiste en la relación e interrelación que yo haga con lo que me rodea, con las personas,

con lo existente, según sus posibilidades. Podríamos decir que la vida es un juego creativo.

Nos encontramos inmersos en una partida en la que el fin del juego es disfrutar la partida,

crear una historia memorable y alcanzar una plenitud. ¿Cómo? Con las posibilidades que

el tablero del mundo me ofrece y con las relaciones que establezca con los demás jugadores.

Sobre la importancia de la creatividad en la infancia y el desarrollo humano, el teólogo

Ramón Aguardini señala que en cada fase de la vida buscamos el sentido y el bien de una manera

distinta. El niño no distingue entre fantasía y realidad. El reto educativo consiste en que

aprenda a tener iniciativa. La juventud es el momento en que la persona adquiere la confianza

en que hay un modo de ser correcto de las cosas y más aún de que se puede llevar a la práctica.

Si hay algo definitorio de la juventud es justamente el compromiso con los grandes valores e ideales.

La crisis de la juventud aparece cuando el joven descubre qué significa lo fáctico

y experimenta que la realidad de la vida social, política y económica que él quiere modificar,

apoyado en lo incondicionado de la idea y en la pureza de la actitud interior,

es mucho más resistente de lo que él pensaba.

De ahí que el mayor reto de la etapa adulta sea, citando a Guardine nuevo,

cómo mantener en pie lo incondicionado en medio de lo dependiente,

lo dotado de valididad eterna en la corriente de lo que fluye y se transforma continuamente.

En los adultos se produce, en cierta manera, una purificación de la esperanza,

pues ya no se espera lo perfecto, sino lo mejor dentro de lo posible.

Adulto es, en definitiva, quien ha aprendido a distinguir lo verdadero de lo falso,

lo justo del injusto, lo bueno de lo malo,

y sabe la medida en que lo incondicionado puede insertarse en lo que fluye y se transforma continuamente,

que es el mundo de los seres humanos.

En Revolutionary Road encontramos un ejemplo elocuente de este descubrimiento.

Leonardo DiCaprio y Kate Winslet interpretan a un joven matrimonio, Frank y April,

con dos hijos pequeños que se acaba de mudar a la mejor casa de un barrio residencial

en las afueras de Connecticut, a mediados de los años 50.

Frank tiene un anodino trabajo de oficina en la misma agencia de publicidad donde trabajó su padre.

Ella, después de haber fracasado como actriz, concluye que lo único que pueden hacer para no dejar pasar el tren de la felicidad es mudarse a vivir a París.

Pero las cosas se complican con la llegada de un imprevisto embarazo y de una oferta laboral muy tentadora para él.

Aunque esta película parezca la típica crítica del sueño americano, Revolutionary Road muestra

mucho más de lo que parece que se dice. Durante gran parte de la película, el matrimonio está

ciego ante lo bueno que le rodea y solo seguía por la autoafirmación personal. Sin embargo,

conforme avanza la historia, ambos toman derroteros distintos. Mientras ella se muestra incapaz de

en el mundo real y se obceca en querer huir, Frank camina a tientas hacia un cierto descubrimiento

del sentido de su existencia. Lo que ocurre es que después de dictar apresuradamente una propuesta

de campaña publicitaria para quitarse de encima un trabajo menor que su jefe le reclamaba desde

hacía tiempo, a Frank no solo no le despiden, sino que le ofrecen un ascenso. Ciertamente Frank no se

se ha esforzado mucho, pero hasta ese momento jamás lo habíamos visto trabajar ni entregarse

hasta ese punto en su trabajo. La alegría que le llena no es sólo el resultado de una

buena jugada, sino la satisfacción de ver que se puede ser bueno en algo.

El sentido, ha escrito José Pedro Manglano, es lo que me devuelve la realidad cuando

recibe mi entrega. Esto es, la realidad sólo me da sentido cuando yo me he dado a ella,

cuando me he atado y gastado por ella. Por contra de la posición a April, trágicamente incapaz de

entregarse con alegría a lo que tiene más cerca, la evolución de Frank confirma aquella intuición

de Rafael Gambra cuando decía que de siempre el ser humano ha encontrado el sentido de su vida en

la entrega de las realidades más concretas, como la familia, la profesión o el municipio.

La idea de que todo es posible nos ata a una búsqueda de sin fin, por el contrario, el mejor

realismo nos anima a perseguir lo bueno, lo bello y lo justo como algo posible, sí, pero en medio

de las circunstancias en que estos se dan. En esto consistía el hacerse cargo de la propia circunstancia

a que llamaba Artega y Cassette. No se trata de renunciar sin más a lo mejor, sino de partir de

lo más real para que la búsqueda tenga una referencia, un marco que nos ayude a encontrar

la plenitud en lo que hacemos aquí y ahora. Como muestra esta película, la entrega a la realidad

es una de las reglas que ésta nos impone. Para poder jugar bien necesito conocer todas las reglas

de este juego. No me las invento sin más y también comprender el sentido de estas reglas. Por otro

lado, jugar bien mis posibilidades y las posibilidades que en cada momento de la partida

se me ofrecen. En cualquier juego, cuanto más se asimilan las reglas y las posibles jugadas,

más interesante y divertido es. Y como es un mundo abierto y vamos co-creando nuevas realidades,

se nos abren caminos que tenemos que explorar con cautela para ver si nuestra partida tiene

buen término ahí. Conocer y comprender la realidad no es tarea sencilla, pero es algo a lo que nuestra

propia naturaleza nos impulsa. Recordemos a Aristóteles, el hombre desea por naturaleza

conocer. Como la realidad es rica, compleja e histórica, necesitamos de la ayuda de muchos

saberes. No nos basta con ser unos genios de la geografía o de la botánica para comprender qué es

una montaña y lo que ésta, como realidad abierta, nos ofrece. Otras experiencias, como la del

alpinista o la del Sherpa, por ejemplo, nos abren la mirada sobre la relación del ser humano con la

montaña. Por esto, el conocimiento de la realidad nos lo ofrece no sólo lo que podemos llamar

ciencias empíricas o positivas, sino también la literatura, la historia, la filosofía, las artes

plásticas. No tenemos recetas para vivir, no hay atajos, pero sí que encontramos en quienes nos han

precedido un conocimiento valioso y sobre todo que estamos dotados de un deseo y de una capacidad

asombrosa para hacer de nuestra vida una partida apasionante. Hay que jugar atento a la realidad

dada. Como hemos visto, la realidad es independiente de mí, es más que mi mera voluntad. Esto nos

lleva a preguntarnos cómo relacionarnos con ella, cómo ajustar nuestros anhelos. Para ello,

resulta útil distinguir entre realidades cerradas y realidades abiertas. Las abiertas se presentan

como fines en sí mismas y demandan de nosotros una creatividad e interacción, la realidad como

juego. En este sentido, las humanidades nos permiten conocer mejor la naturaleza de la

realidad, con sus reglas y normas, y por lo tanto, interactuar mejor con ella. ¿Y tú? ¿Qué piensas

del abismo entre nuestros deseos y la realidad? ¿Qué te sugiere ver la vida como un juego,

competencia, diversión o un descubrimiento de las reglas?

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