Nº 5Regala ValoresLección 10 de 24

Sobre la integridad

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La virtud de la integridad tiene que ver con el honor y con el heroísmo. Según la Real Academia, íntegro es, dicho de una persona, alguien recto, probo, intachable. Sin embargo, no es esa su primera acepción, ni la que más nos va a ayudar a profundizar en esta virtud. Íntegro es, en la primera acepción de la RAE, el que no carece de ninguna de sus partes, el que está entero.

Esto viene del origen de la palabra, del latín integrĭtas, que significaría totalidad, virginidad, robustez y buen estado físico, pero el vocablo se deriva del adjetivo integer (‘puro’, ‘intacto’, ‘entero’, ‘no tocado o no alcanzado por un mal’). Se compone de in- (‘no’) y una raíz que es la misma que la del verbo tangere (‘tocar’ o ‘alcanzar’): es la pureza original de aquel objeto o sujeto que no ha padecido por el contacto o contaminación con un mal o un daño (físico o moral). Este verbo deriva del indoeuropeo tag-, que significa tocar o agarrar.

Esta integridad, entendida como el no estar tocado o vejado por el mal, difícilmente es algo a lo que podamos aspirar con realismo: la vida está llena de daños y peligros, y ya sea por nuestras malas decisiones, por las circunstancias que nos han tocado vivir, o incluso por el mal e injusticia que otros nos han hecho, difícilmente podemos decir ninguno que seamos puros, intocados por el mal.

Y sin embargo, aspiramos y deseamos la integridad: ¿cómo es esto posible? Porque nuestros espíritus dañados pueden reconstruirse desde dos puntos de vista, que es en lo que consiste la integridad: redimiendo el pasado y construyendo el futuro.

Primero, porque por muy dañados que estemos, siempre podemos redimir lo pasado, y aspirar a la vida virtuosa: es la ventaja de ser seres históricos, sometidos al tiempo. El pasado queda atrás y deja de existir, y el futuro está por hacer, por lo que tampoco existe. Existe nuestro presente, cargado, sí, de circunstancias heredadas, heridas pero también ventajas, pero sobre todo, la libertad de poder optar por la virtud de ahora en adelante.

En este primer sentido, la integridad del que busca restituir su entereza perdida deriva necesariamente en un dominio sobre uno mismo, y a su vez, una aceptación de uno mismo y de su pasado. Dicha aceptación es una afirmación gozosa de mi vida, de mi ser. Como es sabido, vivir es un modo de ser: no todo cuanto existe vive, mas todo cuanto vive existe. La aceptación de uno mismo supone acoger la vida como un don: eu non pedín nacer, escribía un poeta local en el Camino hacia Santiago de Compostela, "yo no he pedido nacer". Aceptar el don de la vida en sus condiciones y circunstancias, que proceden de las determinaciones propias de nuestra humana naturaleza.

¿Qué condiciones y circunstancias son aquellas que debemos, no solo aceptar, sino potenciar y desarrollar? Nos referimos a condiciones tales como las cualidades, la familia, el sexo; y a las circunstancias como la nación o la patria. Es importante reflexionar sobre estas últimas, que parecerían un elemento a veces etéreo o lejano, pero si pensamos en la patria como aquello que nace del encuentro entre geografía e historia; es decir, la cultura de un determinado pueblo que, lejos de ser algo ajeno a mi ser, forma parte de mi misma esencia en tanto que soy un ser corpóreo, social e histórico, la cosa cambia. Como veremos a continuación, el hombre íntegro está entero porque se sabe heredero, se sabe receptor de un bagaje que le unifica y le afianza y refuerza en torno a lo que comparte con los que viven a su alrededor.

El apátrida es una tipología inhumana, porque no desarrolla adecuadamente las dimensiones esenciales del hombre como ser social e histórico. El apátrida es un huérfano, alguien que no solo no se siente fruto de una continuidad, sino que se vuelve incapaz de escuchar la voz de quienes le precedieron, no tiene un suelo al que llamar suyo ni una herencia que reclamar. Nada lo defiende, duerme a la intemperie. No tiene una patria bajo sus pies ni un cielo sobre su cabeza. No tiene nada por lo que morir, y por tanto, nada por lo que vivir.

Por el contrario, el hombre íntegro, una vez ha asumido y aceptado su pasado, puede dar el segundo paso: aspirar a trabajar sobre nuestro futuro. Y es que esta vida recibida hemos de asumirla con todas sus implicaciones, y ente ellas está el no conformarnos con sobrevivir. El hombre debe vivir plenamente, y esta es la más noble actividad a la que podemos entregarnos: el trabajo sobre mí mismo, mediante el cual configuro mi vida para orientarla a un ideal adecuado a mi naturaleza. Esta vida que hemos asumido y aceptado, ahora tenemos que configurarla día a día. Para ello hemos de poner en juego nuestras potencias (inteligencia, voluntad, afectividad, imaginación…) y aplicarlas a las posibilidades de acción que nos ofrece la sociedad a nuestro alrededor.

¿Y cuáles son esas posibilidades de acción que nos ofrece la sociedad? Sólo podremos comprenderlas si entendemos que aquellos que nos rodean no son meros individuos que, aglomerados, conforman una masa a la que llamamos sociedad, que se mueve caprichosamente según tendencias y modas. No, eso es la caricatura de la verdadera comunidad humana.

La verdadera comunidad es un lazo, un vínculo natural formado por las relaciones de las familias entre sí para formar pueblos, que ponen su bien común por encima y más allá de todo interés familiar o particular. Muchas veces se nos ha dicho que el hombre está llamado, por naturaleza, a agruparse con sus semejantes; pero no nos agrupamos o asociamos por mera supervivencia. La verdadera unión que hace al hombre humano es la hermandad en torno a un principio que a todos trasciende. Un principio más fuerte que la sangre o la necesidad. Un principio más grande que las nimias circunstancias del hoy, un principio que nos evoca a un ayer que nos define. Un principio impertérrito, un atisbo de la sabiduría de todas las edades que entrevemos en las profundidades de los ojos de nuestros mayores. Un principio al que llamamos Tradición.

Se ha dicho que los pueblos ensamblan la tradición, por un lado, y a cada uno de los hombres que los integran, en sus personas, por otro. No hay Pueblo sin Tradición, como no hay hombre sin alma. La tradición consiste en la salvaguarda y servicio a los lazos naturales que unían a los hombres entre sí, arraigándolos a la tierra misma. Es por ello que la tradición consiste en la transmisión de un fuego vivo, nunca en la adoración de sus cenizas: Tradición no significa un pueblo muerto, no significa que los vivos estén muertos, sino que los muertos están vivos.

Una tradición viva, cuya encarnación se sustancia en cada uno de nosotros, en nuestro deber de transmitirla, actualizada, a las siguientes generaciones. Pues así como nosotros no recibimos una tradición sino porque nos es dada, alimentándonos de ella y entregándola según la recibiéramos, tampoco vive la tradición sin nuestro sustento, sin nuestro pulso firme y nuestra acción. Y es esto en lo que consiste la vitalidad de la Tradición: es la síntesis de lo que somos como pueblo, el pasado depurado, una recóndita consonancia, un lazo que nos ata y nos enraíza a un espíritu indomable.

Vivir de espaldas a la tradición es temerario y arriesgado, porque no nos inventamos a nosotros mismos, antes bien, nos heredamos. “Llega a ser el que eres”, aconsejaba Píndaro a los atletas griegos. ¿Y qué nos transmite nuestro pasado? Hallamos aquí un pequeñísimo número de principios en los que está fundada nuestra civilización que dan sentido y valor a la vida humana. El primer principio es el ya citado de la dignidad del hombre como tal. De este principio resultan los otros dos. El segundo principio es que el hombre debe respetarse a sí mismo, no debe rebajarse ante sus propios ojos. El tercer principio es que es mejor sufrir la muerte que traicionar la propia conciencia. Este principio es una consecuencia del segundo; es el segundo principio llevado hasta su último límite.

Por eso, el hombre íntegro es el que crece según las posibilidades que le han sido transmitidas por las generaciones que nos han precedido sobre estas mismas tierras. Para ser íntegros es menester asumir el pasado (la parte de lo que es ido y acabado que nos ofrece posibilidades a los hombres del presente) y proyectar sagazmente el futuro (la parte del porvenir que puede ser diseñado desde el presente). Somos seres futurizos, seres de esperanza e ilusión a la vez que seres enraizados. Vivimos hoy, alimentados del ayer, en el mañana que nos entusiasma con la expectativa de un bien futuro, arduo y posible, si hemos acertado en el ideal escogido.


Nuestros antepasados se dieron cuenta de que, en este camino de redimir el pasado, poseyéndolo y aceptándolo, y de construir el futuro con las herramientas que el pasado nos donaba, la integridad cobraba una importancia principal en la escala de valores, tanto que merecía la pena ser despreciado con tal de conservarla. Como decía Don Quijote, en la segunda parte, cap. XXXII;

“Caballero soy, y caballero he de morir, si place al Altísimo. Unos van por el ancho campo de la ambición soberbia, otros por el de la adulación servil y baja, otros por el de la hipocresía engañosa, y algunos por el de la verdadera religión; pero yo, inclinado de mi estrella, voy por la angosta senda de la caballería andante, por cuyo ejercicio desprecio la hacienda, pero no la honra. Yo he satisfecho agravios, enderezado tuertos, castigado insolencias, vencido gigantes y atropellado vestiglos; (...). Mis intenciones siempre las enderezo a buenos fines, que son de hacer bien a todos y mal a ninguno: si el que esto entiende, si el que esto obra, si el que desto trata merece ser llamado bobo, díganlo vuestras grandezas, duque y duquesa excelentes.”

Puede verse también en el discurso de don Quijote, segunda parte, cap. XVII:

"Destas imaginaciones y deste soliloquio le sacó don Quijote, diciéndole:

—¿Quién duda, señor don Diego de Miranda, que vuestra merced no me tenga en su opinión por un hombre disparatado y loco? Y no sería mucho que así fuese, porque mis obras no pueden dar testimonio de otra cosa. Pues, con todo esto, quiero que vuestra merced advierta que no soy tan loco ni tan menguado como debo de haberle parecido. Bien parece un gallardo caballero a los ojos de su rey, en la mitad de una gran plaza, dar una lanzada con felice suceso a un bravo toro; bien parece un caballero armado de resplandecientes armas pasar la tela en alegres justas delante de las damas, y bien parecen todos aquellos caballeros que en ejercicios militares o que lo parezcan entretienen y alegran y, si se puede decir, honran las cortes de sus príncipes; pero sobre todos estos parece mejor un caballero andante que por los desiertos, por las soledades, por las encrucijadas, por las selvas y por los montes anda buscando peligrosas aventuras, con intención de darles dichosa y bien afortunada cima, solo por alcanzar gloriosa fama y duradera. Mejor parece, digo, un caballero andante socorriendo a una viuda en algún despoblado que un cortesano caballero requebrando a una doncella en las ciudades. Todos los caballeros tienen sus particulares ejercicios: sirva a las damas el cortesano; autorice la corte de su rey con libreas; sustente los caballeros pobres con el espléndido plato de su mesa; concierte justas, mantenga torneos y muéstrese grande, liberal y magnífico, y buen cristiano sobre todo, y desta manera cumplirá con sus precisas obligaciones. Pero el andante caballero busque los rincones del mundo, éntrese en los más intricados laberintos, acometa a cada paso lo imposible, resista en los páramos despoblados los ardientes rayos del sol en la mitad del verano, y en el invierno la dura inclemencia de los vientos y de los yelos; no le asombren leones, ni le espanten vestiglos, ni atemoricen endriagos, que buscar estos, acometer aquellos y vencerlos a todos son sus principales y verdaderos ejercicios. Yo, pues, como me cupo en suerte ser uno del número de la andante caballería, no puedo dejar de acometer todo aquello que a mí me pareciere que cae debajo de la juridición de mis ejercicios; y, así, el acometer los leones que ahora acometí derechamente me tocaba, puesto que conocí ser temeridad esorbitante, porque bien sé lo que es valentía, que es una virtud que está puesta entre dos estremos viciosos, como son la cobardía y la temeridad: pero menos mal será que el que es valiente toque y suba al punto de temerario que no que baje y toque en el punto de cobarde, que así como es más fácil venir el pródigo a ser liberal que el avaro, así es más fácil dar el temerario en verdadero valiente que no el cobarde subir a la verdadera valentía; y en esto de acometer aventuras, créame vuesa merced, señor don Diego, que antes se ha de perder por carta de más que de menos, porque mejor suena en las orejas de los que lo oyen «el tal caballero es temerario y atrevido» que no «el tal caballero es tímido y cobarde»

.—Digo, señor don Quijote —respondió don Diego—, que todo lo que vuesa merced ha dicho y hecho va nivelado con el fiel de la misma razón, y que entiendo que si las ordenanzas y leyes de la caballería andante se perdiesen, se hallarían en el pecho de vuesa merced como en su mismo depósito y archivo."

O en el discurso de los linajes (Segunda parte. cap VI):

"Mirad, amigas, a cuatro suertes de linajes, y estadme atentas, se pueden reducir todos los que hay en el mundo, que son estas: unos, que tuvieron principios humildes y se fueron estendiendo y dilatando hasta llegar a una suma grandeza; otros, que tuvieron principios grandes y los fueron conservando y los conservan y mantienen en el ser que comenzaron; otros, que, aunque tuvieron principios grandes, acabaron en punta, como pirámide, habiendo diminuido y aniquilado su principio hasta parar en nonada, como lo es la punta de la pirámide, que respeto de su basa o asiento no es nada; otros hay, y estos son los más, que ni tuvieron principio bueno ni razonable medio, y así tendrán el fin, sin nombre, como el linaje de la gente plebeya y ordinaria. De los primeros, que tuvieron principio humilde y subieron a la grandeza que agora conservan, te sirva de ejemplo la casa otomana, que de un humilde y bajo pastor que le dio principio está en la cumbre que le vemos. Del segundo linaje, que tuvo principio en grandeza y la conserva sin aumentarla, serán ejemplo muchos príncipes que por herencia lo son y se conservan en ella, sin aumentarla ni diminuirla, conteniéndose en los límites de sus estados pacíficamente. De los que comenzaron grandes y acabaron en punta hay millares de ejemplos, porque todos los Faraones y Tolomeos de Egipto, los Césares de Roma, con toda la caterva (si es que se le puede dar este nombre) de infinitos príncipes, monarcas, señores, medos, asirios, persas, griegos y bárbaros, todos estos linajes y señoríos han acabado en punta y en nonada, así ellos como los que les dieron principio, pues no será posible hallar agora ninguno de sus decendientes, y si le hallásemos sería en bajo y humilde estado. Del linaje plebeyo no tengo que decir sino que sirve solo de acrecentar el número de los que viven, sin que merezcan otra fama ni otro elogio sus grandezas. De todo lo dicho quiero que infiráis, bobas mías, que es grande la confusión que hay entre los linajes, y que solos aquellos parecen grandes y ilustres que lo muestran en la virtud y en la riqueza y liberalidad de sus dueños. Dije virtudes, riquezas y liberalidades, porque el grande que fuere vicioso será vicioso grande, y el rico no liberal será un avaro mendigo, que al poseedor de las riquezas no le hace dichoso el tenerlas, sino el gastarlas, y no el gastarlas como quiera, sino el saberlas bien gastar. Al caballero pobre no le queda otro camino para mostrar que es caballero sino el de la virtud, siendo afable, bien criado, cortés y comedido y oficioso, no soberbio, no arrogante, no murmurador, y, sobre todo, caritativo, que con dos maravedís que con ánimo alegre dé al pobre se mostrará tan liberal como el que a campana herida da limosna, y no habrá quien le vea adornado de las referidas virtudes que, aunque no le conozca, deje de juzgarle y tenerle por de buena casta, y el no serlo sería milagro; y siempre la alabanza fue premio de la virtud, y los virtuosos no pueden dejar de ser alabados. Dos caminos hay, hijas, por donde pueden ir los hombres a llegar a ser ricos y honrados: el uno es el de las letras; otro, el de las armas. Yo tengo más armas que letras, y nací, según me inclino a las armas, debajo de la influencia del planeta Marte, así que casi me es forzoso seguir por su camino, y por él tengo de ir a pesar de todo el mundo, y será en balde cansaros en persuadirme a que no quiera yo lo que los cielos quieren, la fortuna ordena y la razón pide, y, sobre todo, mi voluntad desea; pues con saber, como sé, los innumerables trabajos que son anejos a la andante caballería, sé también los infinitos bienes que se alcanzan con ella y sé que la senda de la virtud es muy estrecha, y el camino del vicio, ancho y espacioso; y sé que sus fines y paraderos son diferentes, porque el del vicio, dilatado y espacioso, acaba en muerte, y el de la virtud, angosto y trabajoso, acaba en vida, y no en vida que se acaba, sino en la que no tendrá fin; y sé, como dice el gran poeta castellano nuestro, que:

Por estas asperezas se camina

de la inmortalidad al alto asiento,

do nunca arriba quien de allí declina."

Pero aún hay más: tanta importancia cobraba la integridad que se hacía incluso superior a la misma vida. Los animales viven en tanto que se mueven, alimentan, reproducen y mueren, pero no tienen pasado o futuro, en tanto que no tienen conciencia de tiempo. El ser humano, sin embargo, no sobrevive a los elementos, sino que vive en plenitud, con deseo y ardor de integridad, y es eso lo que hace que la vida valga la pena ser vivida. Por eso, los antiguos eran capaces de entregar la vida por mantener la integridad, y a esa priorización le llamaban honor.

Según la RAE, el honor es tanto la cualidad moral que lleva al cumplimiento de los propios deberes; como el reconocimiento externo de esta cualidad, la gloria o buena reputación que sigue a la virtud, al mérito o a las acciones heroicas. ¿Cuál de las dos definiciones tiene la prioridad? Podríamos decir que la primera es la causa del honor (honor como virtud), y la segunda la consecuencia del honor (honor como gloria).

La causa es siempre mayor que la consecuencia: por eso, el honor es primeramente el sentimiento de la dignidad personal, la altísima estimación de la naturaleza humana en el propio individuo. He aquí la sustancial diferencia entre lo hispánico y otras formas de entender el honor. En efecto, no se trata solo de una dignidad moral, reconocida y exaltada en honores y privilegios públicos a los que hay que honrar, sino de la dignidad ontológica de nuestro ser creado a imagen y semejanza de Dios. El honor no es así mérito del cual enorgullecerse en vanidad, sino gratitud y responsabilidad.

Pero no está bien caer en el extremo de despreciar la segunda acepción. Aunque es fácil que la despreciemos como mera vanidad, es importante recordar que somos seres sociales. Dice el autor español Saavedra Fajardo que “con razón está constituido el honor en la opinión ajena, para que la temamos, y, dependiendo nuestras acciones del juicio y censura de los demás, procuremos satisfacer a todos obrando bien.” (Empresa XIV). La opinión ajena no es suficiente para hacernos virtuosos, como no lo es el cumplimiento de la ley o la buena apariencia externa; pero son apoyos y motivaciones que nos ayudan a seguir actuando bien cuando flaquean nuestras buenas intenciones: cualquiera que sea humano ha experimentado que solo no puede, y que son muchas veces estas normas o diques externos las que nos mantienen en el buen camino. Aunque no basten, siempre ayudan.

Por eso se esfuerza don Quijote en obtener y buscar y pelear por la honra. Porque al hombre le ayuda y le edifica mostrar hacia afuera la virtud, y aunque esta historia es una exageración de este principio, tiene una enseñanza muy profunda: antes está la virtud que la vida:

Esto lo encarna perfectamente nuestro querido don Quijote, en el episodio de los leones en el capítulo XVII de la segunda parte. El caballero se empeña en enfrentarse a unos leones enjaulados por su honor, por el mero hecho de demostrar que no era hombre de espantarse de leones: “¿Leoncitos a mí? ¿A mí leoncitos, y a tales horas?”

Siente la necesidad de enfrentarlos, como medio para conquistar la honra, demostrando a los lectores y a los atemorizados compañeros que le rodean la enorme importancia de esta virtud. Tanto que renuncia a la preocupación por su propia vida, pasando a un primer plano su preocupación en lo que el leonero le iba a contar a la gente, con la honra que iba a conquistar con esa hazaña.

«¡Oh fuerte y sobre todo encarecimiento animoso don Quijote de la Mancha, espejo donde se pueden mirar todos los valientes del mundo, (...)! ¿Con qué palabras contaré esta tan espantosa hazaña, o con qué razones la haré creíble a los siglos venideros, o qué alabanzas habrá que no te convengan y cuadren, aunque sean hipérboles sobre todos los hipérboles? Tú a pie, tú solo, tú intrépido, tú magnánimo, con sola una espada, y no de las del perrillo cortadoras, con un escudo no de muy luciente y limpio acero, estás aguardando y atendiendo los dos más fieros leones que jamás criaron las africanas selvas. Tus mismos hechos sean los que te alaben, valeroso manchego, que yo los dejo aquí en su punto, por faltarme palabras con que encarecerlos».

Cuando el león se niega a salir de la jaula a pelear con don Quijote, el leonero le dice:

“La grandeza del corazón de vuesa merced ya está bien declarada; ningún bravo peleante, según a mí se me alcanza, está obligado a más que a desafiar a su enemigo y esperarle en campaña; y si el contrario no acude, en él se queda la infamia y el esperante gana la corona del vencimiento.

—Así es verdad —respondió don Quijote—. Cierra, amigo, la puerta, y dame por testimonio en la mejor forma que pudieres lo que aquí me has visto hacer, conviene a saber: como tú abriste al león, yo le esperé, él no salió, volvíle a esperar, volvió a no salir y volvióse a acostar. No debo más, y encantos afuera, y Dios ayude a la razón y a la verdad y a la verdadera caballería, y cierra, como he dicho, en tanto que hago señas a los huidos y ausentes, para que sepan de tu boca esta hazaña.”

Y es que este deseo de gloria, de honor, de honra, nace en el Quijote de su aspiración infinita a la virtud, tanta que es tomado por loco. Pero es un loco por la virtud el personaje que usa Cervantes para recordarnos que el humano no es el que sobrevive a pesar de las dificultades, sino el que vive plena y virtuosamente, a pesar de sus deseos de supervivencia. Y cuando supervivencia y virtud entran en conflicto, sabe cuál tiene la prioridad. Idea muy bellamente expresada por nuestro inmortal Calderón de la Barca, en su obra El Alcalde de Zalamea: «Al rey la hacienda y la vida / se ha de dar, pero el honor / es patrimonio del alma, / y el alma sólo es de Dios...»

O por William Shakespeare, en la literatura inglesa, que ya se hace eco de esta idea en varias de sus obras:

Marco Antonio a Octavia: If I lose mine honor, I lose myself (Shakespeare, Antonio y Cleopatria, acto 3, escena 4) (Si pierdo mi honor, me pierdo a mí mismo)

Thomas Mowbray al rey Ricardo II: Mine honor is my life; both grow in one.Take honor from me, and my life is done. (Shakespeare, Ricardo II, Acto 1 escena 1) (Mi honor es mi vida, pues van de la mano inseparables. Quitadme el honor y mi vida estará acabada)

Héctor a Casandra y Andrómaca: Life every man holds dear; but the dear man holds honor far more precious dear than life. (Shakespeare,Troilo y Crésida, Acto 5 escena 3) (Todos aman la vida, pero el hombre valiente y honrado aprecia más el honor.)


Ahora bien, la comunidad no es solo la que nos obliga al honor. También es la que lo recompensa. El hombre íntegro, en tanto que posee virtud, genera respeto. Su conducta intachable en el cumplimiento de los deberes hacia los demás y hacia sí mismo, suscita reconocimiento por parte de los miembros de la sociedad en que vive y le confiere una autoridad sobre ellos. La palabra “autoridad” deriva del verbo latino augere (promocionar) y su participio auctor. Según la etimología es, pues, auténtico el que señorea sobre su ser, posee iniciativa y no nos falla, sino que es coherente y nos enriquece con su modo de ser estable y sincero. A este respeto generado también le llamamos honor. En ese sentido, a las personas la comunidad les asigna un grado de dignidad y respetabilidad en función de la armonía de sus acciones con sus palabras.

Pero, aunque debemos estar siempre más atentos a la virtud que a su reconocimiento público, eso no quita que el segundo no sea importante. En esto es el Cid un claro ejemplo de integridad y honor, aunque sea despreciado y humillado por los suyos. Es expulsado del reino de Castilla por el rey, Alfonso VI, porque sus enemigos, en especial García Ordóñez, le acusan de haberse quedado con parte de las parias de que ya hemos hablado en otros vídeos. La acusación es falsa, como se demuestra a lo largo de todo el Cantar en numerosas ocasiones con la lealtad y honestidad del Cid, pero de aquí sacamos la enseñanza ética que nos concierne: el Cid lucha por recuperar su imagen, no por su integridad. Lucha por honor, no por integridad interior, que nunca ha perdido.

Y esta lucha es una lucha que dura toda la vida: la lucha por la virtud, y porque esa virtud interior impacte positivamente en los que me rodean, inspire, anime, apoye, siempre alimentada por una integridad real, nunca fingida. Esta batalla por el honor está, en el Cantar, encarnada como símbolo en la barba del Cid. Todos se admiran constantemente de ella, porque es el símbolo de su virtud, que genera respeto y admiración en todos:

“La barba le miraba, que en tan corto tiempo le creció. Se maravillan de Mio Cid cuantos están en la reunión.” (2059-2060)

“Mirando están a Mio Cid cuantos hay en la corte, A la barba que tenía larga y sujeta con el cordón; En su comportamiento parece todo un varón.” (3123-3125)

“Mucho se ha preparado Mio Cid para estas cortes pregonadas, Pues cómo dejó crecer y qué larga trae la barba, A unos les da miedo y a los otros espanta.” (3272-3274)

“Y soltaba la barba desatándola del cordón. No se cansan de mirarle cuantos están en la corte.” (3494-3495)

Y como símbolo de su virtud, que admirada se transforma en honor, el Cid ha hecho el voto de no cortarse la barba, pero no queda claro en el Cantar con qué se cumple el voto o promesa, es decir, cuándo puede cortársela:

“Ya le crece la barba y se le va alargando.

Mio Cid de la su boca va hablando:

¡Por amor del Rey Alfonso, que de tierra me ha echado,

Prometí que ni entraría en ella tijera, ni un pelo sería cortado!” Cantar II, 1238-1242

¿Cuándo se cumple este voto? Van pasando distintos acontecimientos, como la conquista de Valencia, su reencuentro con doña Jimena, sus victorias en batalla, o incluso el perdón del rey, y el Cid sigue teniendo la barba, larga y luenga. Ni con la llegada de Jimena a Valencia, “Vistiose el sobremanto, luenga trae la barba” (Cantar II, 1587); ni con el perdón del rey, “Catándole estaba la barba,que tan aína le creció” (Cantar II, 2059); ni al vencer al rey Búcar, “Te verás con el Cid, el de la barba grande” (Cantar III, 2410) y “Alzó la mano, la barba se tomó” (2476); ni en el juicio contra los Infantes de Carrión, “Catando están a mío Cid cuantos hay en la corte, A la barba que luenga tenía y presa con el cordón” (Cantar III, 3123-3124).

Ni prácticamente al final del poema, al ganar sus caballeros el duelo contra los Infantes, cuando ya pensamos que está cumplida la promesa, pues dirá el Cid:

“Tomose la barba Ruy Díaz su señor: ¡Gracias al Rey del cielo, mis hijas vengadas son!” Cantar III, 3713-3714

La promesa no se llega a cumplir nunca, porque su amor por su rey no acaba nunca, porque el honor no termina cuando el resto deja de mirar, sino que, ligado a la integridad, dura mientras dure la vida. Esta es la gran enseñanza con que acabamos este vídeo: integridad es entereza, es virtud interior que asimila los errores pasados y aspira a un futuro mejor, pero es también lo que esa virtud enriquece y anima a los que me rodean, y ni una ni otra faceta tienen fecha de caducidad, o espacios en que pueden relajarse. Precisamente porque es íntegro, el hombre de honor lo será en todo momento, en todo lugar, en toda circunstancia, y, especialmente, cuando nadie esté mirando.

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Transcripción del vídeo

¿Qué significa íntegro?

del latín integritas, que significa totalidad, virginidad, robustez y buen estado físico,

pero el vocablo se deriva del adjetivo íntegar, que significa puro, intacto, entero. Se compone

de in, no, y una raíz que es la misma que la del verbo tangere, tocar o alcanzar. Es

la pureza original de aquel objeto o sujeto que no ha padecido por el contacto o contaminación

con un mal o un daño, ya sea físico o moral. Este verbo deriva del indoeuropeo tag, que

significa tocar o agarrar. Esta integridad, entendida como el no estar tocado o vejado

por el mal, difícilmente es algo a lo que podamos aspirar con realismo. La vida está

llena de daños y peligros y ya sea por nuestras malas decisiones, por las circunstancias que

nos han tocado vivir o incluso por el mal e injusticia que otros nos han hecho, difícilmente

podemos ninguno decir que seamos puros o intocados por el mal. Y sin embargo, aspiramos

y deseamos la integridad. ¿Cómo es esto posible? Porque nuestros espíritus dañados

pueden reconstruirse desde dos puntos de vista, que es en lo que consiste la integridad,

redimiendo el pasado y construyendo el futuro. Primero, porque por muy dañados que estemos,

siempre podemos redimir lo pasado y aspirar a la vida virtuosa. Es la ventaja de ser seres

históricos, sometidos al tiempo. El pasado queda atrás y deja de existir y el futuro

está por hacer, por lo que tampoco existe. Existe nuestro presente, cargado, sí, de

circunstancias heredadas y heridas, pero también ventajas y sobre todo de la libertad de poder

optar por la virtud de ahora en adelante. En este primer sentido, la integridad del

que busca restituir su entereza perdida deriva necesariamente en un dominio sobre uno mismo

y a su vez una aceptación de uno mismo y de su pasado. Dicha aceptación es una afirmación

gozosa de mi vida, de mi ser. Como es sabido, vivir es un modo de ser. No todo cuanto existe

vive, mas todo cuanto vive existe. La aceptación de uno mismo supone acoger la vida como un

don. Eu non pedi nacer, escribió un poeta local en el camino hacia Santiago de Compostela.

Yo no he pedido nacer. La integridad consiste en aceptar el don de la vida en sus condiciones

y circunstancias, que proceden de las determinaciones propias de nuestra naturaleza humana.

¿Qué condiciones y circunstancias son aquellas que debemos no solo aceptar, sino potenciar y desarrollar?

Nos referimos a condiciones tales como las cualidades o la familia, y las circunstancias como la nación o la patria.

Es importante reflexionar sobre estas últimas, que parecerían un elemento a veces etéreo o lejano,

pero si pensamos por ejemplo en la patria como aquello que nace del encuentro entre geografía e historia,

como la cultura de un determinado pueblo que, lejos de ser algo ajeno a mi ser,

forma parte de mi misma esencia en tanto que soy un ser corpóreo, social e histórico, la cosa cambia.

En su defecto, ver la patria como algo lejano que nada tiene que ver conmigo no desarrolla

adecuadamente las dimensiones esenciales del hombre como ser social e histórico y genera

una tipología inhumana, el apátrida. El apátrida es un huérfano, alguien que no solo no se

siente fruto de una continuidad, sino que se vuelve incapaz de escuchar la voz de quienes

le precedieron. No tiene un suelo al que llamar suyo ni una herencia que reclamar. Nada lo

defiende, duerme a la intemperie. No tiene una patria bajo sus pies ni un cielo sobre

su cabeza. No tiene nada por lo que morir y por tanto nada por lo que vivir. Como veremos a

continuación, el hombre íntegro está entero porque se sabe heredero, se sabe receptor de un bagaje que

le unifica y le afianza y refuerza en torno a lo que comparte con los que viven a su alrededor.

El hombre íntegro, una vez asumido y aceptado su pasado, puede dar el segundo paso y es aspirar a

trabajar sobre nuestro futuro. Y es que esta vida recibida hemos de asumirla con todas sus

implicaciones y entre ellas está el no conformarnos con meramente sobrevivir. El hombre debe vivir

plenamente y esta es la más noble actividad a la que podemos entregarnos. El trabajo sobre mí mismo

mediante el cual configuro mi vida para orientarla a un ideal adecuado a mi naturaleza. Esta vida que

hemos asumido y aceptado ahora tenemos que configurarla día a día. Para ello hemos de poner en juego todas

nuestras potencias, inteligencia, voluntad, efectividad, imaginación, y aplicarlas a las

posibilidades de acción que nos ofrece la sociedad a nuestro alrededor. Llega a ser el que eres,

aconsejaba Píndaro a los atletas griegos. ¿Y cuáles son esas posibilidades de acción que nos

ofrece la sociedad? Solo podemos comprenderlas si entendemos que aquellos que nos rodean no son

meros individuos que aglomerados conforman una masa a la que llamamos sociedad, que se mueve

caprichosamente según tendencias y modas. No, eso es la caricatura de la verdadera comunidad humana.

La verdadera comunidad es un lazo, un vínculo natural formado por las relaciones de las

familias entre sí para formar pueblos, que ponen su bien común por encima y más allá

de todo interés familiar o particular.

Muchas veces se nos ha dicho que el hombre está llamado por naturaleza a agruparse con

sus semejantes, pero no nos agrupamos o nos asociamos por mera supervivencia.

La verdadera unión que hace al hombre humano es la hermandad en torno a un principio que

a todos nos trasciende. Un principio que sea más fuerte que la sangre a la necesidad. Un principio

que sea más grande que las niñas circunstancias del hoy. Un principio que nos aboca un ayer que

nos define. Es un principio impretérito, un atisbo de la sabiduría de todas las edades que entrevemos

en la profundidad de los ojos de nuestros mayores. Un principio al que llamamos tradición. Se ha

dicho que los pueblos ensamblan la tradición, por un lado, y a cada uno de los hombres que los

integran en sus personas por otro. No hay pueblo sin tradición, como no hay hombre sin alma. La

tradición consiste en la salvaguarda y servicio a los lazos naturales que unían a los hombres

entre sí, arraigándolos a la tierra misma. Es por ello que la tradición consiste en la

transmisión de un fuego vivo, nunca en la adoración de sus cenizas. Tradición no significa un pueblo

muerto, no significa que los vivos estén muertos, sino que los muertos están vivos. Una tradición

viva, cuya encarnación somos cada uno de nosotros, en nuestro deber de transmitirla, actualizada a las

siguientes generaciones. Pues así, como nosotros no recibimos una tradición sino porque nos es

dada, alimentándonos de ella y entregándola según la recibiéramos, tampoco vive la tradición sin

nuestro sustento, sin nuestro pulso firme y nuestra acción. Y en esto consiste la verdad de la

tradición, en la síntesis de lo que somos como pueblo, el pasado depurado y el futuro fiel a lo

que somos. Vivir de espaldas a la tradición es temerario y arriesgado, porque no nos inventamos

a nosotros mismos, antes bien, nos heredamos. ¿Y qué nos transmite nuestro pasado? Hallamos

aquí un pequeñísimo número de principios en los que está fundada nuestra civilización

que dan sentido y valor a la vida humana. El primer principio es el ya citado de la

dignidad del hombre, como tal. De este principio resultan los otros dos. El segundo principio

es que el hombre debe respetarse a sí mismo, no debe rebajarse ante sus propios ojos. El

El tercer principio es que es mejor sufrir la muerte que traicionar la propia conciencia.

Por eso, el hombre íntegro es el que crece según las posibilidades que le han sido transmitidas

por las generaciones que nos han precedido.

Para ser íntegros es menester asumir el pasado, la parte de lo que es ido y acabado que nos

ofrece posibilidades a los hombres del presente, y proyectar sagazmente el futuro, la parte

del porvenir que puede ser diseñada desde el presente.

Somos seres futurizos, seres de esperanza e ilusión a la vez que seres enraizados.

Vivimos hoy alimentados del ayer, en el mañana que nos entusiasma con la expectativa de un

bien futuro, arduo y posible, si hemos acertado en el ideal escogido.

Nuestros antepasados se dieron cuenta de que en este camino de redimir el pasado, poseyéndolo

y aceptándolo, y de construir el futuro con las herramientas que el pasado nos donaba,

la integridad cobraba una especial importancia en la escala de valores, tanto que merecía la pena

despreciar a otros con tal de conservarla. Como decía Don Quijote en la segunda parte de la novela,

caballero soy y caballero he de morir, si place al altísimo. Unos van por el ancho camino de la

ambición soberbia, otros por el de la adulación servil y baja, otros por el de la hipocresía

engañosa y algunos por el de la verdadera religión. Pero yo, inclinado de mi estrella,

voy por la angosta senda de la caballería andante, por cuyo ejercicio desprecio la hacienda, pero no

la honra. Yo satisfecho a gravios, enderezado a tuertos, castigado a insolencias, vencido a

gigantes y atropellado a vestiglos. Mis intenciones siempre las enderezo a buenos fines, que son de

hacer bien a todos y mal a ninguno. Si el que esto entiende, si el que esto obra, si el que de esto

trata de merecer, ¿seré llamado bobo? Díganlo a vuestras grandezas, duque y duques excelentes.

Pero aún hay más. Tanta importancia cobraba la integridad que se hacía incluso superior a la

misma vida. Los animales viven en tanto que se mueven, alimentan, reproducen y mueren,

pero no tienen pasado o futuro en tanto no tienen conciencia del tiempo. El ser humano,

sin embargo, no sobrevive a los elementos, sino que vive en plenitud, con deseo y ardor de

integridad. Y es eso lo que hace que la vida valga la pena ser vivida. Por eso los antiguos

eran capaces de entregar la vida por mantener la integridad. Y esa priorización la llamaban honor.

Según la RAE, el honor es tanto la cualidad moral que lleva al cumplimiento de los propios

deberes como el reconocimiento externo de esta cualidad, la gloria o una reputación que sigue

la virtud, al mérito o a las acciones heroicas. ¿Cuál de las dos definiciones tiene prioridad?

Podríamos decir que la primera es la causa del honor, honor como virtud, y la segunda

la consecuencia del honor, honor como gloria.

La causa es siempre mayor que la consecuencia, por eso el honor es primeramente el sentimiento

de la dignidad personal, la altísima estimación de la naturaleza humana en el propio individuo.

He aquí la sustancial diferencia entre lo hispánico y otras formas de entender el honor.

En efecto, no se trata solo de una dignidad moral, reconocida y exaltada en honores y

privilegios públicos a los que hay que honrar, sino de la dignidad ontológica de nuestro ser

creado a imagen y semejanza de Dios. El honor no es así mérito del cual enorgullecerse en vanidad,

sino gratitud y responsabilidad. Pero no está bien caer en el extremo de despreciar la segunda

excepción. Aunque es fácil que la despreciemos como mera vanidad, es importante recordar que

somos seres sociales. Dice el autor español Saavedra Fajardo que con razón está constituido

del honor en la opinión ajena, para que la temamos, y dependiendo nuestras acciones del

juicio y censura de los demás, procuremos satisfacer a todos obrando el bien.

La opinión ajena no es suficiente para hacernos virtuosos, en efecto, como no lo es el conocimiento

de la ley o la buena apariencia externa, pero son apoyos y motivaciones que nos ayudan a

seguir actuando bien cuando flaquean nuestras buenas intenciones.

Cualquiera que sea humano ha experimentado que solo no puede y que son muchas veces estas normas o diques externos las que nos mantienen en el buen camino.

Aunque no basten, siempre ayudan.

Por eso se esfuerza Don Quijote en obtener y buscar y pelear por la honra.

Porque al hombre le ayuda y le edifica a mostrar hacia afuera la virtud.

Y aunque esta historia es una exageración de este principio, tiene una enseñanza muy profunda.

antes está la virtud que la vida esto lo encarna perfectamente nuestro querido

don quijote en el ya citado episodio de los leones el caballero se empeña en

enfrentarse a unos leones enjaulados por su honor por el mero hecho de demostrar

que no era hombre de espantarse de leones leoncitos a mí a milioncitos ya

tales horas siente la necesidad de enfrentarlos como medio para conquistar

la honra demostrar a los lectores y a los atemorizados compañeros que le rodean

la enorme importancia de esta virtud, tanto que renuncia a la preocupación por su propia vida,

pasando a un primer plano su preocupación en lo que el leonero le iba a contar a la gente

con la honra que iba a conquistar con esa hazaña.

¡Oh fuerte y sobre todo encarecimiento animoso, don Quijote de la Mancha,

espejo donde se pueden mirar todos los valientes del mundo!

¿Con qué palabras contaré esta tan espantosa hazaña?

¿O con qué razones la haré creíble a los siglos venideros?

¿O qué alabanzas habrá que no te convengan?

Y cuadren, aunque sean hipérboles sobre todos los hipérboles.

Tú a pie, tú solo, tú intrépido, tú magnánimo, con solo una espada y no de las del perrillo cortadoras,

con un escudo no de muy luciente y limpio acero,

estás aguardando y atendiendo los dos más fieros leones que jamás criaron las africanas selvas.

Tus mismos hechos sean los que te alaben, valeroso manchego,

que yo los dejo aquí en su punto por faltarme palabras con que encarecerlos.

Cuando el león se niega a salir de la jaula a pelear con Don Quijote,

El leonero le dice, la grandeza del corazón de vuesa merced ya está bien declarada.

Ningún bravo peleante, según a mí se me alcanza, está obligado a más que a desafiar a su enemigo y esperarle en campaña.

Y si el contrario no acude, en él se queda la infamia y el esperante gana la corona del vencimiento.

Así es verdad, respondió don Quijote.

Cierra, amigo, la puerta y dame por testimonio en la mejor forma que pudieras lo que aquí me has visto hacer.

conviene a saber como tú abriste al león yo le esperé él no salió volvíle a esperar volvió a no

salir y volvió se acostar no debo más y encantos afuera y dios ayude a la razón y a la verdad y a

la verdadera caballería y cierra como he dicho en tanto que hagan señas a los oídos ausentes

para que sepan de tu boca esta hazaña y es que este deseo de gloria de honor de honra nace en

el quijote de su aspiración infinita a la virtud tanta que es tomado por loco pero es un loco por

la virtud del personaje que usa Cervantes para recordarnos que el humano no es el que sobrevive

a pesar de las dificultades, sino el que vive plena y virtuosamente a pesar de sus deseos

de supervivencia. Y cuando supervivencia y virtud entran en conflicto, sabe cuál tiene

la prioridad. Idea muy bellamente expresada por nuestro inmortal Calderón de la Barca

en su obra El alcalde de Zalamea. Al rey la hacienda y la vida se ha de dar, pero el honor

es patrimonio del alma, y el alma solo es de Dios. O por William Shakespeare en la literatura

inglesa que ya se hace eco de esta idea en varias de sus obras. En Antonio y Cleopatra le dice Marco

Antonio a Octavia, si pierdo mi honor me pierdo a mí mismo. O cuando en la obra Ricardo II le dice

Thomas Mowbray al rey Ricardo II, mi honor es mi vida pues van de la mano inseparables, quitadme el

honor y mi vida estará acabada. O Héctor a Casandra y Andrómaca en la obra Troilo y Crésida, todos aman

la vida, pero el hombre valiente y honrado aprecia más el honor.

Ahora bien, la comunidad no es solo la que nos obliga al honor, también es la que lo

recompensa. El hombre íntegro, en tanto que posee virtud, genera respeto. Su conducta

intachable en el cumplimiento de los deberes hacia los demás y hacia sí mismo, suscita

reconocimiento por parte de los miembros de la sociedad en que vive y le confiere una

autoridad sobre ellos. La palabra autoridad deriva del verbo latino

augere, promocionar, y su participio, autor. Según la etimología, es auténtico no solo

el que tiene dominio sobre su ser, posee iniciativa y no nos falla, sino que además

es coherente y nos enriquece con su modo de ser estable y sincero. A este respeto generado

también le llamamos honor. En ese sentido, a las personas, la comunidad les asigna un

grado de dignidad y respetabilidad en función de la armonía de sus acciones con sus palabras.

Pero, aunque debemos estar siempre más atentos a la virtud que a su reconocimiento público,

eso no quita que el segundo no sea importante.

En esto, es el Cid un claro ejemplo de integridad y honor.

Aunque sea despreciado y humillado por los suyos, es expulsado del Reino de Castilla

por el rey, Alfonso VI, porque sus enemigos, en especial García Ordóñez, le acusan de

haberse quedado con parte de las parias de que ya hemos hablado en otros vídeos.

La acusación es falsa, como se demuestra a lo largo de todo el cantar en numerosas ocasiones

con la lealtad y honestidad del CID, pero de aquí sacamos la enseñanza ética que

nos concierne.

El CID lucha por recuperar su imagen, no por su integridad.

Lucha por honor, no por integridad interior, ya que nunca la ha perdido.

Y esta lucha es una lucha que dura toda la vida.

La lucha por la virtud, y por qué esa virtud interior impacte positivamente en los que

me rodean e inspire anime apoye a los que me miran buscando un referente siempre alimentada por una

integridad real nunca fingida esta batalla por el honor está en el cantar encarnada como símbolo en

la barba del cid todos se admiran constantemente de ella porque es el símbolo de su virtud que

genera respeto y admiración en todos como dice el cantar la barba le miraban que en tan corto

tiempo le creció. Se maravillan de Miozid cuantos están en la reunión. Mirando están a Miozid cuantos

hay en la corte, a la barba que tenía larga y sujeta con el cordón. En su comportamiento parece todo un

varón. Mucho se ha preparado Miozid para estas cortes pregonadas, pues cómo dejó crecer y qué

larga trae la barba. A unos les da miedo y a otros los espanta. Y soltaba la barba, deshazándola del

cordón no se cansan de mirarlo cuando se está en la corte la barba es símbolo de su virtud que

admirada se transforma en honor para realzar esto el cid ha hecho voto de no cortarse la barba pero

no queda claro en el cantar con qué o cuándo se cumple este voto o promesa es decir cuando puede

cortársela ya le crece la barba y se le va alargando niocid de la su boca va hablando por amor del

el rey Alfonso, que de tierra me ha echado, prometí que ni entraría en ella trijera y un

pelo sería cortado. Pero ¿cuándo se cumple este voto? Van pasando distintos acontecimientos del

cantar, como la conquista de Valencia, o su reencuentro con doña Jimena, o sus victorias

en batalla, o incluso el perdón del rey, y el Cid sigue teniendo la barba larga y lunga. Hasta en

el juicio de los infantes de Carrión la sigue teniendo, y prácticamente al final del poema,

cuando pensamos que está cumplida la promesa dirá el cid tomóse la barba ruid día su señor gracias

al rey del cielo mis hijas vengadas son la promesa no se llega a cumplir nunca y por qué porque su

amor por el rey no acaba nunca y porque el honor no termina cuando el resto deja de mirar sino que

ligado a la integridad dura mientras dure la vida esta es la gran enseñanza con que acabamos este

vídeo integridad desentereza es virtud interior que asimila los errores pasados y aspira a un

futuro mejor pero es también lo que esa virtud enriquece y anima a los que me rodean y ni una

ni otra faceta tienen fecha de caducidad o espacios en que pueden relajarse precisamente

porque es íntegro el hombre de honor lo será en todo momento en todo lugar en toda circunstancia

y especialmente cuando nadie esté mirando

Gracias por ver el video.

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