Nº 5Regala ValoresLección 8 de 24

Sobre la lealtad

El vídeo de esta lección llega en unos días.Mientras tanto, tienes el texto de la lección aquí debajo.

La lealtad es la virtud de los vínculos: la guardiana de que nuestra vida en comunidad sea estable, sana y orientada a nuestra felicidad. ¿Por qué?

Según la RAE, la Lealtad es la cualidad del leal, de la persona fiel; pero también es sinónimo de legalidad, verdad, y realidad. Leal, a su vez, alude al que guarda a alguien o algo la debida fidelidad. ¿Cómo conjugar ambos significados?

El segundo nace de la etimología de lealtad, que proviene del latín legālis, que significa ‘legal’, derivado a su vez de lex, legis, que significa ‘ley’. Y es que la ley nos exige un acatamiento, so pena de castigo, y por tanto nos remite a la idea de cumplir. De la misma manera, la lealtad es cumplimiento en tanto que fidelidad a un compromiso humano: leal es quien guarda la palabra dada, quien guarda lo legal en un sentido amplio de ley, como orden natural de las cosas. Leal, en este sentido, es quien corresponde fielmente a los compromisos adquiridos, pero también a sus relaciones humanas.

En un primer estadio, la lealtad es el fruto de la fidelidad a la palabra dada, especialmente a aquella que nos compromete con el cumplimiento de la ley, con la obediencia a la legítima autoridad, o con los lazos de amistad. La fidelidad, así entendida, es una parte subjetiva de la justicia. En efecto, la justicia desde el punto de vista subjetivo implica la obediencia respecto a la legítima autoridad, el acto de la disciplina justa respecto al inferior o subordinado, el acto de igualdad entre los iguales, y, finalmente, la fidelidad y la veracidad respecto a todos (cf. S.T. II-II, c. 80, a.1).

La lealtad, en este primer sentido, sería el dique que conserva los vínculos que nos mantienen unidos como sociedad: no solo lealtad a los contratos y compromisos propios, sino a las instituciones a las que pertenecemos, a las personas a las que amamos, a las ideas que defendemos, y los valores en que creemos. Pinckaers afirma que «la fidelidad en el sentido habitual, es como vínculo reconocido entre la voluntad y un bien, un ideal, una persona, una forma de vida, una institución, una elección anterior...» Así, la fidelidad «asegura la permanencia de esta voluntad».

Qué peligrosa es la fidelidad, entonces, para aquellos que desean poder cambiar a cada rato de valores y lealtades. «Se convierte en una amenaza precisamente porque es un vínculo, que resulta atentatorio de la libertad de elección» absoluta. Más bien, para los proponentes de la absoluta libertad, «es la traición la que se hace buena, porque sólo ella conserva el campo libre a la pasión de la afirmación de sí mismo».

Contra esta falsa concepción de libertad como afirmación de uno mismo (construida como antítesis a una visión firme de la fidelidad) debemos redescubrir la grandeza de la lealtad y la excelencia moral de la acción fiel. Así descubriremos, por ejemplo, la virtud de la perseverancia, virtud por la que nos mantenemos firmes en la propia misión o en la consecución de un bien o un ideal bueno.

El ejemplo más claro de lealtad como fidelidad a la ley, al orden, a la palabra dada; es la solidez del Imperio español durante el reinado de Carlos I o de Felipe II. La sólida cohesión e integración de un imperio tan extenso, a pesar de las obvias carencias comunicativas y militares de la época, se debieron a un profundo sentido de lealtad de los distintos niveles jerárquicos entre sí. Especialmente llamativa resulta en este sentido la fidelidad de los virreyes de Nueva España con la Corona y viceversa.

Sin embargo, la fidelidad así entendida no es una virtud en sentido absoluto, requiere de un fin o de unas referencias por las cuales merezca la pena entregarse. Se puede ser leal a por una causa perversa o a una forma de autoridad viciosa, en cuyo caso la virtud de la fidelidad se convertiría en vicio. Del mismo modo, aunque la perseverancia es en sí un valor (mantenerse fiel a un propósito, en las duras y en las maduras), se puede ser perseverante en la consecución de un fin mezquino o de un ideal inmoral, en cuyo caso sería un vicio.

Para comprender la lealtad en sentido pleno, debemos estudiar otra de sus consecuencias: el espíritu o la vocación de servicio (el comprender que, más allá de la lógica distributiva de la justicia existe la posibilidad de entender cualquier forma de desempeño social -laboral o político- según una lógica de servicio a los demás, según una comprensión profunda y fructífera de la dependencia que contraen los empresarios respecto de sus empleados y viceversa, los funcionarios respecto de los ciudadanos y viceversa, y los gobernantes respecto de los súbditos y viceversa).

Aquí, la lealtad tiene como consecuencia una disponibilidad hacia el cumplimiento del deber en sentido amplio, una resolución y arrojo hacia las necesidades de los que nos rodean, con los que nos unen vínculos sociales que requieren de nuestra atención y entrega. Este requerimiento, esta llamada, es la causa de la vocación de servicio: vocación, del latín vocatio, 'acción de llamar'; y servicio, del latín servitium, 'esclavitud, servidumbre'.

Esta servidumbre y esclavitud hace referencia a la actitud que tenemos que tener con nuestros vínculos. Somos seres sociales, que nos realizamos y alcanzamos la felicidad a través de los otros, en comunidad. Es a través del cumplimiento de nuestros deberes, del servicio a nuestros vínculos, como somos felices. Es por eso que ser leal implica servir y cuidar de esos vínculos, porque encarnan la fibra más íntima de nuestra naturaleza humana, nuestro ser social. Es por eso que servitium deriva del protoitálico *serwo- ("pastor"), y este del protoindoeuropeo *ser-u-o- ("guardián"), similar al griego antiguo οὖρος (oûros, "guardián").

Supone una devaluación percibir, de manera práctica, la fidelidad exclusivamente como conveniencia social o como mera tradición, cuando en realidad la fidelidad es condición de felicidad para la vida del hombre y el principal pilar de su estabilidad familiar, social, de valores, emocional, etc. Este segundo sentido de la fidelidad o lealtad nos pone una meta más alta.

Así, la lealtad implica una entrega muy profunda, una generosidad de alma, y una gran templanza, para evitar la esclavitud de los propios egoísmos, y someter nuestras acciones a la voluntad y necesidades de algo mayor que nosotros: el servicio al otro.

En el prólogo al comentario sobre la Epístola a Filemón, Santo Tomás de Aquino afirma que el Sabio enseña las cosas que deben caracterizar la relación entre siervo y señor, y de parte del siervo lo primero es la fidelidad. En este sentido la fidelidad o lealtad supone, en primer lugar, la aceptación de una cierta dependencia respecto a la otra persona. Una dependencia que no nos hace inferiores, sino que nos sitúa en el lugar que nos corresponde en justicia. De este modo también el señor depende de sus siervos según el vínculo de lealtad, como también los iguales entre sí.

Hay una gran exigencia en la fidelidad pues supone ponerse uno mismo (y, en algunos casos, las propias posesiones) en manos de otra persona. Pero al mismo tiempo, en esa entrega se encuentra la recompensa, porque encontramos en ella el propio bien. La excelencia en el ejercicio de la lealtad supone que los lazos serviles o de dependencia sean sustituidos por lazos de amistad: el momento en el que superamos la lógica del deber y la sustituimos por la lógica del querer, cuando cada uno busca el bien del otro. Esa es la verdadera fidelidad.

De ejemplo de esta plena lealtad, fidelidad fundada en amor, volvemos a traer al Cid Campeador, como nos lo transmite el Cantar del Mio Cid:

La lealtad del Cid a su rey, Alfonso VI, no conoce límites, aun cuando éste es un rey injusto que le ha castigado por calumnias: don Rodrigo ha sido desterrado de Castilla, y sus vínculos formales y legales han sido disueltos, pues ha sido acusado de malfetría, delito de nobles feudales. Los enemigos del Cid le acusan de haber robado parte de las parias del rey, aquellos impuestos que se recibían de los reinos musulmanes colindantes a cambio de protección castellana, y que el Cid tenía encomendado recaudar. La acusación es falsa, y aunque el rey le ha dado crédito y ha destruido a don Rodrigo, desvencijando su casa, requisando sus tierras, y hasta disolviendo su vínculo con su mujer e hijas, el Cid se mantiene firme en su fidelidad.

Aunque el Cid tenía derecho a saquear y atacar tierras de su rey, por el fuero de los desterrados, pues estaban legalmente rotos los vínculos de vasallaje, el Cid mantiene una lealtad legalmente innecesaria: “Con Alfonso mi señor no querría lidiar.” Cantar I, 538

No solo eso, sino que sigue cumpliendo escrupulosamente sus obligaciones feudales: tras cada batalla, manda a su rey el quinto real exquisitamente contado. Como si el empleado despedido injustamente siguiera cumpliendo sus obligaciones sin esperar nada a cambio.

Una batalla tras otra vemos al Cid reservar y enviar, humildemente, la quinta parte del botín al rey de Castilla, su señor:

Al rey don Alfonso manda el Cid:

“De la lid que había ganado doscientos caballos como don le enviaba,

Y que le serviría siempre mientras que siguiera con alma.” 1819-1820

Y dice Minaya al rey (1845-1848):

“¡Merced, Rey Alfonso, sois tan honrado!

En nombre de Mio Cid el Campeador así os besamos,

A vos os llama señor y se tiene por vasallo,

Mucho precia el Cid la honra que le habéis dado.”

¿Cómo puede decirse eso, si el Cid ya no tiene, legalmente, señor? Porque don Rodrigo es hombre leal, y su vínculo con el rey de Castilla está fundado en el amor además de en la ley, y no se debe al rey por las bondades de éste, sino por lealtad a un reino, a sus antepasados y a sus tradiciones, a su identidad como Rodrigo Díaz de Vivar

Sin embargo, murmuran los burgaleses al ver pasar al Cid hacia el destierro:

"¡Dios, qué buen vasallo, si tuviese buen señor!" Cantar I, 20"

Porque muchas veces quienes ostentan puestos de autoridad no merecen la lealtad debida al vínculo. Sin embargo, el Cid ha sido capaz de ver más allá: su amor a Castilla es mayor y más fuerte que los errores de su rey o las mezquindades de los nobles enemigos. Sin embargo, no repite el mismo error que su rey: es leal a los vínculos con sus vasallos, que le siguen allá donde vaya, incluso al destierro:

“Gran yantar le hacen al buen Campeador.

Tañen las campanas en San Pedro a clamor.

Por Castilla, oyendo van los pregones;

Cómo se va de tierra mío Cid el Campeador;

Unos dejan casas y otros honores.

En ese día, en el puente del Arlanzón,

Ciento quince caballeros todos juntados son;

Todos demandan por mío Cid el Campeador.” Cantar I, 285-292

La lealtad de los hombres del Cid, que le siguen al destierro, unida a la lealtad del Cid con los suyos, que veíamos en el vídeo de la responsabilidad encarnado en el pan; son ejemplo perfecto de esa fidelidad fundada en los vínculos del amor.

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Transcripción del vídeo

La lealtad es la virtud de los vínculos, la guardiana de que nuestra vida en comunidad sea estable, sana y orientada a nuestra felicidad. ¿Por qué?

Según la RAE, la lealtad es la cualidad del leal, de la persona fiel, pero también es sinónimo de legalidad, verdad y realidad.

Leal, a su vez, alude a que guarda a alguien o algo la debida fidelidad.

¿Cómo conjugar ambos significados? El segundo nace de la etimología de lealtad,

que proviene del latín legalis, que significa legal, derivado a su vez de lex, que significa

ley. Y es que la ley nos exige un acatamiento, so pena de castigo y por tanto nos remite a la

idea de cumplir. De la misma manera, la lealtad es cumplimiento en tanto que fidelidad a un

compromiso humano. Leal es quien guarda la palabra dada, quien guarda lo legal en un sentido amplio

de la ley, como orden natural de las cosas. Leal, en este sentido, es quien corresponde fielmente a

los compromisos adquiridos, pero también a sus relaciones humanas. Haremos dos reflexiones

complementarias sobre la lealtad. Primero, trataremos la lealtad entendida como fruto

de la fidelidad y, posteriormente, abordaremos la lealtad como fundamento de la comunidad.

En un primer estadio, la lealtad es el fruto de la fidelidad a la palabra dada, especialmente a aquella que nos compromete con el cumplimiento de la ley, con la obediencia a la autoridad o con los lazos de amistad.

En este primer sentido, la lealtad sería el dique que conserva los vínculos que nos mantienen unidos como sociedad.

No solo lealtad a los contratos y compromisos propios, sino a las instituciones a las que pertenecemos, a las personas a las que amamos, a las ideas que defendemos y los valores en que creemos.

Pincars, un reconocido teólogo dominico, afirma que la fidelidad en el sentido habitual es como

vínculo reconocido entre la voluntad y un bien, un ideal, una persona, una forma de vida, una

institución, una elección anterior. Por eso la fidelidad es el enemigo de los relativistas y de

los tiranos. Para aquellos que desean poder cambiar a cada rato de valores y lealtades,

la fidelidad es una amenaza, precisamente porque es un vínculo que nos impide actuar según nos entre en gana.

Contra esta falsa concepción de libertad, como la capacidad de hacer lo que uno quiere,

que en el fondo es una afirmación egoísta de uno mismo y sus deseos,

debemos redescubrir la grandeza de la lealtad y la excelencia moral de la acción fiel.

Así descubriremos, por ejemplo, la virtud de la perseverancia,

virtud por la que nos mantenemos firmes en la propia misión o en la consecución de un bien o

un ideal bueno el ejemplo más claro de lealtad como fidelidad a la ley al orden a la palabra

dada es la solidez del imperio español durante el reinado de carlos primero o de felipe segundo

la sólida cohesión e integración de una monarquía tan extensa a pesar de las obvias

carencias comunicativas y militares de la época se debieron a un profundo sentido de lealtad de

los distintos niveles jerárquicos entre sí. Especialmente llamativa resulta en este sentido

la fidelidad de los virreyes de Nueva España con la corona y viceversa. Así lo expresa Calderón en

su poema dedicado a los tercios. Aquí la más principal hazaña es obedecer y el modo como ha

de ser es ni pedir ni rehusar. Aquí en fin la cortesía, el buen trato, la verdad, la fineza,

la lealtad, el honor, la bizarría, el crédito, la opinión, la constancia, la paciencia, la humildad

y la obediencia, fama, honor y vida son, caudal de pobres soldados, que en buena o mala fortuna,

la milicia no es más que una religión de hombres honrados. ¿Y qué podemos extraer de la lealtad

como fundamento de la comunidad? La comunidad indica el norte a la fidelidad y es que la lealtad

no es una virtud en sentido absoluto, requiere de un fin o de unas referencias por las cuales

merezca la pena entregarse. Se puede ser leal a una causa perversa o a una forma de autoridad

viciosa, en cuyo caso la virtud de la fidelidad se convertiría en un vicio. Del mismo modo,

aunque la perseverancia en sí es un valor, mantenerse fiel a un propósito, en las duras

y las maduras, como solemos decir, se puede ser perseverante en la consecución de un fin mezquino

o de un ideal inmoral, en cuyo caso sería de nuevo un vicio. Por eso, para ser virtuosa,

la lealtad debe tener como consecuencia una disponibilidad generosa hacia los demás.

La persona leal no solo se vuelca en el cumplimiento del deber,

sino que se entrega por las necesidades de los que le rodean.

A esto le llamamos espíritu o vocación de servicio,

es decir, el comprender que, más allá de la lógica distributiva de la justicia,

existe la posibilidad de entender cualquier forma de desempeño social,

laboral o político, según una lógica de servicio a los demás.

Entender de esta forma profunda y fructífera la lealtad

nos ayuda a entender la dependencia que contraen los coempresarios respecto de sus empleados y viceversa,

los funcionarios respecto de los ciudadanos, los gobernantes respecto de los súbditos y viceversa, etc.

Somos seres sociales que nos realizamos y alcanzamos la felicidad a través de los otros, en comunidad.

Es a través del cumplimiento de nuestros deberes, del servicio a nuestros vínculos,

como los seres humanos alcanzamos esa felicidad.

Este requerimiento, esta llamada, es la causa de la vocación de servicio.

Vocación, del latín vocatio, acción de llamar y servicio, del latín servitium, esclavitud, servidumbre.

Esta servidumbre y esclavitud hace referencia a la actitud que tenemos que tener con nuestros vínculos.

Ser leal implica servir y cuidar de esos vínculos, porque encarna en la fibra más íntima de nuestra naturaleza humana, nuestro ser social.

Es por eso que servitium deriva del proto-italico servo, que significa pastor, y este del proto-indoeuropeo ser, guardián,

similar al griego antiguo euros que también significa guardián esta idea de servicio implica

que la fidelidad es una virtud tremendamente exigente pues supone ponerse uno mismo y en

algunos casos las propias posesiones en manos de otras personas pero al mismo tiempo en esa

entrega se encuentra la recompensa porque encontramos en ella el propio bien la excelencia

en el ejercicio de la lealtad supone superar la lógica del deber y sustituirla por la lógica del

querer cuando cada uno busca el bien del otro. Esa es la verdadera fidelidad. De ejemplo de esta

plena lealtad, fidelidad fundada en el amor, volvemos a traer al Cid campeador, como nos lo

transmite el cantar del mío Cid. La lealtad del Cid a su rey, Alfonso VI, no conoce límites,

aun cuando este es un rey injusto que le ha castigado por calumnias. Don Rodrigo ha sido

desterrado de Castilla y sus vínculos formales y legales han sido deshechos, disueltos, pues ha

sido acusado de malfetría. Los enemigos del Cid le acusan de haber robado parte de las parias del

rey, aquellos impuestos que se recibían de los reinos musulmanes conlindantes a Castilla a cambio

de la protección castellana y que el Cid tenía encomendado recaudar. La acusación es falsa y

aunque el rey le ha dado crédito y ha destruido a don Rodrigo, desvencijando su casa, requisando

sus tierras y hasta disolviendo su vínculo con su mujer y sus hijas, el Cid se mantiene firme en

su fidelidad. Aunque el Cid tenía derecho a saquear y atacar tierras del rey por el

fuero de los desterrados, pues estaban legalmente rotos los vínculos de vasallaje, aún así

el Cid mantiene una lealtad legalmente innecesaria. Con Alfonso mi señor no querría lidiar,

dice en el verso 538. No solo eso, sino que sigue cumpliendo escrupulosamente sus obligaciones

feudales. Tras cada batalla, manda a su rey el quinto real exquisitamente contado. Es como

si el empleado despedido injustamente siguiera cumpliendo sus obligaciones sin esperar nada a

cambio. Una batalla tras otra vemos al Cid reservar y enviar humildemente la quinta parte del botín al

rey de Castilla, su señor. Como dice el cantar, al rey don Alfonso manda al Cid, de la lid que

había ganado 200 caballos, como don le enviaba y que le serviría siempre mientras que siguiera con

alma. Y por eso le dice Minaya al rey, Merced, rey Alfonso, sois tan honrado. En nombre de miocid,

el campeador, así os besamos. A vos os llama señor y se tiene por vasallo. Mucho precio al

cid, la honra que le habéis dado. ¿Cómo puede decirse eso, si el cid ya no tiene legalmente

señor? Pues porque don Rodrigo es hombre leal y su vínculo con el rey de Castilla está fundado,

además de en la ley, en el amor. Y no se debe al rey por las bondades de éste, sino por lealtad a un

reino, a sus antepasados y a sus tradiciones, a su identidad como Rodrigo Díaz de Vivar. Sin embargo,

murmuran los burgaleses al ver pasar al Cid hacia el destierro, Dios qué buen vasallo si tuviese

buen señor. Porque muchas veces quienes ostentan puestos de autoridad no merecen la lealtad de vida

al vínculo. Sin embargo, el Cid ha sido capaz de ver más allá. Su amor a Castilla es mayor y más

fuerte que los errores de su rey o las mezquindades de los nobles enemigos. Sin embargo, no repite el

mismo error que su rey. Es leal a los vínculos con sus vasallos, que le siguen allá donde vaya,

incluso al destierro. Como canta en el poema, gran llantar le hacen al buen campeador,

Tañen las campanas en San Pedro a clamor

Por Castilla oyendo van los pregones

Como se va de tierra miocid el campeador

Unos dejan casas, otros honores

En ese día en el puente de Arlanzón

115 caballeros todos juntados son

Todos demandan por miocid el campeador

La lealtad de los hombres del Cid

Que le signa el destierro

Unida a la lealtad del Cid con los suyos

Que veíamos en el vídeo de la responsabilidad

Encarnado en el pan

son ejemplo perfecto de esa fidelidad fundada en los vínculos del amor. Nos sirve este ejemplo

para descubrir que la lealtad no es una virtud facilona. Implica una entrega muy profunda,

una generosidad del alma y una gran templanza para evitar la esclavitud de los propios egoísmos

y someter nuestras acciones a la voluntad y necesidades de algo mayor que nosotros,

el servicio al otro. Supone una devaluación percibir de manera práctica la fidelidad

exclusivamente como conveniencia social o como mera tradición, cuando en realidad la fidelidad

es condición de felicidad para la vida del hombre y el principal pilar de su estabilidad familiar,

social, ética y hasta emocional.

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