Sobre la responsabilidad

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Libertad y responsabilidad, son dos caras de la misma moneda. Esta idea es tan común, que casi resulta innecesario recordarla. Sin responsabilidad, tampoco habría auténtica libertad. De hecho, la responsabilidad está presente en todo el obrar ético del ser humano.
La RAE define la responsabilidad como la cualidad de responsable, aquel que está obligado a responder de algo o por alguien; pero de manera derivada, dicho de una persona que pone cuidado y atención en lo que hace o decide.
Tanto la definición como la etimología nos dan pistas sobre la naturaleza de esta virtud o valor. Proviene del latín medieval responsabilis, 'que requiere respuesta', y éste deriva del latín responsāre 'responder'.
El vocablo responsabilidad procede del verbo latino spondere, que significa prometer, comprometerse, ligarse como deudor… Emparentado con esta raíz, encontramos, también en latín, el término sponsio, una de las formas solemnes por las que los antiguos romanos establecían vínculos jurídicos. Una especie de contrato, por así decir. La sponsio consistía en un rito mediante el cual una de las partes emitía un juramento ante los dioses, comprometiéndose a una serie de obligaciones, en resumen, a realizar una prestación. A partir de este momento, el vocablo responder implica la idea de constituirse garante por los hechos por venir. De ahí que todavía hoy nos refiramos al matrimonio como esponsales, y los cónyuges reciban el nombre de esposos, en virtud del juramento de fidelidad mutua por el que quedan vinculados.

El término responsabilidad añade, además, la partícula re-. Este prefijo latino, combinado con verbos, indica movimiento hacia atrás, revocación, restauración, respuesta u oposición, separación. Así, cuando en Roma la promesa o el compromiso eran incumplidos, o la deuda no era solventada, spondere derivaba en respondere, de la que a su vez derivaba responsus o responsum, lo que conduce, etimológicamente, a la idea de la responsabilidad vinculada a una relación jurídica preexistente. La responsabilidad era la respuesta al deber, era la asunción de las consecuencias de tu previo compromiso. Responder era cumplir con tu palabra, y responsable era el hombre que asumía la consecuencia de sus actos, y sobre todo, de sus incumplimientos. Puedes profundizar en ello en este genial texto de Villey sobre la evolución jurídica de la responsabilidad:
Esbozo histórico sobre el término responsable.pdf
Es interesante que la responsabilidad no tiene, en su origen, un significado estrictamente negativo: uno no solo es responsable cuando ha cometido falta, sino que lo es frente a todo lo que le rodea y las 24 horas del día, pues no tiene la responsabilidad su centro gravitatorio en la persona, sino en lo que esa persona debe a los demás. Es interesantísimo darse cuenta como, para romanos y griegos, lo importante de la responsabilidad no era reparar culpas, sino restaurar equilibrios. Así, poco importaba que el desorden a enmendar se encontrara o no precedido de una culpa. Desde el filósofo griego Aristóteles, los intercambios, o synallagmata (Ética, Libro V), acogían bajo un mismo género dos supuestos: el hecho que alguien haya tomado mi carro a raíz de una convención (ekousion), porque yo se lo había prestado; que lo haya tomado por error o que lo haya tomado con la intención de robarlo (akousion) no modifica en nada la obligación que surgirá: devolverlo. Entre los dos casos no existe una diferencia esencial, ambas responden a la perturbación de un orden que debe ser restablecido.
Esto nos enseña que la responsabilidad tiene su origen en un estado de cosas objetivo, en tus deberes y tus obligaciones, no en tus deseos o tus ganas de hacer las cosas bien. La responsabilidad es la permanencia en el bien, en la armonía, en el respeto al orden de las cosas y al cumplimiento de mi rol en la comunidad. Todo esto no es cosa de un momento: es una tarea de toda la vida.

En este último sentido, hay una segunda interpretación que profundiza un poco más en lo que significa ser responsable. El prefijo latino re- también significa, combinado con verbos, acción repetida. Un compromiso, cuando va en serio, no es cosa de un día, no es el fruto de un arrebato emocional. Mantener la palabra dada, exige volver una y otra vez sobre la promesa que se realizó en el pasado: re-cordar, re-novar, es actualizar el vínculo adquirido.
La responsabilidad exige de mí que responda de mis acciones, es decir, que exista una correspondencia entre lo que digo y lo que hago, mal que me pese. Quizá resulte paradigmático el ejemplo del cónsul romano Marco Atilio Régulo (c.307 a. C. - 250 a. C.), cuya figura adquirió fama en el contexto de las guerras púnicas. Tras haber sido hecho prisionero por los cartagineses, se le ofreció la posibilidad de formar parte de una misión diplomática entre Roma y Cartago. Régulo se comprometió a que, si Roma no aceptaba un acuerdo de paz, él mismo retornaría a Cartago para ser hecho prisionero de nuevo. La intención de Régulo jamás fue alcanzar la paz, sino urgir al Senado a continuar la guerra contra Cartago, hecho lo cual, y a pesar de los ruegos desesperados de su mujer y de sus amigos, volvió al norte de África para cumplir su palabra, donde fue torturado hasta la muerte.

Regreso de Atilio Régulo a Cartago, Vincenzo Camuccini
Ser responsable exige dominio de sí. Quien se comporta como una veleta, es decir, quien está al albur de las circunstancias cambiantes, no puede decirse que sea responsable y, por la misma razón, jamás conocerá la auténtica libertad. Porque es propio del ser vivo e inteligente moverse a sí mismo con un movimiento autónomo, y, por lo tanto, también es propio de su naturaleza la capacidad de permanecer quieto, inmóvil, a pesar de los cambios exteriores. He aquí el fundamento de esa fidelidad que caracteriza la responsabilidad.
Fidelidad que no puede reducirse solo a cumplir los pactos expresamente adquiridos, como decíamos antes. El ser humano es un viviente político, recuerda Aristóteles, y un ser en relación con el resto del cosmos. El acogimiento de la realidad nos conduce a la humildad de reconocernos dependientes unos de otros, y todos respecto de nuestro entorno natural. Somos responsables de nuestras acciones, siendo así que está en nuestra mano cuidar o malograr el ecosistema en que se desarrolla la vida humana, aun cuando no hayamos firmado ningún contrato al respecto, ni siquiera un contrato social. Asumir proactivamente esa tarea de cuidado es principio de salud mental y camino de felicidad. Lo contrario es la idiocia, en el sentido en que Chantal Delsol utiliza este término. El idiota, recuerda esta pensadora, es quien está a sus cosas, es incapaz de trascenderse, y se mantiene en un plano de (supuesta) irresponsabilidad. (ver idiotés en vídeo S.3x04: Comunidades humanas)
La responsabilidad, por tanto, no constituye una virtud concreta, sino que está presente en todas ellas. Sin ese ejercicio de permanencia en el bien, tampoco habría auténtica libertad, ni, por tanto, vida humana.

El Cid es responsable con su familia: no solo las deja en buenas manos durante su exilio, dejando todo su tesoro (lo robado a los judíos o nobles ladrones) en manos del abad para que cuide de su mujer e hijas, quedándose él sin nada… también cuida de ellas después, hasta la Afrenta de Corpes y la exigencia de restitución. Sin embargo, el amor del Cid por su familia, que trasciende la mera obligación, no resulta en que el Cid deje de lado sus compromisos: el sentimiento o deseo de su familia no impide que cumpla s deber y marche al destierro, por muy desgarrador que sea. Esto se ve perfectamente en una imagen que repetiremos mucho: cuando el Cid debe recibir de nuevo a su familia en Valencia, el esperadísimo reencuentro entre don Rodrigo y doña Jimena, que es causa de grandes fiestas y desfiles. Sin embargo, no elimina la responsabilidad para con sus deberes como Señor de Valencia:
Responsabilidad para con Valencia, envía a sus mejores hombres al encuentro de Jimena, pero él se queda cumpliendo su deber:
“Con gran honra traédmelas (a Jimena y las hijas) delante.
Yo estaré en Valencia, que mucho costado me ha;
Gran locura sería si la desamparase;
Yo estaré en Valencia, que la tengo por heredad.” Cantar II, 1469-1472
La responsabilidad, asumir las propias obligaciones, es el fundamento de una comunidad y relaciones justas. Es el cimiento de la armonía, como se ve cuando los infantes de Carrión pretenden escaquearse del juicio por su afrenta. Por ejemplo, toca al rey la responsabilidad por el deshonor de las hijas, pues él se empeñó en casarlas: se dice en la petición de mano, tras el perdón del Cid, y en el juicio se repite.“Ruegan al Rey (los infantes de Carrión) que les libre de esta corte.
Dijo el Rey:
¡No lo haré así me salve Dios!
Que allí vendrá mío Cid el Campeador;
Le daréis derecho, que ha rencor de vos.
Quien hacerlo no quisiese o no fuere a mi corte,
Deje mi reino, que de él no tengo sabor.” Cantar III, 2989-2994
Por último, creemos que existe en todo el Cantar un elemento que se usa para encarnar la responsabilidad: el pan. El Cid y el pan son una constante en todo el Cantar, pues no prioriza el Cid la recuperación de su honor sobre su deber de alimentar a sus vasallos, a sus leales. Por eso cobra el pan un carácter especial en todo el Cantar, porque refleja y encarna la responsabilidad del Cid, el respeto a los vínculos que veremos en el vídeo de la lealtad, y a las obligaciones casi sagradas que conllevan esos vínculos.
El término compañero etimológicamente procede del latín ‘cumpanis’ (cum: con; panis: pan), cuya traducción literal es ‘con pan’ dándole el significado de ‘compartiendo el pan’ o ‘los que comparten el pan’, ‘comer de un mismo pan’, llegando hasta nosotros como ‘compañero’. De ahí viene también la expresión “hacer buenas migas”.
Y es que el Cid combate “para ganarse el pan”. Los leales al Cid son los que comparten su pan (Cantar II, 1682) “Han tornado a mío Cid los que comían su pan”. En la batalla por Alcocer contra los reyes moros Fariz y Galbe, más de 3000 enemigos, es el pan el argumento principal que marca el momento del ataque. No miden el Cid y Minaya sus fuerzas, o cuándo atacar según las mayores ganancias, la mayor gloria o la facilidad, sino según hay o falta pan:
“El agua nos han vedado, nos faltará el pan; (...)
Decidme, caballeros, cómo os place actuar.
Primero habló Minaya, un caballero cabal:
De Castilla la gentil, hemos venido acá;
Si con moros no lidiáremos, no nos darán el pan.
Bien somos nos seiscientos, algunos hay de más;
¡En el nombre del Criador, que por nada quede ya!
¡Vayámoslos a herir mañana sin más tardar!” Cantar I, 665-676
Se genera una relación entre morada, batalla y pan:“Mis hijas y mi mujer me verán lidiar;
En estas tierras ajenas, verán las moradas cómo se hacen;
Harto verán por los ojos cómo se gana el pan.” Cantar II, 1641-1643
Y es que el Cid considera que su obligación es cuidar de los que le han seguido al destierro. Lo irresponsable es no tener pan, y por eso se dirá en el Cantar:“En cada uno de estos años, mío Cid les quitó el pan.
Mal se aquejan los de Valencia que no saben cómo obrar;
De ninguna parte que sea, no les venía el pan;
Ni da consejo padre a hijo ni hijo a padre,
Ni amigo a amigo, no se pueden consolar.
¡Mala cuita es, señores, tener mengua de pan!” Cantar II, 1173-1178
El Cid tiene una responsabilidad para con sus hombres; por lo que le dirá al conde don Ramón, tras vencerle en la batalla:“Mas, cuanto habéis perdido y yo gané en el campo,
Sabed, no os daré a vos un dinero malo;
Mas cuanto habéis perdido, no os será dado,
Pues lo necesito para éstos mis vasallos,
Que conmigo andan lacerados; y no os será dado.
Tomando de vos y de otros nos iremos reparando;
Tendremos esta vida mientras pluguiere al Padre Santo” Cantar I, 1041-1047

El responsable es el que hace frente a sus deberes para con los otros, y a través de ello, del cumplimiento de sus deberes en cada acción y en cada situación, actúa como fundamento de una comunidad y relaciones justas. Por tanto, no constituye una virtud concreta, sino que está presente en todas ellas. La responsabilidad es el cimiento de la armonía: sin ese ejercicio de permanencia en el bien, tampoco habría auténtica libertad, ni, por tanto, vida humana.
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Transcripción del vídeo
La responsabilidad es el baremo que calibra todo el obrar ético del ser humano. Sin
responsabilidad no habría auténtica libertad. Libertad y responsabilidad son dos caras de
la misma moneda. Esta idea es tan común que casi resultaría innecesario recordarla, pero
no está de más empezar reflexionando sobre ella. Libertad es la orientación de nuestro
actuar al bien. Muchas veces se entiende libertad en un sentido amplio, como si fuera una capacidad
de elegir entre opciones sin trabas ni limitaciones impuestas. Así de que nuestra voluntad sea
capaz de escoger, deducimos que la libertad es poder elegir lo que queramos. Pero el ser
humano solo es feliz si escoge su bien, puesto que el mal, aunque tenga apariencia de bien,
es nocivo para nuestra realización. Elegir el mal por su apariencia de bien no es libertad,
sino corrupción de la libertad. En ese sentido, la responsabilidad es condición necesaria de la
libertad, porque nos marca el camino hacia el bien, delimita nuestras obligaciones y derechos,
nuestros deberes para con los demás, nuestro camino hacia el bien común y, por tanto, nuestra felicidad.
La RAE define la responsabilidad como la cualidad del responsable, aquel que está obligado a
responder de algo o por alguien, pero de manera derivada se dice de una persona que pone cuidado
y atención en lo que hace o decide. Tanto la definición como la etimología nos dan pistas
sobre la naturaleza de esta virtud o valor. Procede del verbo latino spondere, que significa
prometer, comprometerse, ligarse como deudor. Emparentado con esta raíz, encontramos el
término sponsio, una especie de contrato de los antiguos romanos. La sponsio consistía
en un rito mediante el cual una de las partes emitía un juramento ante los dioses, comprometiéndose
a una serie de obligaciones. De ahí que todavía hoy nos refiramos al matrimonio como esponsales
y los cónyuges reciban el nombre de esposos en virtud del juramento de fidelidad mutua
por el que quedan vinculados. El término responsabilidad añade además la partícula
re. Este prefijo latino combinado con verbos indica movimiento hacia atrás, revocación,
restauración, respuesta u oposición, separación. Así, en Roma, cuando la promesa o el compromiso
eran incumplidos o la deuda no era solventada, spondere derivaba en respondere. La responsabilidad
era la respuesta al deber, era la asunción de las consecuencias de tu previo compromiso.
Responder era cumplir con tu palabra y responsable era el hombre que asumía las consecuencias
de sus actos y sobre todo de sus incumplimientos. Es interesante que la responsabilidad no tiene,
en su origen, un significado estrictamente negativo. Uno no solo es responsable cuando
ha cometido falta, sino que lo es frente a todo lo que le rodea y las 24 horas del día,
pues no tiene la responsabilidad, su centro gravitatorio, en la persona, sino en lo que
esa persona debe a los demás. Es interesantísimo darse cuenta como, para romanos y griegos,
lo importante de la responsabilidad no era reparar culpas, sino restaurar equilibrios,
restablecer un orden que ha sido perturbado. Esto nos enseña que la responsabilidad tiene
su origen en un estado de cosas objetivo, en tus deberes y tus obligaciones, no en tus
deseos o tus ganas de hacer las cosas bien. La responsabilidad es la permanencia en el bien,
en la armonía, en el respeto al orden de las cosas y al cumplimiento de mi rol en la comunidad.
Todo esto no es cosa de un momento, es tarea de toda una vida.
En este último sentido hay una segunda interpretación que profundiza un poco más
en lo que significa ser responsable. El prefijo latino re también significa,
combinado con verbos, acción repetida. Un compromiso cuando va en serio no es cosa
de un día. No es el fruto de un arrebato emocional. Mantener la palabra dada exige volver una y otra
vez sobre la promesa que se realizó en el pasado. Recordar, renovar, es actualizar el vínculo
adquirido. La responsabilidad exige de mí que responda de mis acciones, es decir, que exista
una correspondencia entre lo que digo y lo que hago mal que me pese. Quizá resulta paradigmático
el ejemplo del cónsul romano Marco Atilio Régulo, cuya figura adquirió fama en el contexto de las
guerras púnicas. Tras haber sido hecho prisionero por los cartagineses, se le ofreció la posibilidad
de formar parte de una misión diplomática entre Roma y Cartago. Régulo se comprometió a que si
Roma no aceptaba el acuerdo de paz, él mismo retornaría a Cartago para ser hecho prisionero
de nuevo. La intención de Régulo jamás fue alcanzar la paz, sino urgir al Senado a que
continuara la guerra contra Cartago, hecho lo cual, y a pesar de los ruegos desesperados
de su mujer y de sus amigos, volvió al norte de África para cumplir su palabra, donde
fue torturado hasta la muerte. Ser responsable exige dominio de sí. Quien
se comporta como una veleta, es decir, quien está al albur de las circunstancias cambiantes,
no puede decirse que sea responsable, y por la misma razón jamás conocerá la auténtica
libertad. He aquí el fundamento de esa fidelidad que caracteriza la responsabilidad. Fidelidad no
puede reducirse solo a los pactos expresamente adquiridos, como decíamos antes. El ser humano
es un animal político, recuerda Aristóteles, y un ser en relación con el resto del cosmos. Esto
nos obliga a reconocernos dependientes unos de otros y todos respecto de nuestro entorno natural.
Por eso está en nuestra mano cuidar o malograr, por ejemplo, el ecosistema que nos rodea y en
que se desarrolla la vida humana. De igual forma que se espera de nosotros que cuidemos las amistades
o que respetemos a nuestros mayores, aun cuando no hayamos firmado ningún contrato al respecto,
ni siquiera un contrato social. Asumir proactivamente esa tarea de cuidado es principio
de felicidad. Lo contrario es la idiocia, en el sentido en que Chantal del Sol utiliza este término.
El idiota, recuerda esta pensadora, es quien está a sus cosas y es incapaz de trascenderse para mirar a nosotros.
El Cid es, de nuevo, ejemplo de responsabilidad. Primero con su familia. Las deja en buenas manos durante su exilio, dejando su escaso tesoro en manos del abad de San Pedro de Cardeña para que cuide a su mujer e hijas, quedándose él sin absolutamente nada, para que ellas puedan vivir dignamente hasta su vuelta.
Sin embargo, el amor del Cid por su familia, que trasciende la mera obligación, no resulta
en que el Cid deje de lado sus compromisos.
El sentimiento o deseo de su familia no impide que cumpla su deber y marche al destierro,
por muy desgarrador que sea.
Esto se ve perfectamente en una imagen que repetiremos mucho.
Tras el destierro, el esperadísimo reencuentro entre don Rodrigo y doña Jimena en Valencia,
que es causa de grandes fiestas y desfiles, no elimina la responsabilidad para con sus
deberes como señor de Valencia.
Por eso el Cid, ante el regreso de su mujer e hijas, controla sus impulsos de salir y abrazarlas y hacer fiesta.
Y envía a sus mejores hombres al encuentro de Jimena, pero se queda él en la ciudad, esperando y cumpliendo su deber.
Con gran honra, tráedmelas delante. Yo estaré en Valencia, que mucho costado me ha.
Gran locura sería si la desamparase. Yo estaré en Valencia, que la tengo por heredad.
La responsabilidad es asumir las propias obligaciones, asumir las consecuencias de nuestros propios actos.
Por ejemplo, toca al rey la responsabilidad por el deshonor de las hijas, pues él se empeñó en casarlas.
Contra la voluntad del Cid, insiste el rey en dárselas por esposas a los infantes de Carrión,
y tras la ofrenta de corpes, será el rey el que deba restituir su honor, haciéndose cargo de su equivocada elección de maridos.
Por último, creemos que existe en todo el poema del mío Cid un elemento que se usa para encarnar la responsabilidad, y es el pan.
No prioriza el Cid la recuperación de su honor sobre su deber, su responsabilidad,
de alimentar a sus vasallos, a sus leales. Por eso cobra el pan un carácter especial en todo el
cantar, porque refleja y encarna la responsabilidad del Cid, el respeto a los vínculos que veremos
en el vídeo de la lealtad, y a las obligaciones casi sagradas que conllevan esos vínculos.
El Cid se debe a sus compañeros, porque el término compañero, etimológicamente,
proviene del latín companis, cum panis, cuya traducción literal es compán, dándole el
significado de compartir el pan o los que comparten el pan o comer de un mismo pan,
llegando hasta nuestros días como compañero. Y ahí viene también la expresión de hacer buenas
migas, por ejemplo. Por eso, el Cid combate para ganarse el pan. Como dice él, mis hijas y mi mujer
me verán lidiar. En estas tierras ajenas verán las moradas cómo se hacen. Harto verán con los ojos
cómo se ganó el pan. Los leales al Cid son precisamente los que comparten su pan. Han
tornado a mi Ocid los que comían su pan, los llama. Y lo irresponsable para el Cid es precisamente no
tener pan. Como reflexiona en uno de los momentos, en cada uno de estos años mi Ocid le escritó el
pan. Mal se aquejaban los de Valencia, que no saben cómo obrar. De ninguna parte que sea,
no les venía el pan. Ni da consejo padre a hijo, ni hijo a padre, ni amigo a amigo,
no se pueden consolar. Mala cuita es, señores, tener mengua de pan. Y es que el Cid considera
que su obligación principal es cuidar de los que le han seguido al destierro. Tiene una
responsabilidad para con sus hombres, por lo que le dirá el conde don Ramón tras vencerle en la
batalla. Mas cuanto habéis perdido, y yo gané en el campo, sabed, no os daré a vos un dinero malo.
Mas cuanto habéis perdido, no os será dado. Pues lo necesito para estos mis vasallos, que conmigo
andan lacerados. Y no os será dado. Tornado de vos y de otros nos iremos reparando. Tendremos
esta vida mientras plugiera el Padre Santo. El responsable es el que hace frente a sus deberes
para con los otros y, a través de ello, del cumplimiento de sus deberes en cada acción
y en cada situación. Actúa como fundamento de una comunidad y relaciones juntas. Por
tanto, no constituye una virtud concreta, sino que está presente en todas ellas. La
responsabilidad es el cimiento de la armonía. Sin ese ejercicio de permanencia en el bien,
tampoco habría auténtica libertad ni, por tanto, vida humana.
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