Nº 5Regala ValoresLección 17 de 24

Somos seres personales

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SER PERSONAL - PREGÚNTALE A GORGIAS

Este vídeo está dedicado a explicar los fundamentos de nuestra visión del hombre como un ser personal, de la persona, orientándose especialmente a justificar cómo la tendencia natural del ser humano es hacia la felicidad, su finalidad perfeccionadora.

Al principio del diálogo Gorgias, Platón nos describe una situación que debía de ser frecuente en las polis griegas. El sofista Gorgias de Leontinos acababa de llegar a Atenas en calidad de embajador y sucede, entre él y el filósofo Sócrates y sus amigo Querefonte y Callicles, la siguiente conversación:

CALLICLES.- ¿Qué dices, Querefon? ¿No tiene Sócrates deseos de escuchar a Gorgias?

QUEREFON.- A esto expresamente hemos venido.

CALLICLES.- Si queréis ir conmigo a mi casa, donde se aloja Gorgias, os expondrá su doctrina.

SÓCRATES.- Te quedo muy reconocido, Callicles, pero ¿tendrá ganas de conversar con nosotros? Quisiera oír de sus labios qué virtud tiene el arte que profesa, qué es lo que promete y qué enseña. Lo demás lo expondrá, como dices, otro día.

CALLICLES.- Lo mejor será interrogarle, porque este tema es uno de los que acaba de tratar con nosotros. Decía hace un momento a todos los allí presentes que le interrogaran acerca de la materia que les placiera, alardeando de poder contestar a todas.

SÓCRATES.- Eso me agrada. Interrógale, Querefon.

QUEREFON.- ¿Qué le preguntaré?

SÓCRATES.- Lo que es.

QUEREFON.- ¿Qué quieres decir?

SÓCRATES.- Si su oficio fuera hacer zapatos te contestaría que zapatero. ¿Comprendes lo que pienso?

Platón, Gorgias, 447b-447d

Como podemos ver, Sócrates tiene claro qué es lo más interesante que se puede preguntar a alguien. Si se tiene en cuenta que, en la polis, la identidad y finalidad del hombre vienen dadas no sólo por sus relaciones de parentesco sino también por las funciones que desempeña en la ciudad, entonces podemos traducir libremente la pregunta de Sócrates a nuestros días y entender ese “pregúntale qué es” como “pregúntale quién es”, que es la pregunta existencial básica.

La interrogación sobre el ser humano marca nuestra comprensión del Estado, la familia, el trabajo, la sexualidad, la sociedad e incluso del mundo natural. Lo paradójico del asunto es que, a medida que preguntamos e indagamos, caemos en la cuenta de nuestra incapacidad para formular por nuestra cuenta respuestas definitivas que nos resuelvan la pregunta. Aunque resolvamos científica, histórica o filosóficamente, siempre puede asaltarnos la duda sobre si tal o cual definición me define a mi.

Con todo, históricamente los seres humanos no hemos dejado de preguntarnos quiénes somos. Seguramente porque, como señala Higinio Marín, “la autoconciencia de lo humano es constitutiva del hombre”. Esto es, hasta cierto punto, el hombre necesita saber lo que es para serlo, y la sociedad también. Nos define no sólo nuestra capacidad para contestar a esta pregunta, sino la mera posibilidad de hacérnosla.

En estas coordenadas se sitúa la pregunta antropológica. Cuando preguntamos ¿qué es el hombre?, no buscamos sólo lo que todos tenemos en común: además de eso, la respuesta debería explicarme a mí mismo.

Cuál es mi esencia como ser humano es una pregunta clave y esencial, pues es lo que comparto con los demás. Sin embargo, el hombre va más allá de nuestra naturaleza humana, pues nuestra realidad, quién somos, responde a nuestra existencia en el aquí y ahora. El hombre, en definitiva, es más que “ser humano”, es un ser personal: no es meramente una naturaleza humana sino que es una encarnación única e irrepetible de esa naturaleza: como lo definió el filósofo Boecio, una “sustancia individual de naturaleza racional”. Alguien cuya identidad trasciende sus rasgos específicos o, mejor aún: alguien que pone sus cualidades y facultades al servicio de un proyecto de vida irrepetible, que influye y es influido por los demás. Así lo resume Javier Aranguren cuando dice que “los seres humanos nos experimentamos no como «algo» sino como «alguien»”.

Cuando caemos en la cuenta de que se nos considera de manera excesiva como un colectivo, o como un número, no podemos evitar una sensación de incomodidad, de molestia, pues sentimos que ninguno de esos parámetros sabe dar cuenta de lo que yo soy o, mejor expresado, de quién soy yo. Quién soy no puede reducirse a categorías generales.

Pocos han sabido traducir mejor esta experiencia que Charles Chaplin en Tiempos modernos, película ambientada en la depresión económica de 1929 en cuyo trasfondo vemos la segunda fase de la revolución industrial y la mecanización total de los procesos productivos. La revolución industrial, como sabemos, empezó en la segunda mitad del XVIII y, durante el siglo siguiente, animó a miles de personas a dejar su modus vivendi en el campo atraídas por las promesas de la industrialización: la variedad de la vida urbana, la seguridad de un sueldo y el formar parte de una empresa con mayor posibilidad de crecimiento profesional.

La persona que trabaja en el campo podía entender sin mucha dificultad que su dinamismo laboral consiste en adaptar la naturaleza a su propia medida. En cierta medida, es él quien “domina” el orden natural a partir de sus facultades para obtener un beneficio. Sin embargo, en la ciudad se encuentra sobrepasado, y la industria no está hecha a medida humana sino proyectada para la productividad y un mayor beneficio. En ella, es el trabajador quien pasa a ser medio, una pieza más del engranaje. Esta situación da lugar, en las ciudades, a múltiples conflictos sociales, al nacimiento del socialismo y el movimiento obrero. Desde el campo, cada vez más vaciado y pobre, se reacciona también a través del distributismo de famosos autores como G. K. Chesterton o H. Belloc.

Puedes leer sobre su teoría económica en estos artículos:

Tres acres y una vaca - El Distribuismo.pdf

El distributismo, alternativa social y económica al capitalismo y al socialismo.pdf

Esta sensación de desajuste la experimenta el personaje de Chaplin, cuyo trabajo se limita a apretar tornillos en una fábrica. Una ocupación bastante maquinal, ciertamente, pues ahí no hay posibilidad de desplegar creatividad alguna y sí, en cambio, una mayor probabilidad de enfermar física y psicológicamente, como le ocurre a su personaje en la película. Algo falla cuando no nos reconocemos en lo que hacemos.

Puedes ver aquí la película entera:

Hoy en día, el mundo de la empresa ha evolucionado mucho, pero aún quedan quienes siguen manteniendo esa visión de la revolución industrial y miran al trabajador como una pieza, como un número. Es tarea de todos que el trabajador sea tratado como persona. Única e irrepetible.

Transcripción del vídeo

Como ya hemos dicho en episodios anteriores, no podemos reducir al empleado a su condición de trabajador.

Antes que nada, el empleado es persona. Nadie negaría esta realidad, pero ¿qué significa exactamente ser persona?

¿En qué consiste la dimensión personal del ser humano? ¿Y qué consecuencias tiene para la empresa?

Al principio del diálogo Gorgias, Platón nos describe una situación que debía ser

frecuente en las polis griegas. El sofista Gorgias de Leontinos acababa de llegar a Atenas

en calidad de embajador y llevaba ya varios días disertando sobre los temas más dispares.

Sus intervenciones causaban furor y, además, a diferencia de otros sofistas, parece ser

que Gorgias aceptaba preguntas.

Querefonte, amigo de Sócrates, quiere preguntarle algo pero no sabe qué.

Pregúntale qué es, dice entonces Sócrates.

Si se tiene en cuenta que en la polis la identidad y finalidad del hombre vienen dadas no solo

por sus relaciones de parentesco, sino también por las funciones que desempeña en la ciudad,

entonces podemos traducir libremente la pregunta de Sócrates a nuestros días.

Pregúntale qué es equivale a…

Pregúntale quién es.

En realidad, Sócrates le está planteando la pregunta existencial básica. ¿Quién soy? Es lo

más interesante que podemos preguntarnos. Interrogarse por el ser humano es una preocupación

cada vez menos común, pero la respuesta determina la comprensión de todo lo demás, de la empresa,

la familia, el trabajo, la sexualidad, la política, la sociedad e incluso del mundo natural. Lo

paradójico es que cuantas más respuestas encontramos, más inagotable parece la pregunta.

De hecho, la clave es ¿qué me define a mí como ser individual?

¿Alguna de estas respuestas?

El ser humano no puede evitar plantearse esta pregunta.

Como dice el filósofo Eugenio Marín, la autoconciencia es constitutiva de lo humano.

Es decir, mientras que el animal no se pregunta quién es, el ser humano, precisamente porque

puede hacerse esta pregunta, sabe que es humano.

Nos define no solo nuestra capacidad para contestar a esta pregunta, sino la mera posibilidad

de hacérnosla.

Saber qué significa ser humano responde a esta pregunta de quién soy. Sin embargo,

si bien uno puede entenderse como un caso dentro de la especie humana,

al mismo tiempo nos parece que somos únicos, irrepetibles, insustituibles.

En estas coordenadas se sitúa la pregunta antropológica. Cuando preguntamos qué es el

hombre, no buscamos sólo lo que todos tenemos en común. Además de eso, la respuesta debería

explicarme a mí mismo. Y este es el problema. No puedo deducir quién soy a partir de mi esencia,

es decir, de lo que comparto con los demás. El yo que soy está, por así decir, más allá de mi

naturaleza humana. Como veíamos en anteriores vídeos, quién soy responde a mi existencia en

el aquí y ahora. Y esto, que es asombroso, lo recogemos en la noción de persona. El hombre,

en definitiva es más que un ser humano, es un ser personal. No es meramente una naturaleza humana,

sino que es una encarnación única e irrepetible de esa naturaleza, como lo definió el filósofo

Boetio, una sustancia individual de naturaleza racional. Alguien cuya identidad trasciende sus

rasgos específicos o mejor aún, alguien que pone sus cualidades y facultades al servicio de un

proyecto de vida irrepetible, que influye y es influido por los demás.

Así lo resume Javier Aranguren cuando dice que los seres humanos nos experimentamos no como algo,

sino como alguien. Y de hecho, cuando caemos en la cuenta de que se nos considera de manera

excesiva como un colectivo, como un dato estadístico o como un número, no podemos evitar una sensación

de incomodidad, de molestia, pues sentimos que ninguno de esos parámetros sabe dar cuenta de lo

que soy yo o mejor expresado de quién soy yo. Quién soy no puede reducirse a categorías generales.

Hay determinados ámbitos de la vida humana que pueden caer en esta cosificación, en esta reducción

de la persona a un número. Puede pasar en la política, cuando el ciudadano se convierte en

una estadística o queda disuelto en la masa. O puede pasar en el mundo del trabajo. Por ejemplo,

En los tiempos de la revolución industrial aparece un tipo de hombre reducido a un engranaje de la productividad.

La revolución industrial, como sabemos, empezó en la segunda mitad del siglo XVIII

y durante el siglo siguiente animó a miles de personas a dejar su modus vivendi en el campo

atraídas por las promesas de la industrialización, la variedad de la vida urbana y la seguridad de un sueldo.

Sin embargo, al pasar de pequeñas comunidades rurales a la enormidad de la ciudad,

el hombre se ve sobrepasado, ya que se encuentra con una industria que no estaba hecha a medida

humana, sino proyectada para la producción en masa. Como puede verse en las obras de Charles

Dickens, las grandes fábricas del XIX estaban en muchas ocasiones regidas según aquella metáfora

que vimos en los primeros vídeos, una mentalidad mecanicista, en la que el trabajador pasa a ser

un medio, una pieza más del engranaje de una enorme maquinaria, presto a ser sustituido cuando

ya se le ha sacado todo el rédito. Pocos han encarnado mejor esta alienación que Charles

Chaplin con su personaje de Charlotte en la película Tiempos modernos, película ambientada

en la depresión económica de 1929. Esta sensación de desajuste la experimenta el personaje de

Chaplin, cuyo trabajo se limita a apretar tornillos en una fábrica. Una ocupación bastante maquinal,

en la que no hay posibilidad de desplegar creatividad alguna y sí, en cambio, una mayor

probabilidad de enfermar física y psicológicamente, como le ocurre a su personaje en la película.

Algo falla cuando no nos reconocemos en lo que hacemos.

Hoy en día, el mundo de la empresa ha evolucionado mucho, pero aún quedan quienes siguen manteniendo

esa visión de la revolución industrial y miran al trabajador como una pieza, como un

número.

Es tarea de todos que el trabajador sea tratado como persona, única e irrepetible.

Como hemos visto, la pregunta existencial del quién soy conduce a la pregunta antropológica

de qué soy como ser humano. Pero esta inquietud exige comprendernos no solo como parte de una

especie, sino sobre todo como personas, es decir, como seres únicos e irrepetibles. Y ese qué soy

se despliega en todos los ámbitos de nuestra vida, también en el trabajo.

¿Cómo sientes tu papel en el equipo de tu empresa? ¿Te ayuda a comprender quién eres?

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