Anclas en la globalización

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La globalización es un fenómeno complejo que afecta a todas las empresas. Al mismo tiempo que ha aportado desarrollo y prosperidad, también supone un reto para las comunidades locales y para las sociedades del mundo entero. Esta realidad suscita preguntas difíciles. ¿Qué papel juegan las empresas en este fenómeno social y cultural? ¿Qué grado de responsabilidad corresponde a la empresa y qué relación debe tener con su comunidad?
A veces, no se entiende correctamente cuál es el bien que debe realizar una empresa y se le atribuyen obligaciones para con la comunidad que exceden el ámbito propio de una asociación especializada. Esto es, se confunden los bienes comunes (en plural) que aporta una empresa con el bien común de la sociedad política, como si fuera una obligación irrenunciable de la empresa contribuir a la educación, al arte, al medioambiente, la salud, la cultura o las infraestructuras. No es que una empresa no pueda hacer todo esto y más, pero se comete una cierta injusticia al exigir a una empresa responsabilidad por algo que sólo debería realizar de forma voluntaria. Cuando hablamos de bien común, lo hacemos en singular como sinónimo del bien común de la comunidad política, olvidando que hay muchos otros bienes comunes.
Esta confusión produce cierta fricción entre la empresa y la sociedad, pues terminan enfrentándose dos lógicas bien distintas. Una, la lógica de la política, es fundamentalmente defensiva y tiene que ver con el sentido del límite: lo que exige cualquier sociedad de sus líderes y gobernantes es seguridad interna, protección frente a la amenaza externa, administración de justicia… La otra, la lógica del comercio (que es la propia de la empresa), es por naturaleza expansiva y se basa en las relaciones voluntarias de cooperación entre particulares muy distintos entre sí.
Es más, según Donald Boudreaux, si algo concluye la economía moderna es que las fronteras políticas no tienen importancia económica:
“Si a dos individuos les compensa comerciar entre sí, la presencia o ausencia de un límite político entre sus ubicaciones es económicamente irrelevante. El beneficio que esperan obtener con el intercambio no desaparece o cambia por el hecho de declarar que uno de los dos es ciudadano del país A y el otro un ciudadano del país B. Además, como las oportunidades para la especialización aumentan a medida que se expande el ámbito geográfico y el número de personas entre las que se da el intercambio económico, negarse a que los límites políticos definan los límites económicos es algo que aumenta la prosperidad”.
Obviamente, podemos discutir lo que dice aquí Boudreaux. Al fin y al cabo, ¿realmente la frontera no forma parte, aunque sea inconscientemente, del cálculo económico?
Sin embargo, el texto revela a las claras la lógica expansiva desde la que opera el comercio e, indirectamente, nos recuerda que el aspecto primerizo por el que seguimos identificando lo que llamamos globalización es por los intercambios. La empresa, inserta como está en el tejido de asociaciones que componen la sociedad moderna, tiende a trascender su marco nacional, pues vende a otros
países pero también compra de otras partes del mundo.
Esta es, como decíamos, la parte más vistosa de la globalización, que el politólogo David Held define como “la ampliación, profundización y aceleración de la interconexión mundial, en todos los aspectos de la vida social contemporánea”.
Puedes profundizar en este autor en este artículo, y en esta entrevista que le hace el diario El País: “La vida actual no invita a pensar”.
No obstante, quienes han pensado a fondo este fenómeno no dejan de caracterizar la globalización como una fase más dentro de un gran proceso histórico. Ahí destaca, entre otros, la perspectiva de Peter Sloterdijk, en su obra En el mundo interior del capital (2007), que sostiene que:
la globalización empezó en el 500 AC con la creación de las primeras cosmovisiones y, también, cuando los intelectuales antiguos crean la esfera como representación lógica y racional de la totalidad. Es decir, la primera globalización fue intelectual o, si se prefiere, conceptual. Es la globalización de los mapas.

a partir de 1500, los marinos europeos sacan las consecuencias prácticas de este ejercicio intelectual de los antiguos cuando fabrican los globos terráqueos que hicieron posible la navegación total. Es decir, la segunda globalización fue la globalización de la primera vez que se posee el mundo físicamente.

la tercera globalización, para Sloterdijk, es consecuencia de introducir velocidades inhumanas en las relaciones humanas y anular las distancias a través de técnicas electrónicas. Hoy somos “vecinos” de todo el resto del género humano en el espacio electrónico, y hay que aprender a vivir en un mundo que ya no es un pueblo, en una hiper-esfera conectada en red. Una esfera que, paradójicamente, da mucha facilidad para olvidar la co-pertenencia mutua de ese animal de grupos pequeños que es el homo sapiens, como afirmaba el mismo Sloterdijk al final de su ensayo En el mismo barco (1993). Y una esfera, en definitiva, en la que se hoy se multiplican los espacios sin sí-mismos —lugares de paso o turísticos donde la gente se reúne sin residir ni establecer un vínculo con el lugar— y los sí-mismos sin espacio —personas sin un lugar de referencia público y estable donde encontrarse con los otros significativos—. La tercera globalización es la del fin de las distancias.

Justamente de la pérdida del espacio a medida humana trata un breve texto de Sloterdijk titulado “Patria y globalización” (1999), en que el filósofo alemán se refiere otra vez a la globalización en una clave aún más amplia, para señalar que esta vendría a sellar el final de un largo período de sedentarismo dentro de la historia humana, la que tiene que ver con todo lo asociado al concepto de patria como horizonte de sentido e identidad para el individuo.
No te pierdas esta interesantísima entrevista a Peter Sloterdijk y a Remi Brague sobre la globalización. En el minuto 10:25 es cuando Sloterdijk explica lo que hemos traído a nuestro vídeo:
Si hemos querido referirnos a este fenómeno típico de nuestro mundo es porque una empresa nos enraíza a un lugar, es cierto, pero su actividad general está anclada —casi diríamos forzosamente— al contexto global. Y esta característica, que puede entrar en conflicto con las demandas y necesidades de la comunidad política local o nacional, también abre posibilidades positivas.
Como producto natural de la sociabilidad humana —expresada a través del comercio— la globalización es el contexto ineludible en que se sitúa la empresa. A medida que una empresa crece en tamaño y cantidad de productos —o, si se prefiere, a medida que se anonimiza— va dejando atrás la identidad e idiosincrasia de la familia o familias que la fundaron. Sin embargo, y justamente para evitar el ser “una más” en el mercado internacional, hoy en día quizá es más necesario que nunca forjar y mantener una cultura corporativa propia que diferencie a la empresa de sus competidores. En ese difícil equilibrio entre fidelidad a las raíces y necesaria apertura al mundo es donde se juega la reputación, el éxito, la fidelidad del cliente y la permanencia de las mejores empresas.
Una empresa estará anclada en la globalización si es capar de transmitir los mejores modos que posee a los países del mundo donde vaya y a su vez aprender de donde se encuentre. El ancla que evitará que la cultura de la empresa se diluya es precisamente su fidelidad a sus orígenes, a sus modos integradores, a algo más que el puro beneficio. La empresa que se diluye únicamente en maximizar el beneficio crematístico terminará por perder su ser y por tanto, a la larga, se diluirá y terminará por desaparecer.
FICHA DE PUNTOS CLAVE
A continuación podrás descargar un documento con los puntos más importantes que se han comentado en el video.
Transcripción del vídeo
La globalización es un fenómeno complejo que afecta a todas las empresas.
Al mismo tiempo que ha aportado desarrollo y prosperidad,
también supone un reto para las comunidades locales y para las sociedades del mundo entero.
Esta realidad suscita preguntas difíciles.
¿Qué papel juegan las empresas en este fenómeno social y cultural?
¿Qué grado de responsabilidad corresponde a la empresa y qué relación debe tener con su comunidad?
Tal como hemos visto, la empresa es un tipo de comunidad o asociación especializada,
como también pueden serlo el ejército, una orquesta, una ONG, un club deportivo,
una universidad, un sindicato, una parroquia...
El fin de todas estas organizaciones es lograr algún bien o conjunto de bienes específicos.
En el caso de la empresa, este bien consiste en generar valor y riqueza.
Pero a veces el bien de la empresa se malinterpreta y se le atribuyen obligaciones para con la
comunidad que le exceden.
Se confunden los bienes comunes con el bien común de la sociedad política como si fuera
una obligación irrenunciable de la empresa contribuir a la educación, al arte, al medio
ambiente, a la salud, la cultura o las infraestructuras.
No es que una empresa no pueda hacer todo esto y más.
De hecho, aunque una empresa por sí sola no tiene por qué contribuir directamente
al bien común de la comunidad política, el sistema empresarial como conjunto sí debe hacerlo.
Pero es injusto responsabilizar a una empresa de algo que sólo debería hacer voluntariamente.
Este error proviene, como decíamos, de la confusión entre bienes comunes y el bien común en singular de la comunidad política.
Fruto de esta confusión se produce una fricción entre empresa y sociedad.
Dos lógicas terminan enfrentándose.
Una, la lógica de la política, es fundamentalmente defensiva y tiene que ver con el sentido del
límite. Lo que exige cualquier sociedad de sus líderes y gobernantes es seguridad interna,
protección frente a la amenaza externa, administración de justicia, etc. La otra,
la lógica del comercio, que es la propia de la empresa, es por naturaleza expansiva y se basa
en las relaciones voluntarias de cooperación entre particulares muy distintos entre sí.
Es más, según Donald Boudreau, si algo concluye la economía moderna es que las fronteras políticas
no tienen importancia económica. Tal como dice, si a dos individuos les compensa comerciar entre sí,
la presencia o ausencia de un límite político entre sus ubicaciones es económicamente irrelevante.
El beneficio que esperan obtener con el intercambio no desaparece o cambia por el
hecho de declarar que uno de los dos es ciudadano del país A y el otro un ciudadano del país
B. Además, como las oportunidades para la especialización aumentan a medida que se
expande el ámbito geográfico y el número de personas entre las que se da el intercambio
económico, negarse a que los límites políticos definan los límites económicos es algo que
aumenta la prosperidad.
Pero lo que dice Boudreau es discutible. ¿Realmente la frontera no forma parte del cálculo económico
aunque sea de manera inconsciente. Además, si los límites en nuestro mundo son tan porosos,
¿cómo es que en los últimos tiempos hemos puesto más de 22.000 kilómetros de fronteras,
como recordaba Regis de Bray hace algunos años? Por último, soslaya que las vías de comunicación
entre países necesitan de una protección y un mantenimiento que a menudo dependen de una gran
potencia. Sin embargo, el texto revela la lógica expansiva desde la que opera el comercio y nos
recuerda que los intercambios son aquello por lo que se caracteriza la globalización en primer
lugar. Esta, de hecho, es la parte más vistosa de la globalización, que el politólogo David
Hale define como la ampliación, profundización y aceleración de la interconexión mundial en todos
los aspectos de la vida social contemporánea. No obstante, algunos autores caracterizan la
globalización como una fase más dentro de un gran proceso histórico. Peter Sloterdijk,
en su obra En el mundo interior del capital, sostiene que la globalización empezó en el
500 a.C., con la creación de las primeras cosmovisiones y también cuando los intelectuales
antiguos crean la esfera como representación lógica y racional de la totalidad. Es decir,
la primera globalización fue intelectual o si se prefiere conceptual, es la globalización de los
mapas. A partir de 1500 los marinos europeos sacan las consecuencias prácticas de este ejercicio
intelectual de los antiguos cuando fabrican los globos terráqueos que hicieron posible la
navegación total. Es decir, la segunda globalización fue la primera vez que se posee el mundo físicamente.
La tercera globalización para Sloterdijk es consecuencia de introducir velocidades inhumanas
en nuestras relaciones y de anular las distancias a través de técnicas electrónicas. Hoy somos
vecinos de todo el resto del género humano en el espacio electrónico y hay que aprender a vivir en
un mundo que ya no es un pueblo, sino una hiperesfera conectada en red, una esfera que,
paradójicamente da mucha facilidad para olvidar la copertenencia mutua de ese animal de grupos
pequeños que es el Homo sapiens, como afirmaba el mismo Sloterdijk al final de su ensayo en el mismo
barco. Una esfera en definitiva en la que hoy se multiplican los espacios sin sí mismos, lugares
de paso o turísticos donde la gente se reúne sin residir ni establecer un vínculo con el lugar,
y los sí mismos sin espacio, personas sin un lugar de referencia público y estable donde
encontrarse con los otros. La tercera globalización es la del fin de las distancias. Si hemos querido
referirnos a este fenómeno típico de nuestro mundo y nuestro tiempo es por una paradoja,
Y es que las empresas, por un lado, nos enraizan a un lugar y por el otro, tienen su actividad
anclada casi forzosamente, diríamos, al contexto global.
Y esta característica, que puede chocar con la comunidad política local o nacional,
también abre posibilidades positivas.
Movida por la lógica expansiva propia del comercio, la inversión extranjera directa
puede reportar beneficios para aquel que pone dinero, pero también para los países
que lo reciben.
Siempre hay excepciones, claro está, pero por lo general, la presencia de empresas extranjeras
en un país estimula la competitividad y aumenta los salarios en comparación.
Una empresa estará anclada en la globalización si es capaz de transmitir los mejores modos
que posee a los países del mundo donde vaya y a su vez aprender de donde se encuentre.
El ancla que evitará que la cultura de la empresa se diluya es precisamente su fidelidad
a sus orígenes, a sus modos integradores, a algo más que el puro beneficio.
La empresa que se diluye en el beneficio crematístico terminará por perder su ser y por tanto a la
larga terminará por desaparecer. El proceso inexorable hacia un mundo globalizado suscita
tantas aversiones como esperanzas. En ocasiones la progresiva mundialización del género humano
tiende a aprisionar el orden de la libertad humana cuando lo subordina a estructuras de poder ocultas
y anónimas basadas en un mecanismo impersonal que no podemos controlar. En cambio, cuando
imaginamos una humanidad articulada en una multitud de comunidades y jerarquías, cada
una de ellas ocupando su propio espacio, y donde las organizaciones superiores son subsidiarias
de las inferiores, entonces sucede que observamos la necesidad de caminar hacia una humanidad
unida y en paz. La promoción de un tejido empresarial enraizado en el ámbito local,
no enmascarado en el anonimato, es fundamental para un desarrollo plenamente humano de carácter
global. Como hemos visto, para comprender el papel de la empresa en la globalización hay que tener
en cuenta estas ideas. Dada su naturaleza de asociación especializada, la empresa no es
responsable directa del bien común, pero sí contribuye a él. La tensión entre lógica
económica y lógica política debe tenerse en cuenta para comprender la globalización como un
fenómeno histórico y cultural más allá de lo económico. La empresa, en su lógica económica,
trasciende el entorno local a la vez que mantiene el ancla de su esencia en él. ¿Y tú, has pensado
ya en los orígenes de tu empresa? ¿Y en su expansión? ¿Crees que mantiene un equilibrio
entre su comunidad de origen y su desarrollo en el mundo?
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