Nº 1Programa Empresa y PersonaLección 63 de 107

Motivación de mi actuar (justicia y amor)

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Transcripción del vídeo

En vídeos anteriores hemos visto el modo en el que el amor y justicia alteran la organización de un grupo en función de si se trata de una familia o de una empresa.

Pero, ¿qué relación hay exactamente entre estos dos elementos? ¿En qué debería basarse la justicia? ¿En el amor o en la fuerza?

Corría el año 1585 y el general Farnesio, al frente de los tercios españoles, había

culminado con éxito el asedio de la ciudad flamenca de Amberes. Sin embargo, durante

las celebraciones de victoria en la ciudad, un hecho ensombreció los festejos. El general

Farnesio fue llamado a enjuiciar a un joven soldado de los tercios que, entre la muchedumbre,

había arrancado unas joyas a una dama flamenca hiriéndola con el robo. Detenido el ladrón fue

sometido a juicio por el general y conforme a lo que mandaban las ordenanzas del duque de Alba

fue condenado por el consejo de capitanes a la pena de cortarle las orejas porque en los tercios

el castigo para los plebeyos era cortarle las orejas mientras que para los nobles se aplicaba

la pena de muerte. El delincuente pidió gracia alegando que era hidalgo por sangre y soldado de

los tercios viejos con lo cual pedía que no se le perdonara la vida sino que se le aplicara la

pena de muerte, pero que no se le sometiera a la deshonra de vivir con el castigo de la mutilación.

Intercedieron por él los soldados, pero Farnesio, un poco por hacer escarmiento, se negaba a conceder

la pena de muerte. Finalmente, el capitán del muchacho rogó al general Farnesio que concediera

la muerte al soldado, antes de que tuviera el deshonor de cortarle las orejas. Y ya conmovido

por la petición del capitán, lo concedió el general, siendo históricamente ejecutado el

el soldado ladrón. Y posteriormente se interesó Farnesio por tanta insistencia por parte del

capitán y le informó el maestro de campo, Julián Romero. No le extrañe, señor, porque el soldado

ladrón era su hijo. Ahora me place haberlo concedido, dijo Farnesio, pues con soldados que

estiman más la honra que la vida podemos conquistar el mundo. Parafraseando al eminente notario Valle

de Goitísolo, el derecho se encuentra entre el amor y la fuerza. Lo mismo podríamos decir de la

justicia. El amor nos mueve interiormente a realizar actividades en bien de alguien,

nos sale de dentro. En cambio, la fuerza nos obliga a realizar actividades queramos o no,

nos viene de fuera. Entonces, ¿de qué depende más el ejercicio del poder? ¿Del amor o de la fuerza?

Algunos entienden que el poder se ha de circunscribir al ámbito de la fuerza. Mandar

supondría imponer la voluntad de quien manda. En definitiva, el poder como la capacidad de

suscitar la obediencia por medio del terror. Pero esto solo es un tópico extendido. La realidad es

más compleja que eso. El ejercicio del poder está más estrechamente vinculado al ámbito del amor

que al de la fuerza. Esto se demuestra en un doble hecho. El poder rectamente ejercido suscita el

amor. Quien ostenta el poder se ve rodeado de un cierto atractivo y, como se indicaba en un vídeo

anterior, provoca un deseo de imitación, de mimesis según la terminología de Girard. Los padres, por

ejemplo, ejercen una suerte de autoridad sobre sus hijos. Lo natural es que éstos depositen su

confianza en ellos y los amen. Pero si los padres abusan de esta confianza y corrompen su función,

no dejan indiferentes ni a sus hijos ni a nadie. En esto consiste la diferencia entre la auctoritas

y la potestas, como ya explicamos en vídeos anteriores. El término autoridad procede del

vocablo latino augere, que quiere decir aumentar, en el sentido de quien utiliza el poder para el

bien y el crecimiento de su equipo. En cambio, quien utiliza el poder en beneficio propio ejerce

más un dominio que un poder de autoridad, lo cual está bien para organizar cosas como ocurre en la

propiedad privada, antiguamente denominada dominical, pero está fuera de lugar cuando se trata de

organizar y dirigir personas. Todos esperamos de nuestros jefes que no sean autoritarios sino

autoridades, es decir, auténticos líderes de equipo. La fuerza, por tanto, ocupa un lugar

secundario, aunque eso no signifique que sea irrelevante. La justicia sin la fuerza quedaría

impotente. ¿De qué serviría dictar sentencias justas si resultan inaplicables en la práctica?

Pero no es menos cierto que la fuerza siempre ha de ocupar un puesto humilde, sometida a la justicia.

Si ha de existir algún ejercicio de la fuerza que resulte aceptable, ha de ser siempre en cuanto

fuerza justa. Cuando los jueces dictan sentencia o cuando la policía da una orden, primero esperan

a que los ciudadanos obedezcan voluntariamente. Si no lo hacen, entonces habrá llegado el momento

de ejecutar lo que es justo a su costa. No intervenir implicaría una violencia mayor e

inaceptable. Esto es lo que tradicionalmente se ha conocido como el ejercicio de la potestad,

la cual ha de ser más bien reactiva distinguiéndola de la autoridad con un carácter más bien proactivo.

Del mismo modo que la fuerza ha de estar sometida a la justicia, también la justicia ha de estar subordinada en cierta medida al amor.

Hay muchas cosas que no son exigibles desde el punto de vista de la justicia,

como por ejemplo el amor de los novios o la fidelidad entre los amigos,

pero si no existieran tampoco podría darse sociedad humana. Si nuestra vida estuviera

presidida sólo por relaciones de justicia, nuestra convivencia se basaría en la exigencia

y esto sería el comienzo del fin. Seguro que muchos hemos tenido experiencia de qué sucede

cuando en una empresa ha desaparecido el espíritu de equipo, cuando no hay un proyecto ni visión de

futuro cuando las relaciones entre los compañeros se han enrarecido tanto que nadie regala nada y

todos exigen constantemente. Sumum vius, suma inyuria, reza el dicho, es decir, la máxima exigencia del

derecho es la máxima injusticia. En cambio, como decíamos en un vídeo anterior, el amor, a medida

que es más intenso, de alguna manera eclipsa, pero nunca niega, las relaciones de justicia. La

justicia, como es bien sabido, consiste en la voluntad constante de dar a cada uno lo suyo.

Solo lo suyo, hasta ahí llega la justicia, lo que se le debe, ni más ni menos. En cambio,

allí donde se ejerce un auténtico poder de autoridad, de liderazgo, todos se preocupan

por dar más de lo que deben, con generosidad y entrega. No olvidemos que nuestra propia

naturaleza es relacional y, por tanto, necesitamos responder a esta dimensión para que nuestro

objetivo vital se cumpla. La persona no puede realizarse al margen de la sociedad. A la

vez que tenemos un objetivo vital, cumplimos con un objetivo social.

Como hemos visto, la justicia está entre el amor y la fuerza. Efectivamente, las relaciones entre

estos tres conceptos son bidireccionales. La fuerza para ser justa ha de estar subordinada

a la justicia. De otro lado, la justicia quedaría impotente sin la fuerza. Así también la justicia

necesita del amor. Sin él, colapsaría. Pero el amor nunca niega la justicia, sino que la presupone

y la supera, porque quien ama da mucho más de lo que debe. ¿Te has preguntado ya cómo influyen

la fuerza, la justicia y el amor en tu vida laboral? ¿Cuál es el equilibrio entre estos

elementos? ¿Crees que es el adecuado?

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