Mi objetivo vital

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MI OBJETIVO VITAL - CORAZÓN INQUIETO
En la persona aparece desde muy temprano la pregunta sobre el sentido de la propia existencia, por cuál es el fin del ser humano. Es la pregunta ¿por qué existo?, un cuestionamiento radical sobre la existencia que no decidimos nosotros: cuando la pregunta es auténtica es la consecuencia del impacto con la realidad, el efecto natural de alguna experiencia que estamos viviendo.
Una de estas preguntas es, ¿para qué existo? ¿qué persigo? La experiencia universal del hombre es que todos perseguimos la felicidad, una vida plena, cumplida. Todos nos proyectamos hacia el futuro imaginando una vida realizada. Tenemos el deseo natural de ser felices. De hecho, cuando esto no sucede, cuando las circunstancias no responden de esta exigencia de felicidad, nuestro ánimo se ve afectado. La realidad, el mundo, mi día a día, se hace más espeso, más opaco.
Pero, ¿qué es la felicidad? ¿Es algo que puedo alcanzar en sí mismo o es la consecuencia de algo? Decir que queremos ser felices conlleva necesariamente la pregunta sobre cómo serlo, ya que la felicidad es un estado fruto del cómo uno vive y afronta la existencia. Alcanzar ese objetivo deseado y anhelado, la felicidad, implica descubrir y perseguir un propósito, el sentido de la propia vida.
Salvando las distancias, del mismo modo que hemos visto cómo la empresa es óptima cuando se realiza lo que está llamada a ser, podríamos decir que en la medida en que nosotros reconocemos y perseguimos ese objetivo vital, nuestra existencia adquiere mayor significado y, como consecuencia, experimentamos mayor felicidad.
Tener un sentido por el que vivir es una exigencia que no sólo afecta a nuestro estado anímico. El ser humano, al ser una unidad, es afectado por todo lo que le sucede en todas sus dimensiones. Por esto, la carencia de un objetivo vital, de sentido, afecta directamente a cómo uno afronta el día, las relaciones familiares, el ocio, etc.
El psiquiatra Viktor Frankl centró toda su investigación precisamente en abordar la importancia del sentido en la vida del ser humano, a partir de su propia experiencia en un campo de concentración. Frankl sobrevivió entre 1942 y 1945 en varios campos de concentración nazis, entre ellos los conocidos de Auschwitz y Dachau. Publicará su experiencia en su obra El hombre en busca de sentido. Puedes encontrar más sobre él en su página.
El doctor Frankl cuenta que aprovechó esa experiencia para observar el comportamiento humano y concretar un estudio que estaba haciendo sobre la existencia humana. Dice que el día a día en el campo implicaba una auténtica supervivencia, no solo por las escasas raciones de comida y agua que daban a los prisioneros sino también la excesiva carga de trabajo y muchas veces la imprevisible actuación de los guardias. La muerte acechaba en cualquier momento. Mantener la propia vida era toda una hazaña desde que uno se levantaba hasta que se acostaba. Sin embargo, observó que esta tensión para mantenerse con vida no era universal y que algunos compañeros abandonaban esta ley natural de sobrevivir. El punto de inflexión radicaba en el sentido que cada uno otorgaba a por qué seguir con vida.
Dice Frankl:
«Un solo pensamiento animaba a los prisioneros: mantenerse con vida para volver con la familia que los esperaba en casa y salvar a sus amigos. Normalmente los cupones se guardaban para la sopa, pero, gracias a ellos se podía distinguir cuando un prisionero perdía las ganas de vivir, ya que se fumaba sus cigarros para ‘disfrutar` de sus últimos días de existencia. De modo que cuando veíamos a un camarada fumar su propios cigarrillos en vez de cambiarlos por alimentos, ya sabíamos que había renunciado a confiar en su fuerza para seguir adelante y que, una vez perdida la voluntad de vivir, rara vez se recobraba».
Lo que les mantenía con vida, con la tensión necesaria para seguir luchando a pesar de la dantesca situación que vivían, era la esperanza de lo que les esperaba después de todo aquello. Cuando uno de los prisioneros dejaba de tener fe en el futuro, dejaba de tener un objetivo vital, un sentido por el que vivir el presente: se desmoronaba su sostén interno, e incluso se ponían en situaciones propensas a la muerte o eran presos de enfermedades.

En cambio, cuando el prisionero encontraba el por qué de su vida, era capaz de soportar cualquier adversidad. No es necesario vivir una situación límite para descubrir en cada uno de nosotros cómo tener claro un sentido de la propia vida, otorga significado a la propia existencia y nos permite vivir las circunstancias, por muy adversas que sean.
La Ética clásica solía decir que, si bien cada uno de nosotros tenemos proyectos personales, existe un fin común a todos los seres humanos, algo que todos perseguimos. Como decía Séneca en un conocido pasaje que todos queremos vivir felices, aunque andamos un tanto a ciegas cuando queremos ver con claridad en qué consiste lo que hace una vida completamente feliz:
Lucio Anneo Séneca, De vita beata, I, 1:
| Vivere, Gallio frater, omnes beate volunt, sed ad pervidendum, quid sit quod beatam vitam efficiat, caligant ; adeoque non est facile consequi beatam vitam, ut eo quisque ab ea longius recedat, quo ad illam concitatius fertur, si via lapsus est ; quae ubi in contrarium ducit, ipsa velocitas maioris intervalli causa fit. Proponendum est itaque primum, quid sit quod ad- petamus ; tune circumspiciendum, qua contendere illo celerrime possimus, intellecturi in ipso itinere, si modo rectum erit, quantum cotidie profligetur quantoque propius ab eo simus, ad quod nos cupiditas naturalis impellit. | Todos los hombres, hermano Galión, quieren vivir felices, pero al ir a descubrir lo que hace feliz la vida, van a tientas, y no es fácil conseguir la felicidad en la vida, ya que se aleja uno tanto más de ella cuanto más afanosamente se la busque, si ha errado el camino, si éste lleva en sentido contrario, la misma velocidad aumenta la distancia. Hay que determinar, pues, primero lo que apetecemos; luego se ha de considerar por dónde podemos avanzar hacia ello más rápidamente, y veremos por el camino, siempre que sea el bueno, cuánto se adelanta cada día y cuánto nos acercamos a aquéllo que nos impulsa un deseo natural. |

Pero sí que hay algo que sabemos acerca de este deseo de felicidad: en demasiadas ocasiones, nos parece insaciable, inalcanzable. Es lo que se representaba en el mito griego de Sísifo: el rey de Corinto no quiso acatar su destino, ni morir en la hora que tenía asignada. Al venir a buscarle la muerte, convence a su esposa de que no haga los sacrificios pertinentes en su funeral, y al llegar al inframundo, se queja a Hades de que su esposa no los ha hecho, y engañándole consigue que le permita volver a la Tierra a castigarla. Sísifo aprovecha para quedarse por muchos años en el mundo de los vivos, pero al morir recibe justo castigo:
Hades le condena a empujar una pesada piedra cada día hasta la cumbre de un monte, solo para que esta cayera de nuevo a la base.

Sísifo, Tiziano, 1548-1549
Homero, La Odisea, Canto XI, 593-600:
Vi de igual modo á Sísifo, el cual padecía duros trabajos empujando con entrambas manos una enorme piedra. Forcejaba con los pies y las manos é iba conduciendo la piedra hacia la cumbre de un monte; pero, cuando ya le faltaba poco para doblarla, una fuerza poderosa hacía retroceder la insolente piedra que caía rodando á la llanura. Tornaba entonces á empujarla, haciendo fuerza, y el sudor le corría de los miembros y el polvo se levantaba sobre su cabeza.
Un castigo eterno, que representaba el drama de todo hombre: cuando nos parece que hemos alcanzado la felicidad, nos asalta la sensación de que hay algo que aún nos falta.

Esta frustración va de la mano de un equivocado planteamiento de la felicidad. Aristóteles señalaba que los hombres suelen buscar la felicidad en las riquezas, en el poder o en la fama. Sin embargo, ninguna de esas tres cosas es capaz de colmar la sed de sentido pleno del corazón humano. Por eso formuló una nueva doctrina: la felicidad del ser humano solo se podía lograr actuando de la forma más excelente según la propia naturaleza humana y según el propio horizonte vital. Es decir, por medio de la vida virtuosa vivida con sentido y con orden.
La felicidad es consecuencia del cumplimiento de nuestro objetivo vital. Y aún así, nunca la alcanzamos del todo: es un deseo incolmable. Es el desasosiego del corazón que San Agustín llama inquietud (Las Confesiones, I, 1, 1). Este anhelo de felicidad nunca parece completarse, lo que hace que Aristóteles sostenga que el fin último de las acciones humanas tiene que ser un fin específicamente humano.
Y ¿qué es aquello que nos caracteriza y distingue a los seres humanos como especie? La racionalidad. La racionalidad es una traducción latina de un término griego mucho más complejo: para Aristóteles el hombre era un “animal de logos”. Razón o Logos significa, en primer lugar, que el ser humano es capaz de establecer vínculos armónicos con toda la realidad: poseemos una disposición natural y ordenada a conocer y querer la realidad. En el campo del desarrollo personal de cada individuo, vivir conforme al “logos” significa aspirar a jerarquizar nuestras acciones y deseos, ordenar lo que hacemos y queremos, nuestras pasiones y sueños, e incluso justificarlo y encontrarle un sentido.
Rafael Gambra explica en El silencio de Dios que, desde siempre, el ser humano ha encontrado el sentido de su vida en la entrega a las realidades más concretas como la familia, su profesión, la comunidad vecinal etc. Esto es lo que explica la naturaleza en cierto sentido “dialéctica” del objetivo vital de cada persona. El deseo de felicidad está inscrito en nuestra naturaleza, pero no depende sólo de nosotros, sino que nos viene dado: lo descubrimos en el otro. De eso tratará nuestro siguiente vídeo.
Transcripción del vídeo
En vídeos anteriores hemos tratado la necesidad de conocer el fin de las cosas para descubrir su sentido.
Pero ¿cómo se manifiesta esa necesidad en la vida del ser humano? ¿Y cómo la orientamos?
La necesidad de sentido se concreta en otra necesidad, la de un objetivo vital.
En una sociedad tan frenética como la nuestra, la pregunta por el sentido de la existencia parece
reservada a las clases de filosofía del colegio. Las experiencias límite nos hacen despertar al
porqué de la existencia, de mi existencia. Esas experiencias nos hacen plantearnos nuestro presente
y nos empujan a proyectarnos hacia el futuro. Y todos nos proyectamos hacia el futuro imaginando
una vida realizada, una vida plena, cumplida. En definitiva, nos revelan que todos tenemos
el deseo natural de ser felices. Sin embargo, la pregunta salta de la teoría a la experiencia
personal cuando la realidad nos golpea. Decir que el fin último del hombre es la felicidad
puede quedar un poco etéreo. Alcanzar la felicidad implica descubrir y perseguir un propósito,
el sentido de la propia vida. Salvando las distancias, del mismo modo que hemos visto
cómo la empresa se perfecciona realizando lo que está llamada a ser, podríamos decir que en la
medida en que nosotros reconocemos y perseguimos ese objetivo vital, nuestra existencia adquiere
mayor significado y como consecuencia experimentamos mayor felicidad. El psiquiatra Viktor Frankl
centró su investigación en la relación entre el sentido de la vida y la supervivencia en los
campos de concentración de Auschwitz y de Hau. Frankl estuvo allí entre los años 1942 y 1945
y contó su experiencia en el hombre en busca de sentido. La falta de comida, el sueño y el trabajo
forzado convertían el día a día en una lucha por la supervivencia. La muerte acechaba en cualquier
momento. Mantener la propia vida era toda una hazaña para los prisioneros. Algunos, sin embargo,
se rendían. Frankel explica la diferencia entre los que seguían luchando y aquellos que renunciaban
a un instinto tan natural. Un solo pensamiento animaba a los prisioneros. Mantenerse con vida
para volver con la familia que los esperaba en casa y salvar a los amigos. Normalmente los cupones
se guardaban para la sopa, pero gracias a ellos se podía distinguir cuando un prisionero perdía
las ganas de vivir ya que se fumaba sus cigarrillos para disfrutar de sus últimos días de existencia.
De modo que cuando veíamos a un camarada fumar sus propios cigarrillos en vez de cambiarlos por
alimentos ya sabíamos que había renunciado a confiar en su fuerza para seguir adelante y que
una vez perdida la voluntad de vivir rara vez se recobraba. Lo que les mantenía con vida era la
esperanza en algo más allá de los campos de exterminio. Cuando uno de los prisioneros dejaba
de tener fe en el futuro, en concreto dejaba de tener un objetivo vital, un sentido por el que
vivir el presente. Se desmoronaba su sostén interno y perdía las ganas de seguir luchando.
Como dice Nietzsche, quien tiene algo por qué vivir puede soportar cualquier cómo.
Tener un sentido nos permite atravesar la vida, por muy adversa que a veces nos pueda resultar.
No es necesario vivir una situación límite para descubrir en cada uno de nosotros cómo
tener claro un sentido de la propia vida. La ética clásica solía decir que si bien
cada uno de nosotros tenemos proyectos personales, existe un fin común a todos los seres humanos,
algo que todos perseguimos. Como decía Seneca en un conocido pasaje, todos queremos vivir felices,
aunque andemos un tanto a ciegas cuando queremos ver con claridad en qué consiste lo que hace una
vida completamente feliz. Pero sí que hay algo que sabemos acerca de este deseo de felicidad.
En demasiadas ocasiones nos parece insaciable. Es lo que se representaba en el mito griego de
Sísifo. Este rey de Corinto no quiso acatar su destino ni morir en la hora que tenía asignada.
Deseaba más. Al venir a buscarle la muerte convence a su esposa de que no haga los sacrificios
pertinentes en su funeral. Al llegar al inframundo se queja a Hades de que su esposa no ha hecho
ningún sacrificio y engañándole consigue que le permita volver a la tierra a castigarla. Sísifo
aprovecha para quedarse por muchos años en el mundo de los vivos pero al morir recibe justo
castigo. Hades le condena a empujar una pesada piedra cada día hasta la cumbre de un monte,
solo para que ésta caiga de nuevo a la base. Un castigo eterno que representaba el drama de
todo hombre. Cuando nos parece que hemos alcanzado la felicidad, nos asalta la sensación de que hay
algo que aún nos falta. Aristóteles señalaba que los hombres suelen buscar la felicidad en las
riquezas, en el poder o en la fama. Sin embargo, ninguna de esas tres cosas es capaz de colmar la
sede sentido pleno del corazón humano. Por eso formuló una nueva doctrina. La felicidad del ser
humano sólo se podía lograr actuando de la forma más excelente según la propia naturaleza humana y
según el propio horizonte vital. Por lo tanto, es imprescindible conocerse a uno mismo para descubrir
el propio objetivo vital y avanzar buscando el bien personal y el del resto de la sociedad por
medio del acto más excelente, es decir, por medio de la vida virtuosa vivida con sentido y con orden.
La felicidad es consecuencia del cumplimiento de nuestro objetivo vital y, aún así, nunca
lo alcanzamos del todo. Es un deseo incolmable. Es el desasosiego del corazón que San Agustín
llama inquietud. El hombre es un ser finito, con anhelo de eternidad, con vocación de
felicidad que nunca puede completarse.
Y, sin embargo, aunque parezca inalcanzable, ¿quién puede evitar desear la felicidad?
Esta inquietud nos obliga a intentar entendernos mejor. ¿Quiénes somos? ¿Cómo estamos hechos?
¿Hay una estructura y sentido de la vida humana?
Aristóteles, y con él una larga sucesión de pensadores, sostiene que el fin último de las
acciones humanas tiene que ser un fin específicamente humano. ¿Y qué es aquello que nos caracteriza y
distingue a los seres humanos como especie? La racionalidad. La racionalidad es una traducción
latina de un término griego mucho más complejo. Para Aristóteles el hombre era un animal de logos.
Razón o logos significa, en primer lugar, que el ser humano es capaz de establecer vínculos
armónicos con toda la realidad. Poseemos una disposición natural y ordenada a conocer y querer
la realidad. Es este mismo orden el que nos mueve a buscar el porqué de todas las cosas,
su arjé. Este logos abarca toda la riqueza con la que el ser humano se relaciona con el mundo,
con su intelecto, pero también con el arte, con la experiencia, con la técnica… En el campo del
desarrollo personal de cada individuo, vivir conforme al Logos significa aspirar a jerarquizar
nuestras acciones y deseos, ordenar lo que hacemos y queremos, nuestras pasiones y sueños,
e incluso justificarlo y encontrarle un sentido.
Rafael Gambra explica en El silencio de Dios que, desde siempre, el ser humano ha encontrado
el sentido de su vida en la entrega de las realidades más concretas, como la familia,
su profesión, la comunidad vecinal, la ciudad, etc. Esto es lo que explica la naturaleza
en cierto sentido dialéctica del objetivo vital de cada persona.
El deseo de felicidad está inscrito en nuestra naturaleza,
pero no depende solo de nosotros,
sino de aquello que nos devuelve a la realidad cuando nos entregamos a ella,
en general expresión de José Pedro Manglano.
Por eso la felicidad es una consecuencia de nuestro compromiso con el sentido
y no tanto un objetivo que podamos agotar.
En ese sentido descubrimos que lo que estábamos buscando,
el sentido de nuestras vidas, nuestro objetivo vital,
no nos lo damos nosotros mismos, sino que nos viene dado. Lo descubrimos en el otro. De eso
tratará nuestro siguiente vídeo. Como hemos visto, el impacto con la realidad despierta en nosotros
la pregunta por el sentido existencial. Nos acercamos a nuestra finalidad en la medida en
que cumplimos con el sentido que hemos descubierto. Sin embargo, nunca lo alcanzamos del todo. La
felicidad es una consecuencia de nuestra búsqueda racional, en entrega permanente a nuestras
realidades particulares como la familia, la comunidad y, sí, también la empresa.
Llegados a este punto, nos podríamos plantear qué tiene el trabajo que ver con todo.
¿Contribuye tu vida laboral a tu felicidad?
¿Hay alguna relación entre sentido y trabajo o son departamentos estancos?
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