Nº 1Programa Empresa y PersonaLección 61 de 107

La dependencia de la empresa de mí

El vídeo de esta lección llega en unos días.Mientras tanto, tienes el texto de la lección aquí debajo.

Transcripción del vídeo

La relación con la empresa es un bien para la persona, puesto que permite la realización y el desarrollo personal del empleado.

En este sentido, el empleado depende de la empresa. Pero esta relación es bidireccional. La empresa depende radicalmente del empleado. Veamos por qué.

No es solo el empleado el que asume las posibilidades que el ámbito de la empresa le ofrece.

esta también depende radicalmente del campo de posibilidades abierto por el trabajador.

Por eso la empresa depende vitalmente de que sus empleados colaboren con ella,

implicándose totalmente, es decir, considerando a la empresa como parte de algo de lo que ellos

mismos son. Las relaciones laborales nos constituyen y a su vez constituyen la empresa

de la que formamos parte. La relación que el trabajador establece con la empresa y viceversa

condiciona radicalmente la forma en que se trabaja, se produce y se gestiona esa comunidad

laboral. Un ejemplo son las empresas marcadas por la personalidad de sus trabajadores, por ejemplo,

el ejército, o como las grandes marcas fundadas por grandes figuras. Quizás se ha podido comprender

la relación empresa-trabajador como una relación concéntrica en el que la empresa y sus fines

están en el centro y los trabajadores giran a su alrededor. Sin embargo, la forma geométrica que

mejor expresa esta relación de beneficio mutuo sería una elipse en la que nos encontramos dos

centros. La forma de esta figura depende de dos puntos que juegan entre sí frente al círculo,

que tiene sólo un punto y todo gira alrededor de él. La relación empresa y trabajador se puede

vivir como círculos concéntricos en los que cada persona, humana o jurídica, piensa en sus propios

intereses o la podemos entender como dos círculos con sus propias necesidades y objetivos,

que dialogan entre sí en una relación simbiótica. Esta mutua dependencia, más que limitar a los

sujetos, es una condición posibilitadora. No se trata de una lucha de intereses, sino como una

interrelación necesaria para cumplir una misión compartida de mutuo beneficio. Así la empresa,

que entiende que depende de sus trabajadores, procurará cuidar al máximo el bienestar de sus

trabajadores, así como tratará de que su quehacer en la empresa sea un quehacer humano

y por tanto personal. Es decir, que los trabajadores consideren el trabajo que hacen en la empresa

como algo propio.

Un buen ejemplo lo encontramos en los tercios del Imperio Español, que estaban específicamente

constituidos por soldados españoles. Era de todos conocido que estas unidades militares

eran las más esforzadas, abnegadas y valientes, y que además nunca se rendían. Llegaban

hasta el punto de soportar crisis financieras, falta de comida, falta de descanso y heridas

de todo tipo. El valor de los tercios equivalía al de los soldados que los formaban. Las hazañas,

descubrimientos y labor civilizadora del imperio jamás hubiesen sido posibles sin el carácter,

la resistencia y el honor de sus tropas. Los gastadores, seguramente que todos lo habéis visto,

son los soldados que desfilan en cabeza de la formación. No van agrupados de nueve en fondo

o de seis en fondo, como van los demás, sino que van en una formación más abierta, más clara,

son unos diez o doce, dependiendo, pero se les distingue claramente porque van más separados unos de otros.

Y esto fue un invento del carrerán capitán Gonzalo Fernández de Córdoba.

Los tercios españoles y los ejércitos en general en la época final del siglo XV, principio del XVI,

para desbrozar el camino, para allanar obstáculos o para cavar tincheras, recurrían al personal,

al personal civil, a la gente de la zona en la que estaba. Recurrían a ellos y les obligaban,

por la fuerza, a cavar tincheras o a allanar caminos, a derribar árboles, etc. Esto tenía

varios inconvenientes. Quizá el principal es que creaba una hostilidad enorme entre el ejército

y los ciudadanos, los paisanos de la zona, lo cual no es conveniente.

Pero además, en segundo lugar, cuando estaban en plena campaña y estaban los nativos, los ciudadanos,

allanando o haciendo cualquier clase de obra, pues si de repente atacaba la caviaría francesa,

estamos hablando de la guerra de Nápoles, la caballería francesa era todavía bastante temible,

a pesar de que ya la artillería había disminuido el prestigio de la caballería francesa,

pero sin embargo imponía mucho.

Y solía ocurrir que los paisanos que estaban haciendo sus trabajos tiraban el azadón o la pala,

el pico, y salían corriendo presas del pánico, lo cual es bastante comprensible.

Y ese pánico a veces se contagiaba a las tropas, con lo cual se desorganizaba la formación y no era lo mejor para combatir.

Gonzalo Fernández de Córdoba lo que hizo fue prescindir de esa recluta obligatoria de paisanos de la zona

y buscar unos soldados más bien fuertes, altos, que tenían esa misión de gastar el terreno,

es decir, de esforzarlo, quitar piedras, allanar caminos, derribar árboles y les llamaba los gastadores.

Y como el ejército español siempre se ha pagado más de honores que de dinero, a modo de compensación, que fue muy apreciada y sigue siendo apreciada hoy día en el ejército, les concedió el honor y el privilegio de desfilar en cabeza de la formación militar.

y llevando a la espalda, como siguen llevando hoy, un hacha o un azadón o una pala cruzados,

aparte de sus armas, aparte en aquel momento la pica o el arcabuz o la ballesta.

Y por eso hoy en día siguen desfilando en primer lugar la escuadra de gastadores, que es su nombre,

y después el mando de la formación militar, es decir, van abriéndole el paso al mando de la formación militar

y ya posteriormente las distintas compañías, batallones, etc.

Pero sigue teniendo esa nota distintiva y favorable de desfilar por delante de las demás tropas como un puesto de honor.

Es decir, hoy en día ser gastador o ser el cabo gastador, que es el que desfila primero de todo,

pues sigue siendo un puesto de honor y de responsabilidad.

El principal valor de una empresa no reside en sus edificios, en sus cuentas bancarias

o en las patentes o modelos de producción, sino en aquello que es irreemplazable,

las personas que la conforman.

Y por eso, la decisión difícil y determinante de una empresa es la selección de sus trabajadores.

Como hemos visto, la relación que el trabajador establece con su empresa la condiciona radicalmente.

Esta relación puede entenderse como concéntrica, en la que todo gira alrededor de los intereses empresariales,

o como bicéntrica, en la que el empleado y empresa colaboran en un beneficio mutuo.

El valor empresarial equivale al valor personal de los empleados que la constituyen.

Hasta ese punto la empresa depende también de la persona.

¿Y tú? ¿Has pensado cómo contribuyes al valor de tu empresa?

Se guardan solo en este navegador. Nadie más puede verlas.