Comunidades humanas

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COMUNIDADES HUMANAS - UNO PARA TODOS Y TODOS...
La sociabilidad ha sido una constante en nuestro curso. Como hemos visto, el hombre es social por naturaleza. Pero tenemos que detenernos en sus aspectos problemáticos. Como dice Fernando Savater, la convivencia social nunca resulta indolora. Y, además, la vida en sociedad conlleva una serie de deberes para con los demás cuya obligatoriedad no siempre resulta evidente. Para empezar, la vida en sociedad entraña una serie de deberes y de obligaciones hacia los demás. Sin embargo, no es evidente que estas sean obligatorias. Y, a veces, ni siquiera somos conscientes de estos mandatos.
Cuenta Platón en la República la historia del anillo de Giges, que otorgaba la invisibilidad a quien lo poseía. En la obra, Glaucón defiende contra Sócrates que “ninguno es justo por voluntad, sino por necesidad”:
Dicen que era un pastor que estaba al servicio del entonces rey de Lidia. Sobrevino una vez un gran temporal y terremoto; abrióse la tierra y apareció una grieta en el mismo lugar en que él apacentaba. Asombrado ante el espectáculo, descendió por la hendidura y vio allí, entre otras muchas maravillas que la fábula relata, un caballo de bronce, hueco, con portañuelas, por una de las cuales se agachó a mirar y vio que dentro había un cadáver, de talla al parecer más que humana, que no llevaba sobre sí más que una sortija de oro en la mano; quitósela el pastor y salióse. Cuando, según costumbre, se reunieron los pastores con el fin de informar al rey, como todos los meses, acerca de los ganados, acudió también él con su sortija en el dedo. Estando, pues, sentado entre los demás, dio la casualidad de que volviera la sortija, dejando el engaste de cara a la palma de la mano; a inmediatamente cesaron de verle quienes le rodeaban y con gran sorpresa suya, comenzaron a hablar de él como de una persona ausente. Tocó nuevamente el anillo, volvió hacia fuera el engaste y una vez vuelto tornó a ser visible. Al darse cuenta de ello, repitió el intento para comprobar si efectivamente tenía la joya aquel poder, y otra vez ocurrió lo mismo: al volver hacia dentro el engaste, desaparecía su dueño, y cuando lo volvía hacia fuera, le veían de nuevo. Hecha ya esta observación, procuró al punto formar parte de los enviados que habían de informar al rey; llegó a Palacio, sedujo a su esposa, atacó y mató con su ayuda al soberano y se apoderó del reino.
Platón, La República, Libro II, 359a - 360b.
Si pudiéramos desatender nuestros deberes con total impunidad, como permite el anillo, ¿qué haríamos? ¿Defraudaríamos al otro, nos aprovecharíamos? He ahí la cuestión: ¿es la coacción lo único que nos reúne en sociedad? Es una pregunta que se han hecho muchos después de Platón, y que ha inundado páginas de nuestra literatura occidental, desde Cicerón a Tolkien, pasando por Wells o Wagner.
El pasaje platónico nos obliga a mirar cómo vivimos juntos y a inspeccionar si existe un nexo social positivo, o sea, algo que, más allá del miedo al castigo o la utilidad, nos mantiene juntos. Para ello, hemos propuesto fijarnos en tres elementos que manifiestan el vínculo social más allá de la mera obligación coactiva:
1. Nuestra concepción de la soledad: la soledad como un estar con uno mismo (reflexión en que me trato a mí mismo como otro yo), o la soledad como un echar en falta a otro (necesitar a alguien), ambas nos muestran que no podemos concebirnos en solitario.
2. La gratuidad de algunas de nuestras acciones: nuestras relaciones sociales parten de una confianza en el otro.
3. Nuestra complementariedad como seres humanos: tanto en nuestra diversidad sexual como en nuestras amistades, buscamos el bien en lo que los otros nos aportan y enriquecen como personas.
Familia y amistad fundamentan el lugar de gestación del ser humano, así como el lugar de encuentro valioso con el otro, dando sentido a todo el orden social y político, como cuenta Aristóteles en uno de los pasajes más bellos de la Ética a Nicómaco:
"Sin amigos nadie querría vivir, aun cuando poseyera todos los demás bienes; hasta los ricos y los que tienen cargos y poder parecen tener necesidad sobre todo de amigos; porque ¿de qué sirve esa clase de prosperidad si se la priva de la facultad de hacer bien, que se ejerce preferentemente y del modo más laudable respecto de los amigos?".

"Parece además que la amistad mantiene unidas a las ciudades, y que los legisladores consagran más esfuerzos a ella que a la justicia: en efecto, la concordia parece ser algo semejante a la amistad, y es a ella a lo que más aspiran, mientras que, lo que con más empeño procuran expulsar es la discordia, que es enemistad”.
Aristóteles, Ética a Nicómaco, 1155 a 1-32.
En esta página puedes encontrar esquemas muy ilustrativos sobre el pensamiento político de Aristóteles.

Y en este vídeo hallarás un buen resumen sobre la Ética y la Política aristotélicas:
FICHA DE PUNTOS CLAVE
A continuación podrás descargar un documento con los puntos más importantes que se han comentado en el video.
Transcripción del vídeo
La sociabilidad ha sido una constante en nuestro curso. Como hemos visto, el hombre es social por naturaleza, pero tenemos que detenernos en sus aspectos problemáticos.
Nuestra sociabilidad no es plena ni perfecta. Como dice Fernando Sabater, la convivencia social nunca resulta indolora. Profundicemos en ello y veamos qué conclusiones podemos sacar.
Para empezar, la vida en sociedad entraña una serie de deberes y de obligaciones hacia
los demás. Sin embargo, no es evidente que estos sean obligatorios. Y a veces ni siquiera
somos conscientes de estos mandatos. En la República se cuenta la historia del anillo
de Giges que otorgaba la invisibilidad a quien lo poseía. Platón se sirve de este mito para
examinar si es cierto lo que sostiene su interlocutor Glaucón, a saber, que ninguno es justo por
voluntad, sino por necesidad. Si pudiéramos desatender nuestros deberes con total impunidad,
¿qué haríamos? ¿Defraudaríamos al otro? ¿Nos aprovecharíamos?
Siguiendo al sociólogo Robert Nisbet, el vínculo social se puede descubrir en las
fuerzas que mantienen unidas a las personas en las instituciones reales, las que funcionan de
hecho y de las que tenemos experiencia. Por ejemplo, la autoridad, la ley, la división de tareas,
los roles, etc. Pero fijémonos en dos elementos previos que manifiestan el vínculo social más
allá de la mera obligación coactiva. El primer es la soledad, en su doble faz,
la soledad como un estar con uno mismo o reflexión, y también la soledad como
añoranza del otro, necesitar a alguien. En el primer caso yo busco estar solo, sí,
pero este estar conmigo mismo toma la forma de un diálogo interior en el que yo mismo soy otro
para mí. Estamos tan hechos para la relación que si no hay otro me lo tengo que inventar,
como hace el protagonista de Náufrago, que por un lado habla con la pelota como si fuera alguien y
por otro en su interior recuerda a su prometida. O como Robinson Crusoe, que necesita contar
su experiencia a través de un diario para no perder la cordura.
En el segundo caso, la soledad se define por la carencia de otro. Pero si nos fijamos,
el elemento asocial se define en términos sociales. Estar solo implica estar sin alguien,
como negación de un bien del que se me ha privado. En ambos casos, entonces, la soledad
se define por la alteridad.
El otro indicio de la sociabilidad humana lo encontramos en el hecho de la gratuidad.
Si hay algo sorprendente no es que la sociedad no se disgregue a pesar del egoísmo,
sino que la gente colabora y ese sea el presupuesto normal.
Si existe el conflicto o la desconfianza es solo porque previamente se da un presupuesto de confianza o de colaboración.
Así lo refleja la experiencia de Megan, protagonista de La habitación del pánico.
Esta mujer recién divorciada se traslada con su hija adolescente a una inmensa casa
en Manhattan.
Su situación de partida desmiente que estemos hechos para la mera independencia.
En realidad, el aislamiento de Megan es una reacción, no la tendencia natural de la persona
humana.
Tal como dice su hija, Megan solo está enfadada con su marido infiel.
Aún así, quienes ganan altura moral en esta historia son justamente aquellos cuyos actos desinteresados nos sorprenden y conmueven.
Ya sea el propio Steven, que acude a ayudar a su exmujer y a su hija sin pensarlo cuando le llaman,
o uno de los ladrones que entran a robar y que salva a Megan de una muerte segura, a pesar de que eso suponga ser apresado por la policía.
No podemos explicar por puro cálculo por qué una persona hace un acto gratuito.
Un solo acto desinteresado pone en cuestión el hecho de que la sociedad esté construida
en base al puro egoísmo o a la coacción.
Aunque es cierto que el otro nos aporta cierta utilidad, por ejemplo en la división del
trabajo, y también nos puede confirmar en nuestra personalidad y proyectos, desde Aristóteles
podemos decir que lo que nos aporta el otro es, fundamentalmente, su propio ser, algo más que la
mera proyección de nuestras ideas y necesidades. Glaucón, hemos dicho, defendía ante Sócrates que
ninguno es justo si no es por necesidad. Nosotros, por el contrario, podemos decir que se da una
predisposición humana a preferir el bien y a evitar el mal desinteresadamente. No solo porque
me beneficia, sino porque el bien merece ser hecho por sí mismo. El hombre es capaz de colaborar
desinteresadamente con el otro precisamente porque es capaz de construir un tejido social positivo,
más sólido que la mera coacción o el interés propio. No podríamos vivir con otros si no
albergáramos una predisposición al bien desinteresado. Quien, incapaz de hacer bien al otro, permanece
en sí mismo, tiene un nombre, idiotés, que etimológicamente significaba en Grecia aquel
que se desentendía de los asuntos de la comunidad. Si el hombre fuera tan solo un idiotés, nunca
habría surgido la sociedad. El fundamento de la sociedad, y por tanto, el de nuestra supervivencia
como especie, reside también en la diferencia sexual. El hecho básico de nuestra sociabilidad
es que hay dos sexos, el masculino y el femenino. Ahora bien, ¿cómo se relaciona esta diferenciación
bipartida de la especie humana con nuestra condición social? De un modo muy intuitivo.
Lo humano no pertenece en exclusiva al varón o a la mujer. Ambos tienen parte en la idea de lo que
es el hombre y, por tanto, cada sexo necesita del otro para completarse en cuanto persona.
Para poder ser, yo necesito a alguien que no sea yo mismo, o sea, un tú.
Por esta razón, la familia es el primer elemento de sociabilidad.
La amistad es el siguiente fundamento de la sociedad,
pues sin un cierto amor de igualdad no habría vida común ni el hombre saldría de su familia,
como cuenta Aristóteles en uno de los pasajes más bellos de la ética a Nicómaco.
Sin amigos, nadie querría vivir, aun cuando poseyera todos los demás bienes,
hasta los ricos y los que tienen cargos y poder parecen tener necesidad sobre todo de amigos,
porque ¿de qué sirve esa clase de prosperidad si se la priva de la facultad de hacer bien,
que se ejerce preferentemente y del modo más laudable respecto de los amigos?
Y pone algunos ejemplos que siguen vigentes.
La amistad florece en los viajes, los amigos son el refugio cuando nos vienen maldadas,
los jóvenes necesitan para evitar el error, los viejos como una ayuda en su debilidad
y los que están en la flor de la vida para llevar a cabo acciones nobles.
pues sólo cuando dos marchan juntos, dice Aristóteles, están más capacitados para pensar y actuar.
Añade también Aristóteles, parece además que la amistad mantiene unidas a las ciudades y que los legisladores consagran más esfuerzos a ella que a la justicia.
En efecto, la concordia parece ser algo semejante a la amistad, y es en ella a lo que los más aspiran,
Mientras que con más empeño procuran expulsar, es la discordia que es enemistar.
Nos recuerda a la inquebrantable amistad de los tres mosqueteros en la famosísima novela
del francés Alejandro Dumas, publicada a mediados del XIX en una serie de episodios
con forma de folletín en el periódico Le Cycle. Cuentan la historia de un joven de Gascuña,
d'Artagnan, que viaja a París en 1625 a la escuela de mosqueteros, guardia del rey Luis XIII.
Conoce allí a Atos, Portos y Aramis, cuyo lema es Todos para uno y uno para todos.
Esta novela de aventuras tiene como tema principal la amistad entre estos hombres de honor,
que gracias a su alto sentido del deber y a su lealtad inquebrantable,
salvan a su país de un grave conflicto internacional.
Se puede decir entonces que familia y amistad en un sentido amplio.
Estructuran y protegen cualquier comunidad, hasta incluso naciones enteras.
y dan un fuerte sentido a la vida humana. Por eso no nos cuesta identificar hombre bueno con amigo,
en un doble sentido. Damos por sentado que nuestros amigos poseen algún tipo de bondad
y queremos amistarnos con aquellas personas que nos parecen ejemplares por su sabiduría,
su trato con los demás, sus talentos y, por supuesto, sus virtudes.
Aunque nuestra naturaleza social no sea perfecta, tiene un fundamento en varios elementos que acabamos de repasar.
El vínculo social no se explica por mera obligación, sino porque es algo bueno en sí mismo, como demuestran dos hechos.
El primero, que la soledad, paradójicamente, solo puede concebirse en función de un otro, de la alteridad.
Y el segundo, la gratuidad como dato de la experiencia humana.
Por eso, concebimos al otro no solo como útil, sino como don o regalo inesperado.
El hecho básico de esta sociabilidad es la diferencia sexual, que nos abre al otro a
través de la familia y culmina en la amistad en sentido privado y público.
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