Nº 1Programa Empresa y PersonaLección 57 de 107

Impacto social del trabajo II

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Transcripción del vídeo

En el vídeo anterior sobre la importancia social del trabajo hemos visto las tensiones provocadas por una sobreestimación de lo laboral en la modernidad.

Sin embargo, ¿qué sucede cuando caemos en el extremo contrario y no le damos suficiente valor al trabajo? Profundicemos en ello en busca de un equilibrio.

Sin embargo, tenemos el error contrario, típico de la antigüedad. Despreciar el trabajo,

despreciar lo técnico y manual. Ya hemos visto que la actividad frenética, sin un objetivo

que alcanzar, es decir, la actividad por la actividad, se convierte en puro activismo,

desgasta energías y termina produciendo hartazgo y aversión. Pero tampoco es sana la visión

que desprecia el trabajo. Para griegos y romanos, el trabajo manual estaba tremendamente mal

considerado, en parte porque lo veían como trabajo propio de siervos y esclavos. Aristóteles

lo explica por tres motivos. Primero, el obrero y el agricultor trabajan para otros y, por lo tanto,

se encuentran sometidos a esta dependencia. Segundo, el trabajo manual se solía dejar a

los esclavos en el caso de tenerlos. El hombre libre siempre trataba de distinguirse de los

esclavos, por lo que el poder no dedicarse a estos trabajos era una señal de verdadero

estatus de libertad. Y tercero, porque así se pueden reservar las fuerzas físicas para

la guerra y la competición deportiva donde verdaderamente se pueda alcanzar la gloria.

Esta concepción del trabajo subyace en el origen mismo de la palabra.

Tripalium significa yunta de bueyes y el verbo tripaliar en latín tiene el sentido

de hacer sufrir o hacerse sufrir a uno mismo. Cicerón recoge este mismo pensamiento de la

tradición clásica enfatizando la diferencia entre el trabajo y el arte. El primero es propio de los

esclavos mientras que sólo el segundo es verdaderamente humano. Pero no pensemos que esta

concepción es propia sólo de siglos arcanos. Algunos grandes sistemas ideológicos como el

marxismo han enfatizado este carácter oscuro y exclusivamente mediador del trabajo. El trabajo

por sí mismo no puede ser un fin o un valor, siempre será algo que se hace para lograr un fin

distinto. ¿Tiene sentido este desprecio del trabajo como inferior? En parte, los antiguos

intuían una verdad ineludible, no todo en el hombre es su vida-actividad. La importancia que

Hannah Arendt concedió a la praxis no debe hacernos olvidar que toda actividad y todo trabajo es un

medio para alcanzar un fin, un bien del que poder gozar. Todo el mundo entiende que trabajar por

trabajar no tiene sentido. Es necesario trabajar para vivir. Reza el dicho y no vivir para trabajar.

Aristóteles mismo explica que si nos preguntamos cuál es el fin del hombre, hemos de llegar a la

conclusión de que nuestro fin último es la felicidad, pues la elegimos por ella misma y

nunca por otra cosa, mientras que los honores, el placer, la inteligencia y toda virtud los deseamos

a causa de la felicidad, pues pensamos que gracias a ellos seremos felices. En cambio,

nadie busca la felicidad por estas cosas, ni en general por ninguna otra.

Ahora bien, Aristóteles recuerda algo que es de vital importancia. Se cree también que la

felicidad radica en el ocio, pues trabajamos para tener ocio y hacemos la guerra para tener paz.

A la actividad de disfrutar no la llamamos trabajo. Hemos visto en el vídeo anterior

cómo el trabajo se consideraba en relación al ocio en el mundo romano. No es el ocio el que

está ordenado al negocio, sino al revés. El negocio está subordinado al ocio. Se ha de recordar que el

concepto de ocio en el mundo clásico está muy lejos de ser entendido como no hacer nada.

Como nos recuerda Seneca, llamas ociosos a quienes pasan muchas horas en el peluquero,

mientras se cortan lo que acaso creció en la noche anterior, deliberando por cada cabello,

restaurando la cabellera desordenada? ¿O si es rala, haciéndola ir de acá para allá sobre la

frente? ¿Llamas ociosos a los ocupados entre el peine y el espejo? Se trata de una burla contra

los que piensan que el ocio consiste en dedicarse a actividades banales. En cambio,

solo son ociosos, concluye Seneca, aquellos que tienen tiempo para la sabiduría. El ocio incluía

todas aquellas actividades consideradas como más plenamente humanas, el disfrute del arte,

la participación política, la investigación científica o la dedicación a la filosofía.

Si tales actividades ociosas eran consideradas como más propiamente humanas, se debe a que lo

que es propio de cada uno por naturaleza es lo mejor y lo más agradable para cada uno. Así,

Para el hombre lo será la vida conforme a la mente, si en verdad un hombre es primariamente su mente, y esta vida será también la más feliz.

La felicidad no se identifica con el placer, sí con un cierto género de vida de acuerdo con la razón, que es aquello que nos distingue de otros vivientes.

En la filosofía de Aristóteles, el trabajo está ordenado al ocio, como también la acción

está ordenada a la contemplación. La contemplación, por cierto, no consiste en quedarse mirando

embobado al infinito. La contemplación está vinculada a la sabiduría, y el sabio será

el más feliz de todos los hombres. Adviértase lo que señala Aristóteles en su obra política,

La vida tomada en su conjunto se divide en trabajo y ocio, en guerra y paz, y de las

acciones unas son necesarias y útiles y otras nobles. La guerra existe en vista de la paz,

y el trabajo en vista del ocio, y las acciones necesarias y útiles en vista de las cosas nobles.

pues un hombre debe ser capaz de trabajar y de guerrear pero más aún de vivir en paz y tener

ocio y llevar a cabo las acciones necesarias y útiles pero todavía más las nobles por

consiguiente a estos objetivos hay que orientar la educación de los que aún son niños y de los

demás y de las demás edades que necesitan educación recta ordenación del trabajo y

recta ordenación del ocio, dos piezas clave para una vida feliz, esto es una vida virtuosa.

No todo trabajo dignifica, no cualquier tipo de ocio descansa. Así pues, señala el filósofo,

es necesario valor y resistencia para el trabajo, la filosofía para el ocio, la prudencia y la

justicia para los dos momentos a la vez y especialmente en tiempo de paz y ocio. Así

Y pues el trabajo, lo mismo que las demás actividades del ser humano, está naturalmente

ordenado a la felicidad de cada uno y a la felicidad común, que es el fin de la vida

política.

Sin embargo, será con la llegada del pensamiento cristiano antiguo y medieval que aprendamos

la segunda lección más importante todavía.

El trabajo no solo es bueno por permitirnos el ocio, sino que nos dignifica.

A medida que el pensamiento cristiano fue cobrando forma, el concepto de trabajo se

se fue enriqueciendo con nuevas notas positivas. San Agustín y San Juan Crisóstomo ponían

de relieve el valor ascético y social del trabajo. San Benito prescribió a sus monjes

que trabajaran varias horas todos los días de forma que, sin molestar a otros, pudieran

garantizar su propia subsistencia, practicar la caridad y ayudar a los pobres. La dificultad

y el esfuerzo se convirtieron en un medio de purificación y de mejoramiento personal.

Sin embargo, es Tomás de Aquino quien culmina este proceso de enriquecimiento del concepto

de trabajo, especialmente en la cuestión de Ópera Emanuali y en Contraimpuñantes,

porque para Tomás de Aquino el trabajo es propio del hombre en cuanto tiene inteligencia

y voluntad.

El trabajo es siempre un acto humano.

La necesidad del trabajo se manifiesta en el hecho de que el ser humano necesita buscar

y producir lo necesario para su vida.

A este fin, ha recibido los órganos de su cuerpo y ha sido situado en un ambiente donde

pueda cultivar la tierra, explotar los materiales que le ofrece la naturaleza, buscar sus alianos

alimentos o fuentes de riqueza. Parafraseando a Job, dice Tomás de Aquino que tan natural

es al hombre trabajar como al ave volar. Hay más. El trabajo puede entenderse como

un fin en sí mismo en virtud de su dignidad y sus méritos. Por el trabajo se provee a

las necesidades propias y ajenas. El trabajo ayuda a evitar los vicios y quien trabaja

colabora en el perfeccionamiento del mundo. El trabajo dignifica al hombre porque el hombre

es trabajador por naturaleza, como hemos visto al principio, su realización personal, su

felicidad, pasa por construir con sus manos el entorno en el que ser feliz, en el que

compartir con otros su sociabilidad. Y esto solo puede hacerse por el trabajo.

Así, el trabajo adquiere sentido desde la búsqueda del bien común, desde una perspectiva

más alta al mero ocio personal. El trabajo también resulta de vital importancia para

a la comunidad política. Porque procurar el bien de una persona es algo deseable, dice Aristóteles,

pero más hermoso y divino conseguirlo para un pueblo y para ciudades. El trabajo está ordenado

al bien común. El trabajo, por tanto, entendido como medio, se dirige a la obtención de ciertos

bienes, a partir de los cuales adquiere sentido el esfuerzo que invertimos en el trabajo. Y es

que es propio del trabajo ser útil, es decir, siempre está ordenado según un fin. Precisamente

porque el hombre es un ser social, también el trabajo tiene una función social. Esto

hace que el trabajo se pueda organizar racionalmente, de forma que dos personas no desempeñen la

misma función, sino que realizando labores distintas sumen sus esfuerzos para lograr

un fin mayor. Del mismo modo, es posible que algunas personas estén más dotadas para

actividades espirituales o intelectuales, mientras que otros estén más cualificados

para la realización de obras exteriores. En este sentido, aunque la actividad espiritual

e intelectual siempre será superior en sí misma, para Tomás de Aquino el trabajo manual

puede ser más importante por razones particulares, por ejemplo, a causa de las necesidades de

la vida presente. Además, el trabajo puede ayudar para dominar las pasiones humanas,

para formar habilidades y competencias, cualidades humanas. Así el trabajo ayuda incluso a quienes

se dedican a la actividad contemplativa e intelectual para formar el carácter y ciertas

habilidades fundamentales. Por otro lado, el trabajo manual exige también trabajo intelectual,

en la organización, la dirección, el aprendizaje y la habilidad en el uso de instrumentos, etc.

En definitiva, ambas dimensiones se deben complementar en el mismo ser humano. Del

mismo modo la sociedad se enriquece de esta complementariedad. Para que pueda haber personas

dedicadas principalmente a la vida intelectual se precisa que haya personas que se dediquen a la

labor manual. El fruto de esta complementariedad es el bien común del conjunto de la sociedad.

El rodeo por las ideas de Arendt nos ha servido para entender que no se puede alcanzar ni mantener

el bien común de la sociedad política sin el trabajo especializado de sus miembros,

tesis que apoya también Tomás de Aquino. Solemos distinguir tipos de trabajo por

sectores pero al final los trabajos son un servicio a la sociedad en la medida

en que producen cosas o ayudan de alguna manera a mantener los que hay.

Y el trabajo en la medida en que permite el crecimiento del sujeto y lo pone en

relación con los demás es un bien necesario. Sin embargo el trabajo debe

verse afectado por los fines más altos del hombre. La contemplación, la sabiduría,

la libertad y la felicidad deben permear el trabajo y no al revés. Esto es lo que hemos

aprendido con Aristóteles. Finalmente, en tanto que transforma el entorno social, el trabajo

enriquece las relaciones entre las personas y nos dignifica comunitariamente. Sirve de herramienta

para el bien común, para la felicidad de la comunidad. El fin de la vida humana es la felicidad,

a la que sólo se puede acceder de forma virtuosa.

Y entre las virtudes destaca la sabiduría,

por la que contemplamos todas las cosas desde el bien.

Es propio del sabio ordenar, recuerda Bernó.

Hay un tiempo para cada cosa,

tiempo para trabajar y tiempo para descansar,

tiempo para lo urgente y tiempo para lo importante.

Así también, el fin de la vida en sociedad, de la vida política, es la felicidad común,

el bien vivir, no la actividad, sino la contemplación, el ocio, la vida buena y feliz.

Todos podemos y debemos plantearnos en qué medida nuestro trabajo contribuye a esa vida

buena y cómo se ordena a los fines naturales del hombre.

Es decir, de nosotros mismos y de nuestros conciudadanos.

Como hemos visto, el trabajo también tiene valor en sí mismo, no solo es un medio,

sino que nos dignifica. Concretamente, el trabajo es connatural al hombre y permite

un progreso moral en la persona que lo ejerce. Esta visión positiva del trabajo culmina en

su finalidad última, el bien común y la vida buena. ¿Te has parado a pensar en lo que te

aporta tu trabajo en sí mismo más allá de ser un medio de vida? ¿Te ha ayudado a desarrollar

alguna cualidad o a conocer mejor tu carácter?

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