Gestión de los temperamentos (II)

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GESTIÓN DE LOS TEMPERAMENTOS II - EL ESPEJO DEL ARTE
CALIFICA LA CLASEHemos visto los cuatro temperamentos de la teoría humoral de Hipócrates. Para comprender el modo en que influyen en la coordinación de un equipo, observemos más de cerca las manifestaciones de lo humano. Para comprender el impacto de cada temperamento, nada mejor que fijarnos en el espejo más fiel del alma humana: el arte.
Románico - temperamento flemático en su máxima expresión

Iglesia de San Austremonio de Issoire, representación del temperamento flemático
Podemos relacionar el románico con el temperamento flemático. El flemático es caracterizado por su estabilidad y entereza, es tranquilo y hasta impasible, es serio y altamente racional, a veces incluso frío. Nos recuerda al Románico: líneas fuertemente trazadas, firmeza de los muros. Las paredes son anchas, inamovibles e imperturbables. Los interiores son fríos y están en penumbra. Es un estilo sobrio y que da sensación de estabilidad y de eternidad.
Canto Gregoriano, Media vita in morte sumus:
Podemos ver elementos flemáticos también en otras épocas, como en el Réquiem de Gabriel Faure:
Gótico - temperamento colérico en su máxima expresión

Catedral de Milán, representación del temperamento colérico
El gótico lo relacionaremos con el temperamento colérico. El colérico es vivo, conmovedor, con una gran fuerza. Los colores de los vitrales de una catedral gótica centellean como el alma ardiente del hombre colérico. Su temperamento apasionado, evocador, se plasma en la fuerza pictórica del gótico, que es un arte eminentemente simbólico. El hombre colérico se entusiasma por lo grande, siempre busca mirar hacia lo alto, como los pináculos de una catedral. Las catedrales del medievo, nos evocan fuerza, grandeza, esplendor. Cuando Chesterton habla de este estilo arquitectónico habla de un “esplendor de edificios que brillan como espadas y lanzas (...) Hoy hablamos de los grises edificios góticos, pero tuvieron que ser muy distintos cuando se levantaron blancos y relucientes en los cielos norteños, realzados en parte con oro y colores vivos: un nuevo vuelo de la arquitectura, tan sorprendente como ver barcos volando” (Sto Tomás).
El colérico se ve reflejado también perfectamente en el romanticismo, especialmente en el musical, como podemos ver en la Cabalgata de las Valkirias de Richard Wagner:
Podemos ver elementos coléricos también en otras épocas, como en la Obertura de la ópera Orfeo, de Monteverdi:
O en el Aria llamada «Der Höle Racht», de la Reina de la Noche, en la ópera "La Flauta Mágica" de Wolfang Amadeus Mozart:
Renacimiento - temperamento sanguíneo en su máxima expresión

Retrato de caballero, Carpaccio, expresión del temperamento sanguíneo
El arte renacentista podemos relacionarlo con el temperamento sanguíneo. La época renacentista es tan optimista como la personalidad sanguínea. Los renacentistas se creían una época culmen de la historia, una vuelta al esplendor de la antigüedad clásica. Hay un interés por la forma, los frescos de los maestros renacentistas, son precisamente un esplendor de la forma, mientras que el fondo queda un poco relegado. En esto hay un contraste con la fuerza simbólica del gótico. Las madonnas renacentistas son muy bellas, de una forma muy conseguida, pero han movido la piedad de muy pocos. El sanguíneo trabaja mucho con los cinco sentidos, mientras que el colérico lo hace más con el entendimiento y el melancólico con los sentimientos. De la misma forma en el renacimiento hay una sublimación de lo sensible, un intento de agradar los sentidos por la proporción y la armonía. El sanguíneo es alegre y locuaz, como el arte renacentista es colorido y comunicativo.
La Spagna, (Danza Alta) - Francisco de la Torre:
Podemos ver elementos sanguíneos también en otras épocas, como en la Suite Karelia del compositor Jean Sibelius:
O en el tercer movimiento del concierto para trompeta y orquesta de Joseph Haydn:
Barroco - temperamento melancólico en su máxima expresión

El sueño del caballero, Pereda, imagen del temperamento melancólico.
Por último, el arte barroco podríamos relacionarlo, aunque parezca paradójico con el temperamento melancólico. En efecto, el temperamento melancólico es tan paradójico como el arte barroco. El barroco es complejo, enrevesado, profundo, como el hombre melancólico. No es casualidad que el barroco, impulsado por España, coincide con un período en lo que se destila es la sobriedad, el llamado luto español. Lo podemos ver en la pintura de Velázquez, la profundidad psicológica de sus personajes. En su cuadro, El bufón el Primo, está capturado en los ojos del enano, toda la profundidad de un temperamento melancólico. El hombre melancólico es de naturaleza soñador, construye quimeras en el aire como lo hace el Quijote. Para el melancólico, “la vida es sueño y los sueños sueños son” como diría otro autor barroco, Calderón.
“Bist du bei mir”, de J.S. Bach:
O en el Te Deum de Charpentier, con su oscilación entre la magnificencia y la profundidad:
O esta muestra de música barroca:
FICHA DE PUNTOS CLAVE
A continuación podrás descargar un documento con los puntos más importantes que se han comentado en el video.
Transcripción del vídeo
Hemos visto los cuatro temperamentos de la teoría humoral de Hipócrates.
Para comprender el modo en el que influyen en la coordinación de un equipo,
observemos más de cerca las manifestaciones del humano, cómo transforman su entorno.
Para comprender el impacto de cada temperamento, nada mejor que fijarnos en el espejo más fiel del alma humana, el arte.
Los estilos artísticos y arquitectónicos son un buen ejemplo de los temperamentos. Según la teoría
de los humores, en una persona se pueden dar varios o incluso todos a la vez. Sin embargo,
hay uno que se manifiesta con mayor intensidad y con ese es con el que nos solemos identificar.
Digamos que cada temperamento lleva al hombre a expresarse de una forma o de otra.
Podríamos relacionar el temperamento flemático con el arte románico. El flemático se conoce por
su estabilidad y por su interesa, por poseer un carácter tranquilo y hasta impasible, así como por
ser serio y altamente racional, a veces incluso frío. Con ello nos recuerda al románico, cuyos
edificios, dibujados con líneas fuertemente trazadas, muestran muros de gran solidez. En
efecto, la anchura de estos, así como la escasez de ventanales que evidencian, sugieren una impresión
de inmovilidad e imperturbabilidad. Los interiores que delimitan son fríos y parecen sumidos en la
penumbra. Es un estilo sobrio que transmite sensación de estabilidad y eternidad. En cambio,
el gótico lo relacionaremos con el temperamento colérico, entendido en su faceta entusiasta e
ingenua. El colérico es vivo, conmovedor, con una gran fuerza. Los colores de los mitrales de una
catedral gótica centellean como el alma ardiente del hombre colérico. Su temperamento apasionado,
evocador, se plasma en la fuerza pictórica del gótico. Es un arte eminentemente simbólico.
La persona colérica se entusiasma con lo grande, siempre busca mirar hacia lo alto, como los pináculos de una catedral.
Las catedrales del medievo nos evocan fuerza, grandeza, esplendor.
Cuando el escritor inglés Gilbert K. Chesterton se refiere a este estilo arquitectónico,
subraya el esplendor de edificios que brillan como espadas y lonzas.
Hoy hablamos de los grises edificios góticos, pero tuvieron que ser muy distintos cuando se levantaron,
plantaron blancos y relucientes en los cielos norteños, realzados en parte con oro y colores
vivos. Un nuevo vuelo de la arquitectura tan sorprendente como ver barcos volando.
El arte renacentista podemos relacionarlo con el temperamento sanguíneo. La época
renacentista es tan optimista como la personalidad sanguínea. Los renacentistas se creían una época
culmen de la historia, una vuelta al esplendor de la antigüedad clásica. El arte renacentista
se caracteriza por centrar su atención en el esplendor de la forma. En esto hay un contraste
con la fuerza simbólica del gótico. Encontramos esto en esculturas en los que los maestros
subrayan la importancia del protagonista de su pose y su figura. Así ocurre en el David de Donatello
o en el de Miguel Ángel, o en retratos realizados por autores como Carpaccio, Rafael o Leonardo,
el cual a su vez también dedica esfuerzos y entusiasmo al ámbito de la técnica y de la
ciencia. El sanguíneo trabaja mucho con los cinco sentidos, mientras que el colérico lo hace más con
el entendimiento y el melancólico con los sentimientos. De la misma forma, en el renacimiento
hay una sublimación de lo sensible, un intento de agradar los sentidos por la proporción y la
armonía. El sanguíneo es alegre y locuaz, como el arte renacentista es colorido y comunicativo.
El arte barroco podríamos relacionarlo con el temperamento melancólico. El barroco es complejo,
enrevesado, profundo como el hombre melancólico. Podríamos decir que este estilo presenta dos
almas, junto al sensible y sensual colorista ejemplificada por Rubens o Bernini, encontramos
otra, complementaria, caracterizada por la reflexión y la sobriedad propia de la contrarreforma,
que asociamos al esfuerzo de España y el Sacro Imperio. Lo podemos ver en la profundidad
psicológica de los personajes de Velázquez. En su cuadro El bufón, el primo, los ojos del enano,
impregnado de lo que García Morente llama el luto español, expresan toda la profundidad de un
personaje de un temperamento melancólico. Otro tanto podría encontrarse en Van Dyck, en el ambiente
reflexivo y cargado de simbolismos que desprenden los interiores de Vermeer, en los universos
ensimismados y meditabundos de Rembrandt o en las escenas de íntimo recogimiento y transida
meditación religiosa a la luz de una vela de George de la Tour. El hombre melancólico es de
naturaleza soñadora. Construye quimeras en el aire como lo hace el Quijote. Para el melancólico la
vida es sueño y los sueños sueños son, como diría otro autor barroco también, Calderón de la Barca.
Ahora hemos ilustrado los distintos temperamentos. Podemos hacernos una idea de cómo trabajar con
cada uno de ellos. Al flemático hay que involucrarlo a la hora de resolver conflictos porque ayudará a
relativizar los problemas. Suelen ser excelentes en el manejo de crisis y la toma de decisiones
difíciles. Sin embargo, hay que impulsarle una vida ordenada, evitar que se aísle demasiado
y motivarle para que haga suyos los objetivos del equipo. Al temperamento colérico, conviene
explicarle con detenimiento los motivos del proyecto y de la organización. Con él funcionan
mal las discusiones y el autoritarismo, y el mandarle tareas sin que las entienda. Será
muy bueno a la hora de empezar los proyectos, pues se le da muy bien dar el impulso inicial
de las cosas y hacer que rueden. El sanguíneo suele tener una gran inteligencia emocional,
por lo que es muy bueno para cualquier asunto que comporte un trato humano. Negocios,
recursos humanos, persuasión, mediación, escucha, etc. El temperamento sanguíneo responde mejor a
la exigencia que el colérico, por ejemplo. Necesita ayuda, eso sí, en la constancia y en
ocasiones hay que ponerle límites. Con el temperamento melancólico ayuda mucho impulsar
su faceta creativa, involucrándolo en retos y en la resolución imaginativa de problemas.
Conviene reconocerle sus méritos, darle puestos de responsabilidad cuando los merece y mantenerlo
ocupado para evitar que se aísle demasiado o autosabotee.
Mientras que el colérico o el sanguíneo son personalidades asertivas, el temperamento
melancólico no lo es siempre. Por lo tanto, mientras que a los primeros hay que echarles
el freno, a este hay que animarle y ponerlo en valor.
Reflexionar sobre los distintos temperamentos permite reconocer las
propias limitaciones buscando ese complemento y balance en el equipo.
Asimismo se puede ser más consciente de los alcances y aportaciones personales
para ponerlos al servicio del equipo. ¿Qué aportas tú a tu equipo? ¿De qué
manera te complementan tus compañeros?
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