Nº 1Programa Empresa y PersonaLección 99 de 107

El respeto y liderazgo en el Cantar de Mio Cid

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Transcripción del vídeo

El poema de Mioziz puede considerarse la primera muestra del género épico en castellano,

ya que otros, como el Cantar de los Infantes de Lara, solo se conservan fragmentariamente.

La historia de Rodrigo Díaz de Vivar, el ciscampeador, está basada en el Poema de Mioziz o Cantar

de Mioziz, pues por los dos títulos es conocido un libro escrito en el año 1207 por un monje

llamado Per Abad. Un Abad llamado Pedro, aunque se desconoce si realmente fue Abad. De él

se conoce muy poco. Probablemente pertenece a la zona soriana. Lo que hay que tener clarísimo

es que la noción moderna de autor tal y como él la conocemos no se asienta hasta el siglo

XVI, así que con toda probabilidad el cantar de Miócid fuese una creación colectiva que

en algún momento se puso por escrito. Hay también quien opina que Per Abad no se limitó

solamente a transcribirlo en el siglo XIII, sino que pudiera ser el autor del mismo.

dicho manuscrito se encontró en el siglo 16 en el consejo medieval del pueblo de vivar en 1851 fue

adquirido por don jose de pidal marqués de pidal quien lo vendió en 1960 a la fundación juan march

por 10 millones de pesetas con la condición de que lo se dice a la biblioteca nacional de madrid

en donde actualmente se encuentra consta de 74 páginas y se conserva en bastante mal estado pero

quién era realmente rodrigo díaz de vivar rodrigo díaz de vivar es hijo de un personaje de la corte

del conde de Castilla en Burgos, quien probablemente naciera en Vivar. Vivar estaba entonces en

la frontera con el reino de Navarra. Así, el Cid fue, desde su más tierna infancia,

un hombre de frontera, de peligro y de lucha. Nos encontramos en el contexto histórico

de la Reconquista Española, un acontecimiento crucial en la historia de España de ocho

siglos de duración. No olvidemos que en este periodo, tanto musulmanes como cristianos

vivían en una especie de convivencia muy matizable y eran frecuentes los pactos entre

unos y otros. Digamos que en este periodo España vive lo que Julián Marías denomina la experiencia

del otro, de aquel que es distinto. España es el único país de Europa que es europeo y cristiano

por decisión y no por azar histórico. De hecho, Marías habla de que el concepto de España comienza

a gestarse la reconquista gracias a la existencia de un enemigo común. En este contexto, el Cid no

era otra cosa que un hombre de guerra. Es, en un primer momento, caballero de Sancho II, rey de

León, que es asesinado en Zamora por Bellido Dolfos. El Cid obliga a Alfonso VI, hermano

de Sancho, a que jure en Santa Galia de Burgos sobre las Sagradas Escrituras que no ha estado

implicado en la muerte de su hermano y es precisamente este hecho, considerado por Alfonso

VI como una ofensa, lo que provoca el destierro del Cid. La obra está dividida en tres apartados.

El primero, titulado El destierro, narra las vicisitudes pasadas por el héroe hasta que

se instala en Valencia. El segundo, Las bodas, relata los matrimonios de las hijas del Cid

Y el tercero, La afrenta de corpes, nos cuenta el maltrato que sufrieron las hijas y el juicio posterior al que fueron sometidos los maridos.

¿Por qué esta división en tres?

Si recitamos el final del cantar, veremos cómo esta división no es fortuita.

Si el romance has leído, dadnos vino. Si no tenéis monedas, dadnos prendas, que con creces os las devolverán.

El juglar era un personaje que esperaba que en las cortes se les pagase con una buena comida abundante, un buen vino y algo de dinero.

así que no es de extrañar que el propio jugular no leyes el poema de forma continuada,

sino que optase por dividirlo en tres partes. También apuntame en el despidal a que el poema

podría ser recitado en diferentes estancias. El cantar, como su nombre indica, se cantaba.

No hay que olvidar que la literatura escrita y la lectura en voz baja es muy reciente. Los

primeros autores del libro se basaron en relatos que los jugulares y trovadores iban recitando

por los pueblos para entretenimiento de sus habitantes. Estos hechos fueron recogidos

aproximadamente a los 100 años de la muerte del Cid, es decir, con bastante proximidad

a los hechos que protagonista vivió. No obstante, ello no significa que esta cercanía no modificase

algunos acontecimientos, bien por necesidad de la rima o para despertar mayor interés

en el público mediante la exageración de algunos hechos o la exaltación de las virtudes

de su héroe. No debemos olvidar que los jugulares solían

narrar de memoria todo el poema y podía ser normal que modificasen algunos durante la

interpretación. En cuanto al carácter estilístico, el cantar, por supuesto, es un poema épico popular.

Curiosamente es muy realista. Está muy cercano a los detalles de la vida cotidiana, sobre todo

a lo económico. Menéndez Pidal considera como propiamente española la caracterización del

Cid como padre de familia frente a otros personajes de la tradición épica, como los del ciclo

Artúrico. El Cid es claramente un prototipo del pacto de vasallaje, fiel a su señor y representante

de la baja nobleza castellana. Encarna los valores propios de la sociedad de la época, lealtad a su

señor y a sus iguales, sentido de la justicia, valor guerrero, cumplimiento de la obligación

señorial y otros, en oposición a la alta nobleza, personalizada a los infantes de Carrión y García

Ordóñez. Sin embargo, el Cid posee una vertiente humana que lleva al lector a identificarse plenamente

con él. Es un personaje trascendente. Solo basta con situarnos en el comienzo del poema.

De los ojos, tan fuertemente llorando, tornaba la cabeza, estaba los catando. Ciertamente choca

al lector que la primera imagen que tengamos de un héroe épico sea precisamente su llanto.

Una tristeza y dolor semejante al del destierro se expresará en la despedida del Cid de sus hijas

en el monasterio de San Pedro de Cardeña. Inclinó las manos la barba vellida a las sus fijas en

brazos las prendía, llégo las al corazón, camucho las quería, llora de los ojos, tan fuertemente

sospira. Concluyo con unas elocuentes palabras de don Ramón Menéndez Pidal sobre la grandeza de

nuestra literatura medieval. Llama nuestra atención, desde luego, el escaso sentido de la paternidad

literaria que se manifiesta en la transmisión de multitud de obras. Hijas sin dudas de un arte

cultísimo y cortesano, pero que no obstante se parecen en esto a las obras de arte espontáneo y

popular. Nos admira cuán a menudo el autor culto no produce su obra como una arrogante

afirmación de personalidad. No pretende elevarse sobre el público encomendándose a su admiración,

sino que realiza su esfuerzo intelectual para bien propio de los demás, sin que la fama le

preocupe lo más mínimo. Así, en la Edad Media, todas las numerosas y grandes crónicas nacionales

son obra colectiva y anónima, como los grandes monumentos arquitectónicos coetáneos alzados

por el esfuerzo de todo un pueblo.

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