Nº 1Programa Empresa y PersonaLección 55 de 107

La importancia del trabajo

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Transcripción del vídeo

La empresa no puede entenderse sin el trabajo, pero hasta ahora no hemos tratado en exclusiva qué significa trabajar.

¿Una esclavitud inevitable? ¿Un derecho inalienable? ¿Trabajar me dignifica o es un mal necesario?

Veamos qué supone el trabajo y qué tiene que ver con la dignidad personal.

En la puerta de entrada del campo de concentración de Auschwitz se podía leer en un forjado

de 5 metros la frase, el trabajo te hace libre.

Su visión aún no se incomoda porque la propaganda barata de los nazis contrasta radicalmente

con la labor que realizaban los presos del campo.

Esclavizados, reducidos animales de carga y obligados a trabajar hasta el desgaste, los

prisioneros acababan encontrando todo lo contrario a la libertad. Utilizar el

lenguaje correctamente es clave para poder reconocer la realidad. Uno puede

estar contento con su trabajo por distintos motivos, por haberlo elegido,

porque uno se siente útil o porque realmente pone en juego todas sus

habilidades y talentos. Pero ¿qué sentido tiene decir que el trabajo te está

haciendo libre? ¿De qué nos libera exactamente? La afición contemporánea

nos ofrece relatos memorables sobre la pesadez del trabajo maquinal y el anonimato de las

profesiones liberales en la sociedad mercantil y burocrática de masas, como le ocurre en la

metamorfosis al protagonista, Gregor Samsa, un hombre del montón que despierta un día transformado

en un bicho similar a un enorme escarabajo. Estoy asombrado, muy asombrado, le dice al Samsa

convertido en bicho el gerente de su oficina. Yo le tenía por una persona tranquila y juiciosa y

ahora de pronto parece como si quisiera hacer al arde de una conducta extravagante y caprichosa.

La transformación de Samsa simboliza el paso de un ser cumplidor de sus deberes y ajustado al

orden burgués, cuyo trabajo no libera de nada sino todo lo contrario, es funcional al orden

social, que pasa a ser un individuo único y singular. Tan acostumbrados están a ver a los

hombres como grises números que cuando uno destaca y brilla lo toman por un incómodo bicho.

¿Qué hay de cierto y de falso en esta visión de las cosas? Para responder, habría que decir que el

trabajo responde a una necesidad humana y nos permite realizarnos. ¿Pero a qué nos referimos?

Podríamos decir que el trabajo es una actividad física o intelectual ordenada a un fin que

repercute en la sociedad y por el cual se obtiene una remuneración. En dicha actividad está presente

la totalidad de la persona, el sujeto en todas sus dimensiones, la biológica, pues el trabajo

requiere un esfuerzo físico, la psíquica, la social, pues está en relación con los otros y el

trabajo tiene un impacto en los otros, y la espiritual, pues el trabajo trasciende la mera

producción al permitir nuestra realización personal, el servicio a la comunidad o el

abastecimiento de la familia. Aún así, con frecuencia reducimos el trabajo a producción y

con ello a una forma de esclavitud ineludible, unas veces o bien a un derecho y a un diverso

social en otras veces. Comprender de esta forma el trabajo nos impide captar su sentido y, por tanto,

la fatiga que la acompaña se transforma en queja y desilusión. Entenderlo como producción, como

deber, derecho o remuneración no llega a la médula de lo que realmente significa el trabajo para el

ser humano. ¿Cuál es, entonces, el significado real del trabajo? En primer lugar habría que decir

que es una necesidad de la persona, tanto como la amistad, el ocio, la belleza, la pertenencia o el

conocimiento. Es indispensable para la realización del sujeto humano. Una persona que ha estado en

paro por un largo periodo de tiempo sabe de esa necesidad del trabajo por experiencia, pero también

la experimentará quien lleve una vida relajada. Tarde o temprano se verá embargado por un anhelo

de crear, de hacer, de hacerse, de realizarse. En segundo lugar, además de una necesidad, el trabajo

es un medio ordenado a un fin. Los romanos tenían tan claro que el trabajo estaba ordenado al ocio

que ni siquiera tenía nombre y se referían a él como el no ocio, nec otium, es decir, el negocio.

El ocio, en el mundo romano, no era sinónimo de tiempo libre para no hacer nada, sino que incluía

todas aquellas actividades ordenadas al bien común y al conocimiento que nos proporcionan

una vida plenamente humana. No es el ocio el que está ordenado a que podamos ser más eficientes

en el trabajo, sino el trabajo el que está ordenado al ocio. El trabajo es el conjunto de medios para

construir un mundo más humano y por lo tanto construirnos a nosotros mismos. Como decía T.C.

Eliot en una de sus poemas, el hombre bueno es el constructor si construye lo que es bueno. Si los

hombres no construyen, ¿cómo vivirán? Ahora bien, ¿cómo nos afecta como personas este construir?

Normalmente se asocia la realización personal con el trabajo, pero sucede al contrario. No es

construir bien lo que me realiza, sino estar plenamente realizado lo que me permite construir

bien. Pensar que el éxito laboral nos eleva a la realización personal hace que muchos terminen

frustrándose porque mientras superan y crecen en su ámbito profesional no lo hacen del mismo modo

en el plano personal. Quizá la sociedad profesional debería darle la vuelta al planteamiento. La

realización en el trabajo se da cuando existe previamente una realización vital, personal,

que ve el trabajo como un medio o herramienta más de la que dispone para volcar esa realización

personal. Un trabajo dignificado por la persona que lo ejerce y que a su vez dignifica al trabajador.

Cuando la vida que llevamos no responde a nuestro deseo de plenitud, nuestra forma de trabajar se

mueve por la mera reacción. Respondemos ante la demanda. Reaccionamos solo porque el plazo de

entrega o el jefe nos lo recuerdan. Vamos arrastrando el trabajo como si fuera un lastre.

Sin embargo, cuando uno vive plenamente, con respuesta al sentido de su propia existencia,

su relación con el trabajo es liviana y fluida. Uno comprende que el trabajo es un factor necesario

para ese estado existencial, e incluso se encuentra más creativo que antes, cuando estaba tejiendo el

pálido lienzo de las horas, como diría poéticamente Tagore. Encontramos un ejemplo de la búsqueda de

la dignificación personal a través del trabajo en los pintores del siglo XVII. En el siglo XVII

se va a reivindicar la dignificación de la pintura como un arte liberal, diferenciándola

de las artes mecánicas o de las artes menores. Con ello, los pintores pretenden un reconocimiento

y una distinción social, elevar su dignidad y su profesión por encima de las otras artes

y para ello van a inscribir que la pintura es un arte en que se ejerce el intelecto manifestado

manifestado en primer lugar a través del dibujo, que va a ser la base del desarrollo de las artes y de las ciencias,

como por ejemplo la botánica o la medicina.

Algunos pintores van a escribir además tratados sobre las artes liberales y van a incluir en ella al final el arte de la pintura,

con el fin de demostrar la importancia de la pintura y de su correspondencia con el resto de artes liberales.

destacamos el tratado por ejemplo de Carducho sobre los diálogos de la pintura o el de Palomino

que en este caso imitando a Vasari va a distinguir las artes y va a describir la vida de los pintores

asimismo los pintores van a hacer uso no solo de esos tratados sino también de la pintura y de la imagen

para propagar esta idea de arte liberal concretamente a través del retrato

El retrato tiene su auge como género en este momento debido a que se va a generalizar, pues hasta entonces se había practicado sobre todo en el ámbito cortesano y en el ámbito regio y ahora los pintores van a hacer uso de este género para retratarse como intelectuales que ejercen un arte liberal, en este caso la pintura.

Carducho, por ejemplo, se autorretrata de manera simbólica como un intelectual

escribiendo su tratado, sosteniendo la pluma en su mano derecha a la vez que escribe un libro

y al lado aparece la paleta con los pinceles que hacen referencia a la pintura

como arte liberal y vinculada a ese uso del intelecto

como un modo de expresar la dignidad del arte pictórico y de quién lo practica, o sea el pintor.

En este caso, Carducho.

Carducho, al autorretratarse con esta paleta a la vez que escribe el tratado,

por lo tanto, manifiesta que el arte de la pintura debe ser reconocida como arte liberal

y dársele una dignidad.

Esta dignidad, no obstante, no se halla en lo trabajosa o en lo bella que es la pintura,

sino que se basa sobre todo en que nace del intelecto del pintor, es decir, que nace directamente de su persona.

Es el pintor el que por medio de su trabajo intelectual va a elevar el arte de la pintura

y por lo tanto es lo personal lo que eleva en este sentido lo profesional.

Con ello comprobamos que la realización profesional es importante para completar la realización personal

pero que no supone la realización total.

Por el contrario, la realización personal sí que puede llevar a la realización profesional.

El trabajo es como un termómetro que nos indica si nuestra vida está siendo significativa.

Comprender la relación entre mi necesidad de realización personal y el trabajo

es lo que permite que nuestras tareas, no siempre apasionantes,

tengan un sentido en nuestra vida concreta.

Así, la persona ejerce su profesión y como tal aporta una dignidad al trabajo que realiza.

Como contrapartida, el trabajo también dignifica a la persona,

contribuyendo a la realización personal que se alcanza en un proyecto común.

Cuando preguntaban a François Michelin qué es el trabajo,

contestaba diciendo que trabajar es construir.

¿Qué es construir?

¿Es definir un objetivo que alcanzar y encontrar los materiales para edificar una casa?

o fabricar neumáticos. Usted cree construir una familia o una fábrica, pero al final es usted el

que se está construyendo. Y añadía algo más que explica muy bien la relación íntima entre trabajo

y persona. Trabajar para la empresa es guardar siempre en el alma los objetivos de ésta.

Recolectar todo lo que puede ayudar a precisarlos, encontrar los medios para realizarlos y es también

preguntarse por qué las cosas son lo que son. Cuando usted sabe por qué se han hecho las cosas,

entonces sabe también cómo usarlas. La persona es una unidad y por eso todos los ámbitos que

conforman nuestra existencia influyen unos en otros. El trabajo es uno de estos ámbitos en

el que invertimos no sólo mucho tiempo sino también todo lo que somos. Sin embargo,

podríamos caer en el error de absolutizar el trabajo institucionalizado. Seneca nos recordaba

que los grandes filósofos del pasado no dispusieron de la fortuna o del rango que les hubiera

permitido ser admitidos en la administración pública, pero no por eso llevaron una vida

menos activa. De hecho, encontraron el modo de que su reposo fuera más útil para los

hombres que los trajines y sudores de los demás. Luego no parece que ellos dejaran

de hacer mucho, a pesar de que no tuvieron ningún cargo público. La exaltación del trabajo, sin más,

es puro activismo, lo cual va en contra de la naturaleza humana. Estaríamos ignorando el propio

dinamismo de la persona y el trabajo como lo que realmente es, una necesidad humana en la que,

edificando el mundo, nos construimos también a nosotros mismos. Como hemos visto, el trabajo,

a menudo, ha sido fuente de alienación y sufrimiento para el hombre contemporáneo. En

otras ocasiones se ha reducido su valor al de un derecho, un deber o una fuente de remuneración.

Para estimarlo en su justa medida hay que comprenderlo como una necesidad humana integrada

en el sentido total de la vida. En la realización personal cotidiana, trabajar en sentido amplio

contribuye a construirnos y a construir el mundo. ¿Y tú? ¿Qué esperas de tu trabajo? ¿Qué esperan

de él en tu empresa o en tu equipo? ¿Y qué dice de tu plenitud vital? ¿Te sientes realizado en

tu empleo actual.

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